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Año 10 #116 Junio 2024

La rebelión de los generales



La rebelión de los generales tiene 25 capítulos, tomamos los primeros para despertar el interés.


CAPÍTULO I

La paradoja argentina


¿Existen en la Argentina condiciones para una huelga revolucionaria? El desarrollo del paro general de tres días, en la primera semana de noviembre de 1961, encaramado en la huelga por tiempo indeterminado de los obreros del riel, parecía indicar que no. En ese caso, ¿estimaron mal los sindicalistas la situación y vieron condiciones donde no existían? Los observadores piensan que, apreciando correctamente la realidad, los dirigentes no tenían otro remedio que la huelga general, aun exponiéndose a una derrota parcial. ¿Por qué? Aquí se intenta explicarlo.
El domingo 5, por la noche, en un discurso moderadamente dramático, Frondizi arrojó sobre la mesa sus dos cartas: a los obreros más exaltados les habló de fuerzas ocultas que estaban en acecho para apropiarse del gobierno y al país en general le habló de las formas políticas que podrían sobrevenir, en caso de que se violentara la legalidad. Los obreros entendieron que Frondizi se refería a un golpe militar ultraderechista y el país —incluyendo a los militares— entendió que una aventura contra la legalidad podía terminar como la revolución cubana.
Frondizi hizo impacto y, aparentemente, cumplió con dos objetivos principales: la huelga no fue revolucionaria ni extremadamente fuerte y los pequeños círculos golpistas advirtieron que la mayoría de la oficialidad en actividad no los acompañaría.
La conspiración ambulante del general Iñíguez, peronista y católico, y la conspiración permanente del general Toranzo Montero, gorila y masón, parecen haber quedado encarpetadas hasta otra ocasión, aunque para ellos es dudoso que esta vuelva a darse.
Evidentemente, algunos dirigentes obreros sufrieron una ilusión óptica y creyeron, con optimismo, ver condiciones revolucionarias donde se hallaban solamente dos núcleos de civiles y militares que no se sonrojan al autocalificarse como “elenco estable” de la conspiración. Pero el gobierno procede deslealmente cuando pretende que todos los jefes sindicales estaban complotados con Toranzo Montero o con Iñíguez o con los dos juntos, cuando sabe de sobra que los gremialistas, en su inmensa mayoría, definen justamente a ambos jefes como a dos viejos reaccionarios.
¿Por qué declararon la huelga general, entonces, los sindicalistas? Porque no les quedaba más remedio, sin lugar a dudas. Al cabo de nueve días de huelga ferroviaria, con 75 mil cesantías de obreros del riel y un proceso intensivo de pauperización del proletariado, la CGT no tenía otro camino que la huelga general de tres días, aun corriendo riesgos serios de que el movimiento fuera quebrado, como parece haberlo sido.
La política económica del gobierno condujo fatalmente a este desenlace, pero el gobierno ha logrado presentar a casi todo el país una imagen según la cual su misión ha quedado restringida a vigilar que no ocurra un brutal choque de clases. De tal modo que la enemistad de los trabajadores con el gobierno no alcanza a ser tanta como para desear verlo reemplazado por una dictadura militar de ultraderecha ni el odio de las Fuerzas Armadas contra Frondizi llega al extremo de querer encontrarse, frente a frente, con la insurrección popular en las calles. Por ahora —y este parece ser el pensamiento del general Fraga, ministro de Guerra de Frondizi— el endeble gobierno civil es el parapeto que encubre con ropajes políticos la sorda lucha social que madura en la Argentina.
Pero este proceso está verde aún porque los fermentos del descontento no han llegado al punto crítico, porque no existen líderes medianamente aceptables para las mayorías y porque, aunque parezca paradójico, la faz actual de la revolución cubana se ha convertido en la Argentina en una valla contra la revolución nacional, en vez de ser un aliciente, como parece que ocurre en otros lugares de América Latina.
La revolución nacional, para la cual hasta no hace mucho era posible encontrar oficiales dispuestos en el Ejército y la Aeronáutica, carece ahora virtualmente de adictos: todos temen íntimamente que el siguiente paso después de ella sea el traspaso del poder a los comunistas. Razonan que esto es inevitable puesto que gobernantes nacionalistas como Quadros o Velazco Ibarra no pueden mantenerse en el poder y Fidel Castro lo ha logrado a cambio de compartirlo con los comunistas. De manera que el desencanto político, destilado asimismo en las poderosas clases intermedias de la Argentina (con acendrados sentimientos acerca de la propiedad privada y la libertad personal) actuó letalmente sobre las dos perspectivas que estaban abiertas (que la huelga fuera revolucionara o cuando menos violenta, y que alguno de los golpes saliera a la calle) y dejó, una vez más, triunfante a Frondizi, sobre la fortaleza de su propia fragilidad.



