Too munch
Tinet se alegró porque teníamos nuevos vecinos. Vino una noche, borracho como de costumbre, vomitó antes de entrar en casa y, después de lavarse la boca, con la melena y la barba húmedas por haberlas puesto bajo el grifo, me lo dijo.
—Tenemos vecinos, colega. Un grupo de hippies. No sé cuántos son. Cinco, seis, los que quepan y dejé meter el casero.
—Vaya, pues me alegro —dije al conocer la noticia. Esto me estaba pareciendo un tanto solitario.
Esto era La Floresta, poblamiento entre bosques, de ahí el nombre, cerca de Barcelona, en medio de la Serra de Collçerola, y corría el tumultuoso año 1969. Yo era un estudiante, teórico, de Filosofía y Letras y práctico de Marx, Lenin, Kropotkin y Bakunin. Eran los años de la subversión, de abajo el poder, la virginidad es un cáncer y hay que matar al padre. Yo a mi padre lo mataba a disgustos, así es que un buen día me lie la manta a la cabeza, cogí cuatro cosas, el poco dinero que me quedaba y fui consecuente con mis ideas, es decir, me emancipé del hogar paterno y me fui a vivir a La Floresta en comuna con un grupo de amigos. La casa, si podía denominarse casa a una infecta barraca de paredes desconchadas, cuarto de baño sin más categoría que una letrina y ventanucos que a duras penas filtraban la luz del sol, era una vivienda adosada, de cuando el término no estaba acuñado y de moda, por la que pagábamos, cuando lo hacíamos, un módico alquiler que el casero sudaba para cobrar o no cobraba directamente.
—Entre ellos hay una tía que está muy buena. Sí, señor. Muy buena —me rebeló Tinet liando un cigarrillo de marihuana.
—¿Ya la has visto?
—Lo que no vea Tinet, macho, es que no existe. Claro que la he filado. Too much.
No sé ni quién ni como puso de moda esa expresión que desbancó por goleada a demasié. Todo era too much, nuestra mierda de vida era too much, nuestra mierda de casa, too much, una tía que estuviera buena, too much, un buen viaje, too much.
La vi al cabo de tres días, en su patio, que casi era el nuestro y del que solo nos separaba una diminuta tapia de ladrillo infecto que llegaba hasta el estómago. Estaba desnuda y se duchaba. Estuve a punto de meterme en casa cuando la vi, de disimular que la había visto, pero me dije que si ella está ahí fuera tal como su madre la trajo al mundo es que le debía gustar mostrarse, y es que le mola que la miren, así que lo pensé mejor, di media vuelta y salí con las manos en los bolsillos y la miré como quien mira un árbol, sin interés.
—Hola —me saludó cerrando el grifo de la ducha exterior, que no era sino una manguera de riego a la que le habían acoplado una alcachofa metálica conseguida en Los Encantes.
—¿Eres nuestro vecino? —Moví la cabeza asintiendo—. Aquí al lado.
Tenía un hablar raro. No era de Cataluña, ni de Andalucía, ni de Canarias. Una voz dulce, del Trópico, cantarina, tan cálida como parecía ella a primera vista.
—¿De dónde eres?
—Venezolana. Maracaibo.
—¿Y qué haces aquí?
—Vivo, solo eso —me dijo con una sonrisa amplia—. ¿Y tú?
—Estudio.
—¿Vas a la universidad?
—Soy anarquista. Como Conh Bendith. ¡Muera la cultura burguesa! Hay que quemar la universidad —le dije para impresionarla, pero seguro que no lo conseguí. Ella pasaba de esas cosas, era evidente, estaba en otro estadio al que debía haber llegado sobrevolando mi etapa.
—Ah. No te entiendo, pero bueno... Chao.
Se dio media vuelta y entró en casa. Era difícil dilucidar por dónde estaba mejor, si por delante o por detrás. Era muy morena, menuda, de tetas considerables, erguidas, cuyos pezones habían permanecido fruncidos mientras le caía el agua encima, pero había que reconocer que su redondo culo, muy alto (me gustan los culos altos, no soporto un culo bajo) era lo más perfecto que había visto últimamente. Una bonita india. Porque india era, no había más que echarle un vistazo para reparar en el color olivaceo de la piel, en sus ojos rasgados, en su boca grande y de labios anchos, en lo marcados que tenía los pómulos.
