La infancia de un jefe (3)
La infancia de un jefe es una novela corta que integra El muro, de 1939.
Ella no lo vio entrar. Él le tocó la espalda y se sobresaltó violentamente: “¿La he asustado?”, preguntó. Ella lo miraba con aire espantado apoyando las dos manos sobre la mesa, su pecho se levantaba; al cabo de un momento sonrió y dijo: “Me he asustado. Creía que no había nadie”. Luciano le devolvió la sonrisa con indulgencia y le dijo: “¿Sería tan amable de prepararme una taza de té?”. “En seguida, señor Luciano”, contestó la pequeña y huyó hacia su hornillo; la presencia de Luciano parecía serle penosa. Luciano permanecía, incierto, en la puerta. Y bien, preguntó paternalmente, “¿está usted a gusto en casa?” Berta le volvía la espalda y llenaba una cacerola en la canilla. El ruido del agua cubrió su respuesta. Luciano esperó un momento y cuando hubo dejado la cacerola sobre la hornalla del gas, continuó: “¿Ha fumado ya?”. “A veces”, contestó la pequeña con desconfianza. Él abrió su paquete de Craven y se lo tendió. No estaba muy contento, le parecía que se comprometía; no hubiera debido hacerla fumar. “¿Usted quiere que fume?”, dijo sorprendida. “¿Por qué no?” “La señora me va a reprender.” Luciano tuvo una desagradable impresión de complicidad; se echó a reír y dijo: “No se lo contaremos”. Berta se ruborizó, tomó un cigarrillo con la punta de los dedos y lo colocó en su boca. “¿Debo ofrecerle fuego? Sería incorrecto.” Le dijo: “Y bueno, ¿no lo prende?”. Ella lo irritaba, se quedaba ahí, con los brazos rígidos, roja y dócil, los labios apretados alrededor del cigarrillo; hubiérase dicho que se había hundido un termómetro en la boca. Terminó por tomar un fósforo de azufre de una caja de hojalata, lo frotó, fumó algunas bocanadas parpadeando y dijo: “Es suave”, luego sacó precipitadamente el cigarrillo de la boca y lo apretó torpemente entre los cinco dedos. “Es una víctima nata”, pensó Luciano. No obstante se desheló un poco cuando él le preguntó si le agradaba su Bretaña; ella le describió las diferentes clases de cofias bretonas y hasta cantó con una voz dulce y falsa una canción de Rosporden. Luciano la riñó gentilmente, pero ella no comprendió la broma y lo miró con aire azorado: en esos momentos se parecía a un conejo. Él se había sentado en un escabel y se sentía muy cómodo: “Siéntese pues”, le dijo. “Oh, no, señor Luciano, no delante del señor Luciano.” Él la tomó por las axilas y la atrajo sobre sus rodillas. “¿Y así?”, le preguntó. Ella se dejó hacer, murmurando: ¡Sobre sus rodillas! con aire de éxtasis y de reproche, con un extraño acento, y Luciano pensó con fastidio: “Me comprometo demasiado; nunca debí ir tan lejos”. Se calló; ella permanecía en sus rodillas, cálida, muy tranquila, pero Luciano sentía latir su corazón. “Es una cosa mía, pensó, puedo hacer con ella lo que quiera.” La dejó, tomó la tetera y subió a su habitación: Berta no hizo el menor gesto para detenerlo. Antes de beber el té, Luciano se lavó las manos con el jabón perfumado de su madre, porque tenían olor a axilas.
“¿Acaso voy a acostarme con ella?” Los días siguientes Luciano estuvo muy absorto por este pequeño problema: Berta se ponía todo el tiempo en su camino y lo miraba con grandes ojos tristes de perrito faldero. La moral quedó victoriosa: Luciano comprendió que arriesgaba dejarla encinta porque no tenía bastante experiencia (imposible comprar preservativos en Ferolles, era demasiado conocido) y que provocaría muchos disgustos al señor Fleurier. Se dijo también que más tarde tendría menos autoridad en la fábrica si la hija de uno de sus obreros podía jactarse de haberse acostado con él. “No tengo derecho a tocarla.” Durante los últimos días de septiembre evitó encontrarse solo con Berta. “Bueno, le dijo Winckelmann, ¿qué esperas?” “No sigo, contestó secamente Luciano, no me gustan los amores serviles.” Winckelmann, que oía hablar de amores serviles por primera vez, lanzó un ligero silbido y se calló.
Luciano estaba muy satisfecho de sí mismo: se había conducido como un tipo elegante y esto rescataba muchos errores. “Ella estaba al caer”, se decía, con un poco de añoranza. Pero reflexionando pensó: “Es como si la hubiera tenido: se ofreció y yo no quise”. En adelante ya no se consideró virgen. Estas ligeras satisfacciones le ocuparon algunos días, pero se fundieron también en la bruma. Al comenzar octubre se sentía tan melancólico como cuando se inició el anterior año escolar.
Berliac no había vuelto y nadie tenía noticias de él. Luciano notó muchas caras desconocidas; su vecino de la derecha que se llamaba Lemordant había hecho un año de matemáticas especiales en Poitiers. Era todavía más alto que Luciano y con su bigote negro tenía ya el aspecto de un hombre. Luciano volvió a ver sin gusto a sus camaradas, le parecieron pueriles e inocentemente bulliciosos: seminaristas. Se asociaba todavía a sus manifestaciones colectivas, pero con desgano, como por otra parte se lo permitía su condición de “mayor”. Lemordant le hubiera traído más porque estaba maduro; pero no parecía haber adquirido esta madurez como Luciano, a través de múltiples y penosas experiencias: era adulto de nacimiento. Luciano contemplaba a menudo con plena satisfacción esa cabeza voluminosa y pensativa, sin cuello, plantada al sesgo sobre los hombros; parecía imposible hacer entrar nada en ella ni por las orejas, ni por sus ojillos chinos, rosados y vidriosos: “Es un tipo que tiene convicciones”, pensaba Luciano con respeto; y se preguntaba, no sin envidia, cuál sería esa certidumbre que daba a Lemordant una conciencia tan completa de sí mismo. “He ahí cómo debería ser yo; una roca.” En cualquier forma estaba un poco sorprendido de que Lemordant fuera accesible a las razones matemáticas; pero el señor Husson lo tranquilizó cuando entregó los primeros deberes: Luciano era séptimo y Lemordant obtuvo un cinco y el lugar setenta y ocho; todo estaba en orden. Lemordant no se emocionó; parecía esperar lo peor, y su boca minúscula, sus gordas mejillas amarillas y lisas no estaban hechas para expresar sentimientos: era un Buda. Solo una vez se le vio enojado; el día en que Loewy lo atropelló en el vestuario. Emitió primero una decena de gruñidos agudos moviendo los párpados: “¡A Polonia, dijo por último, a Polonia!, sucio judío, y no vengas a joder entre nosotros”. Dominaba a Loewy con toda su estatura y su busto macizo vacilaba sobre sus largas piernas. Terminó por darle un par de bofetadas y el pequeño Loewy presentó excusas: el asunto quedó ahí.