CAPÍTULO II
La conspiración de los mandos naturales


Cuando Vicente Blasco Ibáñez visitó al general Obregón para escribir su libro sobre el militarismo mexicano, Obregón le dijo: “No conozco a ningún general capaz de resistir un cañonazo de un millón de pesos”. En 1961 los cañonazos de esta clase han estado a la orden del día en la Argentina para detener la única conspiración peligrosa contra el gobierno de Frondizi: la llamada “conspiración de los mandos naturales”.
El 3 de noviembre, mientras el ministro de Marina, contraalmirante Gastón Clément, ordenaba la requisición del personal ferroviario, el directorio del Banco de la Nación Argentina concedía un préstamo por dos millones 875 mil 824 pesos a la esposa de aquel, Amalia de Yrigoyen de Clément. El abogado Roberto Olejaveska, en una carta abierta al propio Clément, señala, asimismo, la existencia de otras operaciones anteriores con el mismo beneficiario.
El 31 de agosto de 1961 los generales, brigadieres y almirantes recibieron, por decreto, un aumento en sus sueldos de veinte mil 400 pesos. El aumento fue de dieciocho mil 500 pesos para los tenientes coroneles, capitanes de fragata y vicecomodoros, y de 15 mil 700 pesos para los mayores, capitanes de corbeta y comandantes. Para los oficiales de menor graduación, el aumento alcanzó a ocho mil 300 pesos. El decreto 7114 designa estos aumentos como “reintegro de gastos por permanencia con actividad y responsabilidad jerárquica”, rumbosa denominación que permite a los destinatarios del beneficio cobrarlo entero, pues los gastos están exceptuados del pago de réditos o descuentos para el retiro profesional.
He tomado dos episodios de distinta importancia porque configuran el panorama: Frondizi sabe que para neutralizar la conspiración de las armas en actividad no es suficiente la periódica apelación a la responsabilidad castrense, al peligro de la quiebra de la legalidad y al espectro de la revolución cubana. También es preciso un “cañonazo de un millón de pesos” de vez en cuando, como bien sabía el general Obregón.
La historia de los golpes militares en la Argentina enseña que no hay triunfo posible sin la participación de los mandos naturales. El golpe contra Yrigoyen triunfó porque una parte considerable de los mandos naturales encabezó la rebelión; las conspiraciones radicales contra Uriburu y Justo, en cambio, fracasaron invariablemente porque solamente participaban en ellas militares retirados. Los golpes de Menéndez y Suárez, contra Perón, abortaron porque eran maquinaciones de retirados; el de Lonardi resultó victorioso —siendo Lonardi un retirado— porque la sublevación de los mandos naturales llegó en ayuda del puñado de retirados que combatía en Córdoba.
Desde un primer momento, Frondizi comprendió que no debería temer las actividades del general Iñíguez, que había sido despojado del mando de tropas varios años antes. En cambio tuvo recelos de Toranzo Montero, mientras este fue comandante en jefe, pero apenas pudo desembarazarse de él sin que estallara la rebelión de los mandos naturales que le respondían, recuperó la tranquilidad. Fatalmente Toranzo Montero iba a convertirse en otro Iñíguez. El mismo hecho de que los dos jefes conspiradores hayan terminado manteniendo conversaciones conjuntas a pesar de ser uno de ellos gorila y el otro peronista, indicaría que para ambos la soledad de los jubilados es un hecho. De acuerdo con ciertas fuentes militares hasta es posible que los dos jefes conspiradores a menudo hicieran cálculos de sus fuerzas ignorando que los dos equipos se superponían; más de una vez, sumaron oficiales descontentos, duplicando fuerzas que retornaban a su medida cada vez que se ponían en contacto con la realidad. Para Iñíguez, la realidad fue trágica cuando asaltó un cuartel de Rosario; Toranzo Montero no intentó siquiera hacer la prueba.
Pero en las Fuerzas Armadas se conspira sin ninguna duda. Con bastante desenfado en la Aeronáutica, misteriosamente en la Marina y de una manera desigual en el Ejército (más en las guarniciones alejadas de Buenos Aires, donde están los que purgan algo; menos en el Gran Buenos Aires, destino de los privilegiados).
Se trata, como he dicho, de la conspiración de los mandos naturales. Es aquella que solamente se pondrá en marcha cuando desde el tercer piso de la Secretaría de Guerra se opriman ciertos timbres y llamen determinados teléfonos. ¿Por qué podría ocurrir esta alarma? La principal razón —si no la única— sería una alteración continuada del orden que pusiera en peligro la estabilidad general de la Nación. Esto se debería a dos causas principales: a una huelga general revolucionaria que tuviera que reprimirse con los tanques de asalto y los infantes de Marina, y a una explosión cívico militar del tipo de las antes descriptas, que se sostuviera algo más que las breves intentonas de San Luis o el más reciente ataque a las radios. En ambas hipótesis, sería realmente posible que los mandos naturales resistieran la vuelta a los cuarteles después de restaurado el orden; seguramente preferirían permanecer en la Casa Rosada cierto tiempo.
Por eso la huelga general de noviembre de 1961 fue sospechosamente provocada por el gobierno: porque habiendo sido quebrada, no fue estímulo suficiente para el golpe de los retirados y por último arrastró a estos y malogró tal vez la última oportunidad que les quedaba.
La conspiración de los mandos naturales, entonces, sigue como siempre: los jefes y oficiales dicen denuestos de Frondizi, le atribuyen el torvo propósito de conducir al país al “comunismo” y afirman gravemente que “esto no se puede tolerar más”.
Con relación a la última amenaza, Frondizi dilata esmeradamente el plazo cuando lo intuye próximo a concluir, de la manera que recomendaba Obregón: pegándoles un buen “cañonazo”.



