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Año 12 #135 Enero 2026

El beso sangriento

—¿Sigues ahí, Chris? —era Rip, el chico de los recados, que de tanto rondar por los estudios había llegado a ser Ejecutivo a Cargo de Proyectos Especiales, fuera eso lo que fuese. Se paró frente a la puerta del despacho, giró sobre un pie y meció el otro hasta cruzar el tobillo sobre la rodilla, la airosa postura de un bailarín en descanso o la maniobra socarrona de un corredor dando a entender que lleva suficiente ventaja como para no tener que apresurarse. Ella no pudo decidir cuál de las dos era la más adecuada. Le miró distraídamente y fingió que su siguiente pregunta la divertía—. ¿Irás a la fiesta esta noche?

—¿Te importa mucho que lo haga?

—Claro —dibujó una sonrisa infantil, como si hubiera olvidado por un momento que tenía treinta y cinco años—, ya sabes que asistirá todo el equipo —echó un vistazo al pasillo en ambas direcciones, se metió dentro y bajó la voz para bromear sobre su evidente aspiración—. ¿Sabes lo que le vamos a traer a Milo?

—Deja que lo adivine… ¿Una danzarina del vientre? No, eso fue para su cumpleaños. ¿Un bailarín de Chippendale?

Rip reprimió su carcajada.

—¿Me tomas el pelo? No saldrá de su guarida hasta la tercera temporada.

—Nunca se sabe.

«Eso es lo que tú quisieras —pensó ella—. Guarida, y un pepino. Podría decirte algunas cosas sobre Milo, si de verdad te interesan, pero es posible que no me creyeras; no encajarían en tus planes, ¿verdad? Milo el Gran Jefe. Sigue soñando».

—Me rindo —dijo—. ¿Qué es?

Rip cerró la puerta detrás de él.

—Contratamos a ese bombón de la Oficina de Reparto. Entrará…, irrumpirá a las doce menos cinco y anunciará entre sollozos que acaba de cargarse el coche de Milo, aparcado enfrente. ¿Has visto el 450SL blanco? El último capricho de Milo, ¿vale? A ella le sabe tan mal, va a pagarlo todo, siempre que su seguro no haya caducado. Así que lo arrastra hacia la habitación de arriba en donde está el teléfono, busca el número, se desmorona, empieza a llorar, se despoja del vestido y se le ofrece… Y de repente, ¡sorpresa! ¡Todo era una farsa! ¡Feliz día de San Valentín! Iremos todos. ¿Tienes una cámara, Chrissie?

—Llevaré mi 3-D.

—¿Qué?

—Nos veremos allí, R. Ahora voy a escribir de nuevo mi guión.

«¿Lo terminaré algún día?», se preguntó.

—¿Te refieres a Zombis? Creí que ya estaba a punto.

—Y lo está, pero Milo tenía unas sugerencias de última hora. Nada importante. Lo quiere sobre su escritorio mañana por la mañana.

—Estupendo —dijo Rip, sin escucharla—. Bueno, no trabajes mucho.

«Si no lo hago yo —pensó ella—, ¿quién lo hará?».

—Y, Chrissie…

—¿Sí?

—Que pases una noche fabulosa, sola o acompañada. Recuerda, No abra la puerta va directo al número uno…, ¡lo conseguimos! Bueno, gracias a tu episodio, por supuesto. ¡La Reina de los Zombis nos situará en la cumbre!

—Gracias por decírmelo R.

«Y no me llames Chrissie —pensó mientras él se marchaba—. Yo lo he conseguido, tú lo has conseguido, ellos lo han conseguido, nosotros lo hemos conseguido… Me gustaría verles por una vez, a Milo o a cualquiera de esta productora, haciendo el auténtico trabajo: entrevistar a escritores, resumir argumentos, reescribirlos toda la noche para entregar algo más que grandes ideas a la cadena… Tendría que haberme quedado de secretaria. Al menos dormiría mejor.

»Pero, en ese caso, ¿qué sería de ellos? ¿Y qué sería de mí? Hubiera regresado a Fresno, a casa de mis padres, en lugar de estar aquí, oculta entre bastidores para mantener unida a esta familia sustituta. Si me dieran un dólar por cada vez que he salvado el trasero de Milo la noche anterior a un estreno…

»Con historias como esta —pensó, revolviendo las hojas—. Por fin encontré una perfecta. Bueno, no fui yo. Esta vez, milagrosamente, todo estaba a punto cuando cayó en mis manos; lo único que tuve que hacer fue pulirla un poco y dársela a M. para la presentación. El episodio perfecto para abrir la segunda temporada. Así lo llamaron. Para ser sincera, quería que pensaran que era mío. Y funcionó. ¿He de renunciar a este despacho por culpa de una abstracción? ¿Quién es Roger Ryman? Con los detalles específicos cambiados, será irreconocible cuando la rueden… Ya me ocuparé de ello. Dejarán que escriba yo el guión. ¿Quién, sino? Y entonces todo el prestigio será para mí, reconocerán mis méritos, entraré a formar parte de la Asociación… ¿Quién podría darse cuenta? Es probable que Ryman se gane honradamente la vida en algún sitio, tal vez lejos. Nunca la verá. Ni siquiera debe tener televisión por cable.

»¿Y si la ve algún amigo suyo?

»Olvídalo, Chrissie, Chris. Te volverás loca.

»Tú lo quisiste así, admítelo. Te empeñaste en ello».

