La infancia de un jefe (1)
La infancia de un jefe es una novela corta que integra El muro, de 1939.
“Estoy adorable con mi vestidito de ángel.” La señora Portier había dicho a mamá: “Su chiquito es delicioso. Está adorable con su vestidito de ángel”. El señor Bouffardier atrajo a Luciano a sus rodillas y le acarició los brazos: “Es una verdadera niñita, dijo sonriendo. ¿Cómo te llamas? ¿Jacobita, Luciana, Margarita?” Luciano se puso rojo y dijo: “Me llamo Luciano”. No estaba completamente seguro de no ser una niñita: muchas personas lo besaban llamándole señorita, todo el mundo encontraba que estaba tan encantador con sus alas de gasa, su largo traje azul, sus brazos desnudos y sus bucles rubios; tenía miedo de que la gente decidiera de pronto que ya no era un niñito; podía protestar, nadie lo escucharía, ya no le permitirían dejar su traje sino para dormir y por la mañana al despertarse lo encontraría al pie de su cama y cuando quisiera hacer pipí en el curso del día tendrían que levantarlo como a Nénette y sentarlo sobre los talones. Todo el mundo le diría: mi linda queridita; quizá ya ha pasado eso y soy una niñita; se sentía tan dulce por dentro que era un poco repugnante y su voz salía aflautada de sus labios y ofrecía las flores a todo el mundo con gestos amanerados; tenía deseos de besarse la sangría del codo. Pensó: Esto no es de veras. Le gustaba mucho cuando no era de veras, pero se había divertido todavía más el martes de carnaval: lo habían vestido de pierrot y había corrido y gritado saltando con Rirí y se habían escondido debajo de la mesa. Su mamá le dio un ligero golpe con los impertinentes: “Estoy orgullosa de mi muchachito”. Era imponente y bella, era la más gruesa y la más alta, de todas las señoras. Cuando pasó delante de la larga mesa cubierta con un mantel blanco, su papá que bebía una copa de champaña lo levantó del suelo diciendo: “Mi hombrecito”; Luciano tenía ganas de llorar y de decir “no”; pidió naranjada porque estaba helada y se le había prohibido beberla. Pero le sirvieron dos dedos en un vaso muy pequeño. Tenía un gusto pegajoso y no estaba tan helada. Luciano se puso a pensar en las naranjadas con aceite de ricino que le hicieron tragar cuando estaba tan enfermo. Estalló en sollozos y encontró muy consolador que lo sentaran entre papá y mamá en el automóvil. Mamá estrechaba a Luciano contra ella. Estaba cálida y perfumada, toda de seda. De tiempo en tiempo el interior del auto se ponía blanco como la tiza. Luciano guiñaba los ojos, las violetas que mamá llevaba en su corpiño salían de la sombra y Luciano respiraba de pronto su olor. Sollozaba todavía un poco, pero se sentía húmedo y complacido, apenas un poco pegajoso como la naranjada. Le hubiera gustado chapotear en su bañaderita y que mamá lo lavara con la esponja de goma. Se le permitió acostarse en la pieza de papá y mamá como cuando era bebé; rió e hizo rechinar los resortes de su camita y papá dijo: “Este chico está sobreexcitado”. Bebió un poco de agua de azahar y vio a papá en mangas de camisa.
Al día siguiente Luciano estaba seguro de haber olvidado algo. Se acordaba muy bien del sueño que había tenido: papá y mamá llevaban trajes de ángeles, Luciano estaba sentado totalmente desnudo en el servicio, jugaba con el tambor, papá y mamá daban vueltas a su alrededor; era una pesadilla. Pero antes del sueño, había habido algo, debió despertarse. Cuando trataba de recordar, veía un largo túnel negro iluminado por una lamparita azul, muy parecida al velador que se encendía por las noches en la habitación de sus padres. En el fondo de esta noche sombría y azul pasó algo —una cosa blanca—. Se sentó en el suelo, a los pies de mamá y tomó su tambor. Mamá le dijo: “¿Por qué me miras con esos ojos, monadita?” Él bajó los ojos y golpeó en su tambor gritando: “¡Bum, bum, tarambum!” Pero cuando ella volvió la cabeza se puso a mirarla minuciosamente, como si la viera por primera vez. Reconocía el traje azul estampado de rosas, también la cara. Sin embargo, no era lo mismo. De pronto pensó que ya estaba, si pensaba un poquitito iba a encontrar lo que buscaba. El túnel se iluminó con una pálida luz gris y vio algo que se movía. Luciano tuvo miedo y gritó, el túnel desapareció: “¿Qué tienes, queridito?” —dijo mamá—. Se había arrodillado a su lado y parecía inquieta. “Me divierto”, dijo Luciano. Mamá olía bien, pero él tenía miedo que lo tocara, le parecía rara, papá también, por lo demás. Decidió que no iría nunca más a dormir a la habitación de ellos.
En los días siguientes, mamá no notó nada. Luciano estaba siempre entre sus faldas, como de costumbre, y charlaba con ella como un verdadero hombrecito. Le pidió que le contara Caperucita roja y mamá lo subió sobre las rodillas. Le habló del lobo y de la abuela de Caperucita roja, con un dedo levantado sonriente y grave. Luciano la miraba, decía: “Y después”, y algunas veces le tocaba los bucles que ella tenía en el cuello; pero no la escuchaba: se preguntaba si era esa su verdadera mamá. Cuando terminó su historia le dijo: “Mamá, cuéntame de cuando tú eras chiquita”. Y mamá contó: pero quizá mentía. Tal vez era antes un varoncito al que lo habían vestido como a Luciano la otra tarde y ella había continuado llevando esa ropa para parecer una niña. Tanteó suavemente sus bellos brazos gruesos que, bajo la seda, eran suaves como manteca. ¿Qué ocurriría si se le sacara la ropa a mamá y se le pusieran los pantalones de papá? Quizá le crecería en seguida un bigote negro. Apretó el brazo de mamá con todas sus fuerzas; tenía la impresión de que iba a transformarse bajo sus ojos en una bestia horrible —tal vez a convertirse en una mujer con barba como la mujer de la feria—. Ella rió abriendo mucho la boca y Luciano vio su lengua rosada y el fondo de su garganta: era sucio, tenía ganas de escupir adentro. “¡Ahaha!, decía mamá, cómo me aprietas, mi hombrecito. Apriétame bien fuerte, tanto como me quieres.” Luciano tomó una de las bellas manos con anillos de plata y la cubrió de besos. Pero al día siguiente cuando ella estaba sentada a su lado y le tenía las manos, mientras él estaba en el servicio y le decía: “¡Haz fuerza, Luciano, haz fuerza, mi tesorito, te lo ruego!” él dejó de pronto de hacer fuerza y le preguntó un poco sofocado: “Pero, por lo menos, ¿eres de veras mi verdadera mamá?” Ella le dijo: “¡Tontuelo!” Y le preguntó si eso no iba a salir rápido. A partir de ese día Luciano quedó persuadido de que ella representaba una comedia y no le dijo nunca más que se casaría con ella cuando fuera grande. Pero él no sabía cuál era esa comedia: pensaba que la noche del túnel habían venido ladrones a llevarse a papá y a mamá de sus camas y que habían dejado a estos dos en su lugar. O también que eran realmente papá y mamá de verdad; pero que durante el día representaban un papel y de noche eran totalmente distintos. Luciano apenas se sorprendió la noche de Navidad cuando se despertó sobresaltado y los vio poner los juguetes en la chimenea. Al día siguiente hablaron de papá Noel y Luciano se hizo el que les creía: pensaba que estaba en su papel, habían debido robar los juguetes. En febrero tuvo la escarlatina y se divirtió mucho.