CAPÍTULO III
Los brazos de la derecha


¿Tendrá la revolución cubana la responsabilidad de haber arrojado en los brazos de la derecha a la pequeña burguesía argentina? La derrota izquierdista en las elecciones universitarias de Buenos Aires parece indicar que, cuando menos temporariamente, la insistencia de la izquierda en predicar para la Argentina una solución “a la cubana” ha tenido el efecto de un boomerang. ¿Cómo ha sido esto posible?
La izquierda ha sido batida en la Universidad por la tendencia denominada humanismo y por los sectores reformistas moderados. El primer grupo es identificado con el catolicismo aunque pertenece, más propiamente, a una corriente cristiana de vaga definición; el mismo hecho de su crecimiento numérico está mostrando a las claras que votaron por el humanismo no solamente los católicos —netamente minoritarios en la Universidad— sino otros sectores de imprecisa definición confesional.
Las cifras han sido altamente favorables a los humanistas y a los reformistas moderados. El diario derechista La Nación comentó alborozado que “los comicios pueden ser interpretados, sin lugar a dudas, como una derrota significativa de la izquierda en el terreno político y de la presunta reforma en el terreno doctrinario”.8
En abril de 1901, una elección del mismo signo, aunque menos profunda, mostró entre los universitarios de Venezuela una tendencia a elegir autoridades moderadas para el claustro; los socialcristianos del COPEI ganaron la mitad de los representantes ante el consejo universitario, imponiéndose en siete de las once facultades que integran la Universidad Central de Venezuela. Meses antes había ocurrido una elección similar en la Universidad del Zulia.9
El sintomático retroceso de la izquierda en uno de sus reductos tradicionales lo han explicado algunos de los derrotados diciendo que no debe considerárselo de excesiva gravedad y que ellos mismos lo juzgan como una manifestación de que cierta parte del estudiantado está saturada de política. A mi modo de ver, esta explicación es confirmatoria del diagnóstico: la pequeña burguesía, que suministra la mayoría del alumnado universitario, atraviesa por un momento de extrema debilidad frente a la tentación de la derecha. Si los universitarios se han saturado de la política de izquierda es porque han comenzado a dudar sobre si esta conviene o no a sus intereses; ante la duda optaron por la forma de neutralización que significa elegir a los humanistas.
Se preguntará cuál es la responsabilidad de la revolución cubana en este proceso. Es sabido que el mayor motivo de agitación política de los últimos años —durante temporadas, casi el único— ha sido la revolución cubana. Pero la radicalización de aquella es una prueba difícil para las clases intermedias latinoamericanas, circunstancia que puede carecer de importancia en aquellos países donde dichas clases son débiles pero reviste un valor trascendental en el caso de la Argentina.
Los primeros en advertir que la transición de las difusas utopías izquierdistas al estado socialista podía resultar dura y difícil de sobrellevar fueron los propios universitarios cubanos. Las dificultades del gobierno revolucionario para mantener abiertas las casas de estudio, el enrolamiento de muchos estudiantes en las fuerzas contrarrevolucionarias y el éxodo de los profesionales señalaron que, en medio de la euforia, había estallado como amarga pompa una verdad obvia: la comprobación de que los estados socialistas efectivamente socializan las profesiones universitarias, o tienden a ello.
Desde el punto de vista comunista empujar a la pequeña burguesía hacia la derecha, si no es un crimen contrarrevolucionario, es, por lo menos, un grave error táctico. La burguesía, aunque vacilante, inestable y desconfiada, tiene que jugar un papel revolucionario y antiimperialista; la habilidad de los partidos comunistas consiste en retenerla como aliada el mayor tiempo posible.
En este proceso de alejamiento de la pequeña burguesía han intervenido simultáneamente la derecha y la izquierda. Las fuertes clases intermedias de la Argentina soportan los golpes de dos martillos que caen sobre ella no consecutivamente sino muchas veces al mismo tiempo. El resultado es que se hallan sumergidas en esa perplejidad que se refleja en el caos político del país.
La derecha se había ocupado de tergiversar algunos aspectos de la revolución cubana durante la primera época. Fue esta la etapa en que la revolución realmente carecía de una doctrina rigurosa y elaboraba la propia a menudo de contragolpe.
Pero a partir del momento en que la revolución se proclamó socialista, la posición de la prensa derechista parece limitarse a exponer cómo repercuten sobre la burguesía cubana las medidas del gobierno. Se me dirá —y Castro lo ha dicho casi con las mismas palabras— 10 que la burguesía cubana era antinacional, insignificante y reacia a adaptarse a la nueva situación y que este no es el caso argentino. Esto es verdad pero no tienen por qué decírselo a la burguesía argentina los diarios de la derecha, naturalmente interesados en establecer una falsa analogía que espanta a las clases intermedias y las distancia no solo de la izquierda sino aun de todo cambio.
La técnica de la exposición de esos hechos podía tener para la derecha un riesgo: que habiendo proclamado Castro una revolución de los campesinos y cumpliéndose esta en perjuicio de la burguesía, por lo menos los campesinos de otros lugares se identificaran con ella, la aclamaran y terminaran por desatar una ola incontenible en sus propios países.