—La he visto.
Tinet había vuelto de la oficina medianamente sereno y liaba con manos temblorosas un canuto de marihuna nada más entrar.
—¿A quién?
—A la venezolana.
—¿Sí? ¿Es venezolana? Por eso está tan buena. ¿Y qué?
—Está muy buena.
—Ya te lo dije.
—Estaba en pelotas en su patio duchándose. Se lo debe hacer con todo el grupo.
—¿Tú crees?
—Normal.
Nos pasamos toda la noche fumando hierba, sentados en el escalón de la entrada, escuchando todos los discos de los Pink Floyd que tenía Tinet, rayados, sí, pero maravillosos, hasta las tantas de la madrugada, cuando ya el cielo clareaba y el frío del amanecer nos rebotó para dentro.
—¿Vas a ir a trabajar?
—Diré que estoy malo. Too much, too much.
Una noche me dio por hacer sopa. No sopa de sobre, no, no latas Campbell y esas mierdas que venden en los supermercados y que no son otra cosa que harina coloreada. Me dio por hacer sopa pese a que dudaba de que el gas de la bombona de butano de la cocina durara lo suficiente. Había unas verduras medio putrefactas en el verdulero, unas patatas ramificadas, unas zanahorias arrugadas, un apio reblandecido y acuoso; lo pasé todo por el agua del fregadero, lo corté en trocitos y lo eché a la cacerola cuya agua ya hervía, y fue entonces cuando me di cuenta de que faltaba la sal, y me puse a buscarla por la cocina, en todos los estantes, abriendo todos los cajones.
—Joder, Tinet. ¿Y la sal?
—¿Qué sal? ¿Pero qué coño estás haciendo?
Estaba pasadísimo de marihuana. Tumbado en el suelo, medio desnudo y riendo como un loco mientras repetía una y otra vez la palabra «sal» y se reía como un condenado.
—No hay sal, amigo. No hay sal.
La sopa hervía y yo no tenía sal. Me estaba poniendo de mala leche y la música de Zappa que tenía a toda hostia Tinet en el tocadiscos no era la más adecuada para calmar los nervios.
—Pídesela a los vecinos. Jajaja.
Salí de casa. Era de noche, pero no tenía ni idea de qué hora sería. Se me había roto el reloj hacía un mes y no tenía dinero para repararlo. Me dirigí a casa de mis vecinos. La puerta estaba abierta y de su interior salía un olorcillo bastante nauseabundo y una monótona música de bongos. Entré. Debían pagar la luz al menos, aunque no pagarán al casero, porque tenían luces rojas por todas partes, pequeñas lamparitas en el suelo que alternaban con algunas docenas de velas de cera que se derretían. Había un tipo muy pasado de vueltas en la entrada, el que tocaba los bongos, un rubio de pelo muy largo que le llegaba hasta la cintura, y estaba en calzoncillos, con el cuerpo más esquelético que Gandhi, que me sonrió estúpidamente al verme.
—¿Puedo pasar? Quiero sal.
No podía hablar. Estaba tan pasado de rosca que se le debía haber pegado la lengua al paladar o se le había convertido en corcho. Me hizo el gesto de adelante, y entré.