Los jueves Luciano salía con Guigard que lo llevaba a bailar con las amigas de su hermana. Pero Guigard terminó por confesar que esas cabriolas lo cansaban. “Tengo una amiga, le confió, es la principal en lo de Plionier en la calle Royal. Justamente tiene una compinche que no tiene a nadie; tú deberías venir con nosotros el sábado a la noche.” Luciano hizo una escena a sus padres y obtuvo el permiso de salir todos los sábados; le dejarían la llave bajo el felpudo. Se reunió con Guigard alrededor de las nueve en un bar de la calle Saint-Honoré. “Ya verás, dijo Guigard, Fanny es encantadora, y además lo que tiene de mejor es que sabe vestirse.” “¿Y la mía?” “No la conozco, sé que es delicada y que acaba de llegar a París; es de Angulema. A propósito, agregó, no hagas planchas. Yo soy Pedro Daurat. Como tú eres rubio he dicho que tienes sangre inglesa, es mejor. Te llamas Luciano Bonnières.” “¿Pero por qué?, preguntó Luciano intrigado.” “Viejo, contestó Guigard, por principio. Puedes hacer lo que quieras con esas mujeres pero nunca decirles tu nombre.” “Bueno, bueno, dijo Luciano, ¿y de qué me ocupo?” “Puedes decir que eres estudiante; vale más; comprende, eso las halaga y no te obliga a salidas costosas. Los gastos van a medias, naturalmente, pero esta noche me dejas pagar a mí; estoy acostumbrado; te diré el lunes lo que me debes.” Luciano pensó en seguida que Guigard trataba de sacar pequeños beneficios: “¡Qué desconfiado me he vuelto!”, pensó divertido. Fanny entró casi de inmediato; era una muchacha alta, morena y delgada, con largos muslos y un rostro muy pintado. Luciano la encontró intimidante. “Este es Bonnières, de quien te hablé, dijo Guigard.” “Encantada, dijo Fanny con aire de miope, aquí está Maud, mi amiguita.” Luciano vio una individua pequeña, sin edad, tocada con una maceta de flores invertida. No estaba pintada y parecía gris junto a la brillante Fanny. Luciano quedó amargamente desilusionado, pero notó que tenía una linda boca y además con ella no tendría necesidad de andar rogando. Guigard había tenido cuidado de pagar los bocks [bocks: cervezas] con anterioridad, de modo que pudo aprovecharse de la confusión de la llegada para empujar alegremente a las dos jóvenes hacia la puerta, sin dejarles tiempo de tomar nada. Luciano lo encontró muy de su gusto; el señor Fleurier no le daba más que ciento veinticinco francos por semana, y con ese dinero tenía que pagar también su viático. La velada fue muy divertida; fueron a bailar al Barrio Latino a una pequeña sala cálida y rosada con rincones de sombra en donde el aperitivo costaba cinco francos. Había muchos estudiantes con mujeres del género de Fanny, pero menos bien. Fanny estuvo soberbia: miró en los ojos a un gordo barbudo que fumaba en pipa y dijo en voz alta: “Me horroriza la gente que fuma en pipa en los dancings”. El tipo se puso encarnado y guardó la pipa, todavía encendida, en su bolsillo. Trataba a Guigard y a Luciano con un poco de condescendencia y les dijo muchas veces: “Ustedes son unos sucios mocositos” con aire maternal y gentil. Luciano se sentía lleno de seguridad y todo azucarado; dijo a Fanny muchas cositas divertidas y sonreía diciéndolas. Finalmente la sonrisa no abandonó su cara y supo encontrar una voz refinada con algo de dejadez y de tierna cortesía teñida de ironía. Pero Fanny le hablaba poco; tomaba el mentón de Guigard y tiraba sobre la mandíbula para hacer sobresalir la boca; cuando los labios quedaban gruesos y un poco babosos, como frutos henchidos de jugo, ella los lamía a lengüetazos llamándole “Baby”. Luciano estaba horriblemente molesto y encontraba ridículo a Guigard: Guigard tenía rouge al costado de la boca y la marca de los dedos en las mejillas. Pero el comportamiento de las otras parejas era todavía más descuidado: todo el mundo se besaba; de tiempo en tiempo, la encargada del guardarropa pasaba con una bandejita y arrojaba serpentinas y bolas multicolores gritando: “¡Oh, niños míos, diviértanse, ríanse, olé, olé!”. Y todo el mundo se reía. Luciano terminó por acordarse de la existencia de Maud y le dijo sonriendo: “Mire esos tortolitos”. Señalaba a Guigard y a Fanny y agregó: “Nosotros ¡nobles ancianos!…” no acabó la frase pero sonrió tan pícaramente que Maud sonrió también. Ella se sacó el sombrero y Luciano notó con placer que era un poco mejor que las otras mujeres del dancing; entonces la invitó a bailar y le contó los albortos que hacían a los profesores en el año en que se recibió de bachiller. Ella bailaba bien, tenía ojos negros y serios y un aire discreto. Luciano le habló de Berta y le dijo que tenia algunos remordimientos. “Pero, agregó, eso era mejor para ella.” Maud encontró la historia de Berta poética y triste y preguntó cuánto ganaba Berta en casa de los padres de Luciano. “No siempre es divertido para una chica, agregó, el estar empleada.” Guigard y Fanny no se ocupaban más de ellos, se acariciaban y la cara de Guigard estaba toda húmeda. Luciano repetía de tiempo en tiempo: “Mire los tortolitos, pero mírelos”. Y tenía preparada su frase: “Me dan ganas de hacer otro tanto”. Pero no se atrevía a colocarla y se contentaba con sonreír; luego fingió que él y Maud eran viejos compinches, desdeñosos del amor, y la llamó: “viejo hermano” e hizo ademán de palmearle el hombro. Fanny volvió de pronto la cabeza y los miró con sorpresa. “Vamos, mocosuelos, ¿qué hacen? Bésense, pues se están muriendo de ganas.” Luciano tomó a Maud en sus brazos, estaba un poco molesto porque Fanny los miraba: hubiera querido que el beso fuera largo y logrado pero se preguntaba cómo hacía la gente para respirar. Finalmente no era tan difícil como pensaba, bastaba besar de través para dejar libre la nariz. Escuchaba contar a Guigard: “uno, dos… tres… cuatro…” y dejó a Maud al cincuenta y dos. “No está mal para un debutante, dijo Guigard, pero yo lo haré mejor.” Luciano miró su reloj pulsera y contó a su vez: Guigard dejó la boca de Fanny a los ciento cincuenta y nueve segundos. Luciano estaba furioso y encontraba estúpido este concurso. “Dejé a Maud por discreción, pensó, pero no es nada difícil, una vez que se sabe respirar puede continuarse indefinidamente.” Propuso una segunda partida y la ganó. Cuando terminaron Maud miró a Luciano y le dijo seriamente: “Besa usted bien”. Luciano enrojeció de placer: “Para servirla”, contestó inclinándose. Pero de cualquier forma hubiera preferido besar a Fanny. Se separaron a eso de las doce y media a causa del último metro. Luciano estaba muy contento; saltó y bailó por la calle Raymouard y pensó: “El asunto está a caer”. Las comisuras de la boca le dolían de tanto sonreír.
Tomó la costumbre de ver a Maud los jueves a las seis y los sábados por la noche. Ella se dejaba besar pero no quería entregarse. Luciano se quejó a Guigard, quien lo tranquilizó: “No te preocupes, dijo Guigard. Fanny está segura de que se acostará; solo que es joven y no ha tenido sino dos amantes. Fanny te recomienda ser muy tierno con ella”. “¿Tierno? dijo Luciano, ¿te das cuenta?” Rieron los dos y Guigard concluyó: “Haz lo que quieras, viejo”. Luciano fue muy tierno. Besaba mucho a Maud y le decía que la amaba pero a la larga eso era un poco monótono y luego no estaba muy orgulloso de salir con ella; le hubiera gustado darle consejos sobre sus vestidos, pero estaba llena de prejuicios y se enojaba muy pronto. Entre beso y beso permanecían silenciosos, con los ojos fijos y teniéndose las manos. “Sabe Dios en qué piensa ella con esos ojos tan severos.” Luciano pensaba siempre en la misma cosa: en esa pequeña existencia triste y vaga que era la suya, y se decía: “Quisiera ser Lemordant, !ese es uno que ha encontrado su camino!”. En esos momentos se veía como si fuera otro: sentado cerca de una mujer que lo amaba, la mano en su mano, los labios todavía húmedos de sus besos y rechazando la humilde felicidad que ella le ofrecía: solo. Entonces estrechaba con fuerza los dedos de la pequeña Maud y las lágrimas le subían a los ojos: hubiera querido hacerla feliz.
