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Año 7 #82 Agosto 2021

Los padres de Scherezade

“Los padres de Scherezade” es un texto exquisito. Como solemos decir que para muestra basta un botón: “Durante las noches de Persépolis, mientras sus soldados se portaban como bárbaros y orinaban en los jarrones y se limpiaban en los cortinados y sometían a las vírgenes bajo la luz de las antorchas y los incendios, el aristotélico Alejandro de Macedonia quiso disipar una certeza deprimente que empezaba a filtrarse en su espíritu: que entre potencia y acto existe la misma relación que entre ilusión y ruina. La ruina como logro final, como acto puro y conclusivo de todas las cosas que la ilusión ha creado”.

 

Los padres de Scherezade

 

En 1704, cuando Antoine Galland (1646-1715) publica en Francia su traducción del primero de los seis tomos de Les Mille et Une Nuits, el éxito es fulminante pero no sorpresivo: ya hace tiempo que Europa ha sido arabizada.

Vástago de una familia humilde, estudioso de las lenguas orientales, Galland obtiene el puesto de secretario del embajador francés en el Imperio Otomano; durante el ejercicio de sus funciones se dedica a recolectar antigüedades tanto para el ministro Colbert como para el propio Luis XIV. En Alepo, además de conseguir en cierta tienda poco recomendable la copia de unos manuscritos añosos (Quitab alif laila ua laila), conoce a un maronita de nombre Hanna que es un verdadero archivo viviente de relatos populares. Galland lo contrata de inmediato. Los amigos y compañeros de legación no entienden el entusiasmo del secretario por un sujeto sucio, obeso, perezoso, dotado de menos imaginación que memoria: una versión deslucida de Sancho Panza.

Ni bien le toca abandonar la misión, Galland regresa a Francia. Lleva aljabas, almohadas, semillas de alhelí y cardamomo para perfumar el café, una colección de monedas del Mediterráneo Sur que es puro resplandor y herrumbre, y la intención de extraer todo el jugo posible de las historias de Hanna. En París se dedica a trasladar y adecentar sus manuscritos árabes, permitiéndose algunas licencias que a veces los asemejan a los cuentos infantiles de Madame D’Aulnoy; para la crítica, más que de organizar y traducir esas narraciones, Galland se ha ocupado de inventarlas. Pero lo cierto es que los relatos adventicios no estaban en los manuscritos de Alepo ni en la imaginación de su civilizado poseedor sino en la punta de la lengua de Hanna, que noche tras noche en las noches de París fue contándole a su amo las historias de Aladino y de Alí Babá y los Cuarenta Ladrones y la historia de Harún Al-Raschid. Sobre todo, Hanna se ocupó de referir la historia central, el eje narrativo del libro que pacientemente transcribiría Galland y que (con una ligera variación en los géneros y las funciones) ilustraba el vínculo establecido entre ambos. Hanna es la Scherezade que cada velada debe mantener el interés de Galland-Shahryar, suspenderlo de sus palabras, dejarlo colgado de la ilusión de que sus historias son inagotables. De lo contrario, corre el albur de verse arrojado sin un franco a las calles de un París que, hasta que acontezca la publicación de sus cuentos, solo adoraba las tragedias escritas a la luz de la razón y divididas en cinco actos. Así, como otra prueba más del intercambio desigual, el pobre egipcio, que proviene de una rama lateral de la familia de los faraones, vende su fuerza de trabajo al plebeyo francés para que este se haga rico y muera célebre y respetado.

Pero este vínculo entre Hanna y Galland no es sino la reverberación simplificada, la versión más próxima de otra que da origen al libro del que estamos hablando.

Durante las noches de Persépolis, mientras sus soldados se portaban como bárbaros y orinaban en los jarrones y se limpiaban en los cortinados y sometían a las vírgenes bajo la luz de las antorchas y los incendios, el aristotélico Alejandro de Macedonia quiso disipar una certeza deprimente que empezaba a filtrarse en su espíritu: que entre potencia y acto existe la misma relación que entre ilusión y ruina. La ruina como logro final, como acto puro y conclusivo de todas las cosas que la ilusión ha creado. Por cierto, no siempre había pensado así; durante aquellas noches Alejandro buscó regresarse a los inicios y ser de nuevo el que había sido cuando imaginó la conquista como descubrimiento de las maravillas de lo incierto; quiso que los espantos de la realidad no derrotaran sus sueños y mandó llamar a esa especie que pululaba por la ciudad derruida: los narradores nocturnos. Los hizo traer y les pagó para que hermosearan sus insomnios con las historias del país que sus hombres estaban arrasando. (En el fondo de una cueva del territorio de la antigua Carmania aún se conserva un relieve que ilustra la escena: sentado en el trono, el hierático hijo de Filipo presta atención a un grupo de hombres puestos en círculo que le dirigen la palabra). Y aunque a veces, llevado por su humor caprichoso, Alejandro se contentaba con obsequiar una pluma, una hoja de otoño o un grillo sin patas como recompensa por un relato eficaz, por lo común premiaba un buen cuento con una bolsa de monedas, un puñado de joyas, un palacio, un territorio digno de uno de sus generales. Distinto era si el narrador escogido para aquella noche presentaba una fábula deficiente. En ese caso, el pago que le dispensaba el macedonio era la muerte, y la historia causante de su fin era eliminada de la compilación que, al tiempo del relato oral, los amanuenses iban anotando para recuerdo del monarca.

