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Año 9 #101 Marzo 2023

El techo del mundo

Yo quería ver la Torre Eiffel. Es lo único que quería, si no ¿para qué carajo voy a venir a París?

En la villa había un tipo que la había visto, lo recuerdo como si fuera hoy, hablaba con la lengua trabada en medio de la niebla que por un rato tapaba el barro. Era marino mercante, creo, o algo así. El tipo había viajado por todo el mundo. Chupaba como una esponja y cuando se ponía en pedo, allá en el bar de Roly, empezaba a hablar de lugares: qué el Pan de Azúcar esto, qué la Estatua de la Libertad aquello, qué el Glaciar Perito Moreno lo otro; pero sobre todo hablaba de la Torre Eiffel. El tipo decía que había subido hasta la punta, y que estar ahí, era como estar en el techo del mundo. Pero no de este mundo, porque entonces se vería un montón de chapas, de ropa colgando y de miseria. No, de otro mundo, de un mundo como Puerto Madero, pero más grande. A mí siempre me intrigó, a pesar de que los vagos lo empezaban a cargar, el tipo se calentaba y todo, como siempre, terminaba a las piñas.

De ahí me quedó la idea. Por eso y por el Langa, que siempre fue un ganador con las minas. Un día le “distrajo” a una veterana una buena cantidad de guita. Fue ahí cuando me dijo que estaba podrido de la villa y de “este país de mierda” y se fue. Nunca más lo vimos.

Con el tiempo nos fuimos olvidando del Langa. Pensamos que había caído preso o que andaba por la Isla Maciel. ¿Adónde iba a ir el boludo? Además, siempre fue medio mentiroso.

Sí, ya sé. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Tiene que ver. Porque un par de años más tarde, yo salí del penal de Sierra Chica, después de haber purgado un año por robo, y justo a la semana llegó carta del Langa. Venía con una estampilla rara. ¡Era de París! El Langa se estaba dando la gran vida. Hablaba de cosas que solo se ven en la tele: Montmartre, el Sena, el Moulin Rouge y… la Torre Eiffel. El Langa había zafado del paco, de la mierda cotidiana de la villa y ahora miraba el mundo desde arriba.

Se dio que una semana después yo estaba sin un peso y fui a levantar un auto, con tanta mala suerte que apareció el dueño con un arma. No me quedó otra que bajarlo. Yo nunca fui de tirar, pero era él o yo. Los vagos me dijeron que me tenía que ir por un tiempo. El puntero de la villa tenía un arreglo con la cana y bancaba cualquier cosa menos un fiambre.

El auto quemaba y no le pude hacer mucha guita en el desarmadero de Pituca. El Gurka me ayudó, acababa de robar una moto y me ofreció una salidera. Esperamos en la puerta de un banco y se la dimos a un gil que, de pura suerte, venía forrado. No lo pensé. Hablé con el Turco que me dibujó un pasaporte, compré pilchas, saqué un pasaje a Francia y me fui a ver a la Yoli. La mina se había portado de diez mientras yo había estado en cana y la verdad es que yo me había encariñado.

La Yoli soñaba con zafar de la villa, me pidió que la lleve, pero era demasiado riesgo. Le prometí que la iba a mandar a llamar. Le saqué un polvo y me fui.

Cuando llegué a París el tipo de la aduana me miró mal. A pesar de mi ropa cara había algo que no le cerraba. Después el Langa me contó que te sacan por la pinta, que a los morochos como yo les desconfían. No sé qué me preguntó el tipo porque no le entendí un carajo. Le contesté en castellano que venía a ver al Langa. El tipo dudó un poco más, pero al final me selló el pasaporte sin avivarse de que era falso y me dejó pasar.

Yo tenía la carta del Langa con la dirección de un hotel en la Rue Blanche. Por suerte la mina de informaciones hablaba español y me dijo que eso quedaba en Pigalle y me explicó cómo llegar.

