El cuervo
No eran más de las seis de la tarde cuando el teniente Strekachov, que deambulaba por la ciudad, al pasar por delante de una gran casa de dos pisos, lanzó casualmente una mirada a los rosados visillos del piso principal.
—Aquí vive madame Dudu… —recordó—. Hace tiempo que no voy a verla. ¿Y si entrara?
Pero antes de resolver este problema, Strekachov sacó del bolsillo el portamonedas y se lo miró con cierta timidez. Halló en él un rublo arrugado, que olía a petróleo, un botón, dos kopeks y nada más.
—Poca cosa… Bueno, no importa —decidió—, será cuestión de entrar y salir, de pasar sólo un ratito ahí.
Un minuto después, Strekachov estaba ya en el vestíbulo y respiraba a pleno pulmón el denso olor de los perfumes y del jabón de glicerina. Olía aún a algo más que no es posible describir, pero que se puede olfatear en cualquier piso de mujer considerada sola: una mezcla de pachulí femenino y de cigarro masculino. Colgaban de la percha varios abrigos, impermeables, y un sombrero de copa reluciente. Al entrar en el salón, el oficial vio lo mismo que había visto el año pasado: un piano con un libro de música roto, un vaso con flores marchitas, una mancha en el suelo de licor vertido… Una puerta llevaba al recibidor; otra, a la habitación en que madame Dudu dormía o jugaba a los cientos con el maestro de baile Brondi, vejete que se parecía mucho a Offenbach. Si se echaba una ojeada al recibidor se veía, enfrente, una puerta por la que se vislumbraba el borde de una cama con una colgadura de muselina rosa. Allí vivían las «educandas» de madame Dudu, Barbe y Blanche.
En el salón no había nadie. El teniente se dirigió al recibidor y allí vio a un ser humano. Tras una mesa redonda, repantigado en un diván, había un joven de erizados cabellos y turbios ojos azules, con un sudor frío en la frente y tal expresión como si acabara de salir de una profunda cavidad oscura y pavorosa. Vestía con elegancia, llevaba un terno nuevo de buen paño en el que se percibían aún las huellas del acabado de la plancha; sobre el pecho le oscilaba un dije; calzaba botines de charol con hebillas y medias rojas. El joven apoyaba sus mofletudas mejillas en los puños y miraba con ojos apagados la botella de agua de Seltz que tenía delante. Sobre otra mesa, al lado, había varías botellas y un plato de naranjas.
Después de dirigir la mirada al teniente recién llegado, el petimetre desencajó los ojos y abrió la boca. Strekachov, sorprendido, dio un paso atrás… En el petimetre reconoció, no sin dificultad, al escribiente Filiónkov, a quien aquel mismo día, por la mañana, había reprendido duramente en la oficina por haber hecho faltas de ortografía en un documento, por haber escrito «kapusta[19]» con dos eses: «kapussta».
Filiónkov se levantó con mucha calma y apoyó las manos en la mesa. Durante un minuto no bajó los ojos del rostro del teniente y hasta se volvió lívido por la tensión interna.
—¿Cómo has venido a parar aquí? —le preguntó severamente Strekachov.
—Yo, Señoría —balbuceó el escribiente bajando la mirada—, en el día del cumpleaños… Con el servicio militar obligatorio, que ha nivelado a todos los que…
—Te pregunto cómo has venido a parar aquí —levantó la voz el teniente—, ¿Y qué traje es éste?
—Yo, Señoría, comprendo mi culpa, pero… si se tiene en cuenta que la obligatoriedad… que el servicio militar obligatorio ha nivelado a todos, y si se añade a esto que yo, de todos modos, soy un hombre instruido, no puedo asistir al cumpleaños de mamzel Barbe vistiendo el uniforme de un bajo funcionario, y me he puesto este traje que corresponde a mi condición doméstica, dado que yo soy, eso es, un ciudadano de honor hereditario.
Viendo que los ojos del teniente cada vez se volvían más airados, Filiónkov enmudeció e inclinó la cabeza como si esperara que de un momento a otro le dieran un coscorrón. El teniente abrió la boca para articular «¡Fuera de aquí!», pero en ese instante entró en el recibidor una rubia de cejas enarcadas con una bata de rabioso color amarillo. Al reconocer al teniente, dio un chillido y se precipitó hacia él.