Eso fue así durante muchos meses. Después, como los desvelos de un conquistador son innumerables, Alejandro arrastró a los narradores tras de su estela victoriosa. Luego de la batalla de Gaugumela, el rey Darío escapó y Alejandro se dedicó a perseguirlo. Después de Babilonia llegaron Susa y Persépolis. El odiado rival era ya un fantasma amigo. En Bactriana, Alejandro dejó a algunos de sus colaboradores en los puestos de gobierno y continuó su marcha porque Darío había escapado hacia el territorio de las Altas Satrapías. En Ecbatana decidió prescindir de las tropas griegas; su lengua se había contaminado con las voces locales y ya no sabía en qué idioma hablarles. Su ejército se había vuelto una horda; ahora los persas perseguían a los persas y la estrella de Alejandro palidecía. Las ciudades bajo el influjo de la Hélade comenzaron a oponérsele, lo veían como un déspota oriental, y a Darío como un moderado que en su momento de esplendor supo someterse al influjo de Occidente.

En esa desbandada hacia adelante, víctimas de las fiebres y el cansancio, los narradores primigenios van muriendo y son reemplazados por otros narradores que los agentes de Alejandro atrapan como quien captura peces con redes de arrastre: los sacan del seno de sus hogares, del calor de sus fogatas, del refugio de los cafés y los bazares. Cada narrador es un mundo nuevo. El libro que los amanuenses siguen componiendo refleja con lentes fantásticos y distorsionantes las historias de Egipto, Persia, la India. Pero al cabo esa materia también se agota. Alejandro y sus hombres llegan al último borde: el río Indo. Los caballos relinchan y se alzan sobre sus cuartos traseros al ver cómo el agua arrastra cadáveres hinchados cuyas vísceras devoran los papiones. Comida y comensales van cayendo a un precipicio que se abre al fondo del paisaje. Las tropas se niegan al avance y los narradores saben que ya no hay más cuentos que contar. Entonces, conscientes de su superfluidad —¿mandará Alejandro hacerlos empalar, los cubrirá de aceite y los hará arder para lección de los cobardes y los remisos?—, deciden mudar la condición de sus relatos y volverse ellos mismos objeto de su invención, héroes de las lecturas del futuro. Es Hassan Ben Arab quien trama el temeroso inicio que todos rápidamente van siguiendo porque se acerca el crepúsculo y Alejandro ha mandado desmontar y llama a consejo de generales y seguramente aquella noche querrá un cuento ejemplar, algo que lo haga olvidar, siquiera por un instante, el conato de rebelión de sus bestias y de sus hombres. Hassan Ben Arab dice: “Ella habla”. Y los otros narradores completan el resto.

La fábula trata de una mujer enamorada de Shahryar, el cruel y caprichoso sultán que en su puerilidad pretende vengarse de cierta esposa infiel desflorando y luego sacrificando una por una a todas las vírgenes de su harén. Esta mujer, Scherezade, concibe un plan para salvar a sus congéneres, y cuando le toca el turno, tras donar su primera sangre al sable del sultán, le cuenta un cuento que no acaba con el comienzo de la madrugada. Curioso, Shahryar le concede una noche más. Scherezade, experta en la administración de sus recursos, cierra su primera historia al tiempo que da principio a otra. Y así sucesivamente. Durante mil noches y una noche, la encantadora seduce a su amor con un collar de perlas perfectas y asimétricas, una sucesión de pálidas piezas extraídas de un pozo de agua y unidas por el hilo de oro de su propia voz que teje el relato interminable. Y así, al cabo de la noche última, Scherezade le muestra a Shahryar el fruto de la única historia que calló mientras contaba, y ese fruto es el hijo de ambos. Entonces Shahryar llora de felicidad y ya no puede matar a Scherezade ni a ninguna otra mujer. Porque el recién nacido es una niña y porque la paternidad vuelve serios y responsables a los hombres.