Cuando se curó, tomó la costumbre de jugar al huérfano. Se sentaba en medio del césped, bajo el castaño, se llenaba las manos de tierra y pensaba: “Seré un huérfano, me llamaré Luis. Hará seis días que no como”. La niñera Germana lo llamó para el almuerzo y, en la mesa, continuó jugando; papá y mamá no notaron nada. Había sido recogido por unos ladrones que querían hacer de él un ratero. Cuando hubiera almorzado se escaparía e iría a denunciarlos. Comía y bebía muy poco: había leído en El albergue del Ángel Guardián que la primera comida de un hombre hambriento debía ser muy ligera. Era divertido porque todo el mundo jugaba. Papá y mamá jugaban a ser papá y mamá; mamá jugaba a atormentarse porque su monadita comía muy poco; papá jugaba a leer el periódico y a agitar de vez en cuando su dedo ante la cara de Luciano diciendo: “¡Vaya un hombrecito!”. Y Luciano también jugaba, pero terminó por no saber exactamente a qué. ¿Al huérfano? ¿O a ser Luciano? Miró la jarra. Había una lucecita roja que bailaba en el fondo del agua y se hubiera jurado que la mano de papá estaba dentro de la jarra, enorme y luminosa con pelitos negros sobre los dedos. Luciano tuvo de pronto la impresión de que la jarra también jugaba a ser una jarra. Finalmente tocó apenas los platos y tuvo tanta hambre por la tarde que necesitó robar una docena de ciruelas y estuvo a punto de indigestarse. Pensó que ya era suficiente de jugar a ser Luciano.
Sin embargo, no podía evitarlo y le parecía que jugaba todo el tiempo. Hubiera querido ser como el señor Bouffardier que era tan feo y tan serio. El señor Bouffardier, cuando venía a comer, se inclinaba sobre la mano de mamá y decía: “Mis respetos, querida señora” y Luciano se plantaba en medio del salón y lo miraba con admiración. Pero nada de lo que le ocurría a Luciano era serio. Cuando se caía y se hacía un chichón, dejaba algunas veces de llorar y se preguntaba: “¿Tengo verdaderamente nana?”. Entonces se sentía todavía más triste y sus lágrimas volvían con más fuerza. Cuando besó la mano de mamá, diciendo: “Mis respetos, querida señora”, mamá le despeinó los cabellos diciéndole: “No está bien mi ratoncito, no debes burlarte de las personas grandes”. Y se sintió muy descorazonado. Solo el primero y el tercer viernes del mes se le daba alguna importancia. Esos días venían muchas señoras a ver a mamá y siempre había dos o tres que estaban de luto; a Luciano le agradaban las señoras de luto, sobre todo cuando tenían los pies grandes. En general le agradaban los grandes porque eran muy respetables —nunca pensaba uno que ellos se ensuciaran en la cama—, ni hicieran cualquiera de esas cosas que hacen los niñitos, porque tienen tantas ropas sobre el cuerpo y tan oscuras, que no se puede ni imaginar lo que hay debajo de ellas. Cuando están juntos comen de todo y hablan y hasta sus mismas risas son graves; es hermoso como durante la misa. Trataban a Luciano como un personaje. La señora Couffin alzaba a Luciano sobre sus rodillas y le palpaba las pantorrillas declarando: “Es el más lindo chiquito que he visto. Entonces lo interrogaba sobre sus gustos, lo besaba y le preguntaba lo que haría más tarde. Él contestaba a veces que sería un gran general como Juana de Arco y que quitaría Alsacia y Lorena a los alemanes; y a veces que quería ser misionero. Mientras hablaba creía lo que decía. La señora Besse era una mujer alta y fuerte con bigotito. Derribaba a Luciano haciéndole cosquillas y diciéndole: “Mi muñequita”. Luciano estaba encantado, se reía de gusto y se retorcía bajo las cosquillas; pensaba que era una muñequita, una encantadora muñequita para personas grandes. Le hubiera gustado que la señora Besse lo desvistiera, lo lavara y le hiciera hacer nono en una cunita chiquita como a un bebé de goma. Algunas veces la señora Besse decía: “¿Sabe hablar, muñeca?”. Y le apretaba de pronto el estómago. Entonces Luciano hacía como si fuera una muñeca mecánica y decía “Cuic” con voz ahogada, y los dos reían.
El señor cura que venía a almorzar a la casa todos los sábados, le preguntó si quería mucho a su mamá. Luciano adoraba a su linda mamá y a su papá que era tan fuerte y tan bueno. Contestó: “Sí”, mirando al señor cura en los ojos, con un airecito atrevido que hizo reír a todo el mundo. El señor cura tenía la cabeza como una frambuesa, roja y grumosa con un pelo sobre cada grumo. Dijo a Luciano que estaba bien y que era necesario que quisiera siempre mucho a su mamá; después le preguntó a quién prefería Luciano, si a mamá o al buen Jesús. Luciano no pudo encontrar de inmediato la respuesta y se puso a sacudir sus bucles y a dar puntapiés en el aire gritando: “¡Bum tarambum!” y los grandes continuaron su conversación como si no existiera. Corrió al jardín y se deslizó fuera por la puerta de atrás; había llevado su bastoncito de junco. Naturalmente Luciano no debía nunca salir del jardín, estaba prohibido; de ordinario Luciano era un niñito muy educado, pero ese día tenía ganas de desobedecer. Miró con desconfianza el gran matorral de ortigas, se veía bien que era un lugar vedado, la pared estaba negruzca, las ortigas eran plantas malas y perjudiciales, un perro había hecho lo suyo precisamente al pie de las ortigas, se sentía el olor de la planta, de la inmundicia del perro y del vino caliente. Luciano azotó las ortigas con su bastón gritando: “Quiero a mi mamá, quiero a mi mamá”. Veía las ortigas rotas que colgaban destrozadas dando un jugo blanco; sus tallos blancuzcos y velludos se habían deshilachado al romperse, escuchaba una vocecita solitaria que gritaba: “Quiero a mi mamá, quiero a mi mamá”, había un moscón azul que zumbaba: era una mosca de la caca, Luciano les tenía miedo, y un olor prohibido, poderoso, pútrido y tranquilo le llenaba la nariz. Repitió: “Quiero a mi mamá”, pero su voz le pareció extraña; tuvo un miedo espantoso y huyó de una carrera hasta el salón. Desde ese día comprendió que no quería a su mamá. No se sentía culpable, pero redobló sus amabilidades porque pensaba que se debía aparentar toda la vida que uno amaba a los padres, si no uno era un desagradable muchachito. La señora Fleurier notaba a Luciano más y más tierno y justamente ese verano estalló la guerra y papá fue a batirse y mamá era feliz en medio de su desgracia al ver que Luciano la atendía tanto. A mediodía, cuando descansaba en el jardín en su hamaca, porque se sentía muy desgraciada, él corría a buscarle un almohadón y se lo deslizaba bajo la cabeza o bien le ponía una manta sobre las piernas y ella se defendía riendo: “Pero si tendré mucho calor, hombrecito mío, eres demasiado amable”. Él la besaba con ardor, sin aliento, diciéndole: “¡Mi mamá mía!” e iba a sentarse al pie del castaño.
