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Año 8 #93 Julio 2022

La coleccionista

En «La coleccionista», la autora ofrece una relectura moderna del mito de Calipso que entronca con reflexiones diversas relacionadas con el género y la sexualidad. Se trata de un relato breve pero intenso que pertenece al libro (Ir)realidades (2017), todo él compuesto de revisiones en torno a mitos, monstruos y espacios legendarios, a partir de una característica propia de muchas autoras del siglo XXI de lo fantástico y lo maravilloso: la reinterpretación del pasado, real, mítico y cultural, en términos de hibridación. 

 

Julián se dirigía presuroso a su cita. Hacía ya dos meses que conoció a la mujer más hermosa del mundo. Todos sus amigos envidiarían su suerte, sino fuera por el detalle de no poder contarle a nadie sobre la relación. Esa era una de las tantas condiciones que Diana le pondría. Otra era negarse a pasar la noche con él. Nunca le explicó por qué, pero todo hacía suponer fuertes convicciones religiosas.

Así pues Julián todavía no disfrutaba de relaciones íntimas con la joven. Pero eso poco le importaba. Ella era tan bella que solo al mirarla se sentía satisfecho, por otro lado congeniaban a la perfección, les gustaba la misma música, los mismos escritores, las mismas películas. Eso justamente había hecho que en los últimos tiempos se cuestionara la relación. ¿No sería mejor estar con alguien que ofreciera algo de desafío? ¿Cuánto tiempo más sobreviviría una relación tan «perfecta»? Es que a veces es tan aburrido estar de acuerdo en absolutamente todo. No es que deseara una relación tormentosa, las había tenido en el pasado y sabía que eran destructivas a final de cuentas. Disfrutaba de la paz que sentía con Diana, pero de cuando en cuando, una pequeña escenilla de celos, solo para sazonar un poco la relación.

Como si intuyera lo que pensaba, Diana decidió de un día para otro acceder a pasar un fin de semana completo con él. Ante la propuesta, Julián decidió dejar sus dudas para más tarde. Misteriosa como siempre, ella le pidió recogerla en una cafetería en plena carretera. De allí irían a un lugar que ella conocía bien y que de seguro a él le encantaría.

Desde que la conoció, Diana se mostró más que misteriosa; secreta sería la palabra correcta. Ni siquiera sabía a ciencia cierta en qué trabajaba. Ella le había dicho que era coleccionista profesional y que el carácter de su actividad le exigía la más absoluta discreción. Descartando que una mujer tan dulce e inteligente pudiera estar involucrada en un negocio ilícito, Julián llegó a la conclusión de que Diana compraba en subastas piezas de índole diverso para millonarios que no querían ser identificados. Y esa explicación lo dejó satisfecho. ¿Por qué darle más vueltas al asunto?

Julián llegó media hora antes de la convenida al lugar de la cita. La cafetería estaba lógicamente ubicada cerca de una gasolinera. Esta se encontraba más que destartalada. En ella atendían dos ancianos que Julián se preguntaba cómo podían seguir trabajando. Se veían cansados, decrépitos.

Paró el auto y pidió que le llenaran el tanque. Uno de los ancianos lo miró divertido y empezó a reírse como loco. Meneando la cabeza, entró al desordenado cuarto que les servía de oficina. El otro se acercó lentamente.

—No le haga caso, a ese le falta un tornillo de tanto estar aquí.

—Bueno… fue un poco rudo, ¿no?

El anciano empezó a llenar el tanque sin decir nada. Parecía estar al acecho de algo, lanzaba disimuladas miradas a la cafetería, temeroso, a Julián le dio la impresión de alguien siendo vigilado.

—¿Llega mucha gente por aquí?

—Llegan los que tienen que llegar. Si no se tiene una cita, no vale la pena venir hasta aquí. Eso fue lo que me trajo y aquí me quedé.

A Julián le pareció más que extraña la coincidencia de que hablara de una cita. Pero no dijo nada, solo sonrió.

—¿Cuánto le debo? —preguntó cuando el anciano terminó su trabajo.

—Pagará luego, a la salida. Porque seguro entra a la cafetería, ¿no?

Julián no pudo más que sentirse incómodo con lo que decía el anciano. Primero la referencia a la cita, luego a la cafetería. Era como si supiera exactamente lo que iba a hacer. Podía ser solo una casualidad, al final de cuentas si el lugar del que le había hablado Diana quedaba cerca, seguro muchas parejas pasaban por la gasolinera antes de llegar a su destino. Por otro lado el viaje desde la ciudad hasta ese lugar era largo, resultaba pues normal que después de tanto viajar, uno decidiera tomarse un café en el único sitio disponible a la vista. Sin embargo en el fondo Julián sentía cierto malestar que le indicaba que algo no estaba bien.

—Tome, aquí le tengo apuntado cuánto debe. No se olvide de revisarlo antes de entrar, por favor —dijo tomándole desesperadamente la mano y mirando hacia todos lados.