Obviamente, en la construcción del personaje de Scherezade, los narradores cifraron su propia actividad: hombres embarazados por el anhelo de ganar buen dinero, obligados a contar historias a perpetuidad y dominados por el terror a la muerte, pobres seres deseosos de que el déspota que les tocó en suerte se harte al fin de todos los relatos y acepte los límites de su ambición y se vuelva de una buena vez por todas a su islote del Peloponeso y los deje tranquilos y felices de una buena vez y para siempre. Y si ellos son la Scherezade plural, es obvio que, como modelo del sangriento Shahryar, los narradores utilizaron a Alejandro.

Ya se hizo de noche. La historia es contada. El macedonio, que en rigor es un oyente común, carente de la perspicacia de un espíritu en bellas letras cultivado, no advierte que ese relato es su crítica y su espejo. Al contrario, se conmueve con sus vicisitudes y las celebra libando del especioso vino del Helesponto, y aquella noche por fin puede dormir abrazado a su mancebo y murmurando: “Scherezade”. Por mera adulación o por sabiduría de las formas, los amanuenses entienden que, aun siendo de confección última, el cuento de la fabuladora y el sultán puede escribirse como el centro alrededor del que giran o del que parten los rayos de los otros cuentos. El libro está terminado. Y Alejandro, que lo creó por desesperación y nostalgia, lo olvida de inmediato, como le pasa con todas las cosas apenas las consigue. En las mudanzas, un ejemplar del Quitab alif laila ua laila se extravía en Damasco, es comprado y vendido y trasladado a lomo de burro y olvidado en Alepo; Antoine Galland descubre ese ejemplar dos mil años más tarde. El ciclo está cumplido. Alejandro cura su insomnio o se harta de aquellas historias o sólo puede prestar oídos a los entretenimientos de la guerra y la política. Los narradores nocturnos pasan a distraer a los generales, a sus amigos y amantes, a sus hijos legítimos y a sus esposas y concubinas. De todos modos, la figura del heleno orientalizado crece a lo largo de los siglos hasta opacar al resto de los relatos. En los salones galantes Napoleón presume de tener como libro de consulta el Voyage en Syrie et en Égypte del conde de Volney y como fuente de su fervor El libro de las mil noches y una noche, pero en verdad piensa en Alejandro –que fue Shahryar para sus narradores– como su verdadera Scherezade y como su motor inmóvil: un hombre que en la oscuridad de los tiempos sueña para que su sueño sea interpretado por otro insomne. Alguien cuenta o hace contar, alguien lee o escucha.

 

  • Daniel Guebel
    Guebel, Daniel

    Daniel Guebel (Buenos Aires, 1956) es escritor, periodista y guionista. Ha publicado más de veinte obras y realizado varios guiones para el cine y la televisión. Publicó su primer libro, titulado Arnulfo o los infortunios de un príncipe, en 1987. Su segunda novela, La perla del emperador, ganó los Premios Emecé y el Segundo Municipal de Literatura.

    En 1997 su guion Tesoro mío obtuvo el premio al Mejor Guion para Telefilm del Instituto Nacional de Cine Argentino; realizó el guion basado en la novela Sudeste de Haroldo Conti, película estrenada en 2003. Es coautor del guion de su propia novela, La vida por Perón, estrenada en 2005.

    Actualmente trabaja como editor de libros de investigación periodística y dicta talleres literarios.

    Novelas

    • Arnulfo o los infortunios de un príncipe
    • La perla del emperador
    • Los elementales
    • Matilde
    • Cuerpo cristiano
    • El terrorista
    • Nina
    • El perseguido
    • La vida por Perón
    • Carrera y Fracassi
    • El día feliz de Charlie Feiling(con Sergio Bizzio)
    • Derrumbe
    • Mis escritores muertos
    • El caso Voynich
    • Ella
    • El absoluto
    • El hijo judío
    • Enana blanca
    • Un crimen japonés

    Cuentos

    • El ser querido
    • Los padres de Sherezade
    • Tres visiones de Las mil y una noche

    Teatro

    • 1994: Dos obras ordinarias(con Sergio Bizzio)
    • Adiós Mein Führer
    • Tres obras para desesperar
    • Guiones
    • Tesoro mío
    • Espléndida decadencia(documental sobre su obra dirigido por Eduardo Montes Bradley y Analía Vignolles)
    • Sudeste(basado en la novela homónima de Haroldo Conti)
    • La vida por Perón(con Sergio Bellotti y Luis Ziembrowski)

    Premios

    • Premio Emecé de novela por La perla del emperador.
    • Segundo Premio Municipal de Literatura por La perla del emperador.
    • Premio Literario Academia Argentina de Letras «Género Narrativa (2014-2016)», por El absoluto.
    • Premio Nacional de Literatura, categoría Novela, por El absoluto.