Sacó de la máquina de escribir la última hoja de la última revisión, la que incorporaba los cambios surgidos después de su entrevista de hoy con Milo, y empezó a leer las pruebas desde la primera página:

LA REINA DE LOS ZOMBIS

por Christine Cross

 

  1. SUPERMERCADO DE HORARIO ININTERRUMPIDO-NOCHE

Las tres de la madrugada. Los muertos vivientes asedian el super.

Clientes zombi se dirigen hacia el departamento de productos alimenticios, donde se hallan escondidos detrás de la caja el encargado de noche y su novia, una de las cajeras. Tiene que sacarla de allí antes de que reparen en su presencia. Los zombis quieren algo más que fruta y verduras.

Pone en marcha el sistema de altavoces, agarra el micrófono y, para distraerlos, anuncia una oferta de hígado. Los zombis se arrastran hacia la sección de carnes.

Le indica a la CAJERA que ande a gatas hacia la puerta delantera…, pero nuevos refuerzos de zombis empiezan a entrar desde el exterior. Ella cambia de dirección, se desliza entre los pasillos, pero se ve obligada a retroceder hacia la sección de carnes, donde los zombis están muy ocupados devorando hígado.

Un zombi solitario llega al extremo del cajón de congelados. Toda la carne ha desaparecido. Aprieta el timbre con movimientos torpes y convulsivos. Nadie responde. Entonces trepa al mostrador, agarra al CARNICERO allí escondido, lo alza, hunde una mano en el abdomen del CARNICERO y le arranca el hígado.

Mientras prosigue la orgía, una lluvia de sangre y vísceras salpica a la CAJERA. Ella chilla.

«¡CORTEN!».

Vemos que una película está siendo proyectada en el supermercado, pero la chica que interpreta a la CAJERA no para de chillar. Mientras los zombis se despojan de sus máscaras sale corriendo del plató histérica.

«¡Fantástico! —le dice el DIRECTOR al ENCARGADO DE EFECTOS ESPECIALES—. Pero quiero más sangre la próxima vez, ¿vale, Marty?».

Sale a buscar a la CHICA.

 

  1. EXTERIOR

El DIRECTOR la consuela en el aparcamiento. Ella, sabiendo que no le da lo que necesita, quiere agradarle, pero es superior a sus fuerzas. Se está desmoronando. Tiene ganas de subir al próximo autobús para Indiana.

El DIRECTOR la necesita. Ella será la Reina de los Zombis. La envía de vuelta al Holiday Inn. Un baño caliente, un descanso…, ¿qué más puede hacer por ella? Si es necesario, ensayará más tarde con ella, en privado.

Repasó las páginas. Perfecto, como todo lo demás. Funcionaba óptimamente: «Sácale juego al boceto —pensó—. Podría escribir ese guión ahora mismo, aprovechando la inspiración, si Milo no necesitara enviar antes esta versión a los jerifaltes para su aprobación. Una formalidad. Podría seguir trabajando, no quiero asistir a esa espantosa fiesta. Puedo acabarla antes de plazo… Por fin se darán cuenta de lo muy importante que soy para esta operación. Hasta podría ocurrir que Milo comprendiera la necesidad de un productor asociado. ¿Por qué no?».

¿Estaría todavía en su despacho? Podría presentarle sus respetos, excusarse de la fiesta y explicarle que se marchaba a casa a trabajar. Le impresionaría muchísimo, ¿no?

Grapó las páginas y buscó su bolso.

El pasillo olía débilmente a desinfectante y, a lo lejos, se oía el golpeteo de los cubos de basura a medida que las mujeres de la limpieza pasaban de una sala a otra del edificio, recogiendo los desperdicios de los demás y poniéndolo todo en orden. Mientras atravesaba el vestíbulo de recepción vio el carrito de las escobas y los detergentes detrás de una puerta entreabierta y, más allá, a través de la ventana del despacho de Rip, la línea del horizonte ennegrecida por una faja de polución, producto de otro día en la ciudad. Era más tarde de lo que pensaba.

—Buenas noches —dijo en voz alta.

La mujer de la limpieza se enderezó y se restregó las ásperas manos en el uniforme; luego dejó caer los brazos a los costados con las palmas hacia arriba, como temerosa de que la acusaran de estar robando. Su rostro se veía sombrío e inexpresivo.

—Que lo pase… que lo pase bien —añadió Chris.

Bueno, en realidad no era fiesta. ¿Entendería el inglés la mujer?

Antes de irse intercambiaron una última mirada. La de la otra fue serena y conformista, desesperanzada y extrañamente beatífica. Una huella de desaprobación se insinuó en su máscara impasible. Chris se sintió un poco incómoda, como una adolescente descubierta saliendo o entrando a hurtadillas en su habitación. De hecho, la mirada era casi de pena. ¿Por qué? Bajó los ojos y se alejó.

Golpeó con los nudillos la puerta de Milo, y después entró sin esperar autorización.

El despacho estaba vacío. Era normal que no se molestara en despedirse. ¿Para qué? Nunca lo había hecho. Eso cambiaría, por supuesto. Durante tres días había tenido un despacho para ella sola, pero los demás tardarían un tiempo en asimilarlo. Las cosas serían diferentes muy pronto.

Observó las señales habituales de una partida apresurada: una fila de latas de coca-cola vacías, un cajón salido para estirar los pies, un puñado de impresos para mensajes enrollados junto al teléfono, una bandeja de papeles columpiándose en el extremo del escritorio.

