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Año 10 #119 Septiembre 2024

Lazos de familia

Traducción de Cristina Peri Rossi

La mujer y la madre se acomodaron finalmente en el taxi que las llevaría a la estación. La madre contaba y recontaba las dos maletas intentando convencerse de que ambas estaban en el taxi. La hija, con sus ojos oscuros a los que un ligero estrabismo daba un continuado brillo de burla y frialdad, la observaba.
—¿No me he olvidado de nada? —preguntaba la madre, por tercera vez.
—No, no te has olvidado de nada —repetía la hija divertida, con paciencia.
Todavía estaba bajo la impresión de la escena medio cómica entre su madre y su marido en la hora de la despedida. Durante las dos semanas de visita de la anciana, los dos apenas si se habían soportado; los buenos días y las buenas tardes sonaban en cada oportunidad con una delicadeza cautelosa que le provocaba risa. Pero he ahí que en la hora de la despedida, antes de entrar en el taxi, la madre se había transformado en suegra ejemplar y el marido se tornaba en buen yerno. «Perdone alguna palabra mal dicha», había dicho la anciana señora, y Catalina, con algo de alegría, vio a Antonio, sin saber qué hacer con las maletas en las manos, tartamudear preocupado por ser el buen yerno. «Si me río, ellos van a pensar que estoy loca», había pensado Catalina frunciendo las cejas. «Quien casa a un hijo pierde un hijo, quien casa a una hija gana otro hijo», aseguró la madre, y Antonio había aprovechado la gripe para toser. Catalina, de pie, observaba maliciosamente al marido, cuya serenidad se había desvanecido para dar paso a un hombre moreno y menudo, forzado a ser el hijo de aquella mujercita grisácea… Fue entonces cuando el deseo de reír se tomó más fuerte. Felizmente, nunca necesitaba de verdad reírse cuando tenía deseos de hacerlo: sus ojos tomaban una expresión astuta y contenida, se tomaban más estrábicos, y la risa salía por los ojos, siempre dolía un poco ser capaz de reír. Pero no podía impedirlo: desde pequeña había reído por los ojos, desde siempre había sido estrábica.
—Vuelvo a decirte que el niño está delgado —dijo la madre resistiendo los saltos del automóvil. Y a pesar de que Antonio no estaba presente, ella usaba el mismo tono de desafío y acusación que empleaba delante de él. Tanto que una noche Antonio se había agitado: ¡No es por culpa mía, Severina! Él llamaba Severina a su suegra, ya que antes del casamiento habían proyectado ser suegra y yerno modernos. Enseguida de la primera visita de la madre al matrimonio, la palabra Severina se había tornado difícil en la boca del marido, y ahora, entonces, el hecho de llamarla por su nombre impedía que… Catalina los miraba y reía.
—El chico siempre fue delgado, mamá —le respondió.
El taxi avanzaba, monótono.
—Delgado y nervioso —agregó la señora con decisión.
—Delgado y nervioso —asintió Catalina con paciencia.
Era un niño nervioso, distraído. Durante la visita de la abuela se tomaba aún más distante, durmiendo mal, perturbado por las caricias excesivas y por los pellizcos de amor de la abuela. Antonio, que nunca se preocupaba especialmente por la sensibilidad del hijo, había pasado a hacer indirectas a la suegra, «a proteger a una criatura»…
—No me olvidé de nada… —recomenzó la madre, cuando una súbita frenada del auto las arrojó una contra la otra e hizo caer las maletas—. ¡Ay! ¡Ay! —exclamó la madre como ante un desastre irremediable, ¡ay!, decía meneando la cabeza sorprendida, de repente envejecida y pobre. ¿Y Catalina?
Catalina miraba a la madre, y la madre miraba a la hija, ¿y también a Catalina le había sucedido un desastre? Sus ojos parpadearon sorprendidos, ella acomodaba deprisa las maletas, la bolsa, procurando remediar el desastre lo más rápidamente posible. Porque, de hecho, había sucedido algo, sería inútil esconderlo: Catalina había sido lanzada contra Severina, en una intimidad física hace mucho tiempo olvidada, y venida del tiempo en que se tiene padre y madre. A pesar de que realmente nunca se habían abrazado o besado. Con el padre sí, porque Catalina siempre había sido amiga de él. Cuando la madre les llenaba los platos obligándolos a comer demasiado, los dos se miraban guiñándose el ojo en complicidad y la madre ni lo notaba. Pero después del choque en el taxi y después de acomodarse, no tenían de qué hablar, ¿por qué no llegarían enseguida a la estación?
—¿No me olvidé de nada? —preguntó la madre con voz resignada.
Catalina ya no quería mirarla ni responderle.
—¡Toma tus guantes! —le dijo, recogiéndolos del suelo.