No eran más limpios y ordenados que nosotros nuestros vecinos, por lo que estarían a punto de batir el récord de la casa más guarra de la zona. Si existieran servicios de sanidad, aquella barraca infecta la tenían que haber demolido. Sus inquilinos no sabían lo que eran papeleras, ni cubos de desperdicios, no tenían estantes para dejar los libros y las revistas, no frecuentaban la lavandería. Había que apartar las cosas del suelo con los pies para abrirse paso. Avancé sin rumbo fijo a la espera de encontrar la cocina, pero no tuve suerte y entré en un dormitorio. No había mucha luz, pero sí la suficiente para ver un colchón en el suelo y sobre él cuerpos que se movían. No salí. Buscaba sal y no estaba dispuesto a dejar perder mi excelente sopa por mojigatería. Empecé a ver lo que pasaba a los pocos segundos. La vecina venezolana se lo estaba haciendo con dos tipos a la vez. Uno era un alopécico que no tenía pelo en ninguna parte del cuerpo, ni en la cabeza ni en el sobaco, y le metía la polla en la boca, o ella era la que se la metía, pues él estaba de rodillas, junto al colchón, y ella tumbada boca abajo, la cara levantada a la altura de la ingle de aquel tipo desagradable que tenía tatuajes en los hombros y los glúteos. El otro era un hippie desmayado que la cabalgaba por detrás, le estaba montando su precioso culito, a un ritmo excesivamente lento, mientras la sujetaba por los pechos. Me quedé allí parado y me olvidé de la sal. El alopécico se debió correr, porque se venció para atrás y cayó de espaldas con la polla flácida y el otro decidió cambiar de postura y hacérselo con la venezolana por delante. Fue entonces cuando me vieron. Me vieron los tres, parado bajo el vano de la puerta con cara de gilipollas.
—¿Tenéis sal?
—Chévere, ya te digo dónde está ahorita mismo —me dijo la chica sin inmutarse lo más mínimo por mi aparición—. ¿Me dejas que acabe de coger con este pana?
—Como no.
La esperé en la cocina. Por fin había descubierto la cocina, aunque allí resultara imposible que alguien cocinara algo con las montañas de platos sucios que se amontonaban encima de los quemadores de gas. No tardó ni cinco minutos la venezolana en acabar de follarse al pana. Entró desnuda y descalza, me sonrió, cogió un vaso sucio, lo llenó del agua horrible del grifo, se enjuagó la boca, escupió en la pila y luego, canturreando, anduvo abriendo armarios y cajones hasta que exhibió triunfante un salero de plástico.
—Aquí tenés, mi carajito —Y me lo puso en la mano—.
Pero que vuelva, yo sin sal no sé papear.
Cuando regresé al dulce hogar olía a quemado, una peste nauseabunda, y de lo que iba a ser la sopa solo quedaban unas verduras carbonizadas como ascuas y un pote que iba a ser imposible limpiar.
—Podías haber apagado el fuego —le reproché a Tinet.
—Too much, too much.
Tinet había pescado una «maría» de calidad. Decidí tomarle prestado, me lie un canuto, rasqué una cerilla y aspiré una bocanada. Entonces me sentí mucho más calmado.
—Nuestra vecina se lo estaba haciendo con dos.
—Ya te dije que era una marchosa. ¿Uno detrás de otro?
—No, a la vez.
—Es las pocas cosas que envidio de las tías.
—¿El qué?
—Que se lo pueden hacer cuántas veces quieran y con cuántos tíos quieran. ¡Valientes putas!
Me pasé la noche en vela. Cerraba los ojos, fumaba sentado en el escaloncito de la entrada y veía a la venezolana desnuda y retozona preguntándome por donde quería follarla. Era too much esa fantasía excitante. Volví a entrar en casa de los vecinos con la excusa de devolver el salero. De día, sin las luces rojas y las velas, el aspecto de la vivienda era más convencional. Estaban los bongos en el suelo, pero no estaba el tío que los tocaba. La puerta abierta, eso siempre, y un gato tuerto y con la cara hinchada, al que tenía visto por mi casa hurgando siempre las latas vacías de sardinas, salió de estampida maullando. Alguien había recogido, o mejor dicho, amontonado en una esquina, toda la porquería que había en el suelo. Fui a la cocina y estuve a punto de tropezar con un tipo que estaba tumbado todo a lo largo junto a la puerta. Estaba muy pálido, iba vestido con indumentaria de piel roja, pero aún así reconocí a uno de los que se lo hacían con la venezolana, el pana, como lo llamaba ella en su jerga. Tenía la mano abierta con unas gomas en el brazo y en el suelo había una cucharilla de café y una jeringuilla ensangrentada. No me hizo gracia.
—Ah, ¿eres tú? —La venezolana salió de la habitación sin cubrirse. Daba la sensación de que la había despertado yo al entrar o el maullido del horrible gato tuerto escapando. Olía a sudor y a semen, y pese a ello la deseaba, me lo advertía bien a las claras mi amigo de la entrepierna.