Una mañana de diciembre Lemordant se acercó a Luciano; tenía un papel: “¿Quieres firmar?” le preguntó. ¿Qué es? “Es por los judíos de la Normal Sup. Han mandado a La Obra un papelucho contra la preparación militar obligatoria con doscientas firmas. Entonces, nosotros protestamos, necesitamos por lo menos mil nombres: hay que arrastrar a los cyrard, a los flotantes, a los agro, a los X, toda la morralla.” Luciano se sintió halagado y preguntó: “¿Se va a publicar?”. “En La Acción seguramente, y quizá también en El Eco de París.” Luciano tenía ganas de firmar de inmediato pero pensó que no sería bastante serio. Tomó el papel y lo leyó atentamente. Lemordant agregó: Creo que tú no haces política; es asunto tuyo. Pero eres francés, tienes derecho a dar tu opinión”. Cuando oyó lo de “tienes derecho a dar tu opinión”, Luciano se sintió atravesado por un inexplicable y rápido regocijo. Firmó. Al día siguiente compró La Acción Francesa, pero el manifiesto no figuraba en ella. No apareció hasta el jueves, Luciano lo encontró en la segunda página bajo este título: “La juventud de Francia da un buen directo a la mandíbula de la judería internacional”. Su nombre estaba allí, condensado, definitivo, no muy lejos del de Lemordant, casi tan extraño como el de Fléche y el de Flipot que lo rodeaban; caía bien. “Luciano Fleurier —pensó—, un nombre de campesino, un nombre muy francés.” Leyó en voz alta toda la serie de nombres que comenzaban con F y cuando le llegó el turno al suyo lo pronunció haciéndose el que no lo reconocía. Luego guardó el diario en el bolsillo y volvió a su casa muy contento.
Él mismo fue algunos días más tarde a buscar a Lemordant. “¿Haces política?” le preguntó. “Soy de la liga, dijo Lemordant, ¿acostumbras leer La Acción?” “No muy a menudo, confesó Luciano, hasta ahora eso no me interesaba pero creo que estoy cambiando.” Lemordant lo miraba sin curiosidad, con su aire impenetrable. Luciano le contó a grandes rasgos lo que Bergère había llamado su “desorden”. “¿De dónde eres?” preguntó Lemordant. “De Ferolles, mi padre tiene allí una fábrica.” “¿Cuánto tiempo estuviste allá?” “Hasta el segundo.” “Ya comprendo, dijo Lemordant; y bueno, es muy sencillo, eres un desarraigado: ¿Has leído a Barrès?” “He leído Colette Baudoche.” “No es eso, dijo Lemordant con impaciencia, esta tarde voy a traerte los Desarraigados. Es tu historia, allí encontrás el mal y su remedio.” El libro estaba encuadernado en cuero verde. En las primeras páginas un “ex libris Andrés Lemordant” se destacaba en letras góticas. Luciano quedó sorprendido; nunca hubiera pensado que Lemordant pudiera tener un nombre de pila.
Comenzó su lectura con mucha desconfianza: tantas veces ya se le había querido explicar; tantas veces se le habían prestado libros diciéndole: “Lee eso, es completamente tu caso”. Luciano pensó con una sonrisa un poco triste en que él no era de los que se pueden turbar con una frase. El complejo de Edipo, el Desorden: ¡qué de puerilidades y qué lejos estaba todo eso! Pero quedó seducido desde las primeras páginas: en primer lugar no se trataba de psicología —Luciano estaba hasta la coronilla de psicología—; los jóvenes de que hablaba Barrès no eran individuos abstractos, que no pertenecían a ninguna clase como Rimbaud o Verlaine, ni enfermos como todos esos vieneses desorbitados que se hacían psicoanalizar por Freud. Barrès comenzaba por colocarlos en su medio, en su familia: habían sido bien educados en provincia, dentro de sólidas tradiciones; a Luciano le pareció que Sturel se le parecía: “Por lo tanto es verdad, se dijo, soy un desarraigado”. Pensó en la salud moral de los Fleurier, una salud que no se adquiere más que en el campo, en su fuerza física (su abuelo torcía un sueldo de bronce entre los dedos; se acordó con emoción de los amaneceres de Ferolles: se levantaba, bajaba despacio para no despertar a sus padres, montaba en su bicicleta y el suave paisaje de la Isla de Francia lo envolvía en su discreta caricia). “Siempre he detestado a París”, pensó con violencia. Leyó también El jardín de Berenice y de tiempo en tiempo interrumpía su lectura y se ponía a reflexionar, los ojos en el vacío; he aquí pues que nuevamente se le ofrecía un carácter y un destino, un medio de escapar a las interminables charlas de su conciencia, un método para definirse y apreciarse. ¡Y cómo prefería a las bestias inmundas y lúbricas de Freud el inconsciente lleno de agrestes olores que le regalaba Barrès! Para captarlo Luciano no tenía más que alejarse de la estéril y peligrosa contemplación de sí mismo: era necesario que estudiara el suelo y el subsuelo de Ferolles, que descifrara el sentido de las colinas onduladas que descienden hasta la Sernette; que se dirigiera a la geografía humana y a la historia. O bien, más sencillamente, debía volver a Ferolles y vivir allí: lo encontraría a sus pies, inofensivo y fértil, extendido a través de la campiña ferolliana, mezclado a los bosques, a las fuentes, a las hierbas, como un humus nutritivo en el que Luciano por fin encontraría la fuerza necesaria para convertirse en jefe. Luciano salía muy exaltado de estos largos ensueños, y aun de vez en cuando tenía la impresión de haber encontrado su camino. Ahora cuando permanecía silencioso junto a Maud, con un brazo alrededor de su talle, algunas palabras, algunos trozos de frases resonaban en él; “reanudar la tradición”, “la tierra y los muertos” palabras profundas y opacas, inagotables. “¡Qué tentador es!”, pensaba. No obstante no osaba creer en ello: ya demasiado a menudo había sufrido desengaños. Expuso sus temores a Lemordant: “Eso sería demasiado hermoso”. “Querido mío, contestó Lemordant, uno no cree de inmediato en lo que quiere creer: es necesario alguna práctica.” Reflexionó un poco y dijo: “Deberías venir con nosotros”. Luciano aceptó con alegría, pero hizo notar que conservaba su libertad: “Voy, dijo, pero no me comprometo a nada. Quiero ver y reflexionar”.
