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Año 12 #134 Diciembre 2025

El otro tigre

Es una teoría interesante —opinó Arnold—, pero no veo cómo podrás demostrarla.

Habían llegado a la parte más escarpada del monte, y por un instante Webb no pudo contestar debido a la fatiga.

—No pretendo hacerlo —dijo cuando hubo recobrado el aliento—. Solo estoy estudiando las consecuencias.

—Cuentos como…

—Bueno, seamos lógicos y veamos adónde nos conduce esto. Recuerda que nuestra única presunción es que el universo es infinito.

—De acuerdo. Personalmente, no veo qué otra cosa puede ser.

—Muy bien. Esto significa que debe haber un número infinito de estrellas y planetas. Por consiguiente, según la ley de probabilidades, cada suceso posible debe ocurrir no solo una vez, sino un número infinito de veces. ¿Correcto?

—Supongo que sí.

—Entonces debe haber un número infinito de mundos exactamente iguales que la Tierra. Cada uno de ellos con un Arnold y un Webb subiendo este monte, como nosotros hacemos, y pronunciando las mismas palabras.

—Esto resulta bastante difícil de aceptar.

—Sé que es un concepto desconcertante, pero también lo es el infinito. Lo que me interesa es la idea de todas las otras Tierras que no son exactamente iguales a esta. Las Tierras donde Hitler ganó la guerra y la esvástica ondea en el Palacio de Buckingham, la Tierra donde Colón no descubrió América, la Tierra donde el Imperio Romano ha existido hasta el día de hoy. En realidad, las Tierras donde todas las grandes alternativas de la Historia hubieran dado resultados diferentes.

—Volviendo al principio, ¿aquella en la que el hombre-mono, que habría sido el padre de todos nosotros, se rompió el cuello antes de poder tener algún hijo?

—Esa es la idea, pero ciñámonos a los mundos que conocemos, los mundos en que nosotros estamos escalando este monte en esta tarde de primavera. Piensa en todos nuestros reflejos en aquellos millones de planetas. Algunos de ellos son exactamente iguales, pero también deben existir todas las variantes posibles que no vulneren las leyes de la lógica.

»Podríamos (deberíamos) llevar toda clase imaginable de ropa, y ninguna en absoluto. Aquí brilla el Sol, pero no en innumerables millas de millones de aquellas otras Tierras. En muchas de ellas será invierno o verano en vez de primavera. Pero consideramos también otros cambios más fundamentales.

»Pretendemos escalar este monte y bajar por el otro lado. Pero piensa en todas las cosas que podrían ocurrir en los próximos minutos. Por muy improbables que sean, puesto que son posibles, tienen que suceder en alguna parte.»

—Comprendo —admitió despacio Arnold, asimilando la idea con visible renuencia. Una expresión de ligero malestar se pintó en su semblante—. Supongo que entonces caerás muerto de un ataque al corazón en alguna parte cuando des el próximo paso.

—No en este mundo —dijo Webb con una sonrisa—. Esto ya lo he refutado. Tal vez la víctima serás tú.

—O tal vez —replicó Arnold— me hartaré de esta conversación, sacaré una pistola y te pegaré un tiro.

—Podría ser —admitió Webb—, si no fuese porque estoy seguro de que en esta Tierra no llevas pistola. Pero no olvides que, en millones de aquellos mundos alternativos, yo desenfundaré el arma antes que tú.

El sendero serpenteaba ahora en una cuesta boscosa, con espesos árboles a ambos lados. El aire era fresco y suave. Todo estaba tranquilo, como si las fuerzas de la Naturaleza se hubieran concentrado, con silenciosa intensidad, en reconstruir el mundo después de la ruina del invierno.

—Me pregunto —siguió diciendo Webb— lo improbable que puede llegar a ser una cosa antes de hacerse imposible. Hemos mencionado algunos sucesos inverosímiles, pero no son completamente fantásticos. Aquí estamos en un paraje de Inglaterra, caminando por un sendero que conocemos perfectamente.

»Sin embargo, en algún universo, aquellos… ¿cómo podría llamarlos?… «gemelos» nuestros doblarán aquella esquina y no encontrarán nada, absolutamente nada que pueda concebir la imaginación. Pues como he dicho al principio, si el cosmos es infinito, deben darse cuenta de todas las posibilidades.»

—Por consiguiente —completó Arnold, soltando una risa no tan ligera como hubiera deseado—, es posible que nos tropecemos con un tigre o con alguna otra cosa desagradable.

—Desde luego —replicó alegremente Webb, entusiasmándose con el tema—. Y si es posible, tiene que ocurrirle a alguien, en alguna parte del universo. Entonces, ¿por qué no a nosotros?