—¡Vasia! ¡Oficial!
Al ver que Barbe (era una de las educandas de madame Dudu) tenía confianza con el oficial, el escribiente se recobró y se animó. Extendiendo los dedos, saltó de detrás de la mesa y empezó a agitar los brazos.
—¡Señoría! —se apresuraba a decir, atragantándose—. ¡Tengo el honor de felicitar a mi amada con motivo de su cumpleaños! ¡Ni en París encontraría una como ella! ¡Se lo juro! ¡Es fuego! ¡No me han dolido trescientos rublos para mandar hacer esta bata con motivo del cumpleaños de mi amada! ¡Champaña, Señoría! ¡Por la salud de la que festeja su cumpleaños!
—¿Dónde está Blanche? —preguntó el oficial.
—¡En seguida vendrá, Señoría! —respondió el escribiente, pese a que la pregunta no iba dirigida a él, sino a Barbe—. ¡Es cuestión de un momento! ¡Es una muchacha á la comprené, arcvuar, consomé! El otro día vino un negociante de Kostromá y le soltó quinientos rublos… ¡Se dice pronto quinientos! Yo daría mil, sólo que, ¡primero respeta mi carácter! ¿No está bien razonado? ¡Señoría, haga el favor!
El escribiente alargó al oficial y a Barbe una copa de champaña a cada uno y él se echó al coleto un vasito de vodka. El teniente bebió, pero recapacitó en seguida.
—Veo que te pasas algo de la raya —dijo—. Vete de aquí y preséntate a Demiánov, que te arreste por veinticuatro horas.
—Señoría, ¿piensa usted, quizá, que yo soy un cerdo cualquiera? ¿Lo cree usted? ¡Señor! ¡Pero si mi papá es ciudadano de honor hereditario, caballero de varias órdenes! Mi padrino de pila, si quiere usted saberlo, fue un general. ¿Se figura usted que porque soy escribiente ya he de ser un cerdo…? Haga el favor, otra copita… del espumoso… ¡Barbe, trinca! No tengas reparos, puedo pagarlo todo. La instrucción moderna nos ha nivelado a todos. El hijo de general o de mercader, cumple su servicio militar como el muzhik. Yo, Señoría, estuve en el gimnasio, en la escuela técnica y en la de comercio… ¡De todas partes me expulsaron! ¡Barbe, trinca! ¡Toma este billetito de cien y manda por una docena de botellas! ¡Señoría, un vaso!
Entró madame Dudu, una señora alta, gruesa, con cara de gavilán. Tras ella andaba a pasitos cortos Brondi, parecido a Offenbach. Poco después entró también Blanche, una morenita pequeña, de unos veinte años, de rostro severo y nariz griega, por lo visto judía. El escribiente echó aún otro billetito de cien.
—¡A todo vapor! ¡Fuego y llama! ¡Permítanme romper este florero! ¡De emoción!
Madame Dudu empezó a contar que ahora toda muchacha honrada podía hallar un buen partido, que a las muchachas no les está bien beber, y que si ella permite beber a las suyas es sólo porque confía que los presentes son hombres serios, que si fueran otros, ni les habría permitido sentarse.
Por el vino y la proximidad de Blanche, al teniente empezó a darle vueltas la cabeza y el hombre se olvidó del funcionario.
—¡Música! —gritaba con desgarrada voz el escribiente—. ¡Venga, música! ¡Por la orden ciento veinte, les invito a bailar! ¡Más baaaajo! —continuó diciendo a voz en grito el escribiente, creyendo que no era él quien gritaba, sino otro— ¡Más bajo! ¡Quiero que bailen! ¡Tienen que respetar mi carácter! ¡La Cachucha! ¡La Cachucha!
Barbe y Blanche consultaron a madame Dudu, el viejo Brondi se sentó al piano. Comenzó el baile. Filiónkov, pataleando al compás de la música, observaba los movimientos de las cuatro piernas de mujer y relinchaba de satisfacción.
