Plagios y traducciones
Plagios y traducciones
I
El hijo del vampiro
Probablemente todos los fantasmas sabían que Duggu Van era un vampiro. No le tenían miedo pero le dejaban paso cuando él salía de su tumba a la hora precisa de medianoche y entraba al antiguo castillo en procura de su alimento favorito.
El rostro de Duggu Van no era agradable. La mucha sangre bebida desde su muerte aparente —en el año 1060, a manos de un niño, nuevo David armado de una honda-puñal— había infiltrado en su opaca piel la coloración blanda de las maderas que han estado mucho tiempo debajo del agua. Lo único vivo, en esa cara, eran los ojos. Ojos fijos en la figura de Lady Vanda, dormida como un bebé en el lecho que no conocía más que su liviano cuerpo.
Duggu Van caminaba sin hacer ruido. La mezcla de vida y muerte que informaba su corazón se resolvía en cualidades inhumanas. Vestido de azul oscuro, acompañado siempre por un silencioso séquito de perfumes rancios, el vampiro paseaba por las galerías del castillo buscando vivos depósitos de sangre. La industria frigorífica lo hubiera indignado. Lady Vanda, dormida, con una mano ante los ojos como en una premonición de peligro, semejaba un bibelot repentinamente tibio. Y también un césped propicio, o una cariátide.
Loable costumbre en Duggu Van era la de no pensar nunca antes de la acción. En la estancia y junto al lecho, desnudando con levísima carcomida mano el cuerpo de la rítmica escultura, la sed de sangre principió a ceder.
Que los vampiros se enamoren es cosa que en la leyenda permanece oculta. Si él lo hubiese meditado, su condición tradicional lo habría detenido quizás al borde del amor, limitándolo a la sangre higiénica y vital. Mas Lady Vanda no era para él una mera víctima destinada a una serie de colaciones. La belleza irrumpía de su figura ausente, batallando, en el justo medio del espacio que separaba ambos cuerpos, con el hambre.
Sin tiempo de sentirse perplejo ingresó Duggu Van al amor con voracidad estrepitosa. El atroz despertar de Lady Vanda se retrasó en un segundo a sus posibilidades de defensa. Y el falso sueño del desmayo hubo de entregarla, blanca luz en la noche, al amante.
Cierto que, de madrugada y antes de marcharse, el vampiro no pudo con su vocación e hizo una pequeña sangría en el hombro de la desvanecida castellana. Más tarde, al pensar en aquello, Duggu Van sostuvo para sí que las sangrías resultaban muy recomendables para los desmayados. Como en todos los seres, su pensamiento era menos noble que el acto simple.
En el castillo hubo congreso de médicos y peritajes poco agradables y sesiones conjuratorias y anatemas, y además una enfermera inglesa que se llamaba Miss Wilkinson y bebía ginebra con una naturalidad emocionante. Lady Vanda estuvo largo tiempo entre la vida y la muerte (sic). La hipótesis de una pesadilla demasiado verista quedó abatida ante determinadas comprobaciones oculares; y, además, cuando transcurrió un lapso razonable, la dama tuvo la certeza de que estaba encinta.
Puertas cerradas con Yale habían detenido las tentativas de Duggu Van. El vampiro tenía que alimentarse de niños, de ovejas, hasta de —¡horror!— cerdos. Pero toda la sangre le parecía agua al lado de aquella de Lady Vanda. Una simple asociación, de la cual no lo libraba su carácter de vampiro, exaltaba en su recuerdo el sabor de la sangre donde había nadado, goloso, el pez de su lengua.
Inflexible su tumba en el pasaje diurno, érale preciso aguardar el canto del gallo para botar, desencajado, loco de hambre. No había vuelto a ver a Lady Vanda, pero sus pasos lo llevaban una y otra vez a la galería terminada en la redonda burla amarilla de la Yale. Duggu Van estaba sensiblemente desmejorado.
Pensaba a veces —horizontal y húmedo en su nicho de piedra— que quizá Lady Vanda fuera a tener un hijo de él. El amor recrudecía entonces más que el hambre. Soñaba su fiebre con violaciones de cerrojos, secuestros, con la erección de una nueva tumba matrimonial de amplia capacidad. El paludismo se ensañaba en él ahora.
El hijo crecía, pausado, en Lady Vanda. Una tarde oyó Miss Wilkinson gritar a su señora. La encontró pálida, desolada. Se tocaba el vientre cubierto de raso, decía:
—Es como su padre, como su padre.
Duggu Van, a punto de morir la muerte de los vampiros (cosa que lo aterraba con razones comprensibles), tenía aún la débil esperanza de que su hijo, poseedor acaso de sus mismas cualidades de sagacidad y destreza, se ingeniara para traerle algún día a su madre.
Lady Vanda estaba día a día más blanca, más aérea. Los médicos maldecían, los tónicos cejaban. Y ella, repitiendo siempre:
—Es como su padre, como su padre.
Miss Wilkinson llegó a la conclusión de que el pequeño vampiro estaba desangrando a la madre con la más refinada de las crueldades.
Cuando los médicos se enteraron hablose de un aborto harto justificable; pero Lady Vanda se negó, volviendo la cabeza como un osito de felpa, acariciando con la diestra su vientre de raso.
—Es como su padre —dijo—. Como su padre.
El hijo de Duggu Van crecía rápidamente. No sólo ocupaba la cavidad que la naturaleza le concediera sino que invadía el resto del cuerpo de Lady Vanda. Lady Vanda apenas podía hablar ya, no le quedaba sangre; si alguna tenía estaba en el cuerpo de su hijo.
Y cuando vino el día fijado por los recuerdos para el alumbramiento, los médicos se dijeron que aquél iba a ser un alumbramiento extraño. En número de cuatro rodearon el lecho de la parturienta, aguardando que fuese la medianoche del trigésimo día del noveno mes del atentado de Duggu Van.
Miss Wilkinson, en la galería, vio acercarse una sombra. No gritó porque estaba segura de que con ello no ganaría nada. Cierto que el rostro de Duggu Van no era para provocar sonrisas. El color terroso de su cara se había transformado en un relieve uniforme y cárdeno. En vez de ojos, dos grandes interrogaciones llorosas se balanceaban debajo del cabello apelmazado.
—Es absolutamente mío —dijo el vampiro con el lenguaje caprichoso de su secta— y nadie puede interpolarse entre su esencia y mi cariño.
Hablaba del hijo; Miss Wilkinson se calmó.
Los médicos, reunidos en un ángulo del lecho, trataban de demostrarse unos a otros que no tenían miedo. Empezaban a admitir cambios en el cuerpo de Lady Vanda. Su piel se había puesto repentinamente oscura, sus piernas se llenaban de relieves musculares, el vientre se aplanaba suavemente y, con una naturalidad que parecía casi familiar, su sexo se transformaba en el contrario. El rostro no era ya el de Lady Vanda. Las manos no eran ya las de Lady Vanda. Los médicos tenían un miedo atroz.
Entonces, cuando dieron las doce, el cuerpo de quien había sido Lady Vanda y era ahora su hijo se enderezó dulcemente en el lecho y tendió los brazos hacia la puerta abierta.
Duggu Van entró en el salón, pasó ante los médicos sin verlos, y ciñó las manos de su hijo.
Los dos, mirándose como si se conocieran desde siempre, salieron por la ventana. El lecho ligeramente arrugado, y los médicos balbuceando cosas en torno a él, contemplando sobre las mesas los instrumentos del oficio, la balanza para pesar al recién nacido, y Miss Wilkinson en la puerta, retorciéndose las manos y preguntando, preguntando, preguntando.
1937
II
Las manos que crecen
Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida.
Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzar fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Bien de frente, moviendo el torso con un balanceo rapidísimo, sin retroceder, Plack golpeaba. Sin retroceder, Plack golpeaba. Sus ojos medían de lleno la silueta del adversario. Pero aún mejor ubicaba sus propias manos; las veía bien cerradas, cumpliendo la tarea como pistones de automóvil, como cualquier cosa que cumpliera su tarea moviéndose al compás de un balanceo rapidísimo. Le pegaba a Cary, le seguía pegando, y cada vez que sus puños se hundían en una masa resbaladiza y caliente, que sin duda era la cara de Cary, él sentía el corazón lleno de júbilo.
Por fin bajó los brazos, los puso a descansar junto al cuerpo. Dijo:
—Ya tienes bastante, estúpido. Adiós.
Echó a caminar, saliendo de la sala de la Municipalidad, por el corredor que conducía lejanamente a la calle.
Plack estaba contento. Sus manos se habían portado bien. Las trajo hacia adelante para admirarlas; le pareció que tanto golpear las había hinchado un poco. Sus manos se habían portado bien, qué demonios; nadie discutiría que él era capaz de boxear como cualquiera.
El corredor se extendía sumamente largo y desierto. ¿Por qué tardaba tanto en recorrerlo? Acaso el cansancio, pero se sentía liviano y sostenido por las manos invisibles de la satisfacción física. Las manos de la satisfacción física. ¿Las manos...? No existía en el mundo mano comparable a sus manos; probablemente tampoco las había tan hinchadas por el esfuerzo. Volvió a mirarlas, hamacándose como bielas o niñas en vacaciones; las sintió profundamente suyas, atadas a su ser por razones más hondas que la conexión de las muñecas. Sus dulces, sus espléndidas manos vencedoras.
Silbaba, marcando el compás con la marcha por el interminable pasillo. Todavía quedaba una gran distancia para alcanzar la puerta de salida. Pero qué importaba después de todo. En casa de Emilio se comía tarde, aunque en verdad él no iría a almorzar a casa de Emilio sino al departamento de Margie. Almorzaría con Margie, por el solo placer de decirle palabras cariñosas, y tornaría luego a cumplir la jornada vespertina. Mucho trabajo, en la Municipalidad. No bastaban todas las manos para cubrir la tarea. Las manos... Pero las suyas sí que habían estado atareadas rato antes. Pegar y pegar, vindicadoras; quizá por eso le pesaban ahora tanto. Y la calle estaba lejos, y era mediodía.
La luz de la puerta empezaba a agitarse en la atmósfera visual de Plack. Dejó de silbar; dijo: «Bliblug, bliblug, bliblug». Lindo, habla sin motivo, sin significado. Entonces fue cuando sintió que algo lo arrastraba por el suelo. Algo que era más que algo; cosas suyas estaban arrastrando por el suelo.
Miró hacia abajo y vio que los dedos de sus manos arrastraban por el suelo.
Los dedos de sus manos arrastraban por el suelo. Diez sensaciones incidían en el cerebro de Plack con la colérica enunciación de las novedades repentinas. Él no lo quería creer pero era cierto. Sus manos parecían orejas de elefante africano. Gigantescas pantallas de carne arrastrando por el suelo.
A pesar del horror le dio una risa histérica. Sentía cosquillas en el dorso de los dedos; cada juntura de las baldosas le pasaba como un papel de esmeril por la piel. Quiso levantar una mano pero no pudo con ella. Cada mano debía pesar cerca de cincuenta kilos. Ni siquiera logró cerrarlas. Al imaginar los puños que habrían formado se sacudió de risa. ¡Qué manoplas! Volver junto a Cary, sigiloso y con los puños como tambores de petróleo, tender en su dirección uno de los tambores, desenrollándolo lentamente, dejando asomar las falanges, las uñas, meter a Cary dentro de la mano izquierda, sobre la palma, cubrir la palma de la mano izquierda con la palma de la mano derecha y frotar suavemente las manos, haciendo girar a Cary de un extremo a otro, como un pedazo de masa de tallarines, igual que Margie los jueves a mediodía. Hacerlo girar, silbando canciones alegres, hasta dejar a Cary más molido que una galletita vieja.
Plack alcanzaba ahora la salida. Apenas podía moverse, arrastrando las manos por el suelo. A cada irregularidad del embaldosado sentía el erizamiento furioso de sus nervios. Empezó a maldecir en voz baja, le pareció que todo se tornaba rojo, pero en algo influían los cristales de la puerta.
El problema capital era abrir la condenada puerta. Plack lo resolvió soltándole una patada y metiendo el cuerpo cuando la hoja batió hacia afuera. Con todo, las manos no le pasaban por la abertura. Poniéndose de costado quiso hacer pasar primero la mano derecha, luego la otra. No pudo hacer pasar ninguna de las dos. Pensó: «Dejarlas aquí». Lo pensó como si fuese posible, seriamente.
—Absurdo —murmuró, pero la palabra era ya como una caja vacía.
Trató de serenarse, y se dejó caer a la turca delante de la puerta; las manos le quedaron como dormidas junto a los minúsculos pies cruzados. Plack las miró atentamente; fuera del aumento no habían cambiado. La verruga del pulgar derecho, excepción hecha de que su tamaño era ahora el de un reloj despertador, mantenía el mismo bello color azul maradriático. El corte de las uñas persistía en su prolijidad (Margie). Plack respiró profundamente, técnica para serenarse; el asunto era serio. Muy serio. Lo bastante como para enloquecer a cualquiera que le ocurriese. Pero conseguía sentir de veras lo que su inteligencia le señalaba. Serio, asunto serio y grave; y sonreía al decirlo, como en un sueño. De pronto se dio cuenta de que la puerta tenía dos hojas. Enderezándose, aplicó una patada a la segunda hoja y puso la mano izquierda como tranca. Despacio, calculando con cuidado las distancias, hizo pasar poco a poco las dos manos a la calle. Se sentía aliviado, casi feliz. Lo importante ahora era irse a la esquina y tomar enseguida un ómnibus.
En la plaza las gentes lo contemplaron con horror y asombro. Plack no se afligía; mucho más raro hubiese sido que no lo contemplasen. Hizo con la cabeza un violento gesto al conductor de un ómnibus para que detuviera el vehículo en la misma esquina. Quería trepar a él, pero sus manos pesaban demasiado y se agotó al primer esfuerzo. Retrocedió, bajo la avalancha de agudos gritos que surgían del interior del ómnibus, donde las ancianas sentadas del lado de la acera acababan de desvanecerse en serie.
Plack seguía en la calle, mirándose las manos que se le estaban llenando de basuras, de pequeñas pajas y piedrecitas de la vereda. Mala suerte con el ómnibus. ¿Acaso el tranvía...?
El tranvía se detuvo, y los pasajeros exhalaron horrendos gritos al advertir aquellas manos arrastradas en el suelo y a Plack en medio de ellas, pequeñito y pálido. Los hombres estimularon histéricamente al conductor para que arrancara sin esperar. Plack no pudo subir.
—Tomaré un taxi —murmuró, empezando lentamente a desesperarse.
Abundaban los taxis. Llamó a uno, amarillo. El taxi se detuvo como sin ganas. Había un negro en el volante.
—¡Praderas verdes! —balbuceó el negro—. ¡Qué manos!
—Abre la portezuela, bájate, tómame la mano izquierda, súbela, tómame la mano derecha, súbela, empújame para entrar en el coche, más despacio, así está bien. Ahora llévame a la calle Doce, número cuarenta setenta y cinco, y después vete al mismo infierno, negro de todos los diablos.
—¡Praderas verdes! —dijo el conductor, ya tornado al tradicional color ceniza—. ¿Seguro que esas manos son las suyas, señor?
Plack gemía en su asiento. Apenas había sitio para él: las manos ocupaban todo el piso, se desbordaban sobre el asiento. Empezaba a refrescar y Plack estornudó. Quiso instintivamente taparse la nariz con una mano y por poco se arranca el brazo. Se dejó estar, abúlico, vencido, casi feliz. Las manos le descansaban sucias y macizas en el suelo del taxi. De la verruga, golpeada contra una columna de alumbrado, brotaban algunas gordas gotas de sangre.