Luciano quedó encantado por la camaradería de los jóvenes “camelots”; le hicieron una acogida cordial y simple y de inmediato se sintió cómodo entre ellos. Conoció bien pronto la “barra” de Lemordant, una veintena de estudiantes que llevaban casi todos la boina de terciopelo. Tenían apeadero en el primer piso de la cervecería “Polder” donde jugaban al bridge o al billar. Luciano iba a encontrarlos allí a menudo y bien pronto comprendió que lo habían adoptado, porque era siempre recibido a los gritos de: “¡Aquí está el más buen mozo!”, o “¡Es nuestro Fleurier nacional!”. Pero era su buen humor el que seducía sobre todo a Luciano: nada de pedante ni de austero; pocas conversaciones políticas. Se reía y se cantaba, eso era todo, se pegaban algunos gritos o bien se batían palmas en honor de la juventud estudiosa. Lemordant mismo, sin compartir una autoridad que nadie hubiera osado discutirle, se templaba un poco, se dejaba ir hasta la sonrisa. Generalmente Luciano se callaba, su mirada vagaba sobre esos jóvenes vocingleros y musculosos: “Son una fuerza”, pensaba. Entre ellos descubría poco a poco el verdadero sentido de la juventud: no residía en la gracia afectada que apreciaba un Bergère; la juventud era el porvenir de Francia. Por otra parte los camaradas de Lemordant no tenían el encanto turbio de la adolescencia; eran adultos y muchos llevaban barba. Mirándolos bien se encontraba en todos ellos un aire de parentesco: habían terminado con los errores y las incertidumbres de su edad, no tenían nada que aprender, estaban formados. Al principio sus bromas ligeras y feroces escandalizaban un poco a Luciano; hubiera podido creérseles inconscientes. Cuando Rémy anunció que a la señora Dubus, la mujer del dirigente radical, un camión le había cortado las piernas, Luciano esperaba que rindieran un breve homenaje a un adversario desdichado. Pero todos se echaron a reír y se golpearon los muslos diciendo: “¡La vieja carroña!” y “¡Estimable camionero!”. Luciano quedó un poco contrariado, pero comprendió de pronto que esa gran risa purificadora era un refugio: habían presentido un peligro, no querían una cobarde piedad y se cerraban. Luciano se echó también a reír. Poco a poco su travesura se le apareció bajo su verdadera luz: no tenía sino la apariencia de la frivolidad, en el fondo era la afirmación de un derecho: su convicción era tan profunda, tan religiosa, que les daba el derecho de parecer frívolos, de mandar a paseo con una broma o una pirueta todo lo que no era lo esencial. Entre el humor helado de Charles Maurras y las bromas de Desperreau, por ejemplo (llevaba en el bolsillo un trozo viejo de preservativo al que llamaba el prepucio de Blum), no había más que una diferencia de grado. En el mes de enero la universidad anunció una sesión solemne en el transcurso de la cual se confería el grado de “doctor honoris causa” a dos mineralogistas suecos. “Vas a ver un buen alboroto”, dijo Lemordant a Luciano, entregándole una invitación. El gran anfiteatro estaba lleno. Cuando Luciano vio entrar a los sones de la Marsellesa al presidente de la república y al rector, el corazón le empezó a latir y temió por sus amigos. Casi en seguida algunos jóvenes se levantaron en las tribunas y se pusieron a gritar. Luciano reconoció con simpatía a Rémy, rojo como un tomate, que se debatía entre dos hombres que le tiraban del traje, gritando: “Francia para los franceses”. Pero le gustó más particularmente ver a un señor de edad, que soplaba con aire de niño terrible en una cornetita. “¡Qué sano es!”, pensó. Le gustaba vivamente esa original mezcla de gravedad testaruda y de turbulencia que daba a los más jóvenes un aire maduro y a los de más edad un aspecto de diablillos. Bien pronto también Luciano trató de bromear. Tuvo algunos éxitos y cuando decía de Herriot: “Si ese muere en su cama es porque no hay Dios”, sentía nacer en él un furor sagrado. Entonces apretaba las mandíbulas y durante un momento se sentía tan convencido, tan austero, tan fuerte, como Rémy o Desperreau. “Lemordant tiene razón, pensó, es necesario practicar, todo está en eso.” Aprendió también a rehusar la discusión. Guigard que no era más que un republicano, lo cubría de objeciones. Luciano lo escuchaba con paciencia, pero al cabo de un momento se cerraba. Guigard seguía hablando, pero Luciano ni siquiera lo miraba: alisaba la raya de su pantalón y se divertía en hacer anillos con el humo de su cigarrillo, mirando a las mujeres. A pesar de todo, oía algunas de las objeciones de Guigard, pero ellas perdían bruscamente su fuerza y se deslizaban sobre él ligeras y fútiles. Guigard terminaba por callarse; muy impresionado.
Luciano habló a sus padres de sus nuevos amigos y el señor Fleurier le preguntó si iba a hacerse “camelot”. Luciano dudó y dijo gravemente: “Estoy tentado, verdaderamente tentado”. “Luciano, te lo ruego, no lo hagas, dijo su madre, son muy revoltosos y una desgracia ocurre pronto. ¿Quieres que te torturen o que te metan en la cárcel? Y además, eres demasiado joven para hacer política.” Luciano solo contestó con una sonrisa firme y el señor Fleurier intervino: “Déjale hacer, mi querida, déjale seguir su idea; es necesario pasar por eso”. A partir de ese día le pareció a Luciano que sus padres lo trataban con cierta consideración. No obstante, no se decidía; esas semanas le enseñaron mucho: se representaba una después de otra la curiosidad benevolente de su padre, las inquietudes de la señora Fleurier, el naciente respeto de Guigard, la insistencia de Lemordant, la impaciencia de Rémy, y se decía inclinando la cabeza: “No es cosa sin importancia”. Tuvo una larga conversación con Lemordant y Lemordant comprendió muy bien sus razones y le dijo que no se apresurara. Luciano tenía todavía crisis de duda: tenía la impresión de no ser más que una pequeña transparencia gelatinosa que temblaba sobre el banco de un café y la bulliciosa agitación de los “camelots” le parecía absurda. Pero en otros momentos se sentía duro y pesado como una piedra y era casi feliz.
Estaba en los mejores términos con toda la barra. Les cantó: “El casamiento de Rebeca”, que Hebrard le había enseñado en las últimas vacaciones y todo el mundo declaró que era muy divertido. Puesto en vena, Luciano hizo muchas reflexiones mordaces sobre los judíos y habló de Berliac que era tan avaro: “Yo me decía siempre: pero, por qué es tan roñoso, cómo es posible ser tan roñoso. Y luego, un buen día comprendí: era de la tribu”. Todo el mundo se echó a reír y una especie de exaltación se apoderó de Luciano: se sentía verdaderamente furioso contra los judíos, y el recuerdo de Berliac le era profundamente desagradable. Lemordant le miró en los ojos y le dijo: “Tú eres un puro”. Desde entonces pedían a menudo a Luciano: “Fleurier, dinos una buena sobre los judíos”. Y Luciano contaba historias judías que había oído a su padre; le bastaba comenzar con un cierto tono: “una día Levy si incontró con Plum…” para provocar la hilaridad de sus amigos. Un día Rémy y Patenotre contaron que se habían cruzado con un judío argelino al borde del Sena y que le habían hecho dar un miedo horrible avanzando hacia él como si quisieran arrojarlo al agua: “Yo me decía, concluyó Rémy, qué lástima que Fleurier no esté con nosotros”. “Quizá haya sido mejor que no haya estado, interrumpió Desperreau, porque hubiera echado sin más al judío al agua.” Luciano no tenía rival para reconocer los judíos a primera vista. Cuando salía con Guigard lo tocaba con el codo: “No te vuelvas en seguida, el gordito que está detrás de nosotros: ¡es uno!”. “Tienes olfato para eso”, decía Guigard. Fanny tampoco podía ver a los judíos; un jueves subieron los cuatro a la habitación de Maud y Luciano cantó “El casamiento de Rebeca”. Fanny no podía más, decía: “Basta, basta, me voy a hacer pipí en los calzones”, y cuando él terminó le lanzó una mirada feliz, casi tierna. En la cervecería “Polder” terminaron por dar bromas a Luciano. Siempre se encontraba alguien que dijera negligentemente: “Fleurier que quiere tanto a los judíos…”, o bien, “León Blum, el gran amigo de Fleurier…”, y los otros estaban encantados, reteniendo la respiración con la boca abierta. Luciano se ponía colorado, golpeaba sobre la mesa gritando: “¡Maldito sea…!” y ellos se echaban a reír, decían “¡marchó, marchó! No marchó ¡corrió!”. Los acompañaba a menudo a reuniones políticas y escuchó al profesor Claudio y a Máximo Real del Sarte. Su trabajo se resentía un poco de estas nuevas obligaciones, pero como, en cualquier caso, Luciano no podía contar ese año con triunfar en el concurso de la Central, el señor Fleurier se mostró indulgente: “Es necesario, dijo a su mujer, que Luciano aprenda su oficio de hombre”. Cuando salían de estas reuniones Luciano y sus amigos llevaban la cabeza ardiendo y hacían chiquilladas. Una vez eran unos diez y encontraron un hombrecito oliváceo que atravesaba la calle Saint-André-des-Arts leyendo la Humanidad. Lo arrinconaron contra un muro y Rémy le ordenó: “Tire ese diario”. El tipejo quería ganar tiempo, pero Desperreau se deslizó detrás de él y lo agarró de la cintura mientras Lemordant con su puño poderoso le arrancaba el diario. Era muy divertido. El hombrecito furibundo daba puntapiés en el vacío gritando: “¡Déjenme, déjenme!”, con un acento raro y Lemordant, muy tranquilo, rompía el diario. Pero cuando Desperreau consintió en largar al hombre, las cosas empezaron a echarse a perder; el otro se arrojó sobre Lemordant y lo hubiera golpeado si Rémy no le hubiera mandado a tiempo un buen puñetazo detrás de la oreja. El tipo fue a golpear contra la pared y los miró a todos con malos ojos, diciendo: “¡Sucios franceses!”. “Repite lo que has dicho”, pidió fríamente Marchesseau. Luciano comprendió que iba a pasar algo malo: Marchesseau no entendía de bromas cuando se trataba de Francia. “¡Sucios franceses!”, dijo el meteco [meteco: extranjero]. Recibió una formidable bofetada y se lanzó hacia adelante con la cabeza baja aullando: “¡Sucios franceses! ¡Sucios burgueses, los detesto! Quisiera que reventaran todos, todos, todos”. Y una ola de otras injurias inmundas de una violencia que Luciano jamás hubiera podido imaginar. Entonces perdieron la paciencia y se vieron obligados a unirse todos y a darle una buena lección. Al cabo de un momento lo dejaron y el tipo se dejó ir contra la pared; vacilaba, un puñetazo le había cerrado el ojo derecho y todos estaban a su alrededor, cansados de golpear, esperando que cayera. El tipo torció la boca y escupió: “¡Sucios franceses!”. “¿Quieres que volvamos a empezar?”, preguntó Desperreau jadeante. El tipo no pareció escucharlo, los miró desafiante con su ojo izquierdo y repitió: “¡Sucios franceses! ¡Sucios franceses!”. Hubo un momento de duda y Luciano comprendió que sus compinches iban a abandonar la partida. Entonces algo fue más fuerte que él, saltó hacia adelante y golpeó con todas sus fuerzas. Oyó algo que crujía, y el hombrecito lo miró con aire débil y sorprendido: “Sucios…”, farfulló. Pero su ojo golpeado se transformó en un globo rojo y sin pupila; cayó de rodillas y no dijo nada más. “Abandonemos el campo”, sopló Rémy. Corrieron y no se detuvieron hasta la plaza San Miguel. Nadie los perseguía. Se arreglaron las corbatas y se limpiaron los unos a los otros con la palma de la mano.