—¿Qué le pasa a este? —Y señalé al rubio que estaba tirado en el suelo.
—Este es Arturo. —Se arrodilló amorosamente, lo enderezó cuanto pudo para apoyarle la espalda en la pared y le dio un beso en la boca, como si fuera una princesa de cuento que fuera a reanimar un cadáver—. El muy hijoputa no sabe hacer otra cosa que pincharse. ¿Por qué joder se tiene que pinchar si tiene una tía como yo? Hijoputa.
—¿Caballo?
—¿Qué crees tú?
—No sé. Yo no uso esas cosas.
—Ni yo, joder. ¡Pero este conchudo!
—¿Estás enamorada? ¿Es tu tío?
—Sí es mi tío. Es un ángel. —Me miró los ojos para decírmelo y en aquellos momentos sentí una profunda envidia por aquel tipo que estaba fuera de combate.
—¿Y el otro? ¿El calvo?
Me dije que era un imbécil nada más hacer la pregunta. Me estaba delatando. ¿A santo de qué tenía que inquirir sobre la vida sexual de mi vecina? ¿Qué me importaba a mí a quién se follara?
Estaba en cuclillas. Se tocó una teta. Se la tocó despacio sopesándola, pasando las yemas de los dedos por el pezón, y le gustó la autocaricia, podía jurar que se corría de gusto.
—Este es una buena polla y punto. ¿Por qué te interesas tanto?
No contesté. No pude sostener su mirada. Salí y regresé a casa. Me puse a ordenarla como si fuera una amita de casa. Hasta ordené la habitación de Tinet. Me lavé el cabello y me masturbé.
Vino entonces una semana de mucha agitación, volví a la universidad y casi no pisé la casa de La Floresta. Andábamos todo el día con manifestaciones, repartiendo panfletos por las calles y enfrentándonos a las tocineras de los «grises». Yo era el especialista en explosivos del grupo. Se me daba bastante bien la fabricación de los cócteles molotov, sabía la cantidad exacta de gasolina, ácido sulfúrico, azufre y potasio que hacía falta para convertir una inocente botella de champaña en un arma mortífera capaz de hacer saltar por los aires un autobús de policías. Luego la agitación decreció, hubo muchas detenciones, heridos de bala, torturados, algún muerto no confirmado, cayeron casi todos los de mi grupo y yo volví a La Floresta, a escabullirme y que todo pasara, a mi exilio entre arboledas en esa barraca perdida.
—¡Joder! Creía que estabas muerto —me dijo Tinet al entrar, alegre de verme—. Podías haber llamado.
—Sobre todo porque no tenemos teléfono.
—¿Qué has estado haciendo?
—No te lo voy a explicar.
—Todas esas barricadas, todos esos coches ardiendo, todas esas banderas, todo este merdé ¿lo habéis hecho vosotros?
—Sí.
—¡Pues vaya mierda! Total, ¿para qué?
No quise discutir. Yo era anarquista, pero Tinet se definía como nihilista, o se escudaba en la palabra nihilista para pasar de todo y no hacer absolutamente nada para combatir a la dictadura. Cambié de tema.
—¿Y la vecina?
Tinet se rascó la barba y el cabello y su gestó me alarmó y me aparté de él, no fuera que tuviera piojos.
—Me parece que me la voy a follar un día de estos.
—¿Ah sí? ¿Por qué?
—Ha venido dos veces por aquí, tonteando.
—¿En pelotas?
—No, vestida como una monja, con una falda hasta los pies y una blusita encantadora. Preguntando por ti y tú echando cócteles molotov a los pobres «grises».
—¡Mierda!
—Ah, chico. Estabas haciendo la revolución proletaria, arrancando los adoquines de las calles para descubrir nuestras fantásticas playas debajo.
Se declaró el estado de excepción y el rector cerró la universidad. Me alegré. Eso me concedió un forzado descanso. Tenía una cita con mis camaradas sobrevivientes, los pocos que se habían librado de las detenciones, pero no fui. Esperé. Esperé a la puerta de mi casa, en la cocina, leyendo en mi habitación libros de Proudhom y Kropotkin para ilustrarme ideológicamente, a que pasara toda aquella marejada y las aguas volvieron a su cauce.