La derecha argentina, sin embargo, conoce a la perfección un detalle que con frecuencia parecería olvidar la izquierda: que la realidad campesina de Cuba y la Argentina son notoriamente desiguales. En la Argentina los capitalistas agrarios son una pequeña minoría, existe una amplia mayoría de productores directos (que basan su producción en el trabajo propio y en el de su familia) y el proletariado permanente de la empresa agraria significa una concentración de dos o tres individuos por establecimiento a lo sumo. Un autor marxista11 destacaba que “esta cantidad irrisoria señala la inexistencia de concentración proletaria en nuestro trabajo agrario y, al mismo tiempo, la condición social de este obrero, que está más cerca del oficial artesano de la Edad Media que colabora con el maestro, que del obrero”. En Cuba, por el contrario, la explotación agrícola estaba en manos de la sociedad anónima y existía un auténtico proletariado del campo; por otra parte, la mitad de la población no vivía en las ciudades.
De tal modo que los naturales destinatarios de una prédica a favor de la revolución socialista y campesina no pueden en la Argentina enterarse bien de ella y, cuando se enteran, carecen por el momento de fuerza para pesar activamente e impulsar los cambios.
¿Qué hizo la izquierda para combatir contra esta confusión? Con ligeros matices, la extrema izquierda aliada a los comunistas y los comunistas se han comportado de una manera aparentemente satisfactoria para la táctica de la derecha. Los periódicos no comunistas de la extrema izquierda se ocuparon de irritar a la burguesía argentina atemorizándola con la promesa de ejemplarizadoras vindictas, fusilamientos, confiscaciones y barbudos insobornables. Procedente la mayoría de esta izquierda del socialismo, no ha podido sustraerse a la influencia de los viejos maestros románticos, que agitando ciertas truculencias satisfacían los objetivos de la oligarquía argentina, empujando a la tímida burguesía de principios de siglo hacia la derecha.
Este fervor revolucionario de la extrema izquierda en cierto modo ha arrastrado al partido comunista. No quiero decir que lo haya arrastrado realmente, obligándolo a cambiar su propia táctica, sino que la iracundia de los extremistas y el PC han logrado convertirse en una sola masa borrosa ante los ojos de la despavorida burguesía.
Explicar el comportamiento del PC es tarea complicada, especialmente en el caso argentino. Lossovsky decía en abril de 1928, en una reunión del Profintern y refiriéndose a Latinoamérica, que “la revolución no se hace por medio de proclamas, no se pueden declarar huelgas cada 24 horas, y para luchar contra la burguesía no basta con tener un semanario ni un centenar de militantes, sino que es indispensable disponer de una organización suficientemente fuerte para combatir y derribar al Estado capitalista. En América Latina se habla demasiado de revolución social. Todas las cartas latinoamericanas acaban con un ¡Viva la Revolución Social! Esto está muy bien, yo no estoy en contra de ello. Pero hay cierto número de camaradas que tienen una idea demasiado primitiva de la revolución social. Creen que si la revolución socialista no se ha producido ayer, llegará mañana. Creen que volverán de Moscú con la revolución social en el bolsillo; creen que la revolución social es una cosa que llega de la noche a la mañana”.12
Este punto de vista de los viejos especialistas soviéticos en Latinoamérica parecería haber sido desechado ahora y sustituido por otro, seguramente como consecuencia del ejemplo cubano.
En Problemas de la América Latina contemporánea,13 M. V. Danilevich y A. F. Shugolski sostienen que “los partidos comunistas aparecen como la fuerza dirigente del movimiento de liberación nacional en América Latina”, pensando en Castro y sus compañeros, aunque la interpretación es discutible también en este caso.
De todos modos, como los partidos comunistas latinoamericanos utilizan con respecto a su propio comportamiento un complejo juego de espejos con relación al pensamiento de Moscú, es posible que la opinión de los especialistas soviéticos haya convencido al partido comunista argentino de que, en efecto, marcha a la cabeza de la liberación nacional en este país.
Sin embargo, las clases intermedias argentinas se encuentran hoy tal vez más cerca que nunca de intentar un experimento fascista.
8. La Nación, 22-XI-1961.
9. Información Democrática Cristiana, Nueva York, No. 66, mayo, 1961.
10. El ll-X-1961, la revista Impacto, de México, publicaba un reportaje a Castro, que en este aspecto dice: “Nada tenemos que darle (a la pequeña burguesía). Sabemos (también) lo que era la pequeña burguesía cubana, una burguesía racista, sin patria, sectaria y enemiga de todas las integraciones. Desde luego nosotros —si la hubiera— aceptaríamos a una burguesía nacionalista, dispuesta a integrarse, a trabajar por una patria y un ideal (...) en la Cuba de antes (...) esa pequeña burguesía era racista y ausentista, no quieren ver mermados sus privilegios, para ellos hemos ido demasiado lejos”.
11. Nahuel Moreno, La estructura económica argentina, Buenos Aires, 1959.
12. Cit. por Víctor Alba, Historia del Frente Popular, México, 1959.
13. Cit. por Boris Goldenberg, “A. Latina en el espejo soviético”, Cuadernos, París, noviembre 1961.