—¡Ah!, ¡ah!, ¡mis guantes! —exclamaba la madre, perpleja.
Sólo se miraron realmente cuando las maletas fueron dispuestas en el tren, después del intercambio de besos: la cabeza de la madre apareció en la ventanilla.
Entonces Catalina vio que su madre estaba envejecida y que tenía los ojos brillantes.
El tren no partía y ambas esperaban sin tener nada que decirse. La madre sacó el espejo de la bolsa y se miró el sombrero nuevo, comprado en el mismo sombrerero de la hija. Se miraba adoptando un aire excesivamente severo en el que no faltaba una pizca de admiración por sí misma. La hija la miraba divertida. Nadie más puede amarte sino yo, pensó la mujer riendo por los ojos; y el peso de la responsabilidad llevó a su boca un gusto a sangre. Como si «madre e hija» fuesen vida y repugnancia. Su madre le dolía, eso sí. La anciana había guardado el espejo en su bolsa, y la miraba sonriendo. El rostro desgastado y todavía bastante astuto parecía esforzarse por dar a los otros alguna impresión de la que el sombrero formaba parte. La campanilla de la estación sonó de repente, hubo un movimiento general de ansiedad, varias personas corrieron pensando que el tren partía ya: ¡Mamá!, dijo la mujer. ¡Catalina!, dijo la anciana. Ambas se miraban asustadas, la maleta sobre la cabeza del maletero les interrumpió la visión y un joven que iba corriendo al pasar se tomó del brazo de Catalina, torciéndole el cuello del vestido. Cuando pudieron verse de nuevo, Catalina estaba bajo la inminencia de tener que escuchar la pregunta sobre si no había olvidado nada…
—¿No me olvidé de nada? —preguntó la madre.
También a Catalina le parecía que habían olvidado algo, y ambas se miraron atónitas, porque si realmente algo habían olvidado, ahora ya era demasiado tarde. Una mujer arrastraba a una criatura, y la criatura lloraba; nuevamente sonó la campanilla de la estación… Mamá, dijo la mujer. ¿Qué cosa habían olvidado decirse una a la otra?, y ahora ya era demasiado tarde. Le parecía que un día debían haberse dicho así: Soy tu madre, Catalina. Y ella debería haber respondido: Y yo soy tu hija.
—¡No vayas a pescar una corriente de aire! —gritó Catalina.
—¡Pero, muchacha, no soy una criatura! —dijo su madre sin por eso dejar de preocuparse de su propia apariencia. La mano pecosa, un poco trémula, acomodaba con delicadeza el ala del sombrero, y Catalina tuvo súbitamente el deseo de preguntarle si había sido feliz con su padre:
—¡Dale recuerdos a la tía! —gritó.
—¡Sí, sí!
—Mamá —dijo Catalina, porque un largo silbato se había escuchado, y en medio del humo las ruedas ya se ponían en movimiento.
—¡Catalina! —dijo la madre con la boca abierta y los ojos espantados, y a la primera sacudida la hija vio que se llevaba las manos al sombrero: éste se le había caído hasta la nariz, dejando fuera apenas la nueva dentadura. El tren ya marchaba y Catalina hacía señas. El rostro de la madre desapareció un instante y reapareció ya sin sombrero, el moño deshecho cayendo en mechas blancas sobre los hombros como los de una doncella —el rostro estaba inclinado sin sonreír, tal vez sin mirar siquiera a la hija distante.
En medio del humo Catalina comenzó a caminar de regreso, las cejas fruncidas, y en los ojos la malicia de los estrábicos. Sin la compañía de la madre, había recuperado el modo de caminar: sola, le era más fácil. Algunos hombres la miraban, ella era dulce, un poco pesada de cuerpo. Caminaba serena, moderna en el vestir, los cabellos cortos teñidos de color caoba. Y de tal manera estaban dispuestas las cosas que el amor doloroso le pareció la felicidad: todo estaba tan vivo y tierno a su alrededor, la calle sucia, los viejos tranvías, las cáscaras de naranja, la fuerza fluía y refluía en su corazón con pesada riqueza. Estaba muy bonita en ese momento, tan elegante; integrada en su época y en la ciudad en donde nació como si la hubiese elegido. En los ojos bizcos cualquier persona adivinaría el gusto que tenía esa mujer por las cosas del mundo. Miraba a las personas con insistencia, procurando fijar en aquellas figuras mutables su placer todavía húmedo de lágrimas por la madre. Se desvió de los coches, consiguió aproximarse al autobús burlando la fila, mirando irónicamente; nada impediría que esa pequeña mujer que andaba bamboleando los muslos subiese otro peldaño misterioso en sus días.