—¡Rompe! ¡Muy bien! ¡Consentimiento! ¡Arranca, estupendo!
Poco después, todo el grupo se fue en coche al «Arcadia». Filiónkov iba con Barbe; el teniente, con Blanche, y Brondi, con madame Dudu. En el «Arcadia» ocuparon una mesa y pidieron cena. Allí Filiónkov se emborrachó hasta tal punto que perdió la capacidad de mover los brazos. Estaba sombrío y decía, pestañeando, como si se dispusiera a llorar:
—¿Quién soy yo? ¿Acaso soy un hombre? ¡Yo soy un cuervo! Ciudadano de honor hereditario… —dijo, parodiándose a sí mismo—. ¡Un cuervo eres, y no un ciu… un ciudadano!
El teniente, nublada la cabeza por el vino, casi no se daba cuenta de su presencia. Sólo una vez, viendo en la niebla su cara de borracho, frunció las cejas y dijo:
—Ya veo que te permites muchas… Pero en seguida perdió la capacidad de coordinar las ideas y chocó su vaso con el del escribiente.
Del «Arcadia» se dirigieron al jardín de Krestovski. Allí, madame Dudu se despidió de los jóvenes, después de decir que tenía plena confianza en la corrección de los hombres, y se fue con Brondi. Después, para refrescar, pidieron café con coñac y licores. Después, kvas y vodka y caviar granuloso. El escribiente se embadurnó la cara con caviar y dijo:
—Ahora soy un árabe o algo así como un espíritu del mal.
Al día siguiente, por la mañana, el oficial, con la cabeza como el plomo y la boca ardiente y seca, se dirigió a su oficina. Filiónkov estaba sentado en su puesto, con su uniforme de escribiente, cosiendo unos papeles con temblorosa mano. Tenía hosco el semblante, rugoso, como un guijo; sus híspidos cabellos miraban en todas direcciones y los ojos se le cerraban… Al ver al teniente, se levantó con pesados movimientos, suspiró y se puso firme. El teniente, rabioso y sin haberse librado aún de los efectos de la borrachera, le volvió la espalda y se ocupó de su tarea. El silencio se prolongó unos diez minutos, pero he aquí que sus ojos se encontraron con los ojos turbios del escribiente y en aquellos ojos lo leyó todo: las cortinitas rosas, la excitante danza, el «Arcadia», la silueta de Blanche…
—Con el servicio militar obligatorio… —balbuceó Filiónkov—, cuando incluso… los profesores hacen su servicio militar como soldados… cuando a todos han igualado… y hasta la libertad de palabra…
El teniente quiso echarle una bronca, mandarlo a Demianov pero hizo un gesto de fastidio con la mano y dijo en voz baja:
—¡Vete al diablo!
Y salió de la oficina.
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Antón Chéjov
Antón Chéjov (Taganrog, 1860-Badenweiler, 1904) es el gran narrador y dramaturgo ruso. Considerado el representante más destacado de la escuela realista, su obra es una de las más importantes de la dramaturgia y la narrativa de la literatura universal. Su estilo está marcado por un laconismo expresivo y por la ausencia de tramas complejas, a las que se sobreponen las atmósferas líricas que el autor crea ayudado por los más sutiles pensamientos de sus personajes. Chéjov se apartó decididamente del moralismo y la intencionalidad pedagógica —propios de los literatos de su época— en una Rusia convulsa y preocupada por su destino, para apostar por un tipo de escritor carente de pasión, plasmando una idea de la literatura que rechazaba el principio del autor como narrador omnisciente.
Obras:
Teatro:
- Platónov (1881)
- Sobre el daño que hace el tabaco (1886)
- Ivánov (1887)
- El oso (1888)
- Petición de mano (1888-1889)
- La boda (1889)
- El demonio de madera (1889)
- Tatiana Répina (1889)
- El Aniversario (1891)
- La gaviota (1896)
- Tío Vania (1899-1900)
- Las tres hermanas (1901)
- El jardín de los cerezos (1904)
Novelas:
- Un drama de caza (1884)
- La Estepa (1888)
- El reto14 (1891)
- Mi vida (1896)
Y más de doscientos cuentos.
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