Estaba una tarde tan absorto en La conquista del pan que no la vi llegar. Noté su presencia por el aroma que desprendía su cuerpo. Olía muy bien aquel día. Se había duchado, alguno de su clan había ido a comprar algún gel de baño, por lo que su piel desprendía una fragancia maravillosa. La descubrí cuando levanté la vista del libro y la vi apoyada en la ventana sin cristal de mi habitación, permanentemente abierta, por dónde se colaban los gatos. Estaba apoyada en el alféizar y me sonrió cuando alcé los ojos.
—Temía por ti. Tu amigo me dijo que estabas metido en
despelotes, haciendo la revolución.
—Pasa —le dije.
Entró aupándose por la misma ventana para no dar la vuelta y hacerlo por la puerta. Iba vestida, pero yo la vi desnuda. Presentí que no tardaría en desnudarse porque no llevaba zapatos, y me fijé en sus pies, pequeños, muy bonitos, y mirando sus pies tuve una fuerte erección. Alargué el brazo para tocarle la cabeza, pero ella se escabulló riendo.
—Alto, mi carajito. ¿Qué libros son esos? ¡Qué aburridos!
—Estaba de espaldas a mí, mirando los lomos de mis libros, que, sin orden ni concierto se amontonaban en los anaqueles de la habitación. —No tienes nada de Cortázar, yo te dejaré.
¿Has leído las Historias de cronopios y famas?
La ceñí por la cintura y subí las manos hasta colocarlas sobre sus tetas.
—¿Tienes ganas de cogerme, pana?
Su voz aterciopelada y su mirada turbia me parecieron el pasaporte al paraíso. La encaré hacia mí y la besé. La besé en la frente, en la nariz, en la boca, y mientras la besaba ella se quitaba la blusa, se bajaba la falda y descubría que no llevaba ropa interior de ninguna clase debajo. De cerca, sintiéndola junto a mi cuerpo, era mucho más rotunda, mucho más sexual. Transpiraba como una yegua en celo antes del apareamiento, se llenaban de sudor sus axilas y el sexo se licuaba en la entrepierna al contacto con mis dedos. Por fin me la iba a follar, decía mi amigo de abajo, eufórico, al cerebro. Rodamos por la cama y ella me desnudó con destreza y buscó mi polla, la llevó junto a sus tetas, la restregó contra sus pezones y la besó a continuación; le daba cortos besos, cortos y jugosos besos, ruidosos, cada vez más húmedos; iba dejando caer una baba caliente sobre el glande descubierto y cada vez más duro mientras lo masajeaba con su mano.
—¡Qué polla más linda! ¡Chévere!
La dejé actuar. Se metió despacio mi polla en la boca y la chupó como quién chupa un helado, la chupó con verdadero deleite, saboreando su sabor a carne caliente y a macho encelado, y se volvió gradualmente hasta acercarme su magnífico culo a la cabeza. Lo tenía prieto, redondo, suave, y un coño hermoso se abría en uno de los extremos, un coño limpio, de vello corto que comenzaba a lubrificarse.
—Cómeme la totona —me apremió, jadeante.
Lo lamí, besé sus bordes rugosos, hundí mi lengua en su interior y lo trabajé mientras mis manos tomaban sus tetas y frotaban sus pezones.
—Me matas de placer, chévere. Sigue así y no pares.
¡Chévere!
Ella estaba cada vez más excitada y se corría en mi boca mientras succionaba sin parar mi polla. Desde mi posición veía su culo abierto sobre mi cabeza y la trémula oscilación de la suya sobre mi ingle, sus cabellos cayendo sobre mi vientre, al ritmo de sus jadeos.
—¿Te vas a correr? Di. ¿Te vas a correr?
—Sí —le dije, exhausto.