El ascensor zumbaba en el calor de la playa. Abrió la puerta del apartamento mientras se liberaba del pequeño sombrero con la otra mano; parecía dispuesta a usufructuar la amplitud del mundo entero, camino abierto por su madre que le ardía en el pecho. Antonio apenas levantó los ojos del libro. La tarde del sábado siempre había sido «suya» y, enseguida tras la partida de Severina, él la retomaba con placer, junto al pequeño escritorio.
—¿«Ella» se fue?
—Se fue, sí —respondió Catalina empujando la puerta de la habitación del hijo. ¡Ah, sí!, allí estaba el niño, pensó con súbito alivio. Su hijo. Delgado y nervioso. Desde que se pusiera de pie había caminado con firmeza; pero casi a los cuatro años hablaba como si desconociera los verbos: verificaba las cosas con frialdad, sin ligarlas entre sí. La mujer sentía un calorcillo agradable y le gustaría poder sujetar al niño para siempre a este momento; le quitó la toalla de las manos en un acto de censura, ¡este chico! Pero el niño miraba hacia el aire, indiferente, comunicándose consigo mismo. Siempre estaba distraído. Nadie había conseguido todavía llamarle verdaderamente la atención. La madre sacudía la toalla en el aire y de esta manera impedía la visión de la habitación: Mamá, dijo el chico. Catalina se volvió rápida. Era la primera vez que él decía «mamá» en ese tono y sin pedir nada. Había algo más que una comprobación: ¡mamá! La mujer continuó sacudiendo la toalla con violencia y se preguntó a quién podría contarle lo que había sucedido, pero no encontró a nadie que entendiera lo que ella no podía explicar. Desarrugó la toalla vigorosamente antes de colgarla a secar. Tal vez pudiese contarlo, si cambiaba de forma al hecho. Contaría que el hijo había dicho: Mamá, ¿quién es Dios? No, tal vez: Mamá, ¿niño quiere decir Dios? Tal vez. La verdad sólo cabría en símbolos, sólo en símbolos la recibirían. Con los ojos sonriendo por su necesaria mentira, y sobre todo de la próxima tontería, huyendo de Severina, inesperadamente la mujer rió francamente para el niño, no sólo con los ojos: todo el cuerpo rió, quebrado, quebrado, quebrado el caparazón, apareciendo una aspereza casi como una ronquera. Fea, dijo entonces el niño, examinándola.
—¡Vamos a pasear! —respondió ruborizándose y tomándolo de la mano.
Pasó por la sala, sin detenerse avisó al marido: ¡Vamos a salir! Y golpeó la puerta del apartamento.
Antonio apenas tuvo tiempo de elevar los ojos del libro, y con sorpresa vio la sala vacía. ¡Catalina!, llamó, pero ya se escuchaba el ruido del ascensor descendiendo. ¿Adónde han ido?, se preguntó inquieto, tosiendo y sonándose la nariz. Porque el sábado era suyo, pero él quería que su mujer y su hijo estuvieran en casa mientras él se tomaba su sábado. ¡Catalina!, llamó fastidiado aunque supiera que ella ya no podría escucharlo. Se levantó, fue hasta la ventana y un segundo después vio a su mujer y a su hijo en la calle.
Los dos se habían detenido, la mujer decidiendo quizás el camino a seguir. Y de súbito poniéndose en marcha.
¿Por qué ella caminaba tan fuerte, llevando al niño de la mano?, por la ventana veía a su mujer agarrando con fuerza la mano del pequeño y caminando rápido, con los ojos fijos adelante; y aun sin verlo, el hombre adivinaba su boca endurecida. El niño, no se sabía por qué oscura comprensión, también miraba fijo hacia delante, sorprendido e ingenuo. Vistas desde arriba, las dos figuras perdían la perspectiva familiar, parecían achatadas en el suelo y más oscuras a la luz del mar. Los cabellos del chico volaban…
El marido se repitió la pregunta que, aun bajo su inocencia de frase cotidiana, lo inquietó: ¿adónde van? Preocupado veía a su mujer guiando a la criatura y temía que en ese momento en que ambos estaban fuera de su alcance ella transmitiese a su hijo… pero ¿qué? «Catalina», pensó, «Catalina, ¡esta criatura aún es inocente!». En qué momento la madre, apretando a su criatura, le daba esta prisión de amor que se abatiría para siempre sobre el futuro hombre. Más tarde su hijo, ya hombre, solo, estaría de pie frente a esta misma ventana, golpeando los dedos sobre los vidrios; preso. Obligado a responder a un muerto. Quién sabría jamás en qué momento la madre transferiría al hijo la herencia. Y con qué sombrío placer. Ahora madre e hijo comprendiéndose dentro del misterio compartido. Después nadie podría saber de qué negras raíces se alimentaba la libertad de un hombre, «¡Catalina!», pensó colérico, «¡el niño es inocente!». Pero ya habían desaparecido en la playa. El misterio compartido.