—Iré a casa de un médico —dijo Plack—. No puedo entrar así en casa de Margie. Por Dios, no puedo; le ocuparía todo el departamento. Iré a ver un médico; me aconsejará la amputación, yo aceptaré, es la única manera. Tengo hambre, tengo sueño.
Golpeó con la frente el cristal delantero.
—Llévame a la calle Cincuenta, número cuarenta y ocho cincuenta y seis. Consultorio del doctor September.
Después se puso tan contento ante la idea que acababa de ocurrírsele que llegó a sentir el impulso de restregarse las manos de gusto; las movió pesadamente, las dejó estar.
El negro le subió las manos hasta el consultorio del doctor. Hubo una espantosa corrida en la sala de espera cuando Plack apareció, caminando detrás de sus manos que el negro sostenía por los pulgares, sudando a mares y gimiendo.
—Llévame hasta ese sillón; así, está bien. Mete la mano en el bolsillo del saco. Tu mano, imbécil: en el bolsillo del saco; no, ése no, el otro. Más adentro, criatura, así. Saca el rollo de dinero, aparta un dólar, guárdate el vuelto y adiós.
Se desahogaba en el servicial negro, sin saber el porqué de su enojo. Una cuestión racial, acaso, claro está que sin porqués.
Ya dos enfermeras presentaban sus sonrisas veladamente pánicas para que Plack apoyara en ellas las manos. Lo arrastraron trabajosamente hasta el interior del consultorio. El doctor September era un individuo con una redonda cara de mariposa en bancarrota; vino a estrechar la mano de Plack, advirtió que el asunto demandaría ciertas forzadas evoluciones, permutó el apretón por una sonrisa.
—¿Qué lo trae por aquí, amigo Plack?
Plack lo miró con lástima.
—Nada —repuso, displicente—. Me duele el árbol genealógico. ¿Pero no ve mis manos, pedazo de facultativo?
—¡Oh, oh! —admitía September—. ¡Oh, oh, oh!
Se puso de rodillas y estuvo palpando la mano izquierda de Plack. Daba la impresión de sentirse bastante preocupado. Se puso a hacer preguntas, las habituales, que sonaban extrañamente ahora que se aplicaban al asombroso fenómeno.
—Muy raro —resumió con aire convencido—. Sumamente extraño, Plack.
—¿A usted le parece?
—Sí, es el caso más raro de mi carrera. Naturalmente, usted me permitirá tomar algunas fotografías para el museo de rarezas de Pensilvania, ¿no es cierto? Además tengo un cuñado que trabaja en The Shout, un diario silencioso y reservado. El pobre Korinkus anda bastante arruinado; me gustaría hacer algo por él. Un reportaje al hombre de las manos... digamos, de las manos extralimitadas, sería el triunfo para Korinkus. Le concederemos esa primicia, ¿no es verdad? Lo podríamos traer aquí esta misma noche.
Plack escupió con rabia. Le temblaba todo el cuerpo.
—No, no soy carne de circo —dijo oscuramente—. He venido tan sólo a que me ampute esto. Ahora mismo, entiéndalo. Pagaré lo que sea, tengo un seguro que cubre estos gastos. Por otra parte están mis amigos, que responden por mí; en cuanto sepan lo que me pasa vendrán como un solo hombre a estrecharme la... Bueno, ellos vendrán.
—Usted dispone, mi querido amigo —el doctor September miraba su reloj pulsera—. Son las tres de la tarde (y Plack se sobresaltó porque no creía que hubiese transcurrido tanto tiempo). Si lo opero ya, le tocará pasar el peor rato por la noche. ¿Esperamos a mañana? Entre tanto, Korinkus...
—El peor rato lo estoy pasando ahora —dijo Plack y se llevó mentalmente las manos a la cabeza—. Opéreme, doctor, por Dios. Opéreme... ¡Le digo que me opere! ¡¡Opéreme, hombre..., no sea criminal!!... ¡¡Comprenda lo que sufro!! ¿¿Nunca le crecieron las manos, a usted...?? ¡¡¡Pues a mí, sí!!! ¡¡¡Ahí tiene...; a mí, sí!!!
Lloraba, y las lágrimas le caían impunemente por la cara y goteaban hasta perderse en las grandes arrugas de las palmas de sus manos, que descansaban boca arriba en el suelo, con el dorso en las baldosas heladas.
El doctor September estaba ahora rodeado de un diligente cuerpo de enfermeras a cual más linda. Entre todas sentaron a Plack en un taburete y le pusieron las manos sobre una mesa de mármol. Hervían fuegos, olores fuertes se confundían en el aire. Relumbrar de aceros, de órdenes. El doctor September, enfundado en siete metros de género blanco; y lo único vivo que había en él eran sus ojos. Plack empezó a pensar en el momento terrible de la vuelta a la vida, después de la anestesia.
Lo acostaron dulcemente, de manera que las manos quedaran sobre la mesa de mármol donde se llevaría a cabo el sacrificio. El doctor September se acercó, riendo por debajo de la mascarilla.
—Korinkus vendrá a sacar fotos —dijo—. Oiga, Plack, esto es fácil. Piense en cosas alegres y su corazón no sufrirá. ¿Se despidió de sus manos? Cuando despierte... ya no estarán con usted.
Plack hizo un gesto tímido. Empezó a mirarse las manos, primero una y después otra. «Adiós, muchachitas», pensó. «Cuando estéis en el acuario de formol que os destinarán especialmente, pensad en mí. Pensad en Margie que os besaba. Pensad en Mitt cuyo pelaje acariciabais. Os perdono la mala pasada, en homenaje a la paliza que le disteis a Cary, a ese vanidoso insolente...»
Habían acercado algodones a su rostro y Plack estaba empezando a sentir un olor dulce y poco agradable. Intentó una protesta pero September hizo una suave señal negativa. Entonces Plack se calló. Era mejor dejar que lo durmieran, entretenerse pensando cosas alegres. Por ejemplo, la pelea con Cary. Él no había provocado. Cuando Cary dijo: «Eres un cobarde, un canalla, y además un mal poeta», las palabras decidieron el curso de las acciones, tal como suele ocurrir en esta vida. Plack avanzó dos pasos hacia Cary y empezó a pegarle. Estaba bien seguro de que Cary le respondía con igual violencia, pero no sentía nada. Tan sólo sus manos que, a una velocidad prodigiosa, rematando el lanzarse fulminante de los brazos, iban a dar en la nariz, en los ojos, en la boca, en las orejas, en el cuello, en el pecho, en los hombros de Cary.
Lentamente, tornaba a sí mismo. Al abrir los ojos, la primera imagen que se coló en ellos fue la de Cary. Un Cary muy pálido e inquieto, que se inclinaba balbuceante sobre él.
—¡Dios mío...! Plack, viejo... Jamás pensé que iba a ocurrir una cosa así...
Plack no comprendió. ¿Cary, allí? Pensó; acaso el doctor September, en previsión de una posible gravedad posoperatoria, había avisado a los amigos. Porque, además de Cary, veía él ahora los rostros de otros empleados de la Municipalidad que se agrupaban en torno a su cuerpo tendido.
—¿Cómo estás, Plack? —preguntaba Cary, con voz estrangulada—. ¿Te... te sientes mejor?
Entonces, de manera fulminante, Plack comprendió la verdad. ¡Había soñado! ¡Había soñado! «Cary me acertó un golpe en la mandíbula, desmayándome; en mi desmayo he soñado ese horror de las manos...»
Lanzó una aguda carcajada de alivio. Una, dos, muchas carcajadas. Sus amigos lo contemplaban, con rostros todavía ansiosos y asustados.