CAPÍTULO IV
La baraja china


El patético desastre del frente izquierdista en las elecciones del domingo 17 de diciembre de 1961 ha vuelto a plantear un interrogante sobre el extraño destino de la plana mayor del partido comunista de la Argentina, enredado otra vez en un descalabro electoral. La vieja guardia estalinista (Codovilla, Ghioldi, González Alberdi) aparentemente se encontraría ahora más cerca que nunca de su liquidación política.
Cuarenta y ocho horas antes de las elecciones, el periódico más importante de la izquierda aliada a los comunistas (Principios, dirigido por Leónidas Barletta), decía que en el comicio de Santa Fe “se juega la democracia”. “El doctor Gómez —escribía Barletta— se perfila nítidamente como el hombre que puede darle el revés a quienes se han empeñado en desoír a las masas populares”. También expresaba que “el gobierno nacional barrunta que esas elecciones no le serán favorables” y concluía con el slogan utilizado para la misma campaña por el órgano oficial del partido comunista (Nuestra Palabra): “El pueblo... en Santa Fe... votará por la unidad, votará contra el mal gobierno, por la democracia”.14
El doctor Gómez obtuvo 46 mil votos entre algo más de un millón de electores que depositaron los suyos. El gobierno alcanzó los 300 mil; el peronismo, 240 mil y los radicales opositores y los demócratas progresistas unos 130 mil votos cada uno. De tal modo que el candidato de la extrema izquierda y los comunistas reunió menos del cinco por ciento de los votos emitidos. El acelerado vuelco del pueblo argentino hacia los partidos moderados y aun hacia los netamente derechistas,15 confirma la tendencia que anteriormente había analizado en relación con la oficialidad joven de las Fuerzas Armadas y los estudiantes universitarios.
El triunfo oficialista en las tres provincias donde hubo elecciones ha reforzado tan considerablemente la situación del gobierno que infundió inusitados bríos a los decaídos partidarios del régimen. Estos juzgan que el riesgo del golpe militar está indefinidamente postergado, pues se ha demostrado que el gobierno puede triunfar sin necesidad de los votos peronistas y aun contra ellos; además, que la extrema izquierda y el comunismo son insignificantes. Esto último, asimismo, probaría que una política económica antipopular no incuba necesariamente reveses electorales de signo extremista sino más bien al contrario, por lo menos cuando se saben explotar con astucia los anhelos de paz social y tranquilidad de las numerosas clases intermedias. De manera que el gobierno se encontraría ahora en condiciones de dilatar la adopción de medidas de alivio financiero, como por ejemplo la gradual devaluación de la moneda, ya que la presión de las necesidades electorales es notoriamente menor.
El partido comunista se negó a acompañar a los peronistas en la elección porque consideró que esta era una forma de “aventurerismo”. Propuso, en cambio, un frente mixto que sostuvo al ex vicepresidente Gómez; es decir, repitió la más clásica fórmula del Camino de Yenan, consistente en apoyar con su máquina de propaganda a un político burgués fracasado y sin prestigio dispuesto a servir dócilmente a los intereses comunistas con tal de alcanzar la victoria. Esta táctica se había utilizado recientemente en la elección del Brasil, donde los comunistas apoyaron al impopular mariscal anticastrista Teixeira Lott, contra Janio Quadros, que regresaba de La Habana; naturalmente, también allí el Camino de Yenan fracasó estrepitosamente. De modo que el rechazo del “aventurerismo” se convierte a menudo en la mayor aventura: aquella de mostrar al desnudo la propia debilidad.
La campaña electoral de Santa Fe había reproducido en pequeño las viejas técnicas del frente-populismo europeo y chileno, en la década del treinta; solo faltaba la figura de Barbusse detrás de Gómez, los escritores “progresistas” y los diputados radicales que hablaban delante de los ahorrativos colonos del sur de Santa Fe, prometiéndoles una colectivización “a la cubana”. Como entonces, los líderes comunistas se exhibían en un discreto segundo plano.
Pero la derrota ha venido a poner sobre la mesa dos interrogantes: ¿acaso piensa Moscú realizar el antiestalinismo con los viejos amigos de Stalin en Latinoamérica? ¿O es que el antiestalinismo representa nada más que una fórmula de la rivalidad ruso-china, pero carece de significado para los partidos comunistas latinoamericanos? Básicamente, parecería que si Moscú no ha considerado prescindir, por ejemplo, de Codovilla y acepta sus audaces profesiones de fe antiestalinista, es porque la misión de Codovilla en la Argentina seguirá siendo la misma de antes: proteger las espaldas de la URSS, aun retardando u obstruyendo la libración nacional argentina.
En el fondo, la coincidencia entre Stalin y Jruschov consiste en que ninguno de los dos considera la guerra entre sus planes para implantar el socialismo. Stalin la hizo por razones absolutamente nacionalistas, para defender a la Gran Patria rusa, y cuando ya había sacrificado al partido comunista alemán, abandonado a España y firmado un acto de amistad con Hitler. En aquella época, los estalinistas latinoamericanos explicaron que la URSS no estaba militarmente preparada para la guerra; un cuarto de siglo más tarde, aquellos mismos hombres, ahora en nombre del antiestalinismo, explican que la URSS está tan preparada para la guerra que tampoco puede hacerla, ya que el mundo entero sería destruido. Para los pueblos que se encuentran en su proceso de liberación nacional, como es el caso de los latinoamericanos, el panorama es objetivamente el mismo.
El papel contrarrevolucionario de los partidos comunistas latinoamericanos, empero, puede modificarse si al amparo de la línea marcada por Pekín se producen disidencias de importancia en Latinoamérica. En Brasil, seis altos dirigentes comunistas han sido expulsados por su adhesión a esa corriente; en La Habana, el diario oficial Revolución publicó con los mismos honores que el discurso de Jruschov en el XXII Congreso del PCUS, el de Chou-En-Lai, virtualmente ignorado por la prensa comunista latinoamericana.
Por eso, mientras el pacífico Nehru y el neutralista Sukarno hacían la guerra por las reivindicaciones nacionalistas de sus respectivos países, Pekín se pronunciaba otra vez a favor de los movimientos nacionales de liberación, aunque estos conllevaran el riesgo de guerras limitadas.
En un editorial de primera plana aparecido en el órgano oficial del partido comunista chino, Diario del Pueblo, se sintetizaba en 3.500 palabras esa posición, paradojalmente identificada con el nombre de Stalin, el mayor profeta de los apacibles frentes populares.16
La baraja china tiene dos figuras: la del Camino de Yenan es la que empeñosamente juegan los viejos estalinistas latinoamericanos para fortalecer la coexistencia que reclama Moscú. En la otra está el camino de La Habana.
14. Principios, 14-XII-1961.
15. Emilio Hardoy, jefe de la Unión Conservadora dijo que era “una gran elección conservadora”.
16. UP, en La Razón, 19-XII-1961.