Dijo: “Castaño”, y esperó. Pero nada sucedió. Mamá estaba acostada en el corredor, pequeña en el fondo de un pesado silencio sofocante. Se sentía olor a hierbas calientes, hubiera podido jugar a ser un explorador en la selva virgen; pero Luciano no tenía ya ganas de jugar. El aire temblaba por encima de la cresta roja del muro y el sol ponía manchas brillantes sobre la tierra y sobre las manos de Luciano. “Castaño.” Era chocante: cuando Luciano decía a su mamá: “Mi linda mamá mía” mamá sonreía y cuando llamó a Germana: sargenta, Germana lloró y se quejó a mamá. Pero cuando uno decía “castaño” no ocurría nada. Farfulló entre dientes: “Sucio árbol”, no estaba muy tranquilo, pero como el árbol no se movió repitió más fuerte: “Sucio árbol, sucio castaño, espera y verás, espera un poco” y le dio algunos puntapiés. Pero el árbol permaneció tranquilo, tranquilo —como si fuera de madera—. A la noche, durante la comida, Luciano dijo a su mamá: “Sabes, mamá, pues bueno, los árboles son de madera”, haciendo una carita asombrada que a mamá le gustaba mucho. Pero mamá no había recibido carta por el correo de mediodía. Y dijo secamente: “No te hagas el imbécil”. Luciano se convirtió en un pequeño rómpelo-todo. Rompió todos sus juguetes para ver cómo estaban hechos. Cortó los brazos de un sillón con una vieja navaja de papá, tiró la tanagra del salón para ver si era hueca o si tenía algo adentro; cuando se paseaba decapitaba las plantas y las flores con su bastón; siempre quedaba profundamente desencantado; las cosas eran estúpidas, no existían de verdad. A menudo mamá le preguntaba mostrándole flores o árboles; “¿Cómo se llama esto?” pero Luciano sacudía la cabeza y contestaba: “Eso no es nada, eso no tiene nombre”. Nada de esto valía la pena de fijarse en ello. Era mucho más divertido arrancar las patas de una langosta porque vibraban entre los dedos como trompos y cuando se les apretaba el vientre salía una crema amarilla. Pero, de igual modo, las langostas no gritaban. Luciano hubiera querido hacer sufrir a uno de esos animales que gritan cuando se les hace mal, un pollo, por ejemplo, pero no se atrevía a acercarse. El señor Fleurier volvió en el mes de marzo, porque era un jefe y el general le dijo que sería más útil a la cabeza de su fábrica que en las trincheras como cualquier otro. Encontró a Luciano muy cambiado y dijo que no reconocía ya a su hombrecito. Luciano había caído en una especie de somnolencia; respondía lentamente, tenía siempre un dedo en la nariz, o bien soplaba sobre sus dedos y se ponía a olerlos y era necesario suplicarle para que moviera el vientre. Ahora iba solo al baño; era necesario simplemente que dejara la puerta entreabierta y de tiempo en tiempo mamá o Germana venían a estimularlo. Se quedaba horas enteras sobre el servicio y una vez se aburrió de tal modo que se durmió. El médico dijo que crecía demasiado rápidamente y prescribió un reconstituyente. Mamá quiso enseñar a Luciano juegos nuevos, pero Luciano encontraba que ya jugaba bastante y que todos los juegos se equivalían, eran siempre la misma cosa. Se enfurruñaba a menudo; también era un juego, pero más bien divertido. Se preocupaba a mamá, uno se sentía triste y rencoroso, se ponía un poco sordo con la boca cosida y los ojos brumosos, por dentro se sentía tibio y hueco como cuando se está por las noches bajo las mantas y se siente el propio olor; uno estaba solo en el mundo. Luciano no podía salir de sus enfurruñamientos y cuando papá tomaba su voz burlona para decirle: “Estás enfadado”, Luciano se tiraba al suelo sollozando. Todavía iba a menudo al salón cuando mamá recibía, pero desde que le habían cortado los bucles las personas grandes se ocupaban menos de él o lo hacían para enseñarle moral y contarle historias instructivas. Cuando su primo Rirí vino a Ferolles debido a los bombardeos, con tía Berta, su linda mamá, Luciano trató de enseñarle a jugar. Pero Rirí estaba demasiado ocupado en detestar a los boches y además olía a bebé aunque tuviera seis meses más que Luciano; tenía algunas pecas en la cara y no siempre comprendía bien. No obstante, fue a él a quien Luciano confió que era sonámbulo. Algunas personas se levantan de noche y hablan y pasean dormidas: Luciano lo había leído en El pequeño explorador y pensó que debía haber un verdadero Luciano que caminaba, hablaba y amaba de verdad a sus padres durante la noche, solo que cuando llegaba la mañana olvidaba todo y comenzaba a hacer como que era Luciano. Al principio Luciano no creía más que a medias en esta historia, pero un día fueron cerca de las ortigas y Rirí mostró su pipí a Luciano y le dijo: “Mira que grande es; soy un muchacho grande. Cuando sea mucho más grande seré un hombre e iré a batirme contra los boches en las trincheras”. Luciano encontró muy raro a Rirí y tuvo un acceso de risa loca. “Muéstrame el tuyo”, dijo Rirí. Compararon y el de Luciano era el más pequeño, pero Rirí hacía trampas, tiraba del suyo para alargarlo. “El mío es el más grande” dijo Rirí. “Sí, pero yo soy sonámbulo”, dijo tranquilamente Luciano. Rirí no sabía lo que era un sonámbulo y Luciano tuvo que explicárselo. Cuando terminó pensó: “Entonces es verdad que soy sonámbulo” y tuvo terribles deseos de llorar. Como se acostaban en la misma cama convinieron en que la noche siguiente Rirí se quedaría despierto y observaría bien a Luciano cuando Luciano se levantara y recordaría todo lo que Luciano dijera. “Me despertarás al cabo de un momento, dijo Luciano, para ver si recuerdo lo que he hecho.” Por la noche, Luciano, que no podía dormirse, escuchó ronquidos agudos y tuvo que despertar a Rirí. “Zanzíbar” dijo Rirí. “Despiértate, Rirí, debes mirarme cuando me levante.” “Déjame dormir”, dijo Rirí con voz pastosa. Luciano lo sacudió y lo pellizcó bajo la camisa; Rirí se puso a gimotear y él permaneció despierto, con una rara sonrisa. Luciano pensó en una bicicleta que debía comprarle su papá, escuchó el silbido de una locomotora y después de pronto la sirvienta entró y corrió las cortinas; eran las ocho de la mañana. Nunca supo Luciano lo que había hecho durante la noche. El buen Jesús lo sabía, porque el buen Jesús lo veía todo. Luciano se arrodillaba en el reclinatorio y se esforzaba en estar quieto para que su mamá lo felicitara a la salida de misa, pero