—¡Oh, gran imbécil! —apostrofó Plack, mirando a Cary con ojos brillantes—. ¡Me venciste, pero espera a que me reponga un poco..., te voy a dar una paliza que te tendrá un año en cama...!
Alzó los brazos para dar fe de sus palabras con un gesto concluyente. Entonces sus ojos vieron los muñones.
1937
III
Llama el teléfono, Delia
A Delia le dolían las manos. Como vidrio molido, la espuma del jabón se enconaba en las grietas de su piel, ponía en los nervios un dolor áspero trizado de pronto por lancinantes aguijonazos. Delia hubiera llorado sin ocultación, abriéndose al dolor como a un abrazo necesario. No lloraba porque una secreta energía la rechazaba en la fácil caída del sollozo; el dolor del jabón no era razón suficiente, después de todo el tiempo que había vivido llorando por Sonny, llorando por la ausencia de Sonny. Hubiera sido degradarse, sin la única causa que para ella merecía el don de sus lágrimas. Y además estaba allí Babe, en su cuna de hierro y pago a plazos. Allí, como siempre, estaban Babe y la ausencia de Sonny. Babe en su cuna o gateando sobre la raída alfombra; y la ausencia de Sonny, presente en todas partes como son las ausencias.
La batea, sacudida en el soporte por el ritmo del fregar, se agregaba a la percusión de un blues cantado por la misma muchacha de piel oscura que Delia admiraba en las revistas de radio. Prefería siempre las audiciones de la cantante de blues: a las siete y cuarto de la tarde —la radio, entre música y música, anunciaba la hora con un «hi, hi» de ratón asustado— y hasta las siete y media. Delia no pensaba nunca: «las diecinueve y treinta»; prefería la vieja nomenclatura familiar, tal como lo proclamaba el reloj de pared, de péndulo fatigado que Babe observaba ahora con un cómico balanceo de su cabecita insegura. A Delia le gustaba mirar de continuo el reloj o atender el «hi, hi» de la radio; aunque le entristeciera asociar al tiempo la ausencia de Sonny, la maldad de Sonny, su abandono, Babe, y el deseo de llorar, y cómo la señora Morris había dicho que la cuenta de la despensa debía ser pagada de inmediato, y qué lindas eran sus medias color avellana.
Sin saber al comienzo por qué, Delia se descubrió a sí misma en el acto de mirar furtivamente una fotografía de Sonny, que colgaba al lado de la repisa del teléfono. Pensó: «Nadie me ha llamado hoy». Apenas si comprendía la razón de continuar pagando mensualmente el teléfono. Nadie llamaba a ese número desde que Sonny se fuera. Los amigos, porque Sonny tenía muchos amigos, no ignoraban que él era ahora un extraño para Delia, para Babe, para el pequeño departamento donde las cosas se amontonaban en el reducido espacio de las dos habitaciones. Solamente Steve Sullivan llamaba a veces y hablaba con Delia; hablaba para decirle a Delia lo mucho que se alegraba de saberla con buena salud, y que no fuese a creer que lo ocurrido entre ella y Sonny sería motivo para que dejase nunca de llamar preguntando por su buena salud y los dientecitos de Babe. Solamente Steve Sullivan; y ese día el teléfono no había sonado ni una sola vez; ni siquiera a causa de un número equivocado.
Eran las siete y veinte. Delia escuchó el «hi, hi» mezclado con avisos de pasta dentífrica y cigarrillos mentolados. Se enteró además de que el gabinete Daladier peligraba por instantes. Después volvió la cantante de blues y Babe, que mostraba propensión a llorar, hizo un gracioso gesto de alegría, como si en aquella voz morena y espesa hubiera alguna golosina que le gustara. Delia fue a volcar el agua jabonosa y se secó las manos, quejándose de dolor al frotar la toalla sobre la carne macerada.
Pero no iba a llorar. Sólo por Sonny podía ella llorar. En voz alta, dirigiéndose a Babe que le sonreía desde su revuelta cuna, buscó palabras que justificaran un sollozo, un gesto de dolor.
—Si él pudiera comprender el mal que nos hizo, Babe... Si tuviera alma, si fuese capaz de pensar por un segundo en lo que dejó atrás cuando cerró la puerta con un empujón de rabia... Dos años, Babe, dos años... y nada hemos sabido de él... Ni una carta, ni un giro... ni siquiera un giro para ti, para ropa y zapatitos... No te acuerdas ya del día de tu cumpleaños, ¿verdad? Fue el mes pasado, y yo estuve al lado del teléfono, contigo en brazos, esperando que él llamara, que él dijera solamente: «¡Hola, felicidades!», o que te mandara un regalo, nada más que un pequeño regalo, un conejito o una moneda de oro...
Así, las lágrimas que quemaban sus mejillas le parecieron legítimas porque las derramaba pensando en Sonny. Y fue en ese momento que sonó el teléfono, justamente cuando desde la radio asomaba el prolijo y menudo chillido anunciando las siete y veintidós.
—Llaman —dijo Delia, mirando a Babe como si el niño pudiera comprender. Se acercó al teléfono, un poco insegura al pensar que acaso fuera la señora Morris reclamando el pago. Se sentó en el taburete. No demostraba apuro a pesar del insistente campanilleo. Dijo:
—Hola.
Tardó en oírse la respuesta.
—Sí. ¿Quién...?
Claro que ella ya sabía, y por eso le pareció que la habitación giraba, que el minutero del reloj se convertía en una hélice furiosa.
—Habla Sonny, Delia... Sonny.
—Ah, Sonny.
—¿Vas a cortar?
—Sí, Sonny —dijo ella, muy despacio.
—Delia, tengo que hablar contigo.
—Sí, Sonny.
—Tengo que decirte muchas cosas, Delia.
—Bueno, Sonny.
—¿Estás... estás enojada?
—No puedo estar enojada. Estoy triste.
—¿Soy un desconocido para ti... un extraño, ahora?
—No me preguntes eso. No quiero que me preguntes eso.
—Es que me duele, Delia.
—Ah, te duele.
—Por Dios, no hables así, con ese tono...
—...
—Hola.
—Hola. Creí que...
—Delia...
—Sí, Sonny.
—¿Te puedo preguntar una cosa?
Ella advertía algo raro en la voz de Sonny. Claro que podía haberse olvidado ya de un pedazo de la voz de Sonny. Sin formular la pregunta, supo que estaba pensando si él la llamaba desde la cárcel o desde un bar... Había silencio detrás de su voz; y cuando Sonny callaba, todo era silencio, un silencio nocturno.
—... una pregunta solamente, Delia.
Babe, desde la cuna, miró a su madre inclinando la cabecita con un gesto de curiosidad. No mostraba impaciencia ni deseos de prorrumpir en llanto. La radio, en el otro extremo de la habitación, acusó otra vez la hora: «hi, hi», las siete y veinticinco. Y Delia no había puesto aún a calentar la leche para Babe; y no había colgado la ropa recién lavada.
—Delia... quiero saber si me perdonas.
—No, Sonny, no te perdono.
—Delia...
—Sí, Sonny.
—¿No me perdonas?
—No, Sonny, el perdón no vale nada ahora... Se perdona a quienes se ama todavía un poco... y es por Babe, por Babe que no te perdono.
—¿Por Babe, Delia? ¿Me crees capaz de haberlo olvidado?
—No sé, Sonny. Pero no te dejaría volver nunca a su lado porque ahora es solamente mi hijo, solamente mi hijo. No te dejaría nunca.
—Eso no importa ya, Delia —dijo la voz de Sonny, y Delia sintió otra vez, pero con más fuerza, que a la voz de Sonny le faltaba (¿o le sobraba?) algo.
—¿De dónde me llamas?
—Tampoco importa —dijo la voz de Sonny como si le apenara contestar así.
—Pero es que...