Algo me dijo que ella no sería de aquellas que en el momento final retiran la boca y optan por masturbarte. Estaba demasiado loca, demasiado excitada para soltar mi polla. Éramos vasos comunicantes y notaba su excitación en mi garganta, me goteaba dentro el licor de su excitación imparable mientras sentía como sus tetas se endurecían entre mis manos. Aguanté lo inimaginable, porque estaba seguro de que el placer sería entonces mucho mayor, bestial, una explosión solar. Aguanté hasta el dolor y luego ya no pude más y comencé a correrme entre espasmos. Lloré de un placer liberador cuando sentí ese torrente imparable que subía por el glande y se desbordaba en la garganta de la venezolana, cuando llené toda su boca y ella siguió chupando y chupando hasta vaciarme por completo.
—¡Joder!
Solo dijo eso al abandonarme. Estaba transfigurada. Se limpió los labios con la sábana y buscó refugio en mi hombro. Yo aún temblaba como una hoja, y hasta me temblaba la mano que trataba de acariciarle suavemente los senos.
—¿Disfrutaste?
Moví la cabeza. Estaba en una nube, más allá que aquí.
—¿Te la habían mamado alguna vez así de bien? —Negué con la cabeza.
—¿No te da asco tragarte mi semen? —le pregunté con incredulidad.
—No. Cuando me gusta la polla de un tío no me da asco, me pongo verrionda cuando se corre dentro de mí. Y la tuya es una buena polla, sí señor. Una polla de Miguel Ángel.
Me hicieron enrojecer sus alabanzas. Nadie me había hablado así de mi miembro. Lo primero que iba a hacer cuando marchara sería levantarme y mirármela en el espejo.
Me dio muchos besos. Era agradecida y cariñosa. Me besó en los párpados, lo que me produjo una gran relajación, en la nariz, en los labios. Su boca sabía a mi semen y con el beso, en cierto modo, recuperaba lo que había vertido.
—Me podrás luego echar un polvo salvaje, que me mate.
—Lo intentaré.
Lo intenté cuando pasó una hora. Ella se tumbó, me pasó las piernas por encima de los hombros y condujo directamente mi polla erecta a su sexo que me esperaba hambriento, caliente y húmedo. Se la metí hasta el fondo una y otra vez mientras le tocaba las tetas y besaba sus erectos pezones, los mordisqueaba suavemente; luego me corrí abrazado a sus caderas, su cuerpo se estremeció durante largos minutos y ella tuvo un orgasmo durante el cual rio y lloró al mismo tiempo que me mordía los labios y me arañaba la espalda con sus uñas, involuntariamente.
—No salgas, por favor. Quédate dentro de mi totona. Aún te tiembla, la noto.
—Too much —acerté a farfullar mientras cubría de besos su cara y le decía que la quería—. Te quiero, te quiero, te quiero.
Fue al separarme de ella cuando le vi recortado en el vano de la puerta y me quedé helado. Estaba allí como el convidado de piedra, quieto y silencioso, el muchacho de largos cabellos rubios que oficialmente era el chico de la que me acababa de tirar un par de veces en poco menos de dos horas. Ignoraba cuánto tiempo llevaba contemplando la escena, si acababa de entrar o bien lo había hecho cuando ella me chupaba la polla y yo me comía su vulva. La cosa es que estaba allí, pero cuando me volví para advertírselo a ella, desapareció.
—Te juro que era él.
—Imposible —dijo ella, incorporándose—. Se ha ido a Sitges a tocar la guitarra con un grupo de rock.
—Pues estaba allí, pasmado, sin decir nada, y se ha ido cuando te lo he dicho. —La noté inquieta y no entendí nada.
—Y si es él, ¿qué? Tú también te lo hacías con el calvo.
—Eso era un complemento. No entiendes nada —dijo enojada, mientras buscaba la falda y la blusa, se las colocaba rápidamente y se miraba en el espejo del dormitorio—. A él no le importa que yo lo chupe la polla a un tío si él me la está metiendo; eso le excita, y a mí me excita, y todo redunda en que los tres disfrutemos.
