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Año 10 #113 Marzo 2024

Control de daños

Lo primero que voy a decir es que este no es un texto de ficción, lo que aquí narro es lo que sucedió. Lo segundo es que no voy a revelar las identidades de algunas personas.
Vamos al grano.

Washington D. C, jueves 1 de septiembre, 22:15.
El secretario de estado Antony John Blinken no estaba en conocimiento del cable urgente de su embajador en Buenos Aires. Blinken, Tony para sus amigos, se enteró por el noticiero de la cadena Fox. No lo podía creer.
Llamó a Howard Smith.
Pese a ser muy norteamericano, Smith, no jugaba al golf; más aun, no era creyente ni profesaba religión alguna, circunstancias estas que sabía esconder a las miradas ajenas. Smith era un hombre racional, y si bien podía admitir conspiraciones, intrigas y maniobras ocultas, prefería otorgar más crédito a la simple y vulgar torpeza.
Esa noche, whisky en mano en el sillón que estaba al lado del hogar, recibió la llamada del secretario de estado Blinken. Era una mentira o un despropósito, se preguntó luego de haber cortado con su superior.
Smith, que no confiaba en las redes sociales, llamó a su hombre, mejor dicho, a su mujer en la embajada en Buenos Aires. Clarise Crawford McLaughlin era una abogada competente, además de una condecorada veterana de Afganistán. Cincuenta años, un metro sesenta, ojos marrones de mirada distante y una inteligencia fuera de lo común en la diplomacia.
—¿Es cierto el atentado? —preguntó Smith
Después de que Clarise se lo confirmara, Smith le hizo un encargo, debía llamar a dos personas, a una política opositora y a un ministro del gobierno.
—Mañana a primera hora lo hago.
—No, Clarise, debe ser ahora mismo.
—…
—No importa la hora. Dígales que esperen mi llamado. Nada más.
Las comunicaciones se produjeron luego de que Smith recabase más datos sobre el hecho. En Buenos Aires alumbraban los primeros rayos del sol.

Buenos Aires, madrugada del viernes 2 de septiembre
La política opositora —a la que voy a llamar doctora Adela— estaba despierta desde la medianoche, cuando Clarise le informó que recibiría un llamado importante. Ya había consumido tres tazas de café y siete cigarrillos cuando por fin sonó su celular. Era Smith.
—Howard, no sé nada de lo que pasó.
Hizo una pausa mientras se debatía en la duda si lo decía o no, hay veces que aclarar oscurece.
—No tengo nada que ver.
No es que a Smith le diera igual si la doctora Adela lo había mandado a hacer o no, pero no era lo que le preocupaba.
—Por supuesto, Adela.
La doctora iba a decir algo, pero Smith siguió hablando:
—Lo importante ahora es hacer control de daños. Averigüe por dónde vino y vaya diciéndole todo a Clarise Crawford.
Cuando cortó, Smith pensó que, de haber sido idea de la doctora Adela, seguramente hubiera utilizado a un profesional.

Buenos Aires, mañana del 2 de septiembre
La segunda llamada de Smith se produjo cinco minutos pasadas las siete, hora de Washington, las ocho y cinco de la mañana en Buenos Aires. El ministro, que se había demorado en su casa esperando la comunicación, la atendió desde su escritorio.
Tampoco sabía nada, pero estaban averiguando. Era sin dudas una cuestión de Estado. ¡Qué barbaridad!, ¡atentar contra la señora vicepresidenta es atentar contra la democracia! Locuaz pese a estar sin dormir, o justamente por eso mismo, afirmó que se comprometía a llegar hasta las últimas consecuencias. ¡Las últimas consecuencias!, repitió.
—Hoy mismo lo va a ir a ver un enviado mío, se llama Milton Vargas, hágame el favor de atenderlo —dijo Smith.
—Por supuesto, lo atenderé de inmediato apenas...
Pero Smith ya había cortado.