 


CAPÍTULO V
El bloqueo de la Marina


La Marina de Guerra comprará pertrechos por valor de 22 mil millones de pesos para realizar su más famosa maniobra naval: el bloqueo del presidente. La operación forma parte de la estrategia continental de los Estados Unidos y ha atravesado etapas delicadas.
El 20 de diciembre de 1961 la Cámara de Diputados se reunió secretamente para considerar el formidable presupuesto de adquisiciones de nuevos materiales y renovación de los actuales, correspondientes a la Marina de Guerra. La mayoría oficialista aprobó un plan escalonado para invertir 22 mil millones de pesos (265 millones de dólares) entre 1962 y 1972; los radicales de la oposición estimaron que la suma era excesiva, pero de todos modos admitieron la primera parte del programa, mediante la cual se gastarán 12.400 millones de pesos en los cinco primeros años. Hubo un solo voto contra ambas propuestas (del diputado Ernesto Sanmartino, radical de la minoría), pero fue imposible conocer los fundamentos, puesto que la sesión era secreta.
El plan mínimo permitirá a la Marina comprar cuatro fragatas antisubmarinas, seis rastreadores antimagnéticos, unos treinta aviones y una batería de cohetes para su poderosa infantería, además de unidades móviles, ampliación de pistas de aterrizaje y reequipamiento de algunos artefactos inadecuados.17
Con estos elementos la Marina de Guerra se consolidará definitivamente como grupo de presión. Esta situación se agudizó en las postrimerías de 1955 y ha venido acentuándose hasta el significativo desequilibrio de fuerzas con las demás armas que es la característica del presente.
La Marina de Guerra estuvo asociada por espacio de un siglo a la diplomacia británica en el Río de la Plata. Una combinación de cerrado espíritu clasista, romántica admiración por la grandeza naval británica y alianza económica con la oligarquía anglófila gobernante, colocaron a la Marina de Guerra en el papel de vigilar el desarrollo de las crisis políticas del país, sin participar en su gestión. De manera que las convulsiones internas fatalmente enfrentaron a la Marina de Guerra con el Ejército y, en los últimos tiempos, con la Aeronáutica, cuerpo desprendido de aquel, que también tiene tendencia a complicarse en los grandes acontecimientos nacionales. La Marina vivió abroquelada durante un siglo y cuando hizo conocer alguna opinión corporativa, su punto de vista fue siempre minoritario y repudiado enseguida por la mayoría del país. En el período 1941-1943, la Marina fue belicista contra la neutralidad del Ejército y de la opinión pública. En un primer plano, la Marina invocaba la necesidad de apoyar activamente la causa de la democracia; en el trasfondo, alimentaba la esperanza de que la entrada de la Argentina en el conflicto obligaría al gobierno a invertir algunos millones en la adquisición de barcos de guerra, aunque solo fuera para utilizarlos como escolta de los mercantes argentinos que hacían el intercambio con América y Europa. En 1943, la Marina de Guerra permaneció absolutamente ajena al estallido militar nacionalista y dentro de sus cuadros se gestó el descontento que hizo explosión cuando un almirante capitaneó el golpe de Estado contra Perón, en octubre de 1945. Perón nunca contó con la simpatía de los marinos que en todas las ocasiones plantearon unitariamente puntos de vista conservadores con relación a los planes de gobierno y por último, también corporativamente, actuaron con decisión para derribarlo.
Pero la Marina no quedó al margen del desplazamiento de la hegemonía imperial británica hacia los Estados Unidos, si bien la sorda hostilidad de Perón le impidió participar de presupuestos convenientes para modernizar sus efectivos. Por esta causa los cuadros de oficiales mantuvieron una anacrónica lealtad hacia Gran Bretaña, a pesar de que el almirantazgo inglés poco tenía que ver con sus actividades, efectivamente planificadas desde Washington. La última manifestación retardada de aquella amistad fue el melancólico discurso que el almirante Hartung, embajador en Londres, pronunciara en noviembre de 1958 en la Anglo-Argentine Society. Hartung prometió entonces que las relaciones entre los dos países volverían a ser como antes de la guerra, con frases sentimentales que no pudieron, empero, ocultar su ignorancia de la economía. El discurso de Hartung reunió curiosamente los tres elementos esenciales de aquella alianza argentino-británica en cuanto a la Marina: negocios, clase social y romanticismo; sin embargo, fue tan solo un canto de cisne.18