Arnold lanzó un bufido de asco.

—Esta conversación se está volviendo fútil —protestó—. Hablemos de algo sensato. Si no encontramos un tigre a la vuelta de aquel recodo, consideraré refutada tu teoría y cambiaré de tema.

—No seas tonto —dijo alegremente Webb—. Esto no refutaría nada. No tienes manera de…

 

Fueron las últimas palabras que pronunció. En un número infinito de Tierras, un número infinito de Webbs y Arnolds se encontraron con tigres amistosos, hostiles o indiferentes. Pero esta no era una de aquellas Tierras; Estaba mucho más cerca del punto en que lo improbable rayaba con lo imposible.

Sin embargo, no era totalmente inconcebible que, durante la noche, la escalera empapada por la lluvia se hubiera hundido, poniendo al descubierto una tremenda grieta que conducía al mundo subterráneo. Respecto a lo que había abierto laboriosamente aquella grieta hacia la desconocida luz del día… bueno, en realidad no era más improbable que el calamar gigante, la boa constrictor o los fantásticos lagartos de la jungla del Jurásico. Había estirado las leyes de probabilidades geológicas, pero no hasta el punto de ruptura.

Webb había dicho la verdad. En un cosmos infinito, todo debe suceder en alguna parte, incluida la suerte singularmente mala de aquellos hombres, pues esta estaba hambrienta, muy hambrienta, y un tigre o un hombre eran un pequeño pero aceptable bocado para cualquiera de su media docena de fauces abiertas.

1951

  • Arthur C. Clarke
    Clarke, Arthur C.

    Arthur Charles Clarke (Minehead, Inglaterra, 1917- Colombo, Sri Lanka, 2008) fue uno de los escritores de ciencia ficción más importantes. Autor, entre otras obras, de 2001: Una odisea del espacioEl centinela y Cita con Rama y coguionista de la película 2001: Una odisea del espacio.

     

    Terminados sus estudios secundarios en 1936, se trasladó a Londres. Durante la Segunda Guerra Mundial, sirvió en la Royal Air Force como especialista en radares, involucrándose en el desarrollo de un sistema de defensa por radar. Concluida la guerra, publica su artículo técnico Extra-terrestrial Relays, en el cual sienta las bases de los satélites artificiales en órbita geoestacionaria (llamada, en su honor, órbita Clarke), una de sus grandes contribuciones a la ciencia del siglo XX. Este trabajo le valdrá numerosos premios, becas y reconocimientos.

    En ese período estudia matemáticas y física en el prestigioso King's College de Londres, estudios que finalizó con honores. También ejerció varios años como presidente de la Sociedad Interplanetaria Británica. En 1957 como parte del comité británico acude a Barcelona para el VIII Congreso Internacional de Astronáutica, momento que coincide con el lanzamiento del Sputnik I por parte de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

    Su fama mundial se consolidó con sus intervenciones en la televisión: en la década de los 60, como comentarista de la CBS de las misiones Apolo; y en la década de los 80 en un par de series de televisión que realizó.

    También son conocidas sus famosas leyes de Clarke, publicadas en su libro de divulgación científica Perfiles del futuro (1962). La más popular (y citada) de ellas es la llamada «Tercera Ley de Clarke»: Toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

    Desde 1956 y hasta su fallecimiento vivió en la isla de Sri Lanka (Ceilán) en parte por su interés por la fotografía y la exploración submarina, en parte debido a su fascinación por la cultura india.

    Se le otorgó el título de caballero de la Orden del Imperio Británico en 1998. También en su honor se puso su nombre a un asteroide y a una especie de dinosaurio ceratopsiano, Serendipaceratops arthurcclarkei descubierto en Inverloch (Australia).

    Arthur C. Clarke, que comenzó a escribir ciencia ficción al finalizar la guerra, es considerado uno de los grandes maestros de la ciencia ficción. Su primer cuento publicado fue "Partida de rescate", que apareció en el número de mayo de 1946 de Astounding y que le sirvió como punto de partida de una fructífera carrera. Entre sus primeros relatos destaca "El centinela", que sirvió de base para su novela 2001: Una odisea del espacio (1968) y para la película del mismo nombre del director Stanley Kubrick.

    Se pueden diferenciar claramente tres etapas en su producción. Las novelas utópicas y humanistas de los 50 (El fin de la infanciaLa ciudad y las estrellas y 2001: Una odisea espacial); la rigurosidad científica de los 70, por la que será incluido entre los autores de ciencia ficción dura (Cita con Rama y Fuentes del paraíso); y una tercera etapa desde finales de los 80 donde se ve un perfil claramente político (Factor Detonante y Sismo Grado 10).

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