A su pesar, reconoció que la escena le resultaba más conmovedora que sorprendente. Milo necesitaba alguien que pusiera orden en su vida, que pasara revista al terminar la noche. No podía hacerlo todo. No era culpa suya, razonó ella, formaba parte de su naturaleza… Se sintió como la hermana que corregía sus deberes mientras dormía, la novia que le chivaba las soluciones en el examen final, la madre que se preocupaba de peinarle antes de ir a la escuela. Sabía que no ocupaba ninguno de estos lugares, pero él no tardaría en reconocer su valía. Los días de indiferencia habían terminado.

Sonrió mientras atravesaba el despacho y depositaba triunfalmente su boceto corregido sobre el cristal del escritorio, donde aguardaría a que él llegara por la mañana. No dejaría de verlo.

Colocó el bloc de mensajes entre el cenicero rebosante y los círculos dibujados por la taza de café. Utilizó el pisapapeles para inmovilizar sus hojas, alineó un lápiz a cada lado para enmarcarlas y se dispuso a salir.

Oyó que el carrito salía del despacho de Rip y se dirigía hacia el de Milo.

¿Y si la mujer de la limpieza reordenaba las cosas y ponía sus hojas bajo el montón que no correspondía?

Chris debería advertirla de no tocar el escritorio.

¿Y si no conseguía hacérselo comprender a la mujer?

Suspiró y vació el cenicero, tiró las latas en la papelera, limpió el cristal del escritorio y ordenó el resto de sus cachivaches para que no hubiera necesidad de tocar nada. Mientras deslizaba el bloc de notas bajo el teléfono y se preparaba para marcharse antes de ser pillada in fraganti, el timbre interior el teléfono sonó una vez, a causa del movimiento. Ella parpadeó.

Y vio lo que estaba escrito en la primera página del cuaderno.

Parpadeó de nuevo y lo releyó, esforzándose por comprender el sentido.

Estaba redactado con los garabatos familiares de Milo, su última nota del día. No tuvo la menor dificultad en descifrarla. Decía:

«QUE BILL S. ESCRIBA REINA DE LOS ZS. ¿QUIÉN ES SU AGENTE?».

Se quedó mirándola.

Puso las manos en las caderas, apoyó su peso en un pie y luego en el otro, miró por la ventana y sólo vio oscuridad; leyó la nota otra vez antes de que sus ojos empezaran a picarle. El significado era indudable.

Milo le había asignado la confección del guión a otra persona.

Ella no participaba en la carrera.

Ni siquiera estaba en la lista de competidores.

Tendría suerte si constaba en los títulos de crédito. No, probablemente ni siquiera eso.

La venda se le cayó de los ojos.

Ya podía ver el nombre de otro escritor en la pantalla. Tal vez el de Milo sólo. Había sucedido antes.

«Ha vuelto a suceder —pensó—. Siempre sucede igual.

»Y ni siquiera lo vi venir».

Ni tan sólo podría elevar una protesta, puesto que se arriesgaba a provocar un arbitraje que quizá descubriera al verdadero autor de la obra que se había apropiado.

«Me han cogido —pensó—. Otra vez.

»Pero esta vez no me conformaré con el hueso que me han tirado. Ahora no.

»Esto se acabó aquí».

Cogió el cenicero y lo arrojó al otro lado del despacho. Se estrelló contra el dibujo enmarcado de LeRoy Neiman colgado en la pared. Después recuperó sus páginas y salió del despacho; fragmentos de cristal se clavaron en las suelas de sus zapatos y rechinaron mientras andaba.

Estupefacta, la mujer de la limpieza se hizo a un lado.

—Esta vez no —le dijo Chris entre sollozos de rabia—. ¿Comprende?[6] Lo… lo siento. Perdóneme…

«He cometido un gran error, un error terrible, terrible.

»O quizás lo ha cometido otro».

De vuelta en su despacho examinó el fichero hasta encontrar la sinopsis original, ofrecida por un desconocido sin agente al que jamás había visto, Roger R. Ryman. Había incluido su domicilio y teléfono particulares en la página del título.

Aferró el receptor y se rompió una uña mientras marcaba el número.

Al principio, él no la reconoció por su nombre, pero cuando pronunció las palabras mágicas, No abra la puerta, recordó las series, la sinopsis que había enviado y casi consiguió lamerle la cara a través del teléfono.

Sí, por supuesto, se citaría con ella en cualquier parte, a cualquier hora.

Ella le dio la dirección de Milo.

Él no vio nada raro en que le citara en una fiesta de San Valentín.

  1. EN EL HOLIDAY INN

Ella llama a casa deshecha en llanto. Está preparándose para tomar el baño cuando entre el DIRECTOR.

Todo irá bien. Tú puedes hacerlo, le dice. Trabajará con ella personalmente. Él se adjudica el papel de un zombi en el ensayo, la acaricia, la agarra, la abraza apasionadamente. Ella responde con desesperación, olvidando el guión. Ella le necesita. Y piensa que él la necesita.

 

  1. MÁS TARDE.

Ella llama a su casa de nuevo…, pero esta vez en otro tono. Sí, le va muy bien. Después de todo, se abrirá camino.

«¿Sabes una cosa, mamá? He conocido a un hombre, pero no a un hombre cualquiera. Es maravilloso, muy gentil. Se preocupa realmente por mí…».

«Fantástico —pensó Chris—. Ahora la pregunta es ¿quién será él?».

