Los domingos de noche
—Y usted, ¿no nos cuenta ninguna proeza amorosa, señor Martínez?
El famoso financista sacudió, con el meñique ensortijado de brillantes, la ceniza del magnífico veguero, sonrió con ese desdén que da a su grasiento rostro una expresión de desencanto fatuo y nos dijo:
—Les contaré mi primera aventura. Era yo entonces estudiante y mi familia me pasaba a Madrid una renta de veinte duros al mes, gastos pagados. Las facturas de alojamiento, ropa, libros, matrículas, se abonaban allá. Los veinte duros eran para el bolsillo. No había modo de aumentarlos porque mi padre entendía de negocios tanto como yo. Mi presupuesto estaba distribuido así: cuatro reales diarios para café, propina incluida; dos de billar, entretenimiento imprescindible; uno de tranvía, término medio; tres de teatro, diversión que pagábamos a escote los de la pandilla. El resto era consagrado al amor. En aquellos tiempos compraba el amor hecho, como las camisas y los zapatos. Ahora me lo encargo todo a la medida.
Devoraba con delicia, por extraño que les parezca, folletines de Escrich, y novelones de Dumas y Sue, y soñaba con raptos y escalamientos, desafíos a la luz de la luna y frases generosas. Una madrugada, en lugar de acostarme después de la sesión del Levante donde nos reuníamos, me dio por vagar solo, a semejanza de don Quijote, buscando doncellas que desencantar a lo largo de las calles solitarias.
Hacía frío. Mis pasos eran sonoros sobre las aceras lisas y relucientes. Las estrellas encaramadas hasta lo alto del espacio, centellaban más que de costumbre a través del aire inmóvil y seco. Había poesía en mí y fuera de mí, o por lo menos tal me parecía. Con todos mis libros en la cabeza me hallaba dispuesto a redimir definitivamente a la primera pecadora que pasase.
Y de pronto, saliendo de una bocacalle, cruzó delante de mí una mujer. Caminaba de prisa, sin mirar a ningún lado; iba como una máquina. Llevaba el mantón clásico de la madrileña del pueblo, el pelo libre, la enagua crujiente.
La seguí. Nuestros pasos repetían sus ecos iguales, cada vez más próximos. Noté que tenía la cara muy blanca. Los faroles, a intervalos, iluminaban esa palidez como los relámpagos iluminan un paisaje triste. Ya muy cerca, casi tocándola, balbucí a mi perseguida las majaderías que ustedes saben.
No hizo caso. Insistí. Nada. Volví a insistir. Yo no me resignaba a renunciar a mi aventura.
Entonces da media vuelta y clava los ojos en mí. Unos ojos negros, de un negro absoluto, sin fondo. Y con una voz sorda, una voz sin timbre, como desteñida, me pregunta:
—Quieres venir conmigo, ¿verdad?
—Sí.
—Vamos.
—Y nos fuimos por callejuelas que yo no había visto nunca. La mujer había cambiado de rumbo. Nos metíamos en los barrios bajos. No decíamos una palabra. Yo tenía miedo y orgullo, al estilo de los héroes. Acompañaba a la dama misteriosa, y me prometía terribles voluptuosidades.
Se detuvo delante de una puerta larga y angosta. Sacó una pesada llave. Abrió.
—¡Entra!
Entré.
—¡Sube! —dijo la voz desteñida, más fúnebre aún en aquel momento.
Y subimos las escaleras empinadas. Un piso. Dos. Tres. Cuatro. Me ahogaba en la oscuridad; y una angustia rara se apoderaba de mí.
—Aquí es —dijo la mujer.
Sentí un brazo rozarme, otra llave rechinar en una cerradura, y el gemir de unos goznes.
—¿Tienes fósforos?
—Sí.
—Entra y enciende.
Entré. Pero apenas lo hago cierra la puerta, da dos vueltas a la llave y me deja solo allí dentro.
Estupefacto, oigo que baja rápidamente las escaleras, que cierra también la puerta de la calle y que huye, sí, ¡huye como una condenada!
Aturdido, enciendo un fósforo.
Entre un catre viejo y una mesa desastíllada, con los ojos abiertos de par en par y la mandíbula caída, enseñando el agujero negro de la boca, estaba tendido el cadáver de un hombre, encharcado en sangre.
Fue tal mi horror que no grité. Me quedé como una estatua y el fósforo se me apagó entre los dedos.
No atinaba a encender otro. Mis pies resbalaban en aquello pegajoso, enorme, que me parecía llenar el mundo.
Yo no sé cuánto tiempo estuve allí, ni cómo descubrí una claraboya por donde me escapé al tejado, ni cómo no me maté entre las tejas, ni cómo fui a parar a una buhardilla, donde vivía un zapatero que se llevó un susto mayúsculo, aunque menor del que yo traía, ni cómo le convencí de que me dejara salir a la calle, al reino de los vivos, ¡al paraíso!
Cuando lo conseguí, amanecía.
Martínez calló satisfecho y ninguno de nosotros dijo nada.
—¿Pero la mujer? —preguntó uno al fin.
—Aquel crimen no se puso nunca en limpio.
—¿Usted no declaró?
—¡Dios me libre! Jamás me he metido en esas cosas; y desde aquella noche no he vuelto a leer una novela.
Y Martínez se rió pesadamente, haciendo palpitar su vientre de banquero inquebrable.
-
Rafael Barrett
Rafael Barrett (Torrelavega, Cantabria, España 1876-Arcachón, Francia, 1910) nació en el seno de una adinerada familia hispano-inglesa. Se trasladó a estudiar ingeniería a Madrid, donde trabó amistad con Valle-Inclán, Ramiro de Maeztu y otros miembros de la Generación del 98, donde vivió una existencia bohemia.
En 1903 viajó a Argentina y luego a Villeta, Paraguay, como corresponsal del diario argentino El Tiempo. Se asentó en Paraguay donde, en 1906, contrajo matrimonio con Francisca López Maíz, y participó en la creación del grupo y tertulia literaria La Colmena.
En julio de 1908, tras el golpe militar del mayor Albino Jara, Barrett organizó la atención a los heridos por las calles de Asunción, y en octubre fue apresado como consecuencia de las denuncias sobre abusos y torturas que publica en el periódico Germinal, y fue desterrado a Corumbá en el Matto Grosso brasileño.
Ese año llega a Montevideo para tratar de mejorar la tuberculosis que padecía. También, le da la oportunidad de publicar en periódicos de la época como La Razón dirigido por Samuel Blixen. En 1909 regresó a Paraguay.
En su periplo por estos países, y tras su progresiva ruina económica, fue tomando conciencia de las miserables condiciones de vida en gran parte de Sudamérica, e intentó denunciarlo en sus escritos.
Su obra literaria se inscribe en el regeneracionismo que surgió en España tras el desastre del 98. En vida solo logró publicar el libro Moralidades actuales, que cosechó un gran éxito en Uruguay. En 1919 la Editorial América de Rufino Blanco Fombona editó algunas de sus obras.
Su obra ha sido elogiada por grandes autores latinoamericanos como Augusto Roa Bastos, Jorge Luis Borges y José Enrique Rodó. En 2018 se realizó en Argentina el primer documental audiovisual sobre su vida y obra: Rafael Barrett, la exigencia de lo real.
+54 9 1122381574