—Dejemos eso, Delia.
—Bueno, Sonny.
(Las siete y veintisiete.)
—Delia... imagínate que yo me vaya...
—¿Tú, irte? ¿Y por qué?
—Puede pasar, Delia... Pasan tantas cosas que... Comprende, comprende... ¡Irme así, sin tu perdón... irme así, Delia, sin nada... desnudo... desnudo y solo!
(La voz, tan rara. La voz de Sonny, como si a la vez no fuera la voz de Sonny pero sí fuera la voz de Sonny.)
—Tan sin nada, Delia... Solo y desnudo, yéndome así... sin otra cosa que mi culpa... ¡Sin tu perdón, sin tu perdón, Delia!
—¿Por qué hablas así, Sonny?
—Porque no sé... Estoy tan solo, tan privado de cariño, tan raro...
—Pero...
Como a través de una niebla, Delia miraba fijamente delante suyo, hacia el reloj. Las siete y veintinueve; la aguja coincidía con la firme línea precedente al trazo más grueso de la media hora.
—¡Delia... Delia...!
—¿De dónde hablas...? —gritó ella, inclinándose sobre el teléfono, empezando a sentir miedo, miedo y amor; y sed, mucha sed, y queriendo peinar entre sus dedos el pelo oscuro de Sonny, y besarlo en la boca—. ¿De dónde hablas...?
—...
—¿De dónde hablas, Sonny?
—...
—¡Sonny...!
—...
—¡Hola, hola...! ¡Sonny!
—... Tu perdón, Delia...
El amor, el amor, el amor. Perdón, qué absurdo ya...
—¡Sonny... Sonny, ven...! ¡Ven, te espero...! ¡Ven...!
(«¡Dios. Dios...!»)
—...
—¡Sonny...!
—...
—¡Sonny! ¡¡Sonny!!
—...
Nada.
Eran las siete y treinta. El reloj lo señalaba. Y la radio: «hi hi». El reloj, la radio y Babe, que sentía hambre y miraba a la madre un poco asombrado del retardo.
Llorar, llorar. Dejarse ir corriente abajo del llanto, al lado de un niño gravemente silencioso y como comprendiendo que ante un llanto así toda imitación debía callar. Desde la radio vino un piano dulcísimo, de acordes líquidos, y entonces Babe se fue quedando dormido con la cabeza apoyada en el antebrazo de la madre. Había en la habitación como un gran oído atento, y los sollozos de Delia ascendían por las espirales de las cosas, se demoraban, hipando, antes de perderse en las galerías interiores del silencio.
El timbre. Un toque seco. Alguien tosía, junto a la puerta.
—¡Steve!
—Soy yo, Delia —dijo Steve Sullivan—. Pasaba, y...
Hubo una larga pausa.
—Steve... ¿viene de parte de...?
—No, Delia.
Steve estaba triste, y Delia hizo un gesto maquinal invitándolo a entrar. Notó que él no caminaba con el paso seguro de antes, cuando venía en busca de Sonny o a cenar con ellos.
—Siéntese, Steve.
—No, no... me voy enseguida. Delia, usted no sabe nada de...
—No, nada...
—Y, claro, usted ya no lo quiere a...
—No, no lo quiero, Steve. Y eso que...
—Traigo una noticia, Delia.
—¿La señora Morris...?
—Se trata de Sonny.
—¿De Sonny? ¿Está preso?
—No, Delia.
Delia se dejó caer en el taburete. Su mano tocó el teléfono frío.
—¡Ah...! Pensé que podría haberme hablado desde la cárcel...
—¿Él le habló a usted?
—Sí, Steve. Quería pedirme perdón.
—¿Sonny? ¿Sonny le pidió perdón por teléfono?
—Sí, Steve. Y yo no lo perdoné. Ni Babe ni yo podíamos perdonarlo.
—¡Oh, Delia!
—No podíamos, Steve. Pero después... no me mire así... después he llorado como una tonta... vea mis ojos... y hubiera querido que... pero usted dijo que era una noticia... una noticia de Sonny...
—Delia...
—Ya sé, ya sé... no me lo diga; ha robado otra vez, ¿verdad? Está preso y me llamó desde la cárcel... ¡Steve... ahora sí quiero saberlo!
Steve parecía atontado. Miró hacia todas partes, como buscando un punto de apoyo.
—¿Cuándo la llamó él, Delia?
—Hace un rato, a las siete... a las siete y veinte, ahora me acuerdo bien. Hablamos hasta las siete y media.
—Pero, Delia, no puede ser.
—¿Por qué no? Quería que yo lo perdonase, Steve, y recién cuando cortó la llamada comprendí que estaba verdaderamente solo, desesperado... Y entonces era tarde, aunque grité y grité en el teléfono... era tarde. Hablaba desde la cárcel, ¿verdad?
—Delia... —Steve tenía ahora un rostro blanco e impersonal y sus dedos se crispaban en el ala del sombrero manoseado—. Por Dios, Delia...
—¿Qué, Steve...?
—Delia... no puede ser, ¡no puede ser...! ¡Sonny no puede haber llamado hace media hora!
—¿Por qué no? —dijo ella, poniéndose de pie en un solo impulso de horror.
—Porque Sonny murió a las cinco, Delia. Lo mataron de un balazo, en la calle.
Desde la cuna llegaba la rítmica respiración de Babe, coincidiendo con el vaivén del péndulo. Ya no tocaba el pianista de la radio; la voz del locutor, ceremoniosa, alababa con elocuencia un nuevo modelo de automóvil: moderno, económico, sumamente veloz.
1938
IV
Profunda siesta de Remi
Venían ya. Había imaginado muchas veces los pasos, distantes y livianos y después densos y próximos, reteniéndose algo en los últimos metros como una última vacilación. La puerta se abrió sin que hubiera oído el familiar chirrido de la llave; tan atento estaba esperando el instante de incorporarse y enfrentar a sus verdugos.
La frase se construyó en su conciencia antes de que los labios del alcaide la modularan. Cuántas veces había sospechado que solamente una cosa podía ser dicha en ese instante, una simple y clara cosa que todo lo contenía. La escuchó:
—Es la hora, Remi.
La presión en los brazos era firme pero sin maligna dureza. Se sintió llevado como de paseo por el corredor, miró desinteresado algunas siluetas que se prendían a las rejas y cobraban de pronto una importancia inmensa y tan terriblemente inútil, sola importancia de ser siluetas vivas que aún se moverían por mucho tiempo. La cámara mayor, nunca vista antes (pero Remi la conocía en su imaginación y era exactamente como la había pensado), una escalera sin apoyos porque con él ascendía el apoyo lateral de los carceleros, y arriba, arriba...
Sintió el redondo dogal, lo soltaron bruscamente, se quedó un instante solo y como libre en un gran silencio lleno de nada. Entonces quiso adelantarse a lo que iba a suceder, como siempre y desde chico adelantarse al hecho por vía de reflexión; meditó en el instante fulmíneo las posibilidades sensoriales que lo galvanizarían un segundo después cuando soltaran la escotilla. Caer en un gran pozo negro o solamente la asfixia lenta y atroz o algo que no lo satisfacía plenamente como construcción mental; algo defectivo, insuficiente, algo...