Cuerpos de todos los tamaños y formas pasaban junto a ella, ataviados con toda clase de vestimentas: sombreros en forma de corazón, trajes con flechas, zapatos de atractivo diseño, camisetas de pésimo gusto, alfileres esmaltados, pañuelos de cabeza adornados con dibujos, chándales de color pastel adquiridos en el Berverley Center, indumentarias de los años treinta procedentes de la avenida Melrose. Ositos de felpa acechaban en las esquinas con billets-doux clavados en los baberos; globos de Mylar flotaban hacia el techo como burbujas de aire en la superficie de un acuario. Jadeó en busca de aliento a medida que personajes inindentificables se arremolinaban a su alrededor, todo collares y dientes luminosos bajo las luces ultravioletas, y buscó una salida antes de que la presión de la música la cercara de nuevo. Mientras se abría paso entre la muchedumbre hacia la puerta más cercana, algo parecido a una pinza trató de asirla por el muslo. En las sombras, los osos de ojos negros y brillantes como los de los tiburones parecieron mover sus peludas cabezas, siguiendo sus movimientos.

Otro disco, Esperando a que terminen los ochenta, empezó a sonar, interpretado por los Coupe de Villes, al tiempo que un grupo de hombres de cuello largo y bigote recortado se agolpaba en torno a un llamativo bufet de la cocina. Estaba a punto de pasar de largo cuando reparó en un enorme y coloreado paté con la parte superior hendida para imitar las alas de una gaviota en pleno vuelo. El centro se hundió y reveló el compacto hígado del interior, a medida que los hombres iban untando canapés y contando chistes. Una fina película de sudor brillaba en las entradas de sus cabellos. Ella reconoció al conversador más animado.

—Rip…

Él le rodeó el hombro con su brazo y la atrajo hacia sí, y no la soltó hasta que hubo terminado de contar el chiste, como si Chris hubiera interrumpido su actuación. Cuando terminó, echó la cabeza hacia atrás y soltó una fuerte carcajada que hizo vibrar su carótida y estremecer su cuerpo. Por fin se giró hacia ella.

—¡Chrissie, amor! —la atrajo más cerca—. Mark, me gustaría presentarte a nuestro nuevo Responsable de Guiones.

—Rip, ¿has visto a…?

—No, no sé por dónde para Milo, pero apuesto a que no prepara nada bueno —señaló el techo con el pulgar—. Prueba en el piso de arriba.

—Rip, si alguien pregunta por mí…

—Yo, en tu caso —Rip le guiñó el ojo—, no iría a estorbarle todavía.

«Como siempre, cuento sólo con mis fuerzas —pensó—. Todo lo demás era pura ilusión».

—No importa —Chris cogió al vuelo una copa de champaña muy frío y la vació—. Nos veremos a las doce.

Se dirigió hacia las escaleras. Arriba se oían muchas voces. Quizás encontraría allí lo que andaba buscando. Se estaba haciendo tarde y era preciso tenerlo todo a punto antes de que empezaran los fuegos artificiales.

  1. EN MAQUILLAJE – AL DÍA SIGUIENTE

Ella está sentada en la silla, recibiendo los mimos que necesita de su nueva familia. El MAQUILLADOR es amable, sensible. Aunque ha abandonado su auténtica familia y su auténtico hogar, ahora siente que pertenece a algún sitio.

Cuando se va, el MAQUILLADOR y el EQUIPO cambian de tono. Esta pobre niña fracasará. Es muy nerviosa, excitable, peligrosamente inestable, pero es demasiado tarde para reemplazarla. El tiempo vuela.

 

  1. EN EL PLATÓ.

Ella vuelve a hundirse. El DIRECTOR intenta darle ánimos, pero no es suficiente. Es demasiado insegura. Después de doce tomas le suplica que lo prueben otra vez.

«Háblame como hiciste anoche. Quiero que salga bien».

«Eso es lo que quiero yo también», le dice.

La escalera, escasamente iluminada, estaba atestada de gente. Manchas borrosas —rostros irónicos y vivaces— observaron su ascenso: chicos sin patillas y muchachas indiferentemente elegantes, como ajenas al lugar, de sonrisa falsa, fija y obstinada. Rozó con la muñeca algo frío y suave. Se trataba de una almohada de raso en forma de corazón que alguien de sexo indeterminado pretendía regalar. Se apartó y se apretó contra la pared como si caminara sobre platos de cartón empapados; distinguió un estampado que reproducía a una pareja de tórtolos que se arrullaba y acariciaba debajo de una ensalada de patatas a medio comer, dejando caer alas de pollo.

—Perdón —dijo.

—Perdóneme a mí —dijo la persona de la almohada—. ¿Es usted la que busco?

—Eso espero —dijo, desviando los ojos y apresurándose escaleras arriba. Después repitió en su mente las palabras y el timbre masculino de la voz.

—Le ruego que me disculpe, pero…

Abajo, una nostálgica luz estroboscópica estilo años sesenta bañaba las cabezas de los bailarines, relegándolos al anonimato de unos extras.

Se sintió como atrapada en una red tejida décadas atrás. No cambiaría hasta que se decidiera a actuar. No era el momento de desfallecer. Recordó algo que su padre le había dicho antes de marcharse: «Cuando te sientes, siéntate. Cuando estés de pie, estáte de pie. Pero nunca vaciles». Lo ocurrido en las últimas horas le había hecho comprender esas palabras; ahora las entendía.

¿Dónde estaba él? El tiempo volaba.

Examinó las cabezas que había dejado atrás, pero el hombre del corazón se había ido.

Asustada, recorrió la escalera con la vista. «No debe irse».

Algo brillante se estiró para tocarla desde el otro lado de la escalera.

—Es usted —dijo el hombre de la almohada de raso—. Estoy seguro.

—Gracias a Dios.