Transcurrió la velada sin que los jóvenes hicieran alusión a su aventura y se mostraban particularmente amables los unos con los otros: habían abandonado esa brutalidad púdica que les servía de ordinario para velar sus sentimientos. Se hablaban con cortesía y Luciano pensó que por primera vez se portaban tal como debían ser con sus familias; él mismo estaba un poco enervado, no tenía costumbre de pegarse en plena calle como entre granujas. Pensó en Maud y en Fanny con ternura.
No pudo conciliar el sueño: “No puedo continuar, pensó, siguiéndolos en sus equipos como aficionado. Ahora todo está bien pesado, es necesario que me afilie”. Se sentía grave y casi religioso cuando anunció la buena noticia a Lemordant: “Es cosa resuelta, le dijo, estoy con ustedes”. Lemordant le palmeó el hombro y la “barra” festejó el acontecimiento bebiendo unas cuantas buenas botellas. Habían vuelto a tomar su tono brutal y alegre y no hablaron del incidente de la víspera. Marchesseau dijo simplemente a Luciano: “¡Tienes un buen punch!” y Luciano contestó: “¡Era un judío!”.
Al día siguiente Luciano fue a reunirse con Maud llevando un grueso bastón de junco que había comprado en una tienda del boulevard San Miguel. Maud comprendió de inmediato, miró el bastón y dijo: “Entonces, ¿es cosa hecha?”. “Cosa hecha”, dijo Luciano, sonriendo. Maud pareció halagada; personalmente, se inclinaba más bien a las ideas izquierdistas, pero tenía un espíritu amplio: “Encuentro, decía, que en todos los partidos hay algo bueno”. Durante la velada le rascó varias veces la nuca llamándolo su pequeño “camelot”. Un sábado a la noche, poco tiempo después, Maud se sintió fatigada. “Creo que me vuelvo a casa, dijo, pero puedes subir conmigo si te portas bien: me darás la mano y serás muy amable con tu pequeña Maud que se siente mal; le contarás cuentos.” Luciano no estaba muy entusiasmado: la habitación de Maud lo entristecía por su cuidada pobreza; parecía la habitación de una sirvienta. Pero hubiera sido criminal dejar pasar tan buena ocasión. Apenas entró, Maud se tiró sobre su cama diciendo: “Uff ¡qué bien estoy!”. Luego se calló y miró a Luciano en los ojos frunciendo los labios. Él se acostó a su lado y ella se puso una mano sobre los ojos apartando los dedos y diciendo con voz infantil: “Cucú, te veo, sabes, Luciano, te veo”. Él se sentía pesado y húmedo, ella le puso los dedos en la boca y él los chupó, después de lo cual le habló tiernamente; le dijo: “La pequeña Maud está enferma; que desdichada es, pobrecita Maud”, y le acarició todo el cuerpo; ella había cerrado los ojos y sonreía misteriosamente. Al cabo de un momento él había levantado la falda de Maud y se encontró que estaban haciendo el amor. Luciano pensó: “Soy hábil”. “Bueno, dijo Maud cuando hubieron terminado, ¡si hubiera esperado esto…! Miró a Luciano con tierno reproche.” “¡Gran pícaro! Creí que serias juicioso.” Luciano dijo que estaba tan sorprendido como ella. “Esto se ha hecho sin pensar”, dijo. Ella reflexionó un poco y le dijo seriamente: “No lamento nada. Antes era quizá más puro, pero era menos completo”.
“Tengo una querida”, pensó Luciano en el metro. Estaba vacío y cansado, impregnado de un olor a ajenjo y a pescado fresco. Se sentó manteniéndose rígido para evitar el contacto de su camisa impregnada en sudor, le parecía que su cuerpo era de leche cuajada. Se repetía con fuerza: “Tengo una querida”, pero se sentía frustrado; lo que había deseado de Maud, todavía la víspera, era su rostro angosto y cerrado con su aire discreto, su delgada silueta, su aspecto digno, su reputación de muchacha seria, su desprecio por el sexo masculino, todo eso que hacía de ella una persona extraña, verdaderamente otra, dura y definitiva, siempre fuera de alcance, con sus pequeños pensamientos propios, sus pudores, sus medias de seda, su traje de crèpe, su permanente. Y todo este barniz se había fundido bajo su abrazo, solo había quedado la carne, había aproximado sus labios a un rostro sin ojos, desnudo como un vientre; había poseído una gran flor de carne mojada. Volvió a ver a la bestia ciega que palpitaba entre las sábanas con agitaciones y bostezos velludos: era nosotros dos. No habían formado más que uno, ya no podía distinguir su carne de la de Maud; nadie le había dado nunca esa impresión de disgustante intimidad, salvo quizá Rirí, cuando Rirí le mostraba su pipí detrás de una zarza, o cuando se había ensuciado y permanecía acostado sobre el vientre moviendo las piernas, el trasero desnudo, mientras secaban su pantalón. Luciano se tranquilizó un poco pensando en Guigard; mañana le diría: “Me acosté con Maud, es una mujercita asombrosa, viejo; tiene eso en la sangre”. Pero no estaba cómodo: se sentía desnudo entre el polvoriento calor del metro, desnudo bajo una delgada película de vestidos, rígido y desnudo al lado de un sacerdote, frente a dos señoras maduras, como un gran espárrago sucio.