Hastiado, retiró del cuello la mano con la cual había fingido la soga jabonada; otra comedia estúpida, otra siesta perdida por culpa de su imaginación enferma. Se enderezó en la cama buscando los cigarrillos por el solo hecho de hacer alguna cosa; todavía le quedaba en la boca el sabor del último. Encendió el fósforo, se puso a mirarlo hasta casi quemarse los dedos; la llama le bailaba en los ojos. Después se estudió vanamente en el espejo del lavabo. Tiempo de bañarse, hablarle a Morella por teléfono y citarla en casa de la señora Belkis. Otra siesta perdida; la idea lo atormentaba como un mosquito, la apartó con esfuerzo. ¿Por qué no acababa el tiempo de barrer esos resabios de infancia, la tendencia a figurarse personaje heroico y forjar en la modorra de febrero largos acaeceres donde la muerte lo esperaba al pie de una ciudad amurallada o en lo más alto de un patíbulo? De niño: pirata, guerrero galo, Sandokán, concibiendo el amor como una empresa en la que sólo la muerte constituía trofeo satisfactorio. La adolescencia, suponerse herido y sacrificado —¡revoluciones de la siesta, derrotas admirables donde algún amigo dilecto ganaba la vida a cambio de la suya!—, capaz siempre de entrar en la sombra por el escotillón elegante de alguna frase postrera que le fascinaba construir, recordar, tener lista... Esquemas ya establecidos: a) La revolución donde Hilario lo enfrentaba desde la trinchera opuesta. Etapas: toma de la trinchera, acorralamiento de Hilario, encuentro en clima de destrucción, sacrificio al darle su uniforme y dejarlo marchar, balazo suicida para cubrir las apariencias. b) Salvataje de Morella (casi siempre impreciso); lecho de agonía —intervención quirúrgica inútil— y Morella tomándole las manos y llorando; frase magnífica de despedida, beso de Morella en su frente sudorosa. c) Muerte ante el pueblo rodeando el cadalso; víctima ilustre, por regicidio o alta traición, Sir Walter Raleigh, Álvaro de Luna, etc. Palabras finales (el redoblar de los tambores apagó la voz de Luis XVI), el verdugo frente a él, sonrisa magnífica de desprecio (Carlos I), pavor del público vuelto a la admiración frente a semejante heroísmo.
De un ensueño así acababa de tornar —sentado en el borde de la cama se seguía mirando en el espejo, resentido— como si no tuviera ya treinta y cinco años, como si no fuera idiota conservar esas adherencias de infancia, como si no hiciera demasiado calor para imaginar semejantes trances. Variante de esa siesta: ejecución en privado, en alguna cárcel londinense donde cuelgan sin muchos testigos. Sórdido final, pero digno de paladearse despacio; miró el reloj y eran la cuatro y diez. Otra tarde perdida...
¿Por qué no charlar con Morella? Discó el número, sintiendo que le quedaba aún el mal gusto de las siestas y eso que no había dormido, solamente imaginado la muerte como tantas veces de chico. Cuando descolgaron el tubo del otro lado, a Remi le pareció que el «Haló!» no lo decía Morella sino una voz de hombre y que había un sofocado cuchicheo al contestar él: «¿Morella?», y después su voz fresca y aguda, con el saludo de siempre sólo que algo menos espontáneo precisamente porque a Remi le llegaba con una espontaneidad desconocida.
De la calle Greene a lo de Morella diez cuadras justas. Con un auto dos minutos. ¿Pero no le había dicho él: «Te veré a las ocho en lo de la señora Belkis»? Cuando llegó, casi tirándose del taxi, eran las cuatro y cuarto. Entró a la carrera por el living, trepó al primer piso, se detuvo ante la puerta de caoba (la de la derecha viniendo de la escalera), la abrió sin llamar. Oyó el grito de Morella antes de verla. Estaban Morella y el teniente Dawson, pero solamente Morella gritó al ver el revólver. A Remi le pareció como si el grito fuera suyo, alarido quebrándose de golpe en su garganta contraída.
El cuerpo cesaba de temblar. La mano del ejecutor buscó el pulso en los tobillos. Ya se iban los testigos.
1939
V
Puzzle
A Rufus King
Usted había hecho las cosas con tanta limpieza que nadie, ni siquiera el muerto, hubiese podido culparlo del asesinato.
En la noche, cuando las sustancias se sumergen en una identidad de aristas y de planos que sólo la luz podría romper, usted vino armado de un cuchillo curvo, de hoja vibrante y sonora, y se detuvo junto a la habitación. Escuchó, y al no hallar más réplica que la del silencio, empujó la puerta; no con la lentitud sistemática del personaje de Poe, aquel que le tenía odio a un ojo, sino con alegre decisión, como cuando se entra en casa de la novia o se acude a recibir un aumento de sueldo. Usted empujó la puerta, y sólo un motivo de elemental precaución pudo disuadirlo de silbar una tonada. Que, no está de más decirlo, hubiera sido Gimiendo por ti.
Ralph solía dormir de costado, ofreciendo un flanco a las miradas o los cuchillos. Usted se acercó despacio, calculando la distancia que lo separaba del lecho; cuando estuvo a un metro, hizo alto. La ventana, que Ralph dejaba abierta para recibir la brisa del amanecer (y levantarse a cerrarla por el mero placer de dormir nuevamente hasta las diez), permitía el acceso a los letreros luminosos. Nueva York estaba rumorosa y llena de caprichos esa noche, y a usted le causó gracia observar la competencia entablada, sin cuartel, entre las marcas de cigarrillos y los distintos tipos de neumáticos.
Pero ése no era momento para ideas humorísticas. Había que concluir una tarea iniciada con alegre decisión y usted, hundiéndose los dedos en el cabello y echando ese cabello hacia atrás, se resolvió a dar una puñalada a Ralph, ahorrando todo preliminar y toda mise en scène.
Acorde con tal principio, usted puso el pie derecho en la alfombrita roja que señalaba el emplazamiento justo del lecho de Ralph (claro está que un paso hacia adelante); olvidándose de los carteles luminosos, giró el torso hacia la izquierda y, moviendo el brazo como si estuviera por lanzar un tiro de golf, enterró el cuchillo en el costado de Ralph, algunos centímetros por debajo del sobaco.
Ralph se despertó en el preciso instante de morir, y tuvo conciencia de su muerte. Eso no dejó de agradarle a usted. Prefería que Ralph comprendiera su muerte, y que la cesación de tan odiada vida tuviera otro espectador directamente interesado en ello.
Ralph dejó huir un suspiro, y luego un quejido, y después otro suspiro, y después un borborigmo, y nada quedó en el aire que pudiese hacer dudar de que la muerte había entrado junto con el cuchillo y se abrazaba a su nueva conquista.
Usted desenterró la hoja, la limpió en su pañuelo, acarició suavemente el cabello de Ralph —lo cual era una ofensa premeditada— y fue hacia la ventana. Estuvo largo rato inclinado sobre el abismo, mirando Nueva York. La miraba atentamente, con gesto de descubridor que se adelanta visualmente a la proa de su navío. La noche era antipoética y calva. Allá abajo, siluetas de automóviles regresaban a condición de escarabajos y luciérnagas por el imperio del color y la hora y la distancia.
Usted abrió la puerta, la cerró otra vez, y se fue por el corredor, con una dulce sonrisa de ángel perdida fuera de los dientes.
—Buen día.
—Buen día.
—¿Dormiste bien?
—Bien. ¿Y tú?
—Bien.
—¿Tomas el desayuno?
—Sí, hermanita.
—¿Café?
—Bueno, hermanita.
—¿Bizcochos?
—Gracias, hermanita.
—Aquí tienes el diario.
—Lo leeré, hermanita.
—Es raro que Ralph no se haya levantado aún.
—Es muy raro, hermanita.
Rebeca estaba frente al espejo, empolvándose. La policía observaba sus movimientos desde la puerta de la habitación. El agente con rostro de pajarera celeste tenía un modo sospechoso de mirar, presumiendo culpabilidades desde lejos.
El polvo cubría las mejillas de Rebeca. Se maquillaba de manera mecánica, pensando todo el tiempo en Ralph. En las piernas de Ralph, en sus muslos lisos y blancos. En las clavículas de Ralph, tan personales. En la manera de vestirse de Ralph, su artístico desaliño.
Usted estaba en su habitación, rodeado por el inspector y varios detectives. Le hacían preguntas, y usted las contestaba, hundiéndose la mano izquierda en el cabello.