Buenos Aires, 10:12 del 2 de septiembre
Juan Milton de los Santos Amores Vargas Quintero, más conocido en la diplomacia simplemente por Milton Vargas, era un colombiano nacido en Antioquia hacía cincuenta años. Su familia se radicó en los Estados Unidos cuando él aún no había cumplido los once. Un metro ochenta, delgado, hablaba a la perfección la lengua del Gabo, del bogotano Mutis y de la Restepo. Vestido de traje azul, camisa celeste sin corbata y relucientes zapatos negros, vio al ministro ese mismo día, a media mañana. Le pidió amablemente si podía darle detalles de lo que estaba haciendo el gobierno.
El ministro, sorprendido por las formas sencillas y directas del enviado de Smith, pasó a informarle. No todo, solo lo que consideró prudente; Vargas tomó debida nota y se retiró sin mayores comentarios. El ministro se quedó con mala espina, no porque la Sala Oval hubiera mandado un enviado, sino por la parquedad de este. Encendió un cigarrillo, cerró por un instante los ojos y, suspendido el mundo exterior, lanzó su mejor puteada. ¡Podía ser que en este país de mierda haya tantos pelotudos!
Ya en la Embajada, Vargas pidió que lo comunicaran con Julius Lombard. Julius Lombard, un profesional reconocido en el muy selecto círculo de sus negocios, no era Julius sino Julio. No era norteamericano ni francés como puede sugerir su apellido, sino un porteño nacido en el barrio de Las Cañitas.
Su padre, el retirado capitán Ricardo Emilio Lombard, había sido jefe de un comando de tareas durante la dictadura. El capitán sentía desprecio por los torturadores a quienes debía entregar los subversivos que capturaba, consideraba que al enemigo había que ultimarlo como Dios mandaba, de un tiro en la frente. Y enterrarlos cristianamente, además. Pensaba eso hasta que sus superiores lo pusieron en caja. Años después, cuando los militares estaban guardados en cuarteles de invierno, su hijo Julio, ya adolescente, llegó a la conclusión que el capitán era un necio, un nabo que se había creído el cuento de la patria en peligro mientras sus superiores se llenaban los bolsillos a cuatro manos.
Julio hizo sus primeros pasos en la barra brava de Platense, pero estaba para cosas mayores y avanzó de manera meteórica hasta que, al cumplir veinticuatro años, hizo su entrada en las ligas mayores silenciando al dueño de una bolsa de dinero. En los próximos años, Lombard se transformó en uno de los cinco más eficientes y onerosos sicarios al sur del río Bravo.
Su arte prefería la planificación meticulosa y el ahorro de instrumentos porque, según afirmaba, toda herramienta deja rastros. Afirmaba que era preferible usar el arma de la misma víctima o ultimar a prudencial distancia. La leyenda decía que era un francotirador de excelsa puntería.
Lombard recibió la llamada de Milton Vargas. Almorzaron juntos en la Embajada. Habían pasado apenas quince horas del atentado.
—Hay que hacer algo —le dijo Vargas— y hacerlo de inmediato.
Vargas le hizo una generosa oferta, Lombard aceptó, qué otra cosa podía hacer.

Buenos Aires, 20:52 del 1 de septiembre
Como sabemos, la noche del jueves primero de septiembre Fernando Sabag Montiel se ubicó cerca de su objetivo. Apretado entre los seguidores de ella y la seguridad, con sus oídos aturdidos por una jubilosa vocinglería, Sabag Montiel levantó su arma y gatilló.
Pero ningún proyectil salió del cañón de la Bersa calibre 32.
Minutos después, la Federal tuvo en su poder el celular del frustrado homicida, celular que llegó al despacho de la jueza a cargo a las veintidós, una hora después del hecho.

Buenos Aires, 2:10 del 2 de septiembre
Una electricidad recorría el país esa madrugada de viernes. En el mismo momento que la doctora Adela y el ministro esperaban una llamada importante, peritos de la Federal se presentaron en el juzgado.
No lograron nada, el celular estaba protegido por una contraseña.
El aparato debía esperar mejores noticias en la caja fuerte del juzgado.

Buenos Aires, 14:03 del 2 de septiembre
Ya fuera de la Embajada, Lombard llamó a un par de sus colaboradores cercanos. Se moverá con rapidez, pero también con cautela, la situación así lo ameritaba. Fueron horas febriles de decenas de llamados. Lo primero era asegurarse que Sabag Montiel siguiera firme. A media tarde de ese viernes consiguió que le llegara a Sabag Montiel un mensaje. Era simple y conciso: gente importante lo iba a apoyar, pero, si de su boca salía la clave del celular, era hombre muerto.