¯¡Pedazo de pelotudo! ¿Qué hacés acá? ¯Me preguntó apenas me vio.

Yo creía que se iba a poner contento y el hijo de puta me recibió como el culo. Le conté lo que me pasaba, que estaba jugado, que a esa altura ya no podía volver. Yo no entendía nada. Siempre habíamos sido amigos, lo había sacado de un par de feas allá en la villa, y ahora me trataba mal. Después me avivé. El Langa había mentido una vez más. Hacía dos años que se estaba muriendo de hambre en París. Había terminado cuidando un putero en Pigalle y vivía en una pieza de mala muerte con una china que patinaba en la calle Saint Denis.

Al final el Langa aflojó. Me dijo que me podía aguantar un par de semanas pero que después me tenía que borrar. Le dije que no había problemas, que lo único que quería era subir a la Torre Eiffel, que después seguiría viaje a España que por lo menos ahí iba a entender el idioma. Me preguntó si tenía plata y le dije que algo. Uno se acostumbra a no decir toda la verdad.

La china cuando me vio se enojó. Discutió feo con el Langa medio en francés medio en chino, me parece. Yo no sé cómo carajo el Langa le entendía, pero en un momento le metió dos trompadas y la china se dejó de joder.

Esa noche dormí en el piso extrañando a la Yoli mientras escuchaba cómo el Langa se amigaba con la china. Yo no sé cómo tenía estómago. La mina era realmente fea y el Langa siempre fue un ganador. Está bien que en Buenos Aires levantaba veteranas, pero eran minas que se tiraban todo encima, minas bien.

Al otro día me dijo que se tenía que ir a trabajar y me dio mil recomendaciones. Sobre todo, me dijo que no me metiera con los negros y menos con los árabes, que ahí cada uno hacía la suya y que no mezclaban el ganado. Me extrañó que justamente él me dijera eso cuando se había metido con una china, pero qué sé yo… No conocía los códigos así que le dije que se quedara tranquilo, que no me iba a meter con nadie y que me contara de la Torre Eiffel. Me confesó que jamás había ido, que nunca había salido de ahí. Pero me dio un mapa y me dijo cómo llegar. No se fue tranquilo hasta que le prometí que por nada del mundo iba a ir para el lado de Barbès, que era el centro del mercado negro en París y que era muy peligroso.

El Langa creía que yo era un boludo. Pero yo no soy ningún boludo, no señor. Si había sobrevivido a la Villa, ¿por qué no iba a poder arreglármelas acá? ¡Si París al lado de Buenos Aires es Disneylandia!

Me aseguré de que la China durmiera y busqué un lugar donde esconder la teca. Después miré el mapa que me dio el Langa, pero no entendí nada, no me podía ubicar. Me dije que mejor iría a la torre cuando me sintiera más seguro.

Pasaron tres días. Todas las tardes yo salía a dar una vuelta por Place Clichy y me metía en un bar a tomar café —que se dice igual—. Miraba la boleta y pagaba. Eso sí, tenía que aguantarme que los mozos me miraran mal. Acá no te perdonan que no hables francés. ¡Cómo si fuera una obligación!

Todos los días la misma historia: el Langa se iba, me dejaba con la china que dormía hasta el mediodía y después ella salía a yirar. Yo salía, me tomaba mi cafecito, volvía y me quedaba solo hasta que llegaba el Langa y nos armábamos un par de porros esperando a la china. Cuando llegaba la mina comíamos por lo general un sánguche y a la cama, a escuchar cómo el Langa le daba con todo a la China. Me llené las pelotas.