La principal tarea de los Estados Unidos, a la caída de Perón, fue fortificar a la Marina y aumentar su capacidad de acción. En 1956 la entrega de un portaaviones británico estuvo a punto de provocar el colapso del frente militar; el Ejército y la Aeronáutica intuyeron que los refuerzos continuarían y el presupuesto aprobado ahora confirma esta preocupación.
¿Por qué Estados Unidos no arma en la misma medida al Ejército y a la Aeronáutica? La razón es sencilla: una fuerza armada donde no existen disidencias intestinas, que se autodepura periódicamente y en silencio y vive enclaustrada, es incontaminable. Con ella difícilmente pudiera cumplirse el axioma de Lenin, según el cual “ninguna revolución de las masas puede triunfar sin la ayuda de una parte de las Fuerzas Armadas que sostenían el antiguo régimen”.19
De manera que la Marina de Guerra argentina reúne tres aspectos objetivamente valiosos: 1) con la quinta parte de los efectivos del Ejército y algo más que los de la Aviación, no presenta fisuras internas y sus miembros son invulnerables a las tentaciones sociales; 2) convenientemente armada puede reprimir con efectividad cualquier forma de insurrección, desde las absolutamente populares hasta aquellas que, como sentenciaba Lenin, deberán contar a su favor con una parte de las Fuerzas Armadas; 3) en tanto estos factores son ciertos, lo es también que un presidente civil enfrenta en la Marina al más contundente grupo de presión porque su influencia política aumenta sistemáticamente.
Estados Unidos ha venido trabajando con inteligencia en relación a la Marina de Guerra argentina. Su instrumento fundamental ha sido la necesidad de que la Marina dispusiera de unidades navales de acuerdo con la uniformidad de estas, ordenada por los compromisos firmados por la Argentina a la caída de Perón, y los anteriores que se habían satisfecho solo parcialmente. Los viejos navíos italianos o ingleses, como se sabe, nada tienen que ver con las normas uniformadoras, entre otras cosas porque estas normas fueron preparadas en Washington por almirantes que también son socios de prósperos astilleros navales.
En una ocasión, empero, la diplomacia norteamericana perdió pie y produjo el escandaloso incidente de la Aeronáutica y la Marina que arrastró por fin al embajador Roy Rubottom. Entonces dijo Time que Rubottom había caído en desgracia “por haberse envuelto en una lucha de facciones palaciegas”. Ciertamente, los aviadores fueron informados de que Rubottom había recomendado a su gobierno que no entregara a la Aeronáutica determinados aparatos que estaban comprometidos, porque la aviación no era un arma “de confianza”. Esta imprudencia enardeció a los aviadores, que exigieron el retiro de Rubottom tal como el propio Frondizi se lo hizo saber a Kennedy.20
La acción de la Marina se ha multiplicado en los últimos tiempos. Durante la conferencia de Costa Rica, en 1960, se expresó a través del vitriólico alegato anticubano de la representación argentina, urdido por el intrigante asesor de los marinos en cuestiones internacionales, Luis de Pablo Pardo. En la prolongada huelga ferroviaria de 1961, el ministro de Marina respaldó la más enérgica represión obrera. En menesteres por el estilo se encontraban los marinos en vísperas de la conferencia de cancilleres de Punta del Este.
Las fricciones y eventuales crisis con las demás armas que hubieran tenido lugar en otros tiempos, virtualmente han sido descartadas ahora, pues las tres armas aparecen galvanizadas en el anticomunismo y dudosamente empujarían una acción que no puedan controlar en todas las etapas.
Por esta causa, la Marina de Guerra argentina ha tomado una posición parecida a la que tenía el cuerpo de paracaidistas francés con respecto a De Gaulle, aunque posiblemente más sólida. En equilibrar este inquietante factor de poder no solo pasó su tiempo Frondizi, sino que también lo pasará quien lo suceda en la Presidencia. Excepto, claro está, si los marinos lo ponen en ella.
17. La Razón, 22-XII-1961, p. 5.
18. Sepa Ud., No. 12, 11-XII-1953, Información de Reuter.
19. Cit. por Edwin Liewen en Armas y política en América Latina, Sur, 1961, p. 168.
20. Hermano Alves, Jornal do Brasil, Río de Janeiro, 25-X-1961.