Le empujó escaleras arriba hasta el segundo rellano. Enfrente se abría un pasillo más oscuro, atravesado por haces de luz amortiguada que provenían de las distintas habitaciones. No recordaba cuál era la de Milo, pero sabía que debía encontrarla antes de la hora indicada. Un murmullo de excitación recorrió la planta baja. ¿Habría llegado ya la chica contratada por Rip?

—Venga conmigo —dijo Chris—. Hemos de hablar.

  1. COMEDOR DEL HOTEL.

El DIRECTOR está cenando con su PRODUCTOR. Es vital terminar el rodaje a tiempo. El DIRECTOR se ve capaz de hacerlo. Ya lo ha hecho otras veces. La última escena será insuperable.

En esa escena, el novio de la CHICA, el ENCARGADO DE NOCHE del supermercado, conducirá a los soldados hacia el cementerio para rescatarla. Habrá un montón de pirotecnia.

La CHICA aparece en el comedor. Se sienta sin esperar a que la inviten, imaginando que la recibirán cariñosamente. Está convencida de que ahora forma parte de la vida del DIRECTOR. Aguarda a que él la salude, pero se limita a mirarla. La lleva aparte y le dice con impaciencia que ya es hora de que se haga mayor. Esto es la vida real.

 

  1. EN EL REMOLQUE DE EFECTOS ESPECIALES.

El DIRECTOR va a pedir ayuda al encargado de EFECTOS ESPECIALES. La CHICA lo está echando todo a perder. No puede permitir que las cosas sigan así. No hay nada más importante que la película.

¿Qué escenas le quedan por rodar a la CHICA? Repasan el guión: sólo la Quema de los Zombis. El ENCARGADO DE NOCHE dirigirá el ataque contra el cementerio. Dispararán sobre los zombis de imitación que yacen bajo las tumbas. Después la Guardia Nacional les arrojará granadas. El novio tendrá que correr, evitando las cargas explosivas. Después les pegará fuego con un lanzallamas.

Todo cuanto necesitan de la CHICA es un primer plano de su rostro salpicado de sangre durante el tiroteo, su expresión de sorpresa cuando, al recobrar el sentido, reconozca a su amante en el instante en que él la mata. Después, plano de un simulacro estallando.

¿Hay alguna forma de disparar a su alrededor? Se necesitan tomas largas, un simulacro mejor, más sangre y más efectos. Los demás zombis serán destruidos utilizando simulacros, pero ellos la necesitan para sobrevivir a los disparos. Ella es la Reina de los Zombis.

MARTY siempre va un paso por delante. Ha salvado el trasero del DIRECTOR incontables veces. Ya ha preparado un doble de la CHICA, un cuerpo de látex idéntico al de ella hasta en los menores detalles para sustituirla. Es más que un simulacro. En caso de necesidad puede ser manejado por un doble. Ahora pueden terminar con o sin la CHICA.

Eres un genio, le dice el DIRECTOR. Será una obra maestra cojonuda, a pesar de los actores. Sólo saben dar problemas.

Ella le guió por el pasillo. Una carcajada resonó en el primer dormitorio; un furioso parloteo surgió del segundo y, a través de la puerta abierta, Chris vio una mano pálida, armada con una hoja de afeitar, que se agitaba frenéticamente sobre un espejo horizontal. La tercera estaba cerrada, con una escueta advertencia colgada del pomo: PPRIVADO. PROHIBIDO EL PASO. «Esto —pensó— es obra de Rip».

Empujó al hombre del corazón hacia el cuarto de baño contiguo. La puerta de comunicación estaba entornada; una pequeña lámpara irradiaba una suave luz en el dormitorio. Era suficiente.

—Aquí estaremos tranquilos…

El hombre permaneció de pie, vacilante, en el centro del cuarto de baño.

—La he estado esperando —dijo.

—Lo sé. Yo también le esperaba —contestó, y oyó pasos y cuchicheos que se aproximaban por el pasillo.

—Una broma —dijo él.

—No —ella se apoyó en la puerta para asegurarla—. No para nosotros.

Dejó que sus ojos se cerraran. Esperó a que la habitación parara de girar para soltar el discurso que había ensayado. Cuando abrió los ojos, él se hallaba más cerca.

Se paró ante ella y ladeó la cabeza en un ademán de ironía.

—Usted no sabe lo que he planeado, ¿verdad? Se lo explicaré.

—No hace falta —respondió el hombre—. Creo que lo comprendo.

—¿De veras?

—Ya se lo dije: he estado esperando mucho tiempo.

—Perdóneme, me estoy comportando con mucha rudeza. No es mi intención. Todo ha sucedido con tanta rapidez…

—Tranquila —dijo. Se apartó para que respirara a gusto y se sentó en el borde de la bañera—. No me importa esperar un poco más.

El reflejo de los azulejos jugueteó en sus ojos.

«Bien —pensó ella—. Tiene estilo».

—Mientras no tarde mucho —añadió.

Los pasos y las risas sofocadas se oyeron un poco más cerca.

  1. EN EL PLATÓ

La CHICA llega con unas notas en la mano, más dispuesta que nunca a complacer al DIRECTOR.

Pero él no está en su silla. Hay otra persona… Una mujer.

La ESPOSA DEL DIRECTOR. Los miembros del equipo la rodean, riendo y evocando recuerdos. La ESPOSA es ahora el centro de atención. Ha desplazado a la CHICA.

Se encuentra con el DIRECTOR y se lo suelta en la cara: utiliza a la gente. Lo único que le interesa es sangre, sangre y más sangre. ¿Por qué la sedujo? Se lo dirá a todo el mundo, empezando por su ESPOSA.

Él le enseña la verdad de la vida. «Mi esposa ya lo sabe». Ya no necesita a la chica. Su relación ha terminado.