Guigard lo felicitó vivamente. Estaba un poco cansado de Fanny: “Verdaderamente tiene demasiado mal carácter. Ayer me puso mala cara toda la noche”. Los dos estuvieron de acuerdo; era necesario que hubiera mujeres como esas, porque no se podía permanecer casto hasta el matrimonio y luego ellas no eran ni interesadas ni enfermas, pero hubiera sido un error apegarse a ellas. Guigard habló de las verdaderas jovencitas con mucha delicadeza y Luciano le preguntó por su hermana. “Está bien, viejo, dijo Guigard, dice que eres un ingrato, ¿sabes?, agregó con un poco de abandono, no estoy descontento de tener una hermana; sin eso habría cosas que no comprendería.” Luciano lo comprendió perfectamente. Desde entonces hablaron a menudo de las jovencitas, se sentían llenos de poesía y Guigard citaba con gusto las palabras de uno de sus tíos que había tenido mucho éxito con las mujeres: “Tal vez no he hecho siempre el bien en mi perra vida, pero hay una cosa que Dios me tendrá en cuenta: antes me hubiera dejado cortar las manos que tocar a una jovencita”. Volvieron a veces a casa de las amigas de Pierrette Guigard. Luciano quería mucho a Pierrette, le hablaba como un hermano mayor un poco gruñón y le estaba reconocido porque no se había cortado el cabello. Estaba muy ocupado por sus actividades políticas; todos los domingos por la mañana iba a vender La Acción Francesa, frente a la iglesia de Neuilly. Durante más de dos horas Luciano se paseaba de un punto a otro con rostro severo. Las jovencitas que salían de misa levantaban a veces hacia él sus bellos ojos francos; entonces Luciano se dulcificaba un poco, se sentía puro y fuerte y les sonreía. Explicó a la “barra” que respetaba a las mujeres y se sintió satisfecho de encontrar en ellos la comprensión que deseaba. Por lo demás, casi todos tenían hermanas.
El 17 de abril los Guigard dieron una fiesta por los dieciocho años de Pierrette y, naturalmente, invitaron a Luciano. Era muy amigo de Pierrette, ella lo llamaba su bailarín y él sospechaba que estaba un poco enamorada de él. La señora Guigard había invitado mucha gente y la tarde prometía ser alegre. Luciano bailó varias veces con Pierrette y después fue a buscar a Guigard que recibía a sus amigos en el salón de fumar. “Salud, dijo Guigard, creo que todos se conocen: Fleurier, Simón, Vanusse, Ledoux.” Mientras Guigard nombraba a sus camaradas, Luciano vio a un joven alto, pelirrojo y crespo, de piel lechosa y duras cejas negras, que se aproximaba vacilando y la cólera le trastornó: “¿Qué hace aquí ese tipo?, se preguntó, ¡sin embargo Guigard sabe bien que no puedo aguantar a los judíos!”. Giró sobre sus talones y se alejó rápidamente para evitar las presentaciones. “¿Quién es ese judío?” preguntó un momento más tarde a Pierrette. “Es Weill, hace estudios superiores de Comercio; mi hermano lo conoció en la sala de armas.” “Me horrorizan los judíos”, dijo Luciano. Pierrette se rió ligeramente: “Este es un buen muchacho, dijo. Lléveme al comedor”. Luciano tomó una copa de champagne y apenas había tenido tiempo de calmarse, se encontró cara a cara con Guigard y Weill. Fulminó a Guigard con los ojos y dio vuelta la espalda. Pero Pierrette lo tenía del brazo y Guigard lo abordó con franqueza: “Mi amigo Fleurier, mi amigo Weill, dijo con tranquilidad, ahora ya se conocen ustedes”. Weill tendió la mano y Luciano se sintió muy incómodo. Felizmente se acordó, de pronto, de Desperreau: “Fleurier hubiera arrojado al judío al agua en un momento”. Hundió las manos en los bolsillos, dio la espalda a Guigard y se fue. “No podré volver a poner los pies en esta casa”, pensó al pedir su sombrero. Sentía un amargo orgullo. “He aquí lo que cuesta tener convicciones arraigadas; ya no se puede vivir en sociedad.” Pero en la calle desapareció su orgullo y Luciano se sintió muy inquieto. “¡Guigard debe estar furioso!” Inclinó la cabeza y trató de decirse con convicción: “¡No tenía derecho de invitar a un judío si me invitaba a mí!”. Pero su cólera había decaído: volvía a ver con una especie de malestar la asombrada cara de Weill, su mano extendida, y se sentía inclinado a la conciliación. “Pierrette piensa seguramente que soy un salvaje, hubiera debido estrechar esa mano. Después de todo no me comprometía a nada. Saludar reservadamente y alejarme en seguida eso es lo que había que hacer.” Se preguntó si todavía estaría a tiempo de volver a casa de los Guigard. Se acercaría a Weill y le diría: “Discúlpeme, he tenido un mal momento”. Le daría la mano y conversaría con él amablemente. Pero no: era demasiado tarde, su gesto era irreparable. “¡Qué necesidad tenía, pensó con irritación, de mostrar mis opiniones a gente que no puede comprenderlas!” Se encogió nerviosamente de hombros: era un desastre. En ese mismo instante Guigard y Pierrette comentarían su conducta. Guigard diría: “¡Está completamente loco!” Luciano apretó los puños: “¡Oh!, pensó con desesperación, ¡cómo los odio! ¡Cómo odio a los judíos!”. Y trató de tomar un poco de fuerza en la contemplación de ese odio inmenso. Pero se fundía bajo su mirada, y hasta cuando pensó en León Blum que recibía dinero de Alemania y odiaba a los franceses, solo sintió una pesada indiferencia. Luciano tuvo la suerte de encontrar a Maud en casa. Le dijo que la amaba y la poseyó varias veces con una especie de rabia. “Todo está perdido, se decía, nunca seré más que un cualquiera.” “¡No, no, decía Maud, detente, mi queridito, eso no, está prohibido!” Pero terminó por dejarse hacer: Luciano quiso besarla por todas partes. Se sentía infantil y perverso, tenía ganas de llorar.
Al día siguiente por la mañana, en el liceo, a Luciano se le apretó el corazón viendo a Guigard. Guigard tenía aire de disimulo y se hizo el que no lo veía. Luciano rabiaba tanto que no pudo tomar apuntes. “Puerco, pensaba, puerco.” Al terminar las clases Guigard se le acercó, estaba descolorido: “Si resuella, pensó Luciano aterrorizado, le suelto una bofetada”. Permanecieron un instante uno al lado del otro, mirando cada uno la punta de sus zapatos. Por fin, Guigard dijo con voz alterada: “Discúlpame, viejo, no hubiera debido darte ese golpe”. Luciano se sobresaltó y lo miró con desconfianza. Pero Guigard continuó penosamente: “Lo encontré en la sala, comprendes, entonces quise… hicimos algunos asaltos juntos y él me invitó a su casa, pero yo comprendo, sabes, no hubiera debido, no sé cómo se hizo eso, pero cuando escribí las invitaciones, no pensé ni un segundo en eso…” Luciano no decía nada, porque no le salían las palabras, pero se sentía inclinado a la indulgencia. Guigard agregó con la cabeza baja: “Bueno… como plancha…”. “Pedazo de zanahoria, dijo Luciano golpeándole en el hombro, bien sé que no lo hiciste expresamente.” Y agregó con generosidad: “Por lo demás yo también estuve mal. Me he conducido como un salvaje. Pero, qué quieres, es más fuerte que yo, no puedo tocarlos, es algo físico. Tengo la impresión de que tienen escamas en las manos. ¿Qué dijo Pierrette?” “Se rió como una loca”, dijo Guigard lastimosamente. “¿Y el tipo?” “Comprendió. Le dije lo que pude, pero tomó el portante al cuarto de hora.” Agregó, siempre con trabajo: “Mis padres dicen que tienes razón, que tú no podías proceder de otro modo desde el momento que tienes una convicción”. Luciano saboreó la palabra: “convicción”. Sentía deseos de estrechar a Guigard entre sus brazos: “No es nada, mi viejo, le dijo, no es nada desde el momento que quedamos amigos”. Bajó por el boulevard San Miguel en un estado de extraordinaria excitación: le parecía que ya no era él mismo.