detestaba al buen Dios: el buen Dios sabía más sobre Luciano que Luciano mismo. Sabía que Luciano no amaba a su mamá ni a su papá, que se hacía el bien educado y que por la noche tocaba su pipí en la cama. Felizmente el buen Jesús no podía acordarse de todo porque había demasiados niñitos en el mundo. Cuando Luciano se golpeaba la frente diciendo “Picotin” el buen Jesús olvidaba de pronto todo lo que había visto. Luciano trató también de persuadir al buen Jesús de que amaba a su mamá. De tiempo en tiempo decía mentalmente: “Cómo quiero a mi querida mamá”. Había siempre en él un rinconcito que no estaba muy persuadido y naturalmente el buen Jesús veía ese rinconcito. En ese caso era Él quien ganaba. Pero a veces se podía absorber completamente en lo que decía. Uno pronunciaba muy rápidamente: “¡Oh, cómo quiero a mamá!” articulando muy bien y veía la cara de mamá y se sentía todo enternecido; uno pensaba vagamente que el buen Jesús miraba y después ni siquiera pensaba en esto, uno estaba espeso de ternura y luego estaban las palabras que bailaban en los oídos: mamá, mamá, MAMÁ. Claro que esto no duraba sino un momento, como cuando Luciano trataba de mantener una silla en equilibrio sobre dos patas. Pero si justamente en ese momento se pronunciaba “Pacota” el buen Jesús quedaba burlado. No había visto más que el bien y lo que había visto se grababa para siempre en Su memoria. Pero Luciano se cansó de este juego porque era necesario hacer mucho esfuerzo y finalmente nunca sabía si el buen Dios había ganado o perdido. Luciano no se ocupó más de Dios. Cuando hizo su primera comunión el señor cura dijo que era el muchachito más discreto y piadoso de todo el catecismo. Luciano comprendía rápidamente y tenía buena memoria, pero su cabeza estaba llena de niebla.
El domingo aclaraba. Las nieblas se desgarraban cuando Luciano se paseaba con papá por el camino de París. Llevaba su lindo trajecito marinero y encontraban a los obreros de papá que saludaban a papá y a Luciano. Papá se acercaba a ellos y ellos decían: “Buen día, señor Fleurier”, y también: “Buen día, señorito”. A Luciano le gustaban mucho los obreros porque eran personas grandes pero no como las otras. En primer lugar le llamaban “señor”. Y después llevaban gorras y tenían gruesas manos de uñas cortas que parecían siempre enfermas y agrietadas… Eran responsables y respetuosos. No era posible tirar del bigote del tío Bouligaud: papá reñiría a Luciano, pero el tío Bouligaud para hablar a papá se sacaba la gorra y papá y Luciano conservaban sus sombreros sobre sus cabezas y papá hablaba con una gruesa voz cordial y brusca: “Y bueno, tío Bouligaud, espera usted a su hijo, ¿cuándo tendrá permiso?”. “A fin de mes, señor Fleurier, gracias señor Fleurier.” El tío Bouligaud parecía muy feliz y no se permitía dar una palmada en el trasero de Luciano llamándolo sapo, como el señor Bouffardier. Luciano detestaba al señor Bouffardier porque era demasiado feo. Pero cuando veía al tío Bouligaud se sentía enternecido y tenía ganas de ser bueno. Una vez, de regreso del paseo, papá subió a Luciano sobre sus rodillas y le explicó lo que era un jefe. Luciano quiso saber cómo hablaba papá a los obreros cuando estaba en la fábrica y papá le enseñó cómo había que hacerlo y su voz estaba totalmente cambiada. “¿Me convertiré yo también en un jefe?” preguntó Luciano. “Pero seguramente, hombrecito mío, para eso te hice.” “¿Y a quién mandaré?” “Pues, bueno, cuando me haya muerto, serás el patrón de mi fábrica y mandarás a mis obreros.” “Pero habrán muerto también.” “Pues, bueno, mandarás a sus hijos, y es necesario que sepas hacerte obedecer y querer.” “¿Y cómo me haré querer, papá?” Papá reflexionó un poco y dijo: “En primer lugar es necesario que los conozcas a todos por sus nombres”. Luciano quedó profundamente emocionado y cuando el hijo del contramaestre Morel fue a casa a anunciar que su padre se había cortado dos dedos, Luciano le habló seria y dulcemente mirándolo en los ojos y llamándolo Morel. Mamá dijo que estaba orgullosa de tener un muchachito tan bueno y tan sensible. Después vino el armisticio, papá leía el diario en voz alta todas las noches, todo el mundo hablaba de los rusos, y del gobierno alemán y de las reparaciones y papá mostraba los países en un mapa a Luciano: Luciano pasó el año más aburrido de su vida, prefería cuando estaban en guerra; ahora todo el mundo parecía desocupado y la luz que se veía en los ojos de la señora Coffin se había extinguido. En octubre de 1919 la señora Fleurier le hizo seguir, como externo, los cursos de la escuela San José.
Hacía calor en el escritorio del abate Geromet. Luciano estaba de pie cerca del sillón del señor abate, había puesto sus manos detrás de la espalda y se aburría de firme: “¿No se irá a marchar pronto mamá?” Pero la señora Fleurier no pensaba todavía en irse. Estaba sentada en la punta de un sillón verde y tendía su amplio pecho hacia el señor abate: hablaba muy rápidamente y tenía su voz musical de cuando estaba enojada y no quería demostrarlo. El señor abate hablaba lentamente y las palabras parecían mucho más largas en su boca que en la de otra persona; hubiérase dicho que las chupaba un poco como a los caramelos, antes de dejarlas pasar. Explicaba a mamá que Luciano era un buen muchachito, cortés y trabajador, pero terriblemente indiferente a todo, y la señora Fleurier dijo que estaba muy desilusionada porque había pensado que un cambio de ambiente le haría bien. Preguntó si por lo menos jugaba durante los recreos. “Ay, señora, contestó el buen padre, los mismos juegos no parecen interesarle mucho. En ocasiones es turbulento y aun violento pero se cansa pronto; creo que le falta perseverancia.” Luciano pensó: “Hablan de mí”. Eran dos personas grandes y él era el tema de la conversación, como si fuera la guerra, el gobierno alemán o el señor Poincaré: tenían aire grave y razonaban sobre su caso. Pero ni siquiera esta idea le causó placer. Sus oídos estaban llenos de las palabritas cantantes de su madre, de las palabras chupadas y pegajosas del señor abate; tenía ganas de llorar. Felizmente sonó la campana y le devolvieron la libertad. Pero durante la clase de geografía estaba muy nervioso y pidió al abate Jasquin permiso para ir al servicio porque tenía necesidad de moverse.