La ESPOSA la observa mientras sale corriendo del plató. La CHICA parece tan joven e inocente… «Espero que no se lo tome demasiado en serio. Yo lo hacía antes, pero ahora llevamos vidas separadas. Aprendí hace mucho tiempo que éste es el único mundo real…, el de hacer películas. Es la razón de su vida. Las personas de carne y hueso no pueden competir con ello. En realidad está casado con su talento para crear ilusiones…».

 

  1. CEMENTERIO - LA ÚLTIMA NOCHE

El equipo trabaja febrilmente para preparar el clímax final.

El DIRECTOR se queda después de que los demás se han ido a casa. A las cuatro de la mañana termina de verificar todos los detalles. Los simulacros de zombis están apuntalados en armaduras colocadas detrás de las lápidas, los botes de humo están a punto, las cruces están algo inclinadas. Lo único que falta es gritar «acción» al amanecer. Se dispone a echar un sueñecito en el remolque.

—No tardaré mucho —dijo Chris cuando los pasos se alejaron.

Él meneó la cabeza tristemente.

—Ha pasado tanto, tanto tiempo —dijo por fin—. Casi había abandonado toda esperanza. Es usted la que buscaba, ¿verdad? Sí. Lo es.

—Lo soy. Escuche…

Él acunó su corazón de tela.

—He traído esto, a la espera de encontrar a la persona idónea para dárselo —emitió un sonido mitad risa y mitad jadeo—, pero nadie quería quedárselo.

—No necesitaba hacer esto —repuso ella. ¿Algo para darse a conocer? No recordaba habérselo mencionado por teléfono. Era una buena idea, desde luego; habría sido más fácil localizarle. ¿O se trataba de un regalo?—. ¿Qué es?

Se enderezó y anduvo unos pasos en su dirección, sujetando en alto la almohada.

—¿A usted qué le parece? Quería regalarlo, pero nunca encontraba voluntarios. ¿Por qué? En cambio, usted…

—Sí, claro. No hay mucho tiempo. No sé por dónde empezar. Debe preguntarse por qué le hice venir.

—No me importa.

—¡Claro que importa! Es lo que intento decirle. Veo un montón de gente…

—Yo también. Al menos, lo hacía. Ahora todo ha terminado.

Poco a poco se había ido acercando y ya sólo les separaban unos pocos centímetros. Ella no podía verle la cara; podría haber sido cualquiera en las sombras. Rememoró un breve atisbo en las escaleras: facciones bondadosas, ojos afligidos, expresión de cierto temor. Esto la hacía sentirse peor. Se obligó a continuar. Aún podía enderezar el asunto. No era demasiado tarde.

Antes de que pudiera hablar, él le tomó la cabeza entre las manos y se inclinó para besarla.

Al principio se quedó demasiado pasmada para resistirse.

«Oh, Cristo, no en un momento como éste —pensó, y luego—: ¿Qué imaginó cuando le llamé, cuando le hice venir aquí…?

»Dios mío».

—Espere —dijo, apartándose a un lado.

Pero él la abrazó y cubrió su boca de nuevo.

En ese momento alguien empujó la puerta en la que estaba apoyada, con la intención de entrar. Los dientes delanteros de ambos chocaron con un chirrido como el de uñas arañando una pizarra.

—Lo siento —murmuró una voz en el pasillo.

Ella apretó las manos contra el pecho del hombre.

—No, por favor, no me entiende. Esto no es lo que pretendía.

—¿Qué pretende, entonces?

—¿Quieren darse prisa? —preguntó la voz del pasillo.

Chris estaba confusa, agitada, pero no había tiempo para eso. El reloj era inexorable.

Resonó un golpe en la puerta.

—Por aquí —dijo, y le arrastró a través de la puerta de comunicación hacia el dormitorio.

—Me gustaría que cambiara de idea.

—Escuche —repuso ella—, mi nombre es…

—No me interesa.

—Me envió un guión, ¿de acuerdo? Se lo enseñé a mi productor. Le gustó. Tanto que lo quiere para la próxima temporada, pero no para comprarlo. Oh, lo siento, no me expreso muy bien. También es culpa mía. Se lo contaré más tarde, pero lo mejor sería que fuese al Registro de la Propiedad Intelectual a primera hora de la mañana. Deposite cuanto tenga…, esbozos preliminares, notas, todo…

—¿Por qué debería hacerlo?

—¡Estoy tratando de ayudarle! Van a robarle su guión. Cuando Milo suba, quiero que le diga quién es usted.

Sacó las hojas de la versión original de su bolso.

—Tenía que avisarle. Diga lo que diga, no ceda. Estamos juntos en esto. De un momento a otro se nos caerá el cielo encima. A pesar de todo, sé que le apoyaré. Quiero enmendar mis errores. Es posible que usted acabe odiándome, no lo sé, pero debo intentarlo. Lo siento mucho, créame. Le ayudaré en todo lo posible.

Inhaló, exhaló, deseó que su corazón se calmara. Alguien cerró las puertas del cuarto de baño a pocos pasos de distancia.

El dormitorio estaba tranquilo. La iluminación era fría. Las sustancias de una lámpara de lava posada sobre la mesita de noche confluían, ardían y se separaban de nuevo en dos cuerpos distintos, incesantemente. Le dolía la boca: la sentía caliente y húmeda. Oyó el ruido del agua al correr.

—Si me permite la pregunta —inquirió el hombre—, ¿de qué está usted hablando?

—Estoy intentando decirle que estoy de su parte, no importa el porqué.

