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Año 10 #116 Junio 2024

Espantos de agosto

“Espantos de agosto” integra Doce cuentos peregrinos, De bolsillo, 2003.

Llegamos a Arezzo un poco antes del mediodía, y perdimos más de dos horas buscando el castillo renacentista que el escritor venezolano Miguel Otero Silva había comprado en aquel recodo idílico de la campiña toscana. Era un domingo de principios de agosto, ardiente y bullicioso, y no era fácil encontrar a alguien que supiera algo en las calles abarrotadas de turistas. Al cabo de muchas tentativas inútiles volvimos al automóvil, abandonamos la ciudad por un sendero de cipreses sin indicaciones viales, y una vieja pastora de gansos nos indicó con precisión dónde estaba el castillo. Antes de despedirse nos preguntó si pensábamos dormir allí, y le contestamos, como lo teníamos previsto, que sólo íbamos a almorzar.
—Menos mal —dijo ella—porque en esa casa espantan.
Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos del medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos de conocer un fantasma de cuerpo presente.
Miguel Otero Silva, que además de buen escritor era un anfitrión espléndido y un comedor refinado, nos esperaba con un almuerzo de nunca olvidar. Como se nos había hecho tarde no tuvimos tiempo de conocer el interior del castillo antes de sentarnos a la mesa, pero su aspecto desde fuera no tenía nada de pavoroso, y cualquier inquietud se disipaba con la visión completa de la ciudad desde la terraza florida donde estábamos almorzando. Era difícil creer que en aquella colina de casa encaramadas, donde apenas cabían noventa mil personas, hubieran nacido tantos hombres de genio perdurable. Sin embargo, Miguel Otero Silva nos dijo con su humor caribe que ninguno de tantos era el más insigne de Arezzo.
—El más grande —sentenció —fue Ludovico.
Así, sin apellidos: Ludovico, el gran señor de las artes y de la guerra, que había construido aquel castillo de su desgracia, y de quién Miguel nos habló durante todo el almuerzo. Nos habló de su poder inmenso, de su amor contrariado y de su muerte espantosa. Nos contó como fue que en un instante de locura del corazón había apuñalado a su dama en el lecho donde acababan de amarse, y luego azuzó contra sí mismo a sus feroces perros de guerra que lo despedazaron a dentelladas. Nos aseguró, muy en serio, que a partir de la media noche el espectro de Ludovico deambulaba por la casa en tinieblas tratando de conseguir el sosiego en su purgatorio de amor.
El castillo, en realidad, era inmenso y sombrío. Pero a pleno día, con el estómago lleno y el corazón contento, el relato de Miguel no podía parecer sino una broma como tantas otras suyas para entretener a sus invitados. Los ochenta y dos cuartos que recorrimos sin asombro después de la siesta, habían padecido toda clase de mudanza de sus dueños sucesivos. Miguel había restaurado por completo la planta baja y se había hecho construir un dormitorio moderno con suelos de mármol e instalaciones para sauna y cultura física, y la terraza de flores intensas donde habíamos almorzado. La segunda planta, que había sido la más usada en el curso de los siglos, era una sucesión de cuartos sin ningún carácter, con muebles de diferentes épocas abandonados a su suerte. Pero en la última se conservaba una habitación intacta por donde el tiempo se había olvidado de pasar. Era el dormitorio de Ludovico.
Fue un instante mágico. Allí estaba la cama de cortinas bordadas con hilos de oro, y el sobrecama de prodigios de pasamanería todavía acartonado por la sangre seca de la amante sacrificada. Estaba la chimenea con las cenizas heladas y el ultimo leño convertido en piedra, el armario con sus armas bien cebadas, y el retrato de óleo del caballero pensativo en un marco de oro, pintado por alguno de los maestros florentinos que no tuvieron la fortuna de sobrevivir a su tiempo. Sin embargo, lo que más me impresionó fue el olor de fresas recientes que permanecía estancado sin explicación posible en el ámbito del dormitorio.
Los días del verano eran largos y parsimoniosos en la Toscana, y el horizonte se mantiene en su sitio hasta las nueve de la noche. Cuando terminamos de conocer el castillo eran más de las cinco, pero Miguel insistió en llevarnos a ver los frescos de Piero della Francesca en la Iglesia de San Francisco, luego nos tomamos un café bien conversado bajo las pérgolas de la plaza, y cuando regresamos para recoger las maletas encontramos la cena servida. De modo que nos quedamos a cenar.
Mientras lo hacíamos, bajo un cielo malva con una sola estrella, los niños prendieron unas antorchas en la cocina, y se fueron a explorar las tinieblas en los pisos altos. Desde la mesa oíamos sus galopes de caballos cerreros por las escaleras, los lamentos de las puertas, los gritos felices llamando a Ludovico en los cuartos tenebrosos. Fue a ellos a quienes se les ocurrió la mala idea de quedarnos a dormir. Miguel Otero Silva los apoyó encantado, y nosotros no tuvimos el valor civil de decirles que no.
Al contrario de lo que yo temía, dormimos muy bien, mi esposa y yo en un dormitorio de la planta baja y mis hijos en el cuarto contiguo. Ambos habían sido modernizados y no tenían nada de tenebrosos. Mientras trataba de conseguir el sueño conté los doce toques insomnes del reloj de péndulo de la sala, y me acordé de la advertencia pavorosa de la pastora de gansos. Pero estábamos tan cansados que nos dormimos muy pronto, en un sueño denso y continuo, y desperté después de las siete con un sol espléndido entre las enredaderas de la ventana. A mi lado, mi esposa navegaba en el mar apacible de los inocentes. «Qué tontería —me dije—, que alguien siga creyendo en fantasmas por estos tiempos». Sólo entonces me estremeció el olor de fresas recién cortadas, y vi la chimenea con las cenizas frías y el último leño convertido en piedra, y el retrato del caballero triste que nos miraba desde tres siglos antes en el marco de oro. Pues no estábamos en la alcoba de la planta baja donde nos habíamos acostado la noche anterior, sino en el dormitorio de Ludovico, bajo la cornisa y las cortinas polvorientas y las sábanas empapadas de sangre todavía caliente de su cama maldita.
Octubre 1980.