Al cuarto día después de que se fuera el Langa no pude seguir durmiendo. Me puse la campera y salí. Llovía —siempre llueve en esta puta ciudad—. Pasé por el Moulin Rouge, que dicho sea de paso no me parece gran cosa, el Teatro Colón es diez veces más grande. Siempre llegaba hasta ahí y doblaba para la izquierda, pero esa vez decidí doblar a la derecha por el Boulevard de Clichy. Me asombró la cantidad de puteros que hay y de la mezcla de gente de todos los colores. Ya hacía rato que no me desahogaba con una mina y estaba caliente. Empecé a mirar. Vi una negra que me gustó, pero me acordé del consejo del Langa.

—Más vale me la aguanto —me dije. Si el Langa se cabreaba y me echaba de la pieza no tenía adonde ir.

Pasaron un par de minas todas tapadas. Árabes. La verdad es que me dio curiosidad. ¿Cómo serían debajo de toda esa tela? Pero ahí me vinieron otra vez las palabras del Langa: “Sobre todo no te metas con los árabes”.

Parece que los tipos son jodidos. Pensé que estaba mintiendo, como siempre. ¡Mirá si yo me iba a asustar de un árabe cuando estaba cansado de agarrarme a trompadas con los paraguayos! Y esos sí que son jodidos. Pero también me las aguanté.

En eso pasé por un putero y una mina que estaba en la puerta me empezó a hablar. La verdad es que me gustó, no era gran cosa, pero me hizo acordar a la Yoli y dudé, pero entre que a la mina no le entendía nada, y que yo no había llevado mucha plata, seguí caminando. Me senté a fumar un cigarrillo, me quedaban dos. Fui a un bar–tabac y quise comprar, pero me querían cobrar como cinco euros. Ahí me acordé de que el Langa los compraba en el mercado negro, en Barbès. Dudé por la promesa que le había hecho al Langa, pero después de todo, ¿qué podía pasar? Peor que Retiro no podía ser, así que me fui hasta ahí y me compré dos atados por seis euros. No era tan difícil. A la vuelta me compré un sánguche en la calle y me lo comí sentado en un banco, como hacían todos. Un poco sentí que me estaba acostumbrando. Pero cuando iba para el hotel otra vez me siguió la flaca hablándome en inglés. ¿Qué pensaba la pelotuda, que yo sabía inglés? ¡Si tengo una pinta de sudaca que mete miedo! Me la quise sacar de encima, pero la mina era muy pesada, estaba muerta de hambre y dada vuelta. Me manoseó. Le saqué la mano mal y ya la estaba por fajar cuando salieron un par de tipos del local. Eran árabes: La puta que los parió. ¡Justo árabes!, recuerdo que pensé.

Los tipos se acercaron medio disimulando, pero uno me agarró fuerte del brazo mientras el otro miraba que no se diera cuenta la gente de lo que estaban haciendo. Me querían llevar para adentro y ahí sí que perdía. Le di un pisotón al que me agarraba y, cuando aflojó la presión, le metí una trompada en el estómago que lo dobló en dos y escapé antes de que el otro pudiera hacer algo.

Llegué a la pieza a las puteadas. Ya me había metido en un quilombo y no aguantaba el encierro. Me estaba volviendo loco. Y para colmo seguía recaliente. Me acordaba de la Yoli y echaba humo. Cuando entré a la pieza, la china todavía estaba durmiendo. La sábana se le había corrido y se le veía el culo con la tanga metida bien adentro. Fue demasiado. ¿Al final uno es hombre o qué? Me le metí en la cama. Al principio la china no se dio cuenta, estaba dormida. Empecé a tocarle el culo y la mina respondía, pero en eso se despertó, y cuando vio que era yo saltó como leche hervida. Le metí dos trompadas, le arranqué la bombacha y le di con todo. La China se dejó hacer. Cuando terminé, no dijo nada. Se limpió, se cambió y se puso a cocinar. Ahí me puse a pensar. Le había hecho una fea al Langa. Está bien que era una mina que tenía para hacerla trabajar, pero yo hubiera tenido que pedirle permiso.