—No sé nada, señores. Ayer a la tarde lo vi por última vez.
—¿Cree en un suicidio?
—Lo creería si viese el cadáver.
—Quizá lo encontremos hoy.
—¿No había huellas de violencia en la habitación?
Los agentes se maravillaron de que usted se pusiera a interrogar al inspector, y eso le produjo a usted una inmensa gracia. El inspector, por su parte, no salía de su asombro.
—No, no hay huellas de violencia.
—Ah. Pensé que podrían haber encontrado sangre en el lecho, en la almohada.
—Quién sabe.
—¿Por qué lo dices?
—Aún falta algo por hacer.
—¿Qué cosa, hermanita?
—Cenar.
—¡Bah!
—Y esperar la llegada de Ralph.
—Ojalá llegue.
—Llegará.
—Hablas con firmeza, hermanita.
—Llegará.
—Me convences.
—Te convencerás.
Fue entonces que usted pasó revista a algunos acontecimientos. Lo hizo aprovechando un alto en el asedio policial.
Usted recordó cómo pesaba. Usted se dijo que la destreza había sido un factor importante en la obtención del resultado. El corredor, al amanecer. Y el cielo plomizo, cargado de perros ambulantes color manteca.
Habría que dar pintura a alguna jaula de pájaros, pronto. Comprar una pintura carmesí, o mejor bermellón, o mejor aún púrpura, aunque quizá el color por excelencia fuese el violado. Pintar la jaula de violado, utilizando el pantalón y la camisa que ahora reposaban junto a una cosa.
Segundo: Usted pensó en la necesidad de comprar arena, fraccionarla en gran cantidad de paquetes de cinco kilos, y llevarla a la casa. La arena serviría para contrarrestar derivaciones de orden sensorial.
Tercero: Usted pensó que la tranquilidad de Rebeca debía tener orígenes neuróticos, y empezó a preguntarse si, después de todo, no le habría hecho un señalado favor.
Pero, claro está, esas cosas no podían averiguarse claramente.
—Adiós, sargento.
—Adiós, señor.
—Feliz Nochebuena, sargento.
—Lo mismo le digo, señor.
La casa sola, y sus dos ocupantes.
Rebeca puso la tapa a la olla de la sopa. La puso despaciosamente. Usted estaba en el comedor, oyendo radio, a la espera de la cena. Rebeca miró la olla, luego la fuente de ensalada, y después el vino. Usted criticaba mentalmente a Ruddy Vallée.
Rebeca entró con la bandeja, y fue a sentarse en su sitio mientras usted cerraba el receptor y ocupaba la silla de la cabecera.
—No ha vuelto.
—Volverá.
—Puede ser, hermanita.
—¿Es que acaso lo dudas?
—No. Es decir, quisiera no dudarlo.
—Te digo que volverá.
Usted se sintió arrastrado hacia la ironía. Era peligroso, pero usted no se arredraba.
—Me pregunto si alguien que no se ha ido... puede volver.
Rebeca lo miraba a usted con una fijeza increíble.
—Eso es lo que yo me pregunto.
A usted no le gustó nada esa respuesta.
—¿Por qué te lo preguntas, hermanita?
Rebeca lo miraba a usted con una fijeza increíble.
—¿Por qué suponer que él no se ha ido?
A usted se le estaban empezando a erizar los cabellos de la nuca.
—¿Por qué? ¿Por qué, hermanita?
Rebeca lo miraba a usted con una fijeza increíble.
—Sirve la sopa.
—¿Por qué he de servirla yo, hermanita?
—Sírvela tú, esta noche.
—Bueno, hermanita.
Rebeca le alcanzó la olla de la sopa, y usted la puso a su lado. No sentía ningún apetito, cosa que usted mismo había previsto.
Rebeca lo miraba a usted con una fijeza increíble.
Entonces, usted levantó la tapa de la olla. La fue levantando despacio, tan despacio como Rebeca la había puesto. Usted sentía un extraño miedo de descubrir la olla de la sopa, pero comprendía que se trataba una mala jugada de sus nervios. Usted pensó en lo bueno que sería estar lejos, en la planta baja, y no en el último de los treinta pisos, a solas con ella.
Rebeca lo miraba a usted con una fijeza increíble.
Y cuando la tapa de la olla quedó enteramente levantada, y usted miró el interior, y después miró a Rebeca, y Rebeca lo miró a usted con una fijeza increíble, y miró después el interior de la olla, y sonrió, y usted se puso a gemir, y todo decidió bailarle delante de los ojos, las cosas fueron perdiendo relieve, y sólo quedó la visión de la tapa, levantándose despacio, el líquido en la olla, y... y...
Usted no había esperado eso. Usted era demasiado inteligente como para esperar eso. A usted le sobraba de tal manera la inteligencia que el excedente se sintió incapacitado para seguir viviendo en el interior de su cerebro y decidió buscar una escapatoria. Ahora, usted hace números y más números, sentado en el camastro. Nadie consigue arrancarle una sola palabra, pero usted suele mirar hacia la ventana, como si esperara ver avisos luminosos, y después adelanta el pie derecho, gira el torso a la manera de quien se dispone a dar un golpe de golf, y entierra la mano vacía en el vacío aire de la celda.
1938
-
Julio Cortázar
Julio Florencio Cortázar (1914/1984), hijo de Julio José (encargado comercial de la embajada argentina) y María Herminia Descotte, nació (“a consecuencia del turismo y la diplomacia”) en Bruselas, Bélgica, en 1914, época en que la ciudad estaba en poder de los alemanes.
En 1916 la familia se instala en Suiza, donde aguardan el fin de la primera guerra mundial para trasladarse a Banfield, suburbio de Buenos Aires. Su padre abandona a la familia y Julio se cría rodeado de mujeres, su madre, su abuela, una tía y su hermana Ofelia, un año menor que él. Adopta la ciudadanía argentina y a los nueve años, cautivado por el encanto de las palabras y estimulado por su madre (ella le ofrece junto a Búfalo Bill, los Ensayos de Montaigne, Diálogos de Platón, Víctor Hugo y Poe), hace sus primeros poemas y su primera novela.
La sospecha familiar de que eran plagiados lo decepciona profundamente. En 1928 estudia en el Escuela Normal Mariano Acosta, ámbito que refleja en La escuela de noche, y recibe la influencia de su primer gran formador intelectual, el profesor Arturo Marasso, quien lo acerca a la literatura clásica. Se recibe de maestro en 1932 y se frustra un viaje a Europa en un vapor de carga, tema que refiere en Un lugar llamado Kindberg.
En la lectura de Opio de Jean Cocteau descubre el surrealismo y cambia su visión de la literatura. En 1935 se gradúa en el Profesorado de Letras e ingresa en la Facultad de Filosofía y Letras, estudios que no concluirá. Se dedica a la enseñanza como profesor en Bolívar, provincia de Buenos Aires, y escribe cuentos que no pública.
En 1938 aparece su primera colección de poemas, Presencia, firmados bajo el seudónimo Julio Denis, integrada por 43 sonetos que respetan el estilo de Mallarmé, inspirados en la música y la armonía, con los cuales se instala en la generación neoromántica del 40 junto a Vicente Barbieri, Daniel Devoto, Uribe y Wilcock.
En 1939 es trasladado a la Escuela Normal de Chivilcoy. Publica un artículo sobre Rimbaud en la revista Huella (1941). En Mendoza dicta literatura francesa en la Universidad de Cuyo (1944) y da clases magistrales sobre Rimbaud, Mallarmé y Keats, su poeta preferido. Publica "Brujas", su primer cuento en la revista Correo Literario. Al año siguiente reúne su primer volumen de cuentos, La otra orilla, y se traslada a Buenos Aires para dedicarse a la traducción (Poe, Chesterton, Gide y Defoe) hasta 1951.