«Pero ¿y yo?, ¿y yo?», se preguntó asustado. Los dos se habían ido, solos. Y él se había quedado. «Con su sábado». Y su gripe. En el apartamento ordenado, donde «todo marchaba bien…». ¿Quién sabría si su mujer estaba huyendo con el hijo de la sala de la luz bien regulada, de los muebles bien elegidos, y de las cortinas y de los cuadros? Eso es lo que él le había dado. Apartamento de un ingeniero. Y sabía que, si la mujer se aprovechaba de la situación de un marido joven y lleno de futuro, también lo despreciaba, con aquellos ojos atontados, huyendo con su hijo nervioso y delgado. El hombre se inquietó. Porque no podría continuar dándole sino un éxito mayor. Y porque sabía que ella lo ayudaría a conseguirlo y odiaría lo que consiguieran. Así era esa tranquila mujer de treinta y dos años que nunca hablaba verdaderamente, como si hubiese vivido siempre. Las relaciones entre ambos eran muy tranquilas. A veces él procuraba humillarla, y entraba en la habitación mientras ella se cambiaba de ropa porque sabía que ella detestaba que la vieran desnuda. ¿Por qué necesitaba humillarla?; sin embargo, él sabía bien que ella sólo sería de un hombre mientras fuese orgullosa. Pero se había habituado a tomarla femenina de esta manera; la humillaba con ternura, y ya ella sonreía, ¿sin rencor? Tal vez de todo eso hubiesen nacido sus relaciones pacíficas, y aquellas conversaciones en voz tranquila que formaban la atmósfera de hogar para la criatura. ¿O ésta se irritaba a veces? A veces el niño se irritaba, pataleaba, gritaba bajo el efecto de las pesadillas. ¿De dónde había nacido esta criaturita vibrante, sino de lo que su mujer y él habían cortado de la vida diaria? Vivían tan tranquilos que, si se aproximaba un momento de alegría, ellos se miraban rápidamente, casi irónicos, y los ojos de ambos decían: no vamos a gastarlo, no vamos a usarlo ridículamente. Como si hubiesen vivido desde siempre.
Pero él la había visto desde la ventana, la vio caminar deprisa, de la mano del hijo, y se había dicho: Ella está tomando el momento de alegría sola. Se había sentido frustrado porque desde hacía mucho no podía vivir sino con ella. Y ella conseguía tomar sus momentos, sola. Por ejemplo, ¿qué había hecho su mujer entre la salida del tren y su llegada al apartamento?, no sospechaba de ella, pero se inquietaba.
La última luz de la tarde estaba pesada y se abatía con gravedad sobre los objetos. Las arenas restallaban secas. Todo el día había estado bajo la amenaza de irradiación. Que en ese momento, aunque sin restallar, se ensordecía cada vez más y zumbaba en el ascensor ininterrumpido del edificio. Cuando Catalina regresara, ellos cenarían alejando a las mariposas. El niño gritaría en su primer sueño, Catalina interrumpiría un momento la cena… ¡Y el ascensor no se detendría ni siquiera un instante! No, el ascensor no pararía ni un instante.
—Después de cenar iremos al cine —resolvió el hombre. Porque después del cine sería finalmente la noche, y este día se quebraría con las olas en las rocas de Arpoador.

  • Clarice Lispector
    Lispector, Clarice

    Clarice Lispector (Chechelnik, Ucrania,1920-Río de Janeiro, 1977). Narradora brasileña, nacida en Ucrania. Cuando era pequeña, se trasladó con su familia a Recife. Después se instaló en Río de Janeiro, donde estudió Derecho. Estuvo en Nápoles, trabajando en el hospital de la Fuerza Expedicionaria Brasileña, y después en Suiza y Estados Unidos. Su primera novela, Cerca del corazón salvaje (1944), la hizo merecedora del premio Graça Aranha. Después de publicar La manzana en la oscuridad (1961), despertó el interés de la crítica literaria, que la situó, junto con João Guimarães Rosa, en el centro de la ficción de vanguardia. En su obra se descubre un uso intenso de la metáfora, atmósfera íntima y ruptura con la peripecia basada en hechos, principalmente en La pasión según G. H. (1964) y Aprendizaje o El libro de los placeres (1969).
    De su vasta producción literaria, merecen recordarse además las novelas Agua viva (1973), La hora de la estrella (1977) y Un soplo de vida (1978, póstuma), así como los libros de cuentos Lazos de familia (1960), La Legión Extranjera (1964), ¿Dónde estuviste de noche? (1964, traducido también como Silencio) y La bella y la bestia (1979, póstuma).