Al principio la soledad, la frescura y el buen olor del servicio lo calmaron. Se había acuclillado por tranquilizar su conciencia, pero no tenía ganas; levantó la cabeza y se puso a leer las inscripciones con que estaba cubierta la puerta. Habían escrito con lápiz azul: “Barataud es una chinche”. Luciano sonrió: era cierto, Barataud era una chinche, era minúsculo y se decía que crecería algo más, muy poco, porque su papá era chiquito, casi un enano. Luciano se preguntó si Barataud habría leído esa inscripción, pensó que no, de otro modo la hubiera borrado. Barataud se habría chupado el dedo y frotado las letras hasta que desaparecieran. Luciano se regocijó un poco al imaginar que Barataud iría al servicio a las cuatro, bajaría su pequeño pantalón de terciopelo y leería: “Barataud es una chinche”. Tal vez nunca había pensado que era tan pequeño, Luciano se prometió llamarlo chinche desde la mañana siguiente en el recreo. Se levantó y leyó en la pared de la derecha otra inscripción trazada con la misma escritura azul: “Luciano Fleurier es un gran espárrago”. La borró cuidadosamente y volvió a la clase. “Es verdad, pensó mirando a sus camaradas, todos son más chicos que yo.” Se sintió incómodo. “Gran espárrago.” Estaba sentado en su escritorito de madera de las Islas. Germana estaba en la cocina, mamá no había vuelto aún. Escribió: “gran espárrago” sobre una hoja en blanco para corregir la ortografía. Pero las palabras le parecieron demasiado conocidas y no le produjeron ningún efecto. Llamó: “Germana, mi buena Germana.” “¿Qué quiere ahora?”, preguntó Germana. “Germana, querría que escribiera en este papel: Luciano Fleurier es un gran espárrago”. “¿Está loco, señor Luciano?”. Él le rodeó el cuello con los brazos: “Germana, Germanita, ¡sea buena!” Germana se echó a reír y se enjugó los dedos grasientos en el delantal. Mientras escribía, él no la miraba, pero en seguida se llevó la hoja a su habitación y la contempló largamente. La escritura de Germana era puntiaguda. Luciano creyó escuchar una voz seca que le decía al oído: “gran espárrago”. Pensó: “Soy grande”. Estaba lleno de vergüenza: grande como Barataud era chico y los otros se burlaban a su espalda. Era como si lo hubieran encantado: hasta entonces le había parecido natural ver a sus camaradas de arriba abajo. Pero ahora le parecía que lo habían condenado de pronto a ser grande para el resto de sus días. Por la noche preguntó a su padre si podría achicarse si lo deseaba con todas sus fuerzas. El señor Fleurier dijo que no: todos los Fleurier eran grandes y fuertes y Luciano crecería aún. Luciano quedó desesperado. Cuando su madre lo hubo acostado se levantó y fue a mirarse al espejo: “Soy grande”. Pero era lindo mirarse, eso no se notaba, no parecía ni grande ni chico. Levantó un poco el camisón y vio sus piernas: entonces se imaginó que Costil decía a Hebrard: “Mira, mira las largas piernas del espárrago”. Y eso le hizo mal. Hacía frío, Luciano se estremeció y alguien dijo: “El espárrago tiene carne de gallina”. Luciano levantó más todavía la falda de su camisón y todos vieron su ombligo y todo lo suyo y después corrió y se deslizó en la cama. Cuando metió la mano bajo el camisón pensó que Costil lo veía y decía: “¡Miren un poco lo que hace el gran espárrago!”. Se agitó y se volvió en la cama murmurando: “¡Gran espárrago! ¡Gran espárrago!” hasta que hizo nacer bajo sus dedos una pequeña comezón acidulada.
Los días siguientes tuvo ganas de pedir permiso al señor abate para sentarse en el fondo de la clase. Debido a Boisset, a Winckelmann y a Costil que estaban detrás y le podían mirar la nuca. Luciano sentía su nuca, pero no la veía y a menudo la olvidaba. Pero mientras contestaba lo mejor que podía al señor abate y recitaba la tirada de don Diego, los otros estaban detrás y miraban su nuca y podían burlarse pensando: “Qué flaca es. ¡Tiene dos cordones en el cuello!” Luciano se esforzaba en engolar la voz y expresar la humillación de don Diego. Con su voz hacía lo que quería, pero su nuca estaba siempre allí, apacible e inexpresiva como alguien que descansa y Boisset la veía. No se atrevió a cambiar de lugar porque el último banco estaba reservado para los malos; pero la nuca y los omoplatos le picaban todo el tiempo y se veía obligado a rascarse sin cesar. Luciano inventó un nuevo juego: por la mañana cuando tomaba su ducha solo en el baño, como un grande, imaginaba que alguien lo miraba por el agujero de la cerradura, a veces Costil, a veces el tío Bouligaud, a veces Germana. Entonces se volvía en todas direcciones para que lo vieran de todos lados y a veces daba vuelta su trasero hacia la puerta y se ponía en cuatro pies para que quedara bien combado y bien ridículo; el señor Bouffardier se aproximaba muy despacio para ponerle una lavativa. Un día que estaba en el baño escuchó algunos crujidos; era Germana que enceraba el pasillo. Su corazón dejó de latir, abrió suavemente la puerta y salió con el pantalón sobre los talones y la camisa enrollada alrededor de la cintura. Se veía obligado a dar pequeños saltos para avanzar sin perder el equilibrio. Germana levantó sobre él una mirada plácida: “¿Está por correr una carrera de embolsados?”, preguntó. Él se subió rabiosamente el pantalón y corrió a echarse sobre la cama. La señora Fleurier estaba desolada, a menudo decía a su marido: “¡Mira qué aire torpe tiene, tan gracioso que era cuando chiquito! ¿No es una lástima?”. El señor Fleurier arrojaba una mirada distraída sobre Luciano y respondía: “Es la edad”. Luciano no sabía qué hacer de su cuerpo; cualquier cosa que emprendiera tenía la impresión de que ese cuerpo estaba dispuesto a existir por todas partes a la vez, sin pedirle su opinión. Luciano se complacía en imaginar que era invisible y luego tomó la costumbre de mirar por el ojo de la cerradura para vengarse y ver cómo estaban hechos los otros, sin que lo supieran. Vio a su madre mientras se lavaba, estaba sentada en el bidet, tenía aire adormecido y seguramente había olvidado totalmente su cuerpo y aun su cara porque pensaba que nadie la veía. La esponja iba y venía sola sobre esa carne abandonada; tenía movimientos perezosos y hacía la impresión de que iba a detenerse en la mitad del camino. Mamá frotó un trapo con un pedazo de jabón y su mano desapareció entre sus piernas. Su rostro era reposado, casi triste, seguramente pensaba en otra cosa, en la educación de Luciano o en el señor Poincaré. Pero durante ese tiempo ella era esa gorda masa rosada, ese cuerpo voluminoso que se aplastaba sobre la losa del bidet. Otra vez Luciano se quitó los zapatos y subió hasta la bohardilla. Vio a Germana. Llevaba un largo camisón verde que le caía hasta los pies, se peinaba ante un pequeño espejo redondo y sonreía dulcemente a su imagen. A Luciano le dio una risa loca y tuvo que bajar rápidamente. Después se hacía sonrisas y aun muecas ante el espejo del salón, y al cabo de un rato lo asaltaban miedos espantosos.