En Los Anales de Buenos Aires, dirigida por Borges, aparece "Casa Tomada" (1946), Bestiario (1947) y en la revista Estudios Clásicos de la Universidad de Cuyo le publican un trabajo sobre Keats: "La urna griega en la poesía". En 1948 obtiene —en solo nueve meses— el título de Traductor Público (de francés e inglés), esfuerzo que le provoca síntomas de desequilibrio como la búsqueda de cucarachas en la comida, tema central de "Circe", que junto a los dos anteriores mencionadas se integran a Bestiario (1948). Aparece Los Reyes (1949), poema dramático, primera obra firmada con su nombre real, e ignorada por la crítica. Escribe Divertimento que será publicada en 1986.
Colabora en diversas revistas culturales: Sur, Realidad y Cabalgata. En 1950 la editorial Losada le rechaza la novela El examen, editada tras su muerte. Debido a su disidencia con el peronismo gobernante renuncia a sus cargos docentes y en 1951 se traslada a París mediante una beca del gobierno francés y trabaja como traductor en la Unesco.
Buenos Aires Literaria le publica el cuento "Axolotl" (1952). Se casa con la traductora argentina Aurora Bernárdez y al año siguiente viaja a Montevideo para la conferencia general de la Unesco, ciudad donde se inspira para escribir "La puerta condenada" y "La Maga". Continúa con Historia de cronopios y de famas iniciada el año anterior y en Buenos Aires Literaria se publica "Torito". Viaja a Italia donde comienza la traducción de los cuentos de Poe. En México se publica Final del juego (1956) que incluye "Los Venenos", y en la Universidad de Puerto Rico se publica la traducción de Obras en Prosa de Poe. En Las Armas Secretas (1959) se incluye "El perseguidor", inspirado en la muerte de Charlie Parker en el que Cortázar aborda un tema existencial, cuyo tono hallará mayor cauce en Los Premios (1960) escrita durante la travesía marítima a EEUU “para entretenerse” y Rayuela (1963) muchos de cuyos pasajes él mismo reconoce que “no sabía dónde los ubicaría ni a qué respondían”. Este mismo año participa en el Premio Casa de las Américas, en La Habana, en carácter de jurado. A estas dos grandes novelas suceden otras tantas no menos importantes 62/Modelo para armar (1968) de escasa repercusión crítica y Libro de Manuel (1973).
En 1961 viaja por primera vez a Cuba y descubre “el gran vacío político” que había en él. Publica Historia de cronopios y famas (1962) en Buenos Aires, traducida luego al alemán en 1965. Ese mismo año en Nueva York se traduce y publica Los Premios. En El Escarabajo de Oro de Buenos Aires se publica "Reunión" y en Marcha de Montevideo "Instrucciones para John Howell". Siguen Todos los fuegos el fuego (1966) y ese mismo año se traduce Rayuela al inglés y al francés. La revista Unión de La Habana publica el artículo "Para llegar a Lezama Lima", tras lo cual Cortázar asume públicamente su compromiso con las luchas de liberación latinoamericanas.
La vuelta al día en ochenta mundos (1967), reúne cuentos, poemas, crónicas y ensayos con una diagramación diferente y como un indirecto homenaje a Julio Verne. Último Round (1968), es también un compendio de similares características. La edición (México, 1968) incluye una carta de Cortázar a Fernández Retamar fechada en Saigón el 10 de mayo de 1967 publicada en la revista Casa de las Américas que alude a la situación del intelectual latinoamericano. En Italia se traduce Rayuela.
Viaja a Chile en 1970 invitado a la asunción de Allende con su segunda esposa Ugné Karvelis. Aparece Relatos (1970), una selección de cuentos. Pameos y Meopas (Barcelona, 1971), reúne poemas escritos entre 1944 y 1958. Con fotografías del propio Cortázar aparece Prosa del Observatorio (Barcelona, 1972), y Libro de Manuel (Buenos Aires, 1973) obtiene en París el Premio Médicis. Viaja a Buenos Aires para presentar el libro y visita luego Perú, Ecuador y Chile despertando algunas polémicas. Julio Ortega edita y prologa La casilla de los Morelli (Barcelona, 1973). Aparece el libro de cuentos Octaedro (1974) y en abril de ese año participa en el Tribunal Rusell reunido en Roma para analizar la situación política latinoamericana, en especial las violaciones a los derechos humanos. Con igual propósito viaja a Oklahoma y México, pero en lo referido a la situación específica de Chile. Las conferencias que allí dictan se reúnen en un volumen: The Final Island: The Fiction of Julio Cortázar (1978) primera crítica inglesa de su obra.
En 1981 se le otorga la ciudadanía francesa y para esa época se le diagnostica leucemia, suspendiendo su programa de viajes a Cuba, Nicaragua y Puerto Rico. Publica un nuevo libro de cuentos, Deshoras (México, 1982) y ese mismo año muere su esposa. Dona al sandinismo los derechos de autor de Los autonautas de la cosmopista (1983) escrito en colaboración con la fallecida Carol Dunlop. Visita Buenos Aires con la democracia recuperada y es ignorado por las autoridades, pero la gente lo reconoce por las calles de la ciudad. Al año siguiente recibe en Nicaragua la Orden de la Independencia Cultural Rubén Darío y el 12 de febrero muere.
A partir de 1986 se publican las obras hasta ese momento inéditas: Divertimento (1986), El Examen (1986), Diario de Andrés Fava (1995) y Adiós Robinson (1995).
Obra:
Novelas
1960: Los premios
1963: Rayuela
1968: 62 Modelo para armar
1973: Libro de Manuel
1986: Divertimento (escrita en 1949)
1986: El examen (escrita en 1950)
Cuentos
1951: Bestiario
1956: Final del juego
1959: Las armas secretas
1966: Todos los fuegos el fuego
1974: Octaedro
1977: Alguien que anda por ahí
1980: Queremos tanto a Glenda
1982: Deshoras
1994: La otra orilla (escrito entre 1937 y 1945).
Prosas breves
1962: Historias de cronopios y de famas
1979: Un tal Lucas
Misceláneas
1966: Les discours du Pince-Gueule (Los discursos del Pinchajeta) (texto en francés de Cortázar y dibujos de Julio Silva; una versión en español se incluyó en El último combate)
1967: La vuelta al día en ochenta mundos
1968: Buenos Aires, Buenos Aires (fotos de Sara Facio y Alicia D'Amico, textos de Cortázar)
1969: Último round
1972: Prosa del observatorio (texto y fotografías de Cortázar)
1975: Silvalandia (imágenes de Julio Silva y textos de Cortázar; incluido en El último combate)
1976: Humanario, Círculo de Lectores, Madrid (fotos de Sara Facio y Alicia D'Amico con un texto de Cortázar, «Estrictamente no profesional», que fue incluido después en Territorios, 1978)
1978: Territorios (textos de Julio Cortázar y cuadros de 17 pintores)
1983: Los autonautas de la cosmopista (con Carol Dunlop)
1984: Alto el Perú (fotos de Manja Offerhaus y textos de Cortázar)
2009: Papeles inesperados (1940-1984; recopilación de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga)
2014: Cortázar de la A a la Z (recopilación de Aurora Bernárdez y Carles Álvarez Garriga)
2014: El último combate (recopilación de algunos trabajos realizados con Julio Silva y de cartas de Cortázar a Silva)
Teatro
1949: Los reyes
1984: Nada a Pehuajó y Adiós, Robinson (obra póstuma).
1991: Dos juegos de palabras. Nada a Pehuajó. Adiós, Robinson (obra póstuma)
1995: Adiós, Robinson y otras piezas breves (obra póstuma).
Poesía
1938: Presencia (sonetos, con el seudónimo de Julio Denis).
1971: Pameos y meopas
1984: Salvo el crepúsculo
+54 9 1122381574