La impaciencia llameó en los ojos del hombre.

—Decídase —dijo él.

 

  1. EN SU REMOLQUE

El cementerio es inquietante… Casi tiene la impresión de que le siguen. Está a punto de entrar en el remolque cuando un monstruo aparece. Es la CHICA, con un maquillaje aterrador.

Intenta deshacerse de ella, sabiendo que, en realidad, no la necesita, aunque esta vez viene a él de una forma diferente. No se muestra quejosa ni implorante, sino feliz como un cachorro y dispuesta a complacer. Ella está estupenda. Está preparada, será perfecta. Incluso ha amañado un pequeño extra para el momento de la muerte. Se le ha ocurrido a ella sola, y está segura de que le va a gustar. Ahora comprende que es lo único que importa.

«Me has enseñado muchas cosas. Más de las que piensas. Deja que te recompense… como a ti te gusta. Quiero hacerlo ahora».

 

12 . EN EL INTERIOR DEL REMOLQUE

Ella ensaya su papel, y él reemplaza a su novio. Cuando se lo indica, ella grita. Casi perfecto. Ella necesita repetirlo con el fusil. Lo ha traído, cargado con balas de salva. Ha pensado en todo.

«Quieres que parezca real, ¿verdad? —le urge a coger el fusil—. Hemos de hacerlo lo mejor posible. Quiero que compruebes lo mucho que deseo complacerte. Repitámoslo desde el principio. Y esta vez te prometo que obtendrás todo lo que quieres».

Él vacila, pero acaba por ceder. Cuando ella empieza a gritar, dispara el fusil. Hay una expresión de paz en sus ojos cuando la sangre brota y ella resbala por la pared hasta caer en el suelo.

«¡Jesús, has estado magnifica! ¡Qué toma! Si hubiéramos tenido una cámara… —se arrodilla y la agita—. Corten. Ya está. Por fin lo has conseguido. Oye, ¿qué…?».

Toca la herida. Es real. Le dio el fusil con balas de verdad. Lo había planeado de esa forma.

Lo limpia todo para borrar las huellas… nadie podría creer lo que sucedió realmente.

¿Qué va a hacer con el cuerpo?

Un plan desesperado: reemplazará el simulacro del plato por el cuerpo auténtico, apuntalándolo detrás de la lápida como los demás simulacros. La prueba volará por los aires y luego será reducida a cenizas. Cuando la rocíen con el lanzallamas, la máscara de caucho arderá como napalm. No quedará nada.

Él mismo se encargará de colocarla. Nadie se dará cuenta.

—Le estoy haciendo un favor —dijo Chris—, al menos es lo que intento hacer. Si me deja.

—¿Es usted la que busco? —repitió él con tozudez.

—Sí, quiero decir no —esquivó de nuevo su abrazo—. Quiero decir…

—Pero usted dijo que lo era —balanceó la almohada en forma de corazón.

—No en ese sentido. Esto es mucho más importante, ¿no lo entiende?

—Debería haberlo sabido. Usted no es quien yo pensaba.

—¡Sí!

—¿Qué significa eso? —preguntó, indignado.

—Que… ¡que usted equivocó la intención!

Él estaba a punto de marcharse.

—Es muy importante para mí —dijo ella.

—Para usted. Siempre lo mismo.

—¡Y para usted también! ¿Qué le pasa? ¿Ha escuchado lo que le he dicho? ¿Es que no puede…?

Bajó la vista hacia ella. Cobijó la almohada en su pecho.

—Siempre es lo mismo. Usted es como todas las demás. Siempre soy yo, ¿verdad? ¿Verdad?

—¿Qué quiere decir?

—¿Qué quiere decir usted? —replicó con furia, mirándola directamente a los ojos.

Un hormigueo recorrió su cuero cabelludo.

«¿Quién es este hombre? —pensó—. He cometido otro error, el peor de todos».

—¿Qu-quién es usted?

—¿Quién es usted para hacerme esta pregunta? ¿Quién demonios se cree que es?

Cuando él se le abalanzó, encendida su rabia por toda una vida de decepciones, ella intentó esquivarle. La agarró y la tiró contra la pared antes de que pudiera abrir la puerta del dormitorio. Incrustó la almohada bajo su barbilla para obligarla a echar la cabeza hacia atrás. Después de todo, no era blanda. Era una caja acolchada y adornada.

La levantó en alto. Chris vio el corazón rojo a punto de golpearla, la funda de raso, ajada y manchada, pero todavía de un vivo color escarlata, como la cara del hombre y las huellas de los años, como la sangre que manaba de su labio partido. Ella no sabía quién era. Podía ser cualquiera.

Era un demente.

De pronto alguien entreabrió la puerta. La hoja golpeó la espina dorsal de Chris y la precipitó en brazos del hombre.

—Oh, lo siento —dijo la voz de Milo por la rendija. Un lloriqueo histérico y teatral se alzó a su espalda—. Vamos, hay otro teléfono al final del pasillo.

—¡Espera!

—Que se diviertan…

El hombre que tenía frente a ella titubeó. Aprovechó ese momento para saltar hacia el pomo de la puerta, pero él la sujetó. Se revolvió, le arrebató el corazón, con más fuerza de la que había imaginado y lo usó para golpearle. Como él no soltaba presa lo estrelló contra su cara una y otra vez. Se oyó un chasquido seco cuando le alcanzó en un hueso. La lámpara se rompió y terrones de azúcar salieron volando, secos y duros como piedras. El hombre cayó de rodillas con un brillo de estupor en los ojos y se desplomó.