Se dijo: “Es extraño, este no soy yo. ¡No me reconozco!” El tiempo era cálido y dulce; la gente pasaba, llevando en las caras la primera sonrisa asombrada de la primavera; entre esta blanda multitud Luciano se hundía como una cuña de acero, pensaba: “Este no soy yo. Yo, todavía la víspera, era un gordo insecto hinchado, parecido a los grillos de Ferolles”; ahora Luciano se sentía limpio y neto como un cronómetro. Entró en “La Fuente” y pidió un pernot. La barra no frecuentaba “La Fuente” porque en ella pululaban los metecos; pero ese día ni los metecos ni los judíos incomodaban a Luciano. En medio de esos cuerpos oliváceos que zumbaban ligeramente como un campo de avena bajo el viento, se sentía extraño y amenazante, un monstruoso reloj pegado contra la banqueta y rutilante. Reconoció divertido a un pequeño judío que los J. P. habían rociado en el trimestre precedente, en el patio de la Facultad de Derecho. El pequeño monstruo, gordo y pensativo, no guardaba rastro de los golpes, había debido quedarse encerrado un tiempo y después había vuelto a tomar su forma redonda; pero había en él una especie de resignación obscena.
Por el momento parecía feliz: bostezó voluptuosamente; un rayo de sol le cosquilleó la nariz, se rascó y sonrió. ¿Era una sonrisa? ¿O tal vez una pequeña oscilación que había nacido afuera, en algún rincón de la sala y que había venido a morir sobre su boca? Todos esos metecos flotaban en un agua sombría y pesada, cuyo oleaje conmovía sus carnes blandas, elevando sus brazos, agitando sus dedos, jugando un poco con sus labios. ¡Pobres tipos! Luciano sintió casi piedad de ellos. ¿Qué venían a hacer a Francia? ¿Qué corrientes marinas los habían traído y depositado aquí? Por mucho que se vistieran decentemente en casa de los sastres del boulevard San Miguel, no eran más que medusas. Luciano pensó que él no era una medusa; que no pertenecía a esa fauna humillada, y se dijo: “Yo estoy anclado”. Y luego, de pronto, olvidó “La Fuente” y los metecos, y no vio más que una espalda, una ancha espalda jorobada de músculos, que se alejaba con tranquila fuerza, que se perdía implacable en la bruma. Vio también a Guigard: Guigard estaba pálido, seguía con los ojos esa espalda y decía a Pierrette, invisible: “¡Bueno, como plancha!…” Luciano se sintió invadido por una alegría casi intolerable: ¡esa espalda poderosa y solitaria era la suya! ¡Y la escena había pasado ayer! Durante un instante, mediante un enorme esfuerzo fue Guigard; siguió su propia espalda con los ojos de Guigard, experimentó ante sí mismo la humillación de Guigard y se sintió deliciosamente aterrorizado. “Eso le servirá de lección”, pensó. Cambió el decorado: era en el tocador de Pierrette, esto ocurría en el futuro. Pierrette y Guigard indicaban, con aire algo contrariado, un nombre en una lista de invitaciones. Luciano no estaba presente pero su influencia pesaba sobre ellos. Guigard decía: “¡Ah no! ¡Ese no! ¡Estaría bueno con Luciano! ¡Luciano que no puede sufrir a los judíos!” Luciano se contempló una vez más y pensó: “¡Luciano soy yo! ¡Alguien que no puede sufrir a los judíos!” Esa frase la había pronunciado a menudo, pero hoy no se parecía a la de otras veces. No del todo. Seguramente, en apariencia era una simple comprobación, como si se dijera: “A Luciano no le gustan las ostras” o bien “A Luciano le gusta el baile”. Pero no había que engañarse, el gusto por el baile quizá hubiera podido descubrirse también en el pequeño judío, eso no tenía más importancia que un estremecimiento de la médula, no había más que mirar a ese maldito judío para comprender que sus gustos y sus disgustos quedaban adheridos a él como su olor, como los reflejos de su piel que desaparecerían con él como los movimientos de sus pesados párpados, como sus sonrisas goteantes de voluptuosidad. Pero el antisemitismo de Luciano era de otra especie; despiadado y puro, apuntaba fuera de él, como una hoja de acero, amenazando otros pechos. “Esto… pensaba, es… es sagrado.” Se acordó que cuando era pequeño su madre le decía algunas veces con un tono especial: “Papá trabaja en su escritorio”. Y esa frase le parecía una fórmula sagrada que le confería, de pronto, una nube de obligaciones religiosas, como no jugar con su carabina de aire comprimido, ni gritar “¡Tarambambom!”; caminaba por los corredores en puntas de pie, como si estuviera en una catedral. “Ahora me toca a mí”, pensó con satisfacción. Los demás decían, bajando la voz: “A Luciano no le gustan los judíos” y la gente se sentía paralizada, los miembros traspasados por una nube de flechitas dolorosas. “Guigard y Pierrette, se dijo con enternecimiento, son unas criaturas.” Habían sido muy culpables, pero bastó que Luciano les mostrara un poco los dientes, y en seguida habían sentido remordimientos, habían hablado en voz baja y se habían puesto a caminar en puntas de pie.
Por segunda vez, Luciano se sintió lleno de respeto por sí mismo. Pero esta vez no necesitaba de los ojos de Guigard, era a sus propios ojos que aparecía respetable —a sus ojos que percibían por fin su envoltura de carne, de gustos y de disgustos, de costumbres y de humores. “Allí donde me buscaba, pensó, no podía encontrarme.” Había hecho, de buena fe, el recuento de todo lo que era. “Pero si yo no debiera ser más que lo que soy, no valdría más que ese pequeño judío.” Escudriñando así en esa intimidad de mucosas, ¿qué se podía descubrir sino la tristeza de la carne, la innoble mentira de la igualdad, el desorden? “Primera máxima, se dijo Luciano, no tratar de ver dentro de sí; no hay error más peligroso.” El verdadero Luciano —ahora lo sabía— había que buscarlo en los ojos de los demás, en la temerosa obediencia de Pierrette y de Guigard, en la atención llena de esperanzas de todos esos seres que crecían y maduraban para él, de esos jóvenes aprendices que se convertirían en sus obreros, en los habitantes de Ferolles, grandes y chicos, de quienes un día sería el alcalde. Luciano experimentaba casi miedo, se sentía casi demasiado grande para él. ¡Tanta gente lo esperaba, lista para el combate!; y él era, él sería siempre esa inmensa espera de los otros. “Eso es, un jefe”, pensó. Vio reaparecer una espalda ancha y musculosa y luego, de pronto, una catedral. Estaba adentro y se paseaba, silenciosamente, bajo la luz tamizada que caía de los vitrales. “¡Solo que, esta vez, la catedral soy yo!” Fijó la mirada con intensidad en sus vecinos, un cubano alto, moreno y suave como un cigarro. Le era absolutamente necesario encontrar palabras para expresar su extraordinario descubrimiento. Levantó dulcemente, con precaución, la mano hasta su frente, como un cirio encendido, luego se recogió un instante, pensativo y sagrado, y las palabras vinieron por sí mismas: “¡Tengo derechos!” ¡Derechos! Algo del género de los triángulos y los círculos; era algo tan perfecto que no existía, se podían trazar millares de redondeles con el compás, no se llegaría a realizar ni un solo círculo. Del mismo modo, generaciones de obreros podrían obedecer escrupulosamente las órdenes de Luciano; no agotarían nunca su derecho a mandar, los derechos estaban más allá de la existencia, como los objetos matemáticos y los dogmas religiosos. Y he aquí que Luciano era justamente eso, un enorme racimo de responsabilidades y de derechos. Durante largo tiempo había creído que existía por azar, a la deriva: pero se equivocó por haber reflexionado demasiado. Mucho antes de su nacimiento, su lugar estaba ya marcado bajo el sol, en Ferolles. Ya —aún mucho antes del matrimonio de su padre— se le esperaba; si había venido al mundo era para ocupar ese lugar: “Existo, pensó, porque tengo el derecho de existir”. Y, quizá por primera vez, tuvo una visión fulgurante y gloriosa de su destino. Se recibiría en la Central, más tarde o más temprano (por lo demás eso no tendría ninguna importancia). Entonces largaría a Maud (ella quería todo el tiempo acostarse con él, era matador; sus cuerpos confundidos despedían en el tórrido calor de ese comienzo de primavera un olor a guiso algo quemado). “Y además, que Maud es de todo el mundo, hoy es mía, mañana de otro, todo esto no tiene ningún sentido.” Iría a vivir en Ferolles. En alguna parte de Francia había una jovencita ingenua del tipo de Pierrette; una provinciana de ojos de flor que se guardaba casta para él: algunas veces trataba de imaginar a su futuro dueño, ese hombre terrible y dulce, pero no lo lograba. Era virgen; en lo más secreto de su cuerpo reconocía el derecho de Luciano de poseerla. La desposaría, sería su mujer, el más tierno de sus derechos. Cuando ella se desvistiera por la noche, con pequeños gestos sagrados, aquello sería como un holocausto. La tomaría en sus brazos con la aprobación de todos; le diría: “¡Tú eres para mí!”. Lo que ella le mostrara tendría el deber de no mostrarlo más que a él, y el acto de amor sería para él un inventario voluptuoso de sus bienes. Su más tierno derecho, su derecho más íntimo: el derecho de ser respetado hasta en su carne, obedecido hasta en su lecho. “Me casaré joven”, pensó. Se dijo también que tendría muchos hijos; luego pensó en la obra de su padre; estaba impaciente por continuarla y se preguntaba si el señor Fleurier no se moriría pronto.