Luciano terminó por adormecerse con frecuencia; pero nadie lo advirtió, salvo la señora Coffin que lo llamaba su bello del bosque durmiente; una gran bola de aire que no podía ni tragar ni escupir le mantenía siempre la boca entreabierta; era su bostezo; cuando estaba solo la bola crecía, acariciándole suavemente el paladar y la lengua; su boca se abría muy grande y las lágrimas rodaban por sus mejillas: eran momentos muy agradables. Ya no se divertía tanto cuando estaba en el baño, pero en cambio le gustaba mucho estornudar, eso lo despertaba y durante un momento miraba a su alrededor con aire animado, después se amodorraba de nuevo. Aprendió a conocer las diversas clases de sueño: en invierno, se sentaba delante de la chimenea y tendía la cabeza hacia el fuego; cuando estaba bien roja y bien asada, se vaciaba de golpe; llamaba a eso: “dormirse por la cabeza”. El domingo por la mañana, al contrario, se dormía por los pies: entraba en el baño, se inclinaba lentamente y el sueño subía a lo largo de sus piernas y de sus costados chapoteando; por encima del cuerpo adormecido, totalmente blanco e hinchado debajo del agua, y que parecía un pollo hervido, reinaba una cabecita rubia, llena de palabras sabias, templum, templi, templo, seísmo, iconoclasta. En clase el sueño era blanco, atravesado de relámpagos: “¿Qué quiere usted que haga contra tres?”. Primero Luciano Fleurier. “¿Qué es el Tercer Estado?: nada”. Primero Luciano Fleurier, segundo Winckelmann. Pellereau fue el primero en álgebra; no tenía más que un testículo, el otro no había bajado; hacía pagar diez centavos por verlo y cincuenta por tocarlo. Luciano dio los cincuenta centavos, dudó, extendió la mano y la retiró sin tocar, pero luego su arrepentimiento fue tan vivo que lo mantuvo a veces hasta una hora despierto. Era menos bueno en geología que en historia, primero Winckelmann, segundo Fleurier. El domingo iba a pasearse en bicicleta con Costil y Winckelmann. A través de campiñas rojizas que el calor abrumaba, los ciclistas se deslizaban sobre la suave tierra; las piernas de Luciano eran vivas y musculosas pero el olor adormecedor del camino se le subía a la cabeza, se inclinaba sobre su manubrio, los ojos se le nublaban y se cerraban a medias. Tuvo tres veces seguidas el primer premio. Le dieron Fabiola, o la Iglesia de las catacumbas, El genio del cristianismo y la Vida del cardenal Lavigerie. Cuando regresó de las vacaciones, Costil les enseñó a todos el De profundis morpionibus y El artillero de Metz. Luciano decidió hacerlo mejor y consultó el Larousse médico de su padre en el artículo “útero”; luego les explicó cómo estaban hechas las mujeres y hasta les hizo unos croquis en el pizarrón y Costil declaró que era para vomitar; pero desde entonces no pudieron oír hablar de trompas sin estallar de risa, y Luciano pensaba con satisfacción que en toda Francia no se encontraría un alumno de segundo y quizá ni aun de retórica que conociera tan bien como él los órganos femeninos.
Cuando los Fleurier se instalaron en París, fue como un estampido de magnesio. Luciano no podía dormir a causa de los cines, de los autos y de las calles. Aprendió a distinguir un Voisin de un Packard, un Hispano-Suiza de un Rolls, y en ocasiones hablaba de coches rebajados; hacía más de un año que llevaba pantalones largos. Para recompensarlo por su éxito en la primera parte del bachillerato su padre lo mandó a Inglaterra. Luciano vio praderas llenas de agua y acantilados blancos; boxeó con Juan Latimer y aprendió el “over-arm-stroke”, pero una buena mañana despertó amodorrado, le había vuelto eso y regresó todo somnoliento a París. La clase de matemáticas-elemental del Liceo Condorcet contaba con treinta y siete alumnos. Ocho de estos alumnos decían que estaban avivados y trataban a los otros de pulguitas. Los avivados despreciaron a Luciano hasta el primero de noviembre, pero el día de Todos los Santos Luciano fue a pasearse con Garry, el más avivado de todos y le dio, negligentemente, pruebas de conocimientos anatómicos tan precisos, que Garry quedó asombrado. Luciano no entró en el grupo de los avivados porque sus padres no lo dejaban salir de noche, pero tuvo con ellos relaciones de potencia a potencia.
El jueves, tía Berta iba a almorzar con Rirí a la calle Rainouard. Se había vuelto enorme y triste y pasaba el tiempo suspirando; pero como su piel se conservaba muy fina y muy blanca, a Luciano le hubiera gustado verla totalmente desnuda. Por la noche, en su cama, pensaba en eso: sería en un día de invierno en el bosque de Bolonia, la descubrirían desnuda en un soto, los brazos cruzados sobre el pecho, temblando, con la carne de gallina. Imaginaba que un transeúnte miope la tocaba con la punta del bastón diciendo: “¿Pero, qué es esto? ¿Qué es esto?” Luciano no se entendía muy bien con su primo: Rirí se había convertido en un lindo jovencito, algo demasiado elegante, seguía su filosofía en Lakanal y no entendía nada de matemáticas. Luciano no podía dejar de pensar que Rirí, cuando tenía más de siete años, hacía todavía sus necesidades en el pantalón, y que entonces caminaba con las piernas separadas como un pato y miraba a su mamá con ojos cándidos diciendo: “Pero no, mamá, no he hecho nada, te lo juro”. Y le repugnaba tocar la mano de Rirí. No obstante, era muy amable con él y le explicaba las lecciones de matemáticas; a menudo tenía que hacer un gran esfuerzo sobre sí mismo para no impacientarse, porque Rirí no era muy inteligente. Pero no se violentaba nunca y conservaba una voz reposada y muy calmada. La señora Fleurier encontraba que Luciano tenía mucho tacto, pero tía Berta no le demostraba ninguna gratitud. Cuando Luciano proponía a Rirí darle algunas lecciones, ella enrojecía un poco y se agitaba en la silla diciendo: “Nada de eso, eres demasiado amable, mi Lucianito, pero Rirí es un muchacho grande. Si quisiera podría, no hay que acostumbrarlo a contar con los demás”. Una noche, la señora Fleurier dijo bruscamente a Luciano: “¿Crees quizá que Rirí te agradece lo que haces por él?, pues bien, desengáñate, muchachito: pretende que te das ‘corte’; tu tía Berta me lo ha dicho”. Había tomado su voz musical y un aire de bondad; Luciano comprendió que estaba loca de rabia. Se sentía vagamente intrigado y no encontró nada que contestar. Al día siguiente y al otro tuvo mucho trabajo y olvidó esa historia.