  • Gabriel García Márquez
    García Márquez, Gabriel

    Gabriel García Márquez (1927-2014) fue uno de los más influyentes escritores del siglo XX y de la lengua castellana. Nació en Aracataca, un pequeño pueblo de la provincia de Magdalena, Colombia.

    Trabó amistad con Camilo Torres, el “cura guerrillero” y El diario El Espectador, publicó su primer cuento, La tercera resignación, y más tarde, Eva está dentro de su gato, ambos en 1947. Publica con éxito su primera novela en Bogotá, La hojarasca (1955) y comienza a consolidarse literariamente. En 1956 subsiste en Europa en malas condiciones económicas y comienza El coronel no tiene quien le escriba.

    En 1962 se casa con Mercedes Barcha y comienza Los funerales de la Mamá Grande. Invitado por Fidel Castro visita Cuba en el 59 y regresa como corresponsal de Prensa Latina. En EEUU es premiado y recibe presiones políticas; se traslada a México donde se vincula con Carlos Fuentes y Juan Rulfo. La mala hora es premiada en Bogotá y prepara El otoño del patriarca.

    En 1967 inicia Cien años de soledad, una de las máximas expresiones del realismo mágico, originalmente llamado La casa. Dueño ya de un gran éxito, se traslada a Barcelona donde reside hasta 1975.

    En 1972 publica La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, un año después Cuando era feliz e indocumentado y en 1974 Ojos de perro azul y funda en Bogotá la revista política Alternativa, clausurada en 1980.

    Regresa en 1981 y prepara Crónica de una muerte anunciada. Es perseguido por la acusación de estar vinculado al grupo guerrillero M19 y pide asilo político en la embajada mexicana en Bogotá.

    Recibe el Premio Nobel en 1982.

    Obra:

    Novelas

    • La hojarasca (1955)
    • El coronel no tiene quien le escriba (1961)
    • La mala hora (1962)
    • Cien años de soledad (1967)
    • El otoño del patriarca (1975)
    • Crónica de una muerte anunciada (1981)
    • El amor en los tiempos del cólera (1985)
    • El general en su laberinto (1989)
    • Del amor y otros demonios (1994)
    • Memoria de mis putas tristes (2004)

    Libros de cuentos

    • Los funerales de la Mamá Grande (1962)
    • La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada (1972)
    • Ojos de perro azul (1972)
    • Doce cuentos peregrinos (1992)

    Reportajes

    • Relato de un náufrago (1970)
    • La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile (1986)
    • Noticia de un secuestro (1996)

    Teatro

    • Diatriba de amor contra un hombre sentado (1987)

    Memorias

    • Vivir para contarla (2002)

    Obra periodística

    • Textos costeños (1948-1952) (1981)
    • Entre cachacos (1954-1955) (1982)
    • De Europa y América (1955-1960) (1983)
    • Por la libre (1974-1995) (1984, 1999)
    • Notas de prensa (1961-1984) (1991, 1999)
    • El amante inconcluso (2001)
    • Gabo periodista (2013)

    Entrevista

    • El olor de la guayaba (1982, con Plinio Apuleyo Mendoza)