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Año 7 #82 Agosto 2021

Roommates

“Roommates” es un relato exacto que encierra el mundo cotidiano y una oscura angustia. Brillante desde lo literario es de esas pequeñas joyas que uno vuelve a mirarlas (para descubrir otro texto en el mismo texto).

 

Roommates

 

Cucarachas negras y rojizas se deslizan por su cama, por el respaldo y la pared lateral, en la pintura descascarada, se enganchan patitas peludas. Ella, que no me escuchó, en camisón entra a la cocina, se acerca, dice hola y toma un cubierto que resulta ser un cuchillo, seguro lo toma al azar porque en su parte inferior todos los cubiertos son iguales y entonces podríamos afirmar que tienen miembros inferiores y miembros superiores, aunque eso solo pueda aplicarse a los de este juego de Tramontina que me regaló la abuela cuando vino a Buenos Aires: iguales y de madera en su parte inferior. De la heladera, toma el paquete de manteca Delicia y unta una rodaja de pan que debe estar húmeda (ayer vi cuando dejó la bolsa de nylon mal cerrada). Mientras lavo mi taza de café, compruebo que ella quería un cuchillo y que tuvo la suerte de tomarlo al primer intento.

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Llega al teléfono antes que yo, dice es Leandro, pregunta por vos. Atiendo, la veo entrar en la cocina, me pregunto si por fin esta vez lavará los platos. Al teléfono digo bien, genial, estaba leyendo un libro que me prestó un amigo, estoy bien, tu proyecto es interesante, me entusiasma. Él me invita a tomar un café mañana para profundizar la idea. No, mañana no, mejor esta noche, digo con una sonrisa que él no puede ver pero no importa, sonrío aunque no tenga ganas: si actuamos lo que decimos con todo el cuerpo, cualquier cosa que digamos será creíble para los demás. Él acepta. No, por mi casa no, digo, nos encontramos ahí directamente. Una hora más tarde ella recibe un llamado que por suerte atiendo yo. Sin proponérmelo reconstruyo la conversación por lo que le escucho decir: al principio hablan tranquilos, pero se entiende que él empieza a gritar (ella ruega: por favor no me grites), y como era de esperar llora, en silencio al principio y después cierro la puerta del lavadero para que los vecinos no se quejen. Parece que hoy se rompe una relación de años. Pienso en qué ropa ponerme esta noche y decido que después de la clase voy a buscar algo sencillo pero sensual, que no parezca comprado para la ocasión pero que no pase inadvertido.

Ella se queda a leer, le cuesta estudiar, me da pena, pero también pienso que debería dedicarse a otra cosa, vender cosméticos puerta a puerta, ser ama de casa, maestra, costurera, mantenida, no sé. La clase estuvo interesante, tengo alumnos inteligentes y con mucha iniciativa que leyeron todos los textos que señalé la semana pasada; al resto los eché con la promesa de que de todas formas tendrían el presente. La justicia es un caracol que se resguarda en sí mismo, pero de vez en cuando deja marcas en el piso, yo sigo esas huellas, el resto sigue solo.