Un reloj dio las doce de la mañana; Luciano se levantó. La metamorfosis estaba terminada: una hora antes, en ese café había entrado un adolescente gracioso e incierto; el que salía era un hombre, un jefe entre los franceses. Luciano dio algunos pasos en la gloriosa luz de una mañana de Francia. En la esquina de la calle de las Escuelas y del boulevard San Miguel, se aproximó a una papelería y se miró en el espejo; hubiera querido encontrar en su rostro el aire impermeable que admiraba en el de Lemordant. Pero el espejo no le devolvió más que una linda carita obstinada, que no tenía todavía nada de muy terrible: “Me dejaré crecer el bigote”, decidió Luciano.
-
Jean-Paul Sartre
Jean-Paul Sartre (París, 1905-París,1980) fue uno de los más importantes filósofos del siglo XX, novelista, dramaturgo, fue con todo el máximo exponente de la filosofía existencialista, especialmente en su particular mezcla con el humanismo marxista que supo practicar.
Educado por su madre y su abuelo materno, quien lo interesó en el mundo de las artes, egresó en 1929 de la Ecole Normale Superiore de París y enseñó filosofía en distintos liceos, antes y después de caer prisionero de los alemanes entre 1940 y 1941. Hacia 1945, fundó Les Temps Moderns y se consagró a la actividad literaria, delineando sus apetencias filosóficas que partían de la fenomenología de Edmund Husserl, del existencialismo de Martin Heidegger y de la reacción contra el racionalismo francés. De esta etapa son El ser y la nada y El existencialismo es un humanismo.
Pero a todo ello se fue sumando un compromiso social y político que lo ligaba al pensamiento dialéctico y analítico proveniente del pensamiento de Karl Marx, todo lo cual construyó un “último Sartre”, el de la Crítica de la razón dialéctica, el que consideraba al marxismo como “la filosofía no superable de nuestro tiempo”, pero no refiriéndose al marxismo ortodoxo o al pensamiento menos crítico de los seguidores de Marx, sino el marxismo que incorpora la antropología filosófica existencialista.
Este último Sartre es también el Sartre del “Mayo Francés” y, sobre todo, el del prólogo a Los condenados de la tierra del argelino Franz Fanon, llamando a poner a la violencia revolucionaria al servicio de los proyectos anticolonialistas. También, el Sartre que rechazó el Premio Nobel de Literatura en 1964 por considerar innecesario que una institución se interpusiera entre el mundo de la cultura y el hombre.
Como gran parte de los brillantes intelectuales del mundo contemporáneo, la vida familiar de Sartre fue a contramano de los valores consagrados por la burguesía. Sin casarse, sin convivir y sin tener hijos, tuvo a la reconocida filósofa y novelista Simone de Beauvoir como compañera de vida, hasta que falleció el 15 de abril de 1980.
Obra:
Novelas y relatos
- La náusea (La Nausée) (1938)
- El muro (Le Mur) (1939), que incluye:
- El muro (Le mur)
- La cámara (La Chambre)
- Eróstrato (Érostrate)
- Intimidad (Intimité)
- La infancia de un jefe (L'Enfance d'un chef)
- Los caminos de la libertad (Les chemins de la liberté) (1945-1949):
- I: La edad de la razón (L'Âge de raison) (1945)
- II: El aplazamiento (Le sursis)
- III: La muerte en el alma (La mort dans l'âme) (1949)
- La suerte está echada (Les jeux sont faits) (1947)
Obras teatrales
- Barioná, el hijo del trueno (Bariona, ou le fils du tonnerre) (1940)[68][69][70]
- Las moscas (Les Mouches) (1943)
- A puerta cerrada (Huis Clos) (1944)
- Muertos sin sepultura (Morts sans sépulture) (1946)
- La puta respetuosa (La putain respectueuse) (1946)
- Las manos sucias (Les mains sales) (1948)
- El diablo y Dios (Le diable et le bon Dieu) (1951)
- Kean (1954)
- Nekrássov (1955)
- Los secuestrados de Altona (Le sequestres d'Altona) (1959)
- Las Troyanas (Les Troyannes) (1965)
Ensayos
- Situaciones (Situations) (1947-1976):
- Situaciones I: El hombre y las cosas (1947)
- Situaciones II: ¿Qué es la literatura? (Qu'est-ce que la littérature?) (1948)
- Situaciones III: La República del silencio: estudios políticos y literarios (1949)
- Situaciones IV: Literatura y arte (1964)
- Situaciones V: Colonialismo y neocolonialismo (Colonialisme et néo-colonialisme) (1964)
- Situaciones VI: Problemas del marxismo 1 (Problèmes du marxisme I) (1964)
- Situaciones VII: Problemas del marxismo 2 (Problèmes du marxisme II, 1965)
- Situaciones VIII: Alrededor del 68 (Autour de 68) (1972)
- Situaciones IX: El escritor y su lenguaje y otros textos (1972)
- Situaciones X: Autorretrato a los setenta años (1976)
Textos filosóficos
- La imaginación (L'Imagination) (1936)
- La trascendencia del ego (La Transcendance de l'Ego) (1938)
- Bosquejo de una teoría de las emociones (Esquisse d'une théorie des émotions) (1939)
- Lo imaginario. Psicología fenomenológica de la imaginación (L'Imaginaire. Psychologie phénoménologique de l'imagination) (1940)
- El ser y la nada (L'Être et le Néant) (1943)
- El existencialismo es un humanismo (L'existentialisme est un humanisme) (1945 y 1949)
- Crítica de la razón dialéctica (Tomo I) (Critique de la raison dialectique I: Théorie des ensembles pratiques) (1960)
Crítica literaria
- Baudelaire (1947) (Estudio sobre Charles Baudelaire)
- ¿Qué es la literatura? (Qu'est-ce que la littérature?) (1948)
- San Genet: comediante y mártir (Saint Genet comédien et martyr, un estudio sobre Jean Genet) (1952)
- El idiota de la familia (L'Idiot de la famille, un estudio sobre Gustave Flaubert) (1972)
Guiones cinematográficos
- Los orgullosos (Les Orgueilleux) (1953)
- A puerta cerrada (Huis Clos) (1954)
- Los secuestrados de Altona (Les Séquestrés d'Altona) (1962)
- No Exit (A puerta cerrada) (1962)
- El muro (Le Mur) (1967)
Otras obras
- Reflexiones sobre la cuestión judía (Réflexions sur la question juive) (1946)
- El engranaje (L'Engrenage) (1948)
- Huracán sobre el azúcar (Crónica sobre la revolución cubana) (1960)
- Las palabras (Les Mots) (1964)
Publicaciones póstumas
- Cuadernos por una moral (Cahiers pour une morale) (1983)
- Cuadernos de guerra (Carnets de la drôle de guerre) (1983)
- Verdad y existencia (Vérité et existence) (1989)
- Crítica de la razón dialéctica (Tomo II) (Critique de la raison dialectique II: L'intelligibilité de l'Histoire) (1985)
- Cartas al castor (Lettres au castor) (1983)
+54 9 1122381574