El domingo por la mañana dejó bruscamente su lapicera y se preguntó: “¿Acaso me doy ‘corte’?”. Eran las once. Luciano sentado en su escritorio miraba los rosados personajes de la cretona que tapizaba la pared; sentía sobre su mejilla izquierda el calor seco y polvoriento del primer sol de abril y sobre su mejilla derecha el pesado y espeso calor del radiador. “¿Acaso me doy ‘corte’?” Era difícil contestar. Luciano intentó primero recordar su última conversación con Rirí y juzgar imparcialmente su propia actitud. Se había inclinado sobre Rirí y le había dicho sonriendo: “¿Pescas? Si no pescas, viejo Rirí, no temas decírmelo: comenzaremos de nuevo”. Algo más tarde había cometido un error en un razonamiento delicado y había dicho alegremente: “A tiempo para mí”. Era una expresión que tenía del señor Fleurier y que lo divertía. No tenía ninguna importancia: “Pero ¿acaso me daba ‘corte’ mientras decía eso?”. A fuerza de buscar, hizo reaparecer de pronto alguna cosa blanca, redonda, suave como un pedazo de nube: era su pensamiento del otro día: “¿Pescas?”. Y había tenido eso en la cabeza pero no podía describirlo. Luciano hizo esfuerzos desesperados para mirar ese pedazo de nube y sintió de pronto que se caía adentro con la cabeza primero, se encontró de lleno entre el vapor y él mismo se volvió vapor, no era más que un calor blanco y húmedo que olía a ropa interior. Quiso arrancarse de ese vapor y retroceder, pero venía con él. Pensó: “Soy yo, Luciano Fleurier, estoy en mi pieza, hago un problema de física, es domingo”, pero sus pensamientos se mezclaban enredándose, blanco sobre blanco. Se sacudió y se puso a detallar los personajes de la cretona, dos pastoras, dos pastores y el Amor. Luego de pronto se dijo: “Yo soy…” se produjo una ligera caída; se había despertado de su larga somnolencia.
No era agradable, los pastores saltaron hacia atrás, a Luciano le pareció que los miraba a través del largo tubo de un anteojo. En lugar de ese estupor que le era tan dulce y que se perdía voluptuosamente en sus propios repliegues, había ahora una pequeña perplejidad muy despierta que se preguntaba: “¿Quién soy yo?”
—¿Quién soy yo? Miro el escritorio, miro el cuaderno. Me llamo Luciano Fleurier, pero eso no es más que un nombre. Me doy “corte”. No me doy “corte”. No sé; esto no tiene sentido.
“Soy un buen alumno. No. Es una farsa: a un buen alumno le gusta trabajar, a mí no. Tengo buenas notas, pero no me gusta trabajar. Tampoco lo detesto, me importa un bledo. Me burlo de todo. Nunca seré un jefe.” Pensó con angustia: “¿Pero, qué llegaré a ser?”. Pasó un momento; se rascó la mejilla y guiñó un ojo porque el sol lo deslumbraba: “¿Qué soy yo?”. Y había esa bruma enroscada sobre sí mismo, indefinida: “¡Yo!”. Miró a lo lejos. La palabra sonaba en su cabeza y luego tal vez podía adivinarse algo como la punta sombría de una pirámide cuyos lados se hundían a lo lejos en la bruma. Luciano se estremeció y sus manos temblaron: “¡Ahí está!, pensaba. ¡Ahí está! Estoy seguro de ello: yo no existo”.
Durante los meses que siguieron, Luciano intentó a menudo volverse a adormecer, pero no lo logró ya; dormía muy regularmente nueve horas por noche y el resto del tiempo se sentía vivo y más y más perplejo: sus padres decían que jamás se había portado tan bien. Cuando se le ocurría pensar que no tenía madera para jefe, se sentía romántico y tenía deseos de caminar horas y horas bajo la luna; pero sus padres no le permitían todavía salir de noche, A menudo entonces se estiraba sobre su cama y se tomaba la temperatura: el termómetro marcaba 37.5 o 37.6, y Luciano pensaba entonces, con amargo placer, que sus padres le encontrarían buena cara. “No existo.” Cerraba los ojos y se dejaba ir: la existencia es una ilusión; puesto que sé que no existo no tengo más que taparme las orejas, no pensar en nada y me aniquilaré. Pero la ilusión era tenaz. Por lo menos tenía sobre la demás gente la superioridad muy maliciosa de poseer un secreto: Garry, por ejemplo, no existía más que Luciano. Pero bastaba verlo resoplar tumultuosamente en medio de sus admiradores: se comprendía de inmediato que creía a pie juntillas en su propia existencia. El señor Fleurier tampoco existía —ni Rirí, ni nadie— el mundo era una comedia sin actores. Luciano que había obtenido la nota 15 por su disertación sobre “La moral y la ciencia” soñó en escribir un “Tratado del aniquilamiento”, e imaginó que, leyéndolo, la gente se reabsorbería unos después de otros como los vampiros al canto del gallo. Antes de comenzar la redacción de su tratado, quiso conocer la opinión del Babuino, su profesor de filosofía. “Perdón, señor, le dijo al terminar la clase, ¿se puede acaso sostener que nosotros no existimos?” El Babuino dijo que no: “Cogito —dijo—, ergo sum. Usted existe puesto que duda de su existencia”. Luciano no quedó muy convencido, pero renunció a escribir su obra. En julio terminó sin brillo su bachillerato de matemáticas y partió para Ferolles con sus padres. La perplejidad no pasaba nunca, era como un deseo de estornudar.
El tío Bouligaud había muerto y la mentalidad de los obreros del señor Fleurier había cambiado mucho. Cobraban actualmente salarios altos y sus mujeres compraban medias de seda. La señora Bouffardier citaba algunos detalles asombrosos a la señora Fleurier: “Mi sirvienta me contaba que vio ayer en la casa de comidas a la pequeña Ansiaume, que es hija de un buen obrero de su marido, de la que nos ocupamos cuando perdió a su madre. Se ha casado con un ajustador de Baupertuis. Pues bien, ¡encargaba un pollo de veinte francos! ¡Y con una arrogancia! Nada es bastante bueno para ellas. Quieren tener todo lo que nosotros tenemos”. Ahora, cuando Luciano daba los domingos un pequeño paseo con su padre, los obreros se tocaban apenas las gorras al verlos y hasta había algunos que cruzaban para no saludarlos. Un día Luciano encontró al hijo de Bouligaud que no pareció reconocerlo. Luciano se excitó un poco: era el momento de probarse que era un jefe. Hizo pesar sobre Julio Bouligaud una mirada de águila y avanzó hacia él con las manos detrás de la espalda. Pero Bouligaud no pareció intimidado: volvió hacia Luciano los ojos vacíos y cruzó a su lado silbando. “No me ha reconocido”, se dijo Luciano. Pero estaba profundamente desilusionado y los días que siguieron pensó más que nunca que el mundo no existía.