Aunque no encuentro la ropa que busco, igual termino por comprar un vestido de noche que no sé si voy a usar alguna vez. Guardo la bolsa del vestido en la mochila para que no se note que vengo del shopping y voy al café. Leandro se ve bien. Levanta la vista y cierra el libro, se pone de pie y me besa en la mejilla. Pedimos un café y un capuchino (él con azúcar, yo con edulcorante) y le cuento un poco sobre mi clase hasta que empieza a hablar de la tesis. Desconcentrada, comienzo a observarlo para no aburrirme. Lindos ojos marrones, sofisticadas pestañas largas: creo que son los ojos los que le dan esa expresión inteligente. Sus manos, en cambio, parecen las de un campesino: descuidadas y toscas, recorren con torpeza las hojas del libro; alguna vez me dijo que también era del interior. Como no está bien vestido vuelvo a concentrarme en su rostro, delgado y anguloso, hasta podría decir sensual o al menos eso desearía creer. Me pregunta qué opino (pienso: mediocre) y le digo que hay algo que no termina de cerrarme, frase que, lo sé, inquieta a hombres como él. Mi interés pasa por otro tipo de temas, no sé si soy la indicada para dirigir tu tesis, no, no es que no me interese en absoluto (el café está frío y el edulcorante que trajeron tiene ciclamato y sacarina, un gusto asqueroso). Intento hablar de otras cosas, parecer interesante, pero no veo que le importe mucho lo que digo y pienso que las cosas no están yendo bien, no recupera el entusiasmo como cuando hablaba de la tesis y es él el que dice estoy cansado cuando, en todo caso, a quien le correspondería decir eso es a mí. Sé que no vamos a llegar a ninguna parte y que no vamos a hacer ninguna otra cosa que no sea despedirnos y acordar un llamado que nunca se producirá. No estoy molesta, al saludarlo con una sonrisa casi siento alivio: el campesino era demasiado tonto y poco atractivo y además es una suerte no haber comprado ropa nueva para verlo.

Llego a casa y, como de costumbre, escucho el mensaje de mi madre en el contestador para, una vez más, ignorar su amenaza de no volver a llamar, la dejo hablar mientras voy hasta la cocina, en Neuquén hay un temporal muy grande, dice, pide que la llame, dice que mi hermanita me extraña y que va a cortar porque es larga distancia y el teléfono está caro y, previsible como de costumbre, corta. No hay más mensajes. Espero que Marcela no esté en casa.

En la cocina todo sucio: en la pileta un trozo de pan deshecho por el agua que gotea de la canilla; en la mesada, una taza con restos de café con leche, medio cigarrillo sobre un plato sucio. Escucho un sonido de llaves en la cerradura y veo entrar a Marcela que se descuelga la mochila de los hombros, levanta la vista y dice: hola, mirá lo que traje para dar un poco de alegría al departamento, son lindas, ¿no? ¿Cómo te fue? Respondo que bien, como siempre bien, y me concentro en ver cómo va a acomodar las flores ordinarias que acaba de comprar; un vaso, a modo de florero, contiene a las margaritas, flores silvestres cultivadas artificialmente sobre treinta centímetros cuadrados; quizá ella no sepa cómo crecen las flores de ciudad. Pobrecita, de seguro estas le recuerdan al campo. En todo caso, creo que me gustan así que no le digo nada y las dejo permanecer sobre la mesa del comedor. Por ahora.

Se va a dormir, pero antes me pide que mañana la llame a las siete por si ella no escucha el despertador, tiene que rendir un final de no sé qué a las ocho y tiene miedo de quedarse dormida, eso es inseguridad, pero no se lo digo. Le pregunto si estudió lo suficiente, porque si no, no vale la pena que te presentes, un dos siempre es difícil de levantar, te arruina el promedio y en el analítico queda horrible, digo. Parece que no le gustan mis palabras, quizá no comprende que, en el fondo, lo digo por su bien. Además, yo sé de qué hablo, no por nada al graduarme obtuve la medalla de honor; no por nada tenemos la misma edad y yo sigo en la Universidad como docente y ella todavía como estudiante. Le pido que antes de dormir limpie un poco la casa y ella desde la cama dice que no puedo ser así, que ella está nerviosa por lo de mañana, que después de rendir se compromete a limpiar todo, ruega que la entienda. Le contesto que si ella no sabe mantener el orden no es mi problema, y repito que quiero ver todo limpio hoy mismo para que, en una graciosa actitud de rebeldía, ella cierre la puerta de un golpe. Pienso que debe haber vivido en un granero toda su vida y que seguro no se reconcilió con su novio y que, con ese carácter, será difícil que lo haga.