Entré al baño y mientras estaba ahí decidí irme. Después de todo estaba podrido de París, no era lo que yo pensaba. Me juré que esa misma tarde iba a visitar la Torre Eiffel y después me tomaba el palo a España. Cuando salí la china se había ido con todo lo que tenía. Esperé al Langa —finalmente era mi amigo, tenía que explicarle—. Cuando llegó y vio que la china no estaba se puso loco. Me preguntó qué había pasado. Le conté y se puso peor. Nunca lo había visto así. Puteó hasta en francés. Yo no entendía nada, después de todo era una china de mierda.

¯Eso es lo que vos creés, ¡boludo! ¯me dijo—. Esa mina me dio de comer todos estos meses. ¿O te creés que me puedo mantener con lo que gano cuidando un putero de cuarta?

Le dije que no se hiciera problemas, que yo tenía plata, más de lo que le había dicho en un principio. Ahí se calmó. Yo fui a buscar la guita adonde la había escondido. Recién ahí me di cuenta de que la mina me la había robado. La hija de puta había descubierto el embute y se había llevado toda la plata que yo tenía. Entonces el que se desesperó fui yo. Me quedaban cincuenta euros y estaba en el culo del mundo y sin entender nada.

Con el Langa salimos a buscarla por todos lados. Nos metimos en los peores lugares de París, pero no hubo caso. La mina se había evaporado. Al volver vi a la flaca de la mañana todavía parada en la puerta. Le dije al Langa que cruzáramos.

¯¿Por qué? ¯me preguntó¯. ¿Qué otra cagada te mandaste?

¯¿Yo? Nada ¯le dije¯. La mina se puso pesada y aparecieron unos tipos, pero me rajé antes de que se armara.

¯¡Boludo! ¯explotó¯. Te dije veinte veces que no te metas con los árabes. A esos tipos los conozco, son argelinos y no joden.

Al llegar a la pieza el Langa se tiró en la cama sin hablar, con un bajón padre. A eso de las doce yo estaba muerto de hambre y muy preocupado. El boludo del Langa no reaccionaba. Le dije que iba a salir a levantar un auto.

¯Bien ¯me dijo el Langa¯. Vos sí que sos un piola bárbaro. ¿Y una vez que tengas el auto qué? ¿Conocés a alguien que te lo compre para reducir? ¡Te lo vas a meter en el culo!

¯Dos años en París, Langa. ¿Me vas a decir que no conocés a nadie?

Recién ahí se animó un poco.

¯Dejame ver ¯me dijo.

Agarró el celular y empezó a llamar. No sé con quién carajo habló pero al rato, ya mucho más tranquilo me dijo:

¯Necesitamos un cuatro puertas que ande fuerte. Es para un laburo. Lo pagan bien.

¯No hay problemas ¯respondí¯. Por las dudas traje las herramientas.

Me volvió a putear.

¯¿¡Eso trajiste en la valija, boludo!?

Ya me estaba cansando. Le dije lo que tenía atragantado: que el boludo era él, que mintió con lo de París y que al final era un cuatro de copas. Creí que me iba a boxear pero se la aguantó.

¯Tenés razón ¯me dijo¯. Soy un boludo. Creí que iba a zafar de la villa, pero es al pedo. Nosotros no podemos zafar, loco. No podemos.

Eso me calentó, yo iba a zafar, le había prometido a la Yoli que iba a zafar y que la iba a mandar a llamar. Pero me callé la boca, ¿para qué se lo iba a decir al Langa? Después de todo, el que yo creía que era el más inteligente de nosotros resultó ser un reverendo pelotudo.

Nos abrigamos bien y salimos. Lloviznaba.

¯¿Siempre llueve en esta ciudad de mierda? ¯le pregunté.

¯A veces no ¯me dijo.

Caminamos por calles laterales, no había nada, ya me estaba poniendo nervioso cuando doblamos en la Rue Puget y vi un BMW cuatro puertas casi cero