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Jean-Paul Sartre
Jean-Paul Sartre (París, 1905-París,1980) fue uno de los más importantes filósofos del siglo XX, novelista, dramaturgo, fue con todo el máximo exponente de la filosofía existencialista, especialmente en su particular mezcla con el humanismo marxista que supo practicar.
Educado por su madre y su abuelo materno, quien lo interesó en el mundo de las artes, egresó en 1929 de la Ecole Normale Superiore de París y enseñó filosofía en distintos liceos, antes y después de caer prisionero de los alemanes entre 1940 y 1941. Hacia 1945, fundó Les Temps Moderns y se consagró a la actividad literaria, delineando sus apetencias filosóficas que partían de la fenomenología de Edmund Husserl, del existencialismo de Martin Heidegger y de la reacción contra el racionalismo francés. De esta etapa son El ser y la nada y El existencialismo es un humanismo.
Pero a todo ello se fue sumando un compromiso social y político que lo ligaba al pensamiento dialéctico y analítico proveniente del pensamiento de Karl Marx, todo lo cual construyó un “último Sartre”, el de la Crítica de la razón dialéctica, el que consideraba al marxismo como “la filosofía no superable de nuestro tiempo”, pero no refiriéndose al marxismo ortodoxo o al pensamiento menos crítico de los seguidores de Marx, sino el marxismo que incorpora la antropología filosófica existencialista.
Este último Sartre es también el Sartre del “Mayo Francés” y, sobre todo, el del prólogo a Los condenados de la tierra del argelino Franz Fanon, llamando a poner a la violencia revolucionaria al servicio de los proyectos anticolonialistas. También, el Sartre que rechazó el Premio Nobel de Literatura en 1964 por considerar innecesario que una institución se interpusiera entre el mundo de la cultura y el hombre.
Como gran parte de los brillantes intelectuales del mundo contemporáneo, la vida familiar de Sartre fue a contramano de los valores consagrados por la burguesía. Sin casarse, sin convivir y sin tener hijos, tuvo a la reconocida filósofa y novelista Simone de Beauvoir como compañera de vida, hasta que falleció el 15 de abril de 1980.
Obra:
Novelas y relatos
- La náusea (La Nausée) (1938)
- El muro (Le Mur) (1939), que incluye:
- El muro (Le mur)
- La cámara (La Chambre)
- Eróstrato (Érostrate)
- Intimidad (Intimité)
- La infancia de un jefe (L'Enfance d'un chef)
- Los caminos de la libertad (Les chemins de la liberté) (1945-1949):
- I: La edad de la razón (L'Âge de raison) (1945)
- II: El aplazamiento (Le sursis)
- III: La muerte en el alma (La mort dans l'âme) (1949)
- La suerte está echada (Les jeux sont faits) (1947)
Obras teatrales
- Barioná, el hijo del trueno (Bariona, ou le fils du tonnerre) (1940)[68][69][70]
- Las moscas (Les Mouches) (1943)
- A puerta cerrada (Huis Clos) (1944)
- Muertos sin sepultura (Morts sans sépulture) (1946)
- La puta respetuosa (La putain respectueuse) (1946)
- Las manos sucias (Les mains sales) (1948)
- El diablo y Dios (Le diable et le bon Dieu) (1951)
- Kean (1954)
- Nekrássov (1955)
- Los secuestrados de Altona (Le sequestres d'Altona) (1959)
- Las Troyanas (Les Troyannes) (1965)
Ensayos
- Situaciones (Situations) (1947-1976):
- Situaciones I: El hombre y las cosas (1947)
- Situaciones II: ¿Qué es la literatura? (Qu'est-ce que la littérature?) (1948)
- Situaciones III: La República del silencio: estudios políticos y literarios (1949)
- Situaciones IV: Literatura y arte (1964)
- Situaciones V: Colonialismo y neocolonialismo (Colonialisme et néo-colonialisme) (1964)
- Situaciones VI: Problemas del marxismo 1 (Problèmes du marxisme I) (1964)
- Situaciones VII: Problemas del marxismo 2 (Problèmes du marxisme II, 1965)
- Situaciones VIII: Alrededor del 68 (Autour de 68) (1972)
- Situaciones IX: El escritor y su lenguaje y otros textos (1972)
- Situaciones X: Autorretrato a los setenta años (1976)
Textos filosóficos
- La imaginación (L'Imagination) (1936)
- La trascendencia del ego (La Transcendance de l'Ego) (1938)
- Bosquejo de una teoría de las emociones (Esquisse d'une théorie des émotions) (1939)
- Lo imaginario. Psicología fenomenológica de la imaginación (L'Imaginaire. Psychologie phénoménologique de l'imagination) (1940)
- El ser y la nada (L'Être et le Néant) (1943)
- El existencialismo es un humanismo (L'existentialisme est un humanisme) (1945 y 1949)
- Crítica de la razón dialéctica (Tomo I) (Critique de la raison dialectique I: Théorie des ensembles pratiques) (1960)
Crítica literaria
- Baudelaire (1947) (Estudio sobre Charles Baudelaire)
- ¿Qué es la literatura? (Qu'est-ce que la littérature?) (1948)
- San Genet: comediante y mártir (Saint Genet comédien et martyr, un estudio sobre Jean Genet) (1952)
- El idiota de la familia (L'Idiot de la famille, un estudio sobre Gustave Flaubert) (1972)
Guiones cinematográficos
- Los orgullosos (Les Orgueilleux) (1953)
- A puerta cerrada (Huis Clos) (1954)
- Los secuestrados de Altona (Les Séquestrés d'Altona) (1962)
- No Exit (A puerta cerrada) (1962)
- El muro (Le Mur) (1967)
Otras obras
- Reflexiones sobre la cuestión judía (Réflexions sur la question juive) (1946)
- El engranaje (L'Engrenage) (1948)
- Huracán sobre el azúcar (Crónica sobre la revolución cubana) (1960)
- Las palabras (Les Mots) (1964)
Publicaciones póstumas
- Cuadernos por una moral (Cahiers pour une morale) (1983)
- Cuadernos de guerra (Carnets de la drôle de guerre) (1983)
- Verdad y existencia (Vérité et existence) (1989)
- Crítica de la razón dialéctica (Tomo II) (Critique de la raison dialectique II: L'intelligibilité de l'Histoire) (1985)
- Cartas al castor (Lettres au castor) (1983)
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