En la tranquilidad de la noche preparo la clase para el concurso de docencia del Máster. Dar clases ahí sería lo mejor, viajes a Congresos, intercambio de mis investigaciones con universidades extranjeras, publicación de mis trabajos, todo eso, lo pienso y sonrío. Me siento bien. Nadie mejor que yo para ocupar el puesto; además, la carrera de grado ya me resulta algo aburrida. Igual sé que tengo que estudiar y deslumbrarlos; la competencia es fuerte: hay un tipo que tiene un Máster en Columbia que también quiere enseñar en la cátedra. Luego de la tercera hora de estudio, pierdo la concentración: molesta por el desorden, pienso que no debí haber dejado que Marcela se fuera a dormir sin limpiar. Recuerdo el día en que vino por primera vez al departamento, se puso contenta al saber que yo también había nacido en el interior y, muy a mi pesar, también me alegró saber que yo no era la única que sentía vergüenza con las cosas que pasan en un pueblo tan chico cuando, por ejemplo, al salir de compras con tu mamá, te encontrás al chico con el que habías bailado la noche anterior. En la verdulería de Don Ramiro, palpabas un tomate perita, vestida con ropa ordinaria, de seguro mal peinada y, justo en el momento en que tu madre te retaba a los gritos por haber elegido el tomate más pasado, aparecía él, el hombre con el cual la noche anterior habías presumido tantas cosas, y que por ahí hasta habías besado. Después de eso, una optaba por no salir durante varias semanas. Sonrío al recordar que ese día Marcela prometió cumplir con mi reglamento de limpieza. Son los riesgos de tener que compartir los gastos del departamento. Primero ponés un cartelito en la facultad, después los llamados, luego las entrevistas, un casting repleto de condiciones para elegir a la mejor roomate que, como Marcela, termina por defraudarte, por no cumplir con su palabra y dejar de ser la persona agradable de los primeros días para convertirse en esto, una compañía insufrible. Consciente de mi dispersión, decido tomar un baño y seguir con el estudio mañana. Pero antes de acostarme, me encargo de disipar mi enojo y resolverlo con una medida concreta: con sigilo, tomo el despertador de Marcela y lo adelanto una hora.

Según mi plan, se habrá despertado a las seis. Me levanto y la veo ya vestida, a punto de desayunar. En ese momento le digo que no se preocupe, que yo misma voy a preparar el desayuno para las dos mientras ella limpia por lo menos el comedor. Cuando se niega a hacerlo y argumenta su posible llegada tarde a la mesa de examen, la pongo al tanto de la hora. Ella se enoja, pero le explico que no puedo estudiar así entre la mugre, que es una falta de respeto de su parte y otras cosas por el estilo. Veo la colilla de un cigarrillo sobre la alfombra, recorro la biblioteca con un dedo para verificar que la tierra asentada allí desde hace días me causa la misma repugnancia que la noche anterior, veo los papeles sueltos (impuestos, panfletos de institutos de belleza, apuntes de la facultad, tickets del supermercado) que ella dejó sobre la mesa junto a las flores y deseo que Marcela entienda lo molesto que me resulta todo; además, querida, no sé si te acordás de las reglas que aceptaste cuando viniste a vivir acá. Entre sollozos ella accede, quizá porque considera que no tiene nada mejor que hacer hasta que se hagan las siete o tal vez por comprender la justicia de mi planteo: aunque no lo admita, debe saber que tengo razón. Por mi parte, cumplo con lo convenido: preparo mate y tostadas (cierro la bolsa de nylon como corresponde) que quizá en un rato, todavía entre sollozos, ella acepte.

Al otro día (no sé adónde estuvo ella todo este tiempo) vuelve temprano y dice que le fue bien, que le pusieron un ocho. La felicito mientras preparo mi desayuno especial de día de examen: té de tilo (para calmar los nervios), galletitas dulces, en este caso Pepitas (la glucosa hace bien a la presión arterial y al cerebro) y un licuado de frutas (por ningún motivo en especial: es solo un lujo que me doy cuando rindo). Desayuno tranquila porque es temprano. Ella, mientras prepara mate, hace una transcripción bastante literal de su brillante disertación frente a la mesa de profesores y luego me acompaña hasta mi cuarto para presenciar el momento en que elegiré mi vestuario: extraigo del placard perchas de las que cuelgan distintas clases de trajes y twin sets que dispongo sobre la cama; en total siete perchas. Me alejo un poco para observar la ropa durante unos segundos. Mi elección para hoy comienza a definirse, aparto tres de las perchas: el conjunto más nuevo, pollera hasta la rodilla y saco color mostaza; el clásico, pantalón y saco negros; y el que combina con mis ojos, pollera azul hasta los tobillos y saco del mismo color. Frente al espejo del placard, sostengo cada prenda junto a mí y de a una las acerco a mis ojos para evaluar cuál es el tono que hoy me quedaría mejor. El traje nuevo es descartado por llamativo; quedan dos preseleccionados, una decisión difícil. Marcela, que me observó en silencio todo el tiempo, dice que es mejor el azul. Elijo el negro, pienso que es una buena ocasión para estrenar los zapatos que compré el mes pasado. Promete que nunca más va a darme su opinión y pienso que está bien, y digo que no es para tanto, no te ofendas, lo que pasa es que todavía no tenés un gusto, cómo decirlo, sofisticado, acorde, refinado, ¿entendés? Sus parámetros de chica de pueblo son muy distintos a los míos, pienso. Con esfuerzo, pronto vas a poder incorporar los criterios propios del buen gusto, le digo como una forma de compensación, aunque en verdad no creo que eso pueda suceder.

Ya vestida, para hoy perfume Dolce Gabanna y maquillaje sobrio, espero el radiotaxi (otro lujo por ser día de examen) que me llevará hasta la Universidad. En la cartera, todo lo necesario: lápiz negro, pluma azul, lapicera roja, caramelos Sugus, liquidpaper, goma de borrar, regla, cuaderno de hojas rayadas, polvo quitabrillos, Carilinas, rimel azul, mi cadenita de la suerte (no la llevo puesta porque no combina con esta ropa), perfumado pañuelo blanco de encaje y celular. Me miro en el espejo por última vez, pienso que me veo bien: vestuario bien, peinado bien; maquillaje bien... no, maquillaje no, me detengo a estudiarlo y creo ver en mi rostro cierta palidez que nada tiene que ver con el polvo Clinique Stay Sunny que llevo (¿será un signo de nerviosismo?, ¿lo interpretarán así al verme?), mis manos comienzan a transpirar. Me pregunto qué podría hacer para pensar en otra cosa y por suerte llega el taxi. Puntos nerviosos de colores oscuros, las cucarachas temen, corren, se chocan entre sí; las arañas, pequeños ojos inmóviles, cuerpos suaves sobre hilos firmes, descansan.

Las escaleras repletas de gente, las paredes sucias, por todos lados afiches inmundos y pintadas con propaganda política. Personas maleducadas y ansiosas se interponen en cada escalón, en momentos como este creo que debí haber ido a una universidad privada, San Andrés, la Católica, cualquiera estaría mejor que esto (y yo podría estar trabajando ahí). Al subir siento mis zapatos demasiado altos, demasiado molestos, pero como una forma de compensación me digo que también son en extremo elegantes, aunque eso sea algo que nadie de por acá pueda notar, o quizá sea que esté nerviosa y sensible y necesite algún halago, aunque solo sea referido a mis zapatos. Llego a la puerta del aula 310 y siento el alivio de ver que todavía no llegó nadie. Mejor llegar temprano pienso, y me apoyo contra la pared cerca de la puerta (no estaría bien entrar antes que los profesores) e intento repasar mentalmente los temas. Pienso en un café con una gota de leche y edulcorante, qué pena que en este piso no haya buffet. Pasaron cinco minutos y como todavía estoy sola, considero la posibilidad de haberme equivocado de aula. Camino hasta el final del pasillo en donde hay un puesto de Eudeba, creo que ahí alguien podrá decirme algo, pregunto y nadie sabe nada acerca del concurso ni del aula ni del horario, solo sugieren que haga el camino inverso al que acabo de hacer: bajar la escalera, llegar a planta baja, pasar por la puerta de entrada y continuar hasta otro final de pasillo en el que —dicen— voy a encontrar la oficina de informes.

La oficina de informes no está al final del pasillo sino unos cuatro metros antes, pero solo veo una ventanilla cerrada y un papel que, con prolija y formal caligrafía en negrita anuncia: Abierto de 12 hs a 16 hs. Son las 8.30 de la mañana. Solo resta volver al aula 310 a esperar que alguien avise del cambio. Al llegar descubro la puerta del aula cerrada y escucho voces que vienen del interior. Imagino que estarán limpiando, pero al entrar no encuentro al ordenanza de turno sino a dos hombres de traje y a una elegante mujer sentados frente al escritorio, de espaldas al pizarrón. Leen algo en silencio, fijan la vista en el enorme cuaderno forrado en cuero (¿o será de cuerina?) que está justo en medio de los tres. Alguien más, de espaldas a mí, sentado en un banco de la primera fila, gira en el momento en que los tres levantan sus cabezas para observarme. Paralizada sobre la puerta, escucho mi apellido en la voz de uno de los hombres, la voz del más viejo que lo pronuncia en tono interrogativo. Sí, soy yo, digo y avanzo para tomar asiento. El aula demasiado grande para tan pocos alumnos. El profesor más joven me ordena que cierre la puerta e informa que acabo de llegar tarde, que la mesa tiene que deliberar si estoy en condiciones de rendir o no; es una falta grave, usted comprende, ¿verdad? Dice y vuelvo hacia atrás, cumplo la orden. Siento la incomodidad de mis dedos en el picaporte, mis manos no dejan de transpirar. Él agrega que no quiere que el ruido nos desconcentre, es decir, dice, le dije que cerrara la puerta y usted ha cumplido, pero el ruido nos incomoda bastante, ¿no cree? Hace silencio durante unos pocos segundos y añade que a cualquiera le pasa eso de quedarse dormido, habla de actos fallidos y de poner más de un despertador la próxima vez, concluye que mi falta de puntualidad, solo por esta vez, será tomada con benevolencia por los académicos que componen esta mesa, y cuando dice eso todos sonríen como si se alegraran por mí o como si siempre hubiesen sabido el veredicto y ahora les causara gracia ver cómo mi expresión se recompone. Aunque la broma me haya parecido de pésimo gusto, para mostrarme agradecida, sonrío también.

Como en algunos juegos de mesa, quien saque el número más alto del bolillero será el primero en rendir. Entonces puedo observarlo: mi rival está bien vestido pero no llega a ser lindo, se lo ve confiado y solvente, aunque puede ser solo una apariencia. No me cae mal sino hasta el momento en que habla y da forma a un lugar común imperdonable. Según el reglamento, acatado en todos los exámenes que he tomado y rendido, el orden alfabético es lo que determina el orden de los alumnos para girar el bolillero. Por eso él, de apellido Álvarez Smith, es quien debe hacerlo antes que yo, pero en lugar de hacer lo que indican las reglas, él exclama: por favor, primero las damas. Miro a los profesores, espero que demuestren que la institución es democrática y el sistema del bolillero avala la ecuanimidad del método del azar, pero la profesora sonríe ante el comentario de evidente contenido machista del Columbia boy. Parece que a los hombres de la mesa también les agrada el simpático gesto de caballerosidad por lo que, con una nueva sonrisa que indica un nuevo agradecimiento, soy la primera en sacar bolilla.

Me invitan a dejar la sala ya que, después de todo, él sacó el número más alto. Tomo mi cartera y me dispongo a salir, cruzo el aula entre bancos irregulares —siento que podría caer— intento caminar derecha, con la inseguridad de quien ha bebido de más en un lugar inapropiado; sin dudas me bajó la presión; los zapatos me aprietan demasiado. Llego a la puerta y, casi al alcanzar el alivio del espacio más abierto, la voz de la profesora dice no se aleje demasiado del aula, señorita, no queremos más demoras de su parte.

En el pasillo, no tengo otra alternativa que sentarme en este piso mugriento aun a riesgo de ensuciar mi ropa o de que algún asqueroso insecto se me acerque. El malestar dura poco: el efecto benéfico de los caramelos que traje en mi cartera es inmediato. Permanece la transpiración en rostro y cuerpo aunque el mareo se está yendo; pienso en ir al baño a lavarme la cara y arreglarme el maquillaje pero recuerdo que no tengo que alejarme y luego de que en la cartera llevo carilinas, me felicito por ser tan previsora. Cuarenta minutos. El joven genio sigue con su disertación. Una hora. Sería una imagen nefasta si él o los profesores me vieran en el piso: me incorporo y una vez más soy la chica elegante que va a salir bien en un examen. Una hora diez. Por fin se abre la puerta, el joven sale al pasillo y me desea suerte (no la necesito). Entro al aula con renovada confianza, convencida de que esta seguridad que siento es la mejor manera de reivindicarme.

Ocupo una silla frente a ellos que murmuran —de seguro critican el examen anterior— y sonrío. Hacen silencio y, segura de captar por completo su atención, me dispongo a dar mi clase magistral. Al tomar notas ellos me miran de manera amable; es buen indicio: en mi mente la frase “voy bien”. Termino con el primer punto de la disertación a la espera de ser interrumpida, pero eso no sucede sino recién después de quince minutos. Me pregunto si todo seguirá bien conmigo —el otro examen duró más de una hora— y pronto veo nuevas señales: Muy bien señorita, notamos su habilidad pedagógica y retórica y su amplio dominio del tema, dice el profesor más viejo después de haber intercambiado con el resto una mirada de aprobación. Nos gustaría centrarnos en su currícula. En concreto, su experiencia anterior, y de inmediato lanzan un sinnúmero de preguntas referidas a mi trayectoria académica que respondo sin vacilar, aunque la mirada ahora inexpresiva de los tres no me deja adivinar si mis respuestas resultan satisfactorias. Murmullos desde el pasillo, pasos. No debo registrar esas cosas, pienso y no quiero escuchar nada que no sea mi voz o la de ellos que entonces, como si escucharan mi pensamiento y lo convirtiesen en un pedido, hablan. Empiezan a referirse a temas inesperados: si voy al cine y al teatro, cuál es el último libro que leí... casi siempre interrumpen antes de dejarme terminar la respuesta; debe ser una estrategia para evaluar mi capacidad de reacción. Muy bien, dice el más joven, y al mirarlo descubro en su piel el resultado de una afeitada perfecta y me distraigo al pensar en comerciales de Gillete. Ahora cuéntenos acerca de sus viajes, dice (y vuelvo a concentrarme). ¿Qué es lo que quiere que diga? ¿Qué puedo decir? ¿Qué tiene que ver con el examen? Quiero hablar de Londres, New York o París pero algo —los nervios o el miedo— impide que mienta. No, digo, en realidad eso es algo pendiente en mi vida... Me siento en un confesionario al admitir una falta grave. Llevo mis manos abajo del escritorio para que no se note que, una vez más, transpiran. Los integrantes de la mesa se miran entre sí. Hacen silencio. Intento pensar en algo que decir, pero esperar que ellos hablen es mejor estrategia. Bueno, dice el más joven. Y no dice nada más. Carraspea. Es difícil, agrega la mujer que mira al anciano para cederle la palabra. Usted comprenderá, dice por fin el viejo, que este puesto exige un amplio nivel cultural con el que Usted desde luego cuenta. Otra vez silencio. Pero, Licenciada, comprenderá que estamos hablando de un Máster, y no solo eso, la materia es política internacional (hace una leve pausa antes y después de decirlo) y todo esto hace imprescindible un cierto conocimiento del mundo, ¿no cree? No, no creo, pienso y quiero llorar. Discúlpeme profesor, pero mi profesor de política internacional nunca viajó al extranjero ni a ningún lado, y sin embargo es uno de los mejores docentes que he tenido, digo con convicción. Él sonríe, nuevas sonrisas de intención dudosa. Desde luego, señorita, por eso mismo, la idea es elevar el nivel de excelencia académica de esta Casa. De seguro en su momento ese hombre habrá sido el mejor entre el resto de los concursantes... No es difícil de comprender, ¿o sí? Todavía sonríen, no puedo creer que sientan pena, aunque tampoco los imagino capaces de burlarse de mí. Lo siento, es lo último que escucho cuando tomo mi cartera y me voy. En el suelo, las cucarachas y sus patitas peludas, inquieto círculo agitado que arrastra telarañas, hilos débiles que se enredan debajo de mí.

  • Sonia Budassi
    Budassi, Sonia

    Sonia Budassi (Bahía Blanca, provincia de Buenos Aires, 1978) es periodista, escritora, docente y editora.

    Fue editora del sello editorial Tamarisco. Es docente en la Universidad Nacional de La Plata en el taller de “Crítica Cultural” en el posgrado Especialización en Periodismo Cultural, y también en la carrera de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Austral.

    Como periodista colaboró en suplementos y revistas culturales como Brando, Bazar Americano, Crisis, Ñ y Radar. Obtuvo la beca de “Emergencias en periodismo cultural” del Centro Cultural de España y la Beca Nacional de Letras del Fondo Nacional de las Artes. Se desempeñó como editora en la revista digital Anfibia.

    Obra:

    No ficción:

    • Mujeres de Dios - Cómo viven hoy las monjas y religiosas en la Argentina(Sudamericana, 2008)
    • Apache - En busca de Carlos Tevez (Tamarisco, 2010)
    • La frontera imposible - Israel Palestina(Marea, 2014)

    Ficción:

    • Los domingos son para dormir (Entropía, 2008)
    • Periodismo(17grises, 2010)
    • Acto de feUniversidad Nacional de General Sarmiento. 2017. Relato de “Los domingos son para dormir” publicado en edición independiente de la obra original.

    Relatos en antologías:

    • 2007: “Capacidad de adaptación” en Buenos Aires Escala 1:1, Editorial Entropía
    • 2008: Cuento en la antología Uno a Uno, Editorial Mondadori
    • 2009: Cuento en la antología Un Grito de Corazón, Editorial Mondadori
    • 2009: Cuento en la antología Autogol, Editorial Funesiana
    • 2011: Cuento en la antología Solo cuento, UNAM
    • 2013: Cuento en la antología Permiso para morir, Intramed
    • 2016: Cuento en la antología Amores argentinos, Historietas sobre cuentos y novelas de amor, Ministerio de Cultura de la Nación
    • 2018: Relato en la antología Los atrevidos, Crónicas íntimas de la Argentina, Editorial Marea
    • 2018: Relato en la antología Poliamor, Revista Anfibia
  • Sonia Budassi
    Budassi, Sonia

    Sonia Budassi (Bahía Blanca, 1978) trabaja como redactora del Suplemento Cultura del diario Perfil y colabora con la revista Brando, entre otros medios. Es editora del sello independiente de narrativa Editorial Tamarisco. Sus cuentos han sido publicados en diversas antologías, entre las que se destacan Hojas de Tamarisco (2006), Buenos Aires. Escala1:1 (2007) y Uno a Uno (ReservoirBooks, 2008). Es autora del libro de relatos Los domingos son para dormir. Mujeres de Dios.