Un grupo de gente, a cuyo frente iba Rip, irrumpió en la habitación. Los cuchicheos maliciosos se convirtieron en jadeos.

¿Qué has hecho? —preguntó alguien.

—¡No he hecho nada! Él… él iba a…

—¿Iba a hacer qué? ¿Qué te hizo? —una mujer alta se acercó para consolarla. Acarició el pelo de Chris y observó los labios magullados, los botones arrancados y la mirada extraviada—. Está muy claro: intentó violarte, ¿verdad? Reconozco a ese tipo de individuo en cuanto lo veo. ¡El muy bastardo!

—¿Quién es este tío? —preguntó otra persona—. ¿Quién le invitó?

—Llamaré a un médico.

—Fue defensa propia —dijo la mujer, abrazando a Chris con excesivo entusiasmo—. No le digas una palabra a nadie, ¿entiendes? No tuviste otra elección. ¿Quién sabe lo que te habría hecho de tener la oportunidad? Algo mucho peor. Lo sabes, ¿no?

Chris nunca la había visto antes. Tampoco recordaba ninguno de los demás rostros.

Se abrió paso y bajó corriendo las escaleras.

La música había enmudecido en la desierta sala de estar. Sólo quedaba un joven solitario. Se puso en pie con timidez.

—Perdone —dijo—, ¿conoce a una tal Christine Cross?

Ella le miró en silencio. Le resultaba imposible pensar en una respuesta.

—Bueno, si la ve dígale que he estado buscándola. Me llamo Roger. Me había citado aquí. Oiga, ¿le pasa algo? ¿Es sangre eso que…?

Ella ganó la salida de un salto. El sabor de la sangre, suya o de otra persona, sabía a sal en sus labios.

  1. AL ALBA

Todo está dispuesto: focos detrás de la niebla, cruces inclinadas. Los zombis se hallan apuntalados como blancos en una galería de tiro.

El DIRECTOR le indica a MARTY que utilice cargas más potentes. No quiere que quede nada cuando el humo se disipe, ni siquiera la sangre ni las vísceras de animales con que han rellenado los simulacros.

«¡Acción!».

El novio, el ENCARGADO DE NOCHE, corre como un soldado en un campo de minas. Los simulacros son tiroteados, reventados y quemados uno por uno. Todos, excepto la CHICA. Será la última en perecer. Hay que tomar un primer plano. ¿Dónde está?

No la necesitamos, dice el DIRECTOR, guiñándole el ojo a MARTY. ¿NO está en el plato? Quién sabe dónde andará…, probablemente en el autobús de vuelta a Indiana. ¿A quién le importa? Ésta es mi película y yo digo que no la necesitamos. Tenemos un simulacro perfecto. Hazlo estallar… ahora.

«¡Acción!».

El ENCARGADO DE NOCHE avanza hacia ella con el fusil preparado. Antes de que pueda disparar, su cabeza se reclina a un lado.

«Espera —grita la ANOTADORA—. Tiene la cabeza torcida. No queda bien».

«Yo la enderezaré», dice MARTY.

«¡No!». El DIRECTOR no puede permitir que nadie la toque. Descubrirían que es un cuerpo real. Ha de hacerlo él en persona.

«¡Mira dónde pisas!», chilla MARTY.

El DIRECTOR avanza con grandes precauciones hasta la lápida. Intenta no mirar la cara mientras corrige la posición de la cabeza. Ya está. Se vuelve.

¿Preparados?

«Espera —dice MARTY—. Ahora mana sangre de su boca y la toma tampoco será buena».

«Hazlo, ¿quieres?», dice el DIRECTOR. Se apodera del fusil y se dispone a disparar el proyectil relleno de sangre. Pero antes de que pueda apretar el gatillo, la cabeza de la CHICA se inclina a un lado mientras empieza a volver en sí. ¡No está muerta!

Le dispara un tiro tras otro, pero esta vez las balas no son reales. Sus ojos se abren y le miran, le ven en el momento triunfal de ella. La CHICA sonríe.

«¡Muere —masculla él—, muere…!».

Ella alza los brazos, como un zombi, como si quisiera abrazarle.

Él se abalanza sobre ella y busca su garganta con las manos para acabar de una vez por todas. Los brazos de la CHICA le rodean y le estrechan en un paroxismo final… y los cables conectados a un cuerpo hacen contacto y activan la carga. Vuelan en pedazos juntos, unidos en sangre para toda la eternidad.

Es la última toma, el mejor efecto de la película.

  • Dennis Etchison
    Etchison, Dennis

    Dennis Etchison (1943) nació en Stockton, California, aunque vive normalmente en Los Angeles, sitio ideal para un escritor con ávido interés por el cine y la televisión.

    Aunque lleva escribiendo profesionalmente desde 1961, sólo recientemente ha empezado a recibir reconocimiento. Esto se debe principalmente al hecho que Etchison trabaja casi exclusivamente en el campo de la historia corta, y que la mayor parte de su trabajo se publica fuera de las pocas revistas de ciencia ficción y fantasía con las que están familiarizados los aficionados. "De guardia" apareció en Fantasy Newsletter.

    Además, Etchison ha escrito la novelización del film The Fog (La niebla), así como varios guiones cinematográficos que se hallan aún en fase de preproducción. Su novela de horror The Shudder (El escalofrío) aguarda su publicación. Si bien su sombrío e intensamente introspectivo estilo no es del gusto de todos, lo que no cabe la menor duda es que Dennis Etchison es, para algunos, el mejor escritor que el género de horror psicológico ha dado.

Más en este número « Tres romances Los caminos »