Julián retiró su mano nervioso. El otro anciano salió de la oficina y gritó entre risas:

—¡No olvide probar la tarta! —El que atendió a Julián miró a su compañero con unos ojos desorbitados, mientras le decía que no con la cabeza.

Julián a penas sí pudo evitar correr hacia la cafetería. No quería pasar más tiempo con esos ancianos, evidentemente perturbados. Mientras se alejaba pudo escuchar que ambos discutían a cuchicheos.

Ya dentro de la cafetería se sorprendió al ver que el lugar contrastaba con el estado de la gasolinera. Todo se encontraba inmaculadamente limpio y ordenado. Había algunos hombres allí, de diversas edades, todos como si fueran a pasar un fin de semana en el campo: maleta de mano, ropa cómoda. Al parecer el lugar del que hablaba Diana era muy popular. Se sentó a la barra.

—¿Qué le puedo servir? —La que atendía era una mujer de mediana edad, ni bonita ni fea, bastante amable y pulcra.

—Solo un café, por favor.

—¿Seguro no desea probar mi tarta de manzana? Lo hago yo misma todas las mañanas. Es muy popular.

—Eso parece, en la gasolinera me recomendaron probarlo.

—Así es, aquí a todos les gusta mi tarta.

—Pero no, gracias. No tengo mucha hambre, otro día será. Me quedaré por la zona durante el fin de semana.

La mujer le sirvió el café y se retiró con una sonrisa.

Julián miró su reloj. Todavía faltaban unos minutos para la hora convenida. Tomó un sorbo del café, que resultó bastante bueno y fresco. Miró a su alrededor. Remarcó que todos los clientes eran hombres. Le pareció curioso. De pronto remarcó no haber visto autos estacionados fuera y se preguntó si serían más bien locales. Pero todos llevaban un maletín de mano…

La mujer se le acercó con un pedazo de tarta.

—A cuenta de la casa. No me lo desaire, mire que le he servido muy poco, no se arrepentirá.

Julián pensó que seguro se trataba de esas mujeres que se sienten orgullosas de lo único que les sale bien e insisten en hacerlo probar a todos. Por cortesía tomó un bocado. La tarta se derretía en su boca, tenía justo el punto de azúcar perfecto. Se dice que aún el pueblito más insignificante esconde una joya escondida, el de este era la tarta de la gasolinera.

—¡Está realmente delicioso!

—Se lo dije, hace olvidar las penas, ya verá.

Julián tomó otro bocado goloso. De pronto notó que no había nadie en la cocina.

—¿No tiene cocinero?

—No lo necesito, yo preparo todo por la mañana muy temprano, antes de abrir.

—Pues la felicito, el café está más que fresco, la tarta es un manjar…

—Muchas gracias —dijo ella volviendo a sonreír.

Siguió comiendo esa magnífica tarta. Miró su reloj, Diana llegaría en cualquier momento. Quiso pedir la cuenta, pero la mujer no estaba, seguro habría entrado a la cocina. Tomó su billetera y abrió el papel que le diera el anciano para ver cuánto tenía que pagar. No había ni una sola cifra en él, solo garrapateado con una letra nerviosa: «Salga de aquí, por lo que más quiera. Y no coma la tarta».

Julián se paralizó. Miró a su alrededor. Todos hombres, todos con una maleta de mano, como quien va a un fin de semana, todos comiendo la misma tarta que él. Quiso prestar atención a las conversaciones, todos hablaban de la maravillosa mujer que habían conocido. Las descripciones variaban, para alguien era rubia, para otro morena, más allá alta y delgada, y para su vecino pequeña y regordeta, pero para todos era la mujer perfecta. Todos se encontraban allí esperándola, pues les había dado cita en ese remoto lugar.

Julián pensó en levantarse, pero ya era muy tarde. De pronto solo deseaba seguir allí, comiendo esa deliciosa tarta, además debía esperar a Diana, seguro que pronto llegaría.

La mujer se le volvió a acercar al ver su plato vacío.

—Aquí tiene otra tajada, seguro que la quiere, ¿no es cierto, Julián?

Él la miró a los ojos y se encontró con la mirada de Diana.

 

  • Tanya Tynjälä
    Tynjälä, Tanya

    Tanya Tynjälä (Callao, Perú, 1963) es una escritora peruana de ciencia ficción y fantasía, además de docente. Ha publicado La ciudad de los nictálopes (2003), Cuentos de la princesa Malva (2008) y Lectora de sueños (2012), además de Sum (2012), colección de microrrelatos y poemas, (Ir)realidades (2017) y la novela juvenil y Ada Lyn (2018). Sus libros se utilizan como material de lectura en algunos países latinoamericanos como Perú, Ecuador, Chile y Colombia. Sus textos han sido también incluidos en diversas antologías internacionales de Argentina, España, Bulgaria y Finlandia, entre otros países. Un cuento suyo ha sido incluido en el manual para la educación secundaria Texto 4ème sec. en Bélgica. Forma parte del equipo de blogs de Amazing Stories y es corresponsal del Science Fiction Awards Watch. Ha sido galardonada con premios literarios como el Francisco Garzón Céspedes en 2007.