  • Rogelio García Lupo
    García Lupo, Rogelio

    Rogelio García Lupo (Buenos Aires, 16 de noviembre de 1931-ibidem, 19 de agosto de 2016) fue un periodista de investigación e historiador argentino.​
    Se desempeñó como periodista en medios de Argentina y América Latina. Fue cofundador de la agencia de noticias cubana Prensa Latina; del Semanario de la CGT y autor de numerosos artículos y libros. Tuvo la primicia del desembarco militar en Malvinas (1982).
    Comenzó a trabajar como periodista en 1952. Con la llegada de la dictadura autoproclamada Revolución Libertadora y el cierre de publicaciones, se sumó al vespertino Noticias Gráficas y, dos años más tarde, a la revista Qué, donde escribían Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz. Incursionó en radio (Belgrano y Argentina) y en el rubro publicitario como redactor de la agencia Publi-art, a cargo la campaña permanente de las máquinas de escribir Olivetti.
    En 1958, al participar junto a Rodolfo Walsh de la investigación del asesinato de Marcos Satanowsky (abogado del director de La Razón), abrazó para siempre el periodismo de investigación. Con Walsh integró la comisión del Congreso de la Nación investigadora del Caso Satanowsky.
    Un año más tarde, junto al autor de Operación Masacre, acudieron al llamado de Jorge Masetti para fundar la agencia Prensa Latina de la Cuba ya revolucionaria. Trasladado a la isla luego de la Revolución cubana de 1959 fue cofundador de esa Agencia, junto también a Gabriel García Márquez.
    Entre 1959-1973 fue corresponsal en Buenos Aires del semanario uruguayo Marcha, y editor y asesor de la editorial Jorge Álvarez.
    Ente 1968 y 1969 fue uno de los trípodes básicos, junto a Walsh y Horacio Verbitsky para armar el Semanario CGT (de la CGT de los Argentinos). En 1970 publicó varios artículos en la revista Primera Plana con el seudónimo "Benjamín Venegas", pues sus artículos se hallaban censurados por la dictadura de la Revolución Argentina.
    Durante el gobierno democrático de Héctor Cámpora, en 1973, fue director ejecutivo de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (Eudeba).
    Ha sido corresponsal de diarios como El Nacional de Caracas y Tiempo de Madrid y ha colaborado con el diario Clarín de Buenos Aires.
    Desde la aparición de El Periodista de Buenos Aires en 1984, hasta su cierre en 1989, García Lupo fue un columnista destacado dentro de esa publicación de Ediciones de la Urraca, de Andrés Cascioli.
    En 2012, luego de conocer el trabajo del Departamento de Archivos de la Biblioteca Nacional Mariano Moreno, resolvió donar su archivo personal para que estuviera accesible a la consulta pública. El material recopilado dio cuenta de la rigurosidad de sus investigaciones y acompañó su trayectoria incluyendo su participación en experiencias político-periodísticas clave de la segunda mitad del siglo xx. El momento de la donación quedó registrado en el documental "A vuelo de Pajarito", dirigido por su hijo Santiago García Isler.
    Obra:
    La rebelión de los generales (1962)
    Historia de unas malas relaciones (1964)
    ¿A qué viene De Gaulle? (1964)
    Contra la ocupación extranjera (1968)
    Mercenarios y Monopolios en la Argentina. De Onganía a Lanusse (1971)
    La Argentina en la selva mundial (1973)
    Diplomacia secreta y rendición incondicional (1982)
    Paraguay de Stroessner (1989)
    El arsenal sudamericano de Saddam Hussein (1991)
    Últimas Noticias de Perón y su tiempo (2006), Vergara, Grupo Zeta
    Últimas noticias de Fidel Castro y el Che (2007), Ediciones B.