Buenos Aires, 22:20 del 2 de septiembre
Veinticinco horas después del atentado, el celular del detenido es sacado de la caja fuerte. Personal de custodia de la jueza fue encargado de transportar el aparato desde los tribunales federales de Comodoro Py hasta la sede de la Policía Aeroportuaria en Ezeiza.
El vehículo tomó la 25 de Mayo y luego la Dellepiane. En la autopista Ezeiza-Cañuelas bajó en la salida a Barrio Uno y siguió por Leopoldo Lugones, pero no llegó a destino. En la intersección con Guido Spano, a menos de doscientos metros de la sede de la Policía Aeroportuaria, fue interceptado por tres vehículos. De dos de los cuales bajaron media docena de individuos encapuchados armados con automáticas.
No hubo resistencia.
Lombard entró al auto de los custodios por una de las puertas traseras.
—Buenas noches, disculpen la molestia.
Los dos hombres permanecían con las manos en alto.
—Me pueden dar el celular —dijo Lombard, mientras se colocaba los guantes de látex.
Hay días, o noches en este caso, que son de suerte y Lombard, además, era un tipo afortunado. Si la información que disponía era correcta, el aparato —gama media y con la pantalla algo averiada— volvería a sus ajustes predeterminados cuando él fallara quince veces la contraseña.
Su información era correcta.
Antes de bajarse del auto y ya con los documentos de identidad de los custodios en sus manos les dijo:
—Aquí no pasó nada, nunca nos vieron si quieren seguir con vida.

Buenos Aires, 3:45 del 3 de septiembre
—Señor ministro, le habla el comisario Juárez Alonso de la Policía Aeroportuaria.
La conversación fue breve, al término de la cual el ministro se puso de pie, caminó hacia la cocina, abrió la heladera y tomó un larguísimo sorbo de leche.
—Querido, volvé a la cama, por favor. ¡Tenés que dormir!
Así fue, luego de horas tan agitadas el ministro pudo, por fin, conciliar el sueño.

  • Daniel Sorín
    Sorín, Daniel

    Daniel Sorín (Buenos Aires, Argentina, 1951) tiene una larga trayectoria literaria. En 1998 ganó el Premio Emecé de Novela con Error de cálculo y el Tercer Premio Municipal (bienio 2012-2013) por La última carta. Ha editado publicaciones de arte y literatura en la red: Alt164, Letrópolis, Abanico y La púrpura de Tiro. Es narrador, docente, editor y ensayista.


    Obra:

    Novela:

    • Error de cálculo (Premio Emecé de Novela 1998. Emecé, 1998 - ebook: Al Fondo a la Derecha, 2019)
    • El dandy argentino (Grupo Editorial Norma, 2000)
    • Palabras escandalosas (Sudamericana, 2003)
    • Palacios (Sudamericana, 2004)
    • Velas para Gilda (Editorial La Bohemia, 2007)
    • El hombre que engañó a Perón (Sudamericana, 2008)
    • El cerco (Del Nuevo Extremo, 2012 - ebook: Al Fondo a la Derecha, 2019)
    • La última carta (Tercer Premio Municipal —bienio 2012-2013—. Edhasa, 2013 – Al Fondo a la Derecha, 2019)
    • Tres segundos es una eternidad (Vestales, 2016)
    • Plan Patagonia (Al Fondo a la Derecha, 2020)


    Ensayo:

    • John William Cooke. La mano izquierda de Perón (Planeta, 2014, Al Fondo a la Derecha, 2021)
    • El peronismo de las tres banderas. Apuntes sobre John William Cooke y la revista De Frente (Gogol, 2024)
    • "El narrador y el archivista" (La Biblioteca Nº 1, Biblioteca Nacional Mariano Moreno, 2005)
    • “Cuando el criminal es el Estado: asesinos en la Patagonia del siglo XIX” (Fronteras del crimen. Globalización y Literatura, Medellín, Medellín Negro-Planeta Colombia, 2015) 
    • "Un peronista de las tres banderas" (John William Cooke. Ecos de un pensamiento, Ediciones Universidad Nacional de General Sarmiento, 2020)

     

    Textos en antologías:

    • “Tris, el mono” (Brújula norte, cuento infantil, Buenos Aires, Macma Ediciones, 2015)
    • “El regreso de Zhèng Hé” (Viajeros, Buenos Aires, Salim, 2018)
    • “El Ohio” (Desencajados, Buenos Aires, La Bohemia, 2018)
    • “La llamada” (Las mil y una noches peronistas, Buenos Aires, Granica, 2019)
    • “La mujer desnuda” (Palabras para la Poderosa 1, Al Fondo a la Derecha, 2020)
    • “Una bolsa de residuos negra” (Juramento negro, Madrid, Grupo Tierra Trivium, 2021 - Buenos Aires, Gogol, 2021)
    • “El profesor” (Juramento erótico, Buenos Aires, Gogol, 2022 – El origen del mundo, Madrid, Grupo Tierra Trivium, 2022)
    • “Una duda razonable” (M.M., Vencejo ediciones, Madrid, 2023)