La vi marchar a su casa con cierta desazón en el cuerpo. Hubiera esperado un beso de despedida y la promesa de que habría otra sesión de sexo como la que acabábamos de tener. Me pasé toda la noche en vela, fumando canuto tras canuto, hasta empezar a ver visiones en las que ella estaba siempre presente, desnuda, con sus senos como membrillos abiertos en canal de los que manaban miel espesa en la que libaban las abejas. No sabía si me había enamorado de ella o era simple encoñamiento del que solo saldría si conseguía follármela unas cuantas veces más. Le había dicho, en el momento del éxtasis, que la quería, y las palabras me habían brotado del corazón sin pasar por el cerebro. Me importaba un carajo si había hecho el ridículo con semejante demostración de afecto o si bien esta era fruto del placer intenso que había obtenido. No sabía nada de ella, así es que lo que amaba era simplemente su cuerpo rotundo, y lo amaba porque me había llevado a un éxtasis que difícilmente iba a poder olvidar. Reprimí mis ganas de acudir a su barraca, despertarla y seguir follándola hasta que se hiciera de día.
Tinét no vino aquella noche. Debía tener plan en Barcelona, y yo le eché en falta, pues quería hablar con alguien de mi explosiva experiencia de aquella tarde, de lo inmensamente placentero que había sido follar con la venezolana y de mi temor de engancharme a ella y sufrir como un desgraciado cuando la viera con otro. Me quedé medio adormilado y me sobresalté cuando una mano se posó sobre mis hombros y me zarandeó. Abrí los ojos. Aún era de noche. El silencio envolvía La Floresta. El viento movía las ramas de los pinos cercanos y brillaban en la oscuridad los ojos de decenas de gatos. Ella estaba allí, de pie, a mi lado, con bragas y sujetador, y no parecía ni feliz ni tranquila, tenía mal aspecto.
—¿Puedes venir un momento?
No me gustó su tono de voz. No era una invitación a que la siguiera follando en su casa, aunque yo tenía ganas de hacerlo, de desabrochar el sujetador y mordisquear sus rugosos pezones, de hundir la mano bajo sus bragas y sentir cómo se licuaba su sexo bajo mis dedos, pero me contuve. Me levanté tambaleante, porque estaba muy mareado y tenía náuseas, verdaderas ganas de vomitar por la cantidad de canutos que había fumado después de estar con ella.
La seguí hasta su casa. Y él estaba allí, dormido, en medio del pasillo, desnudo.
—No se despierta —me dijo, llorando.
Me incliné sobre él temiendo lo peor. Contuve las ganas de vomitar. Tenía los labios azules, y de su boca no salía ni una brizna de aire. En el suelo, junto a su brazo, una cucharilla, una jeringuilla y unas gotas de sangre.
—¿Está muerto? Di ¿está muerto?
No la había oído nunca gritar y ahora lo hacía, con la voz rota. Me levanté despacio, me apoyé en la pared y me sequé el sudor que repentinamente empapaba mi frente.
—Hay que llamar a alguien —dije mientras ella se desplomaba encima suyo, le abrazaba, le llenaba la cara de besos, de llanto, y gritaba de forma desgarradora su nombre—.
¡Arturo, Arturo, Arturo! Despierta, mi carajito.
Nuestros vecinos marcharon a mediados de mes. No se despidieron. Un día fui a por aceite y no había nadie, y la puerta estaba cerrada. Iba a por aceite, pero no era más que una excusa. Quería saber el nombre de la venezolana, solo eso, su nombre, para grabármelo en mi memoria. En mi memoria solo tengo de ella un balbuceo físico, un retrato cálido de carne y llanto, de formas estremecidas por el placer y el dolor de su generosa entrega. Dos horas duró nuestra historia de amor intenso. Fue verdaderamente too much, mi pequeña venezolana sin nombre que dejaste un rastro imborrable en mí.
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José Luis Muñoz
José Luis Muñoz (Salamanca, 1951) es novelista, crítico literario y cinematográfico y activista cultural. Ha publicado más de cincuenta libros entre novelas y compilaciones de relatos y ha obtenido los premios Azorín, Tigre Juan, La Sonrisa Vertical, Camilo José Cela, Café Gijón, Ignacio Aldecoa y Carmen Martín Gaite, entre otros. Dentro del género erótico ha publicado los libros Pubis de vello rojo, La lanzadora de cuchillos, Una historia china, Patpong Road, El sabor de su piel y Malditos amores. Es el comisario del festival Black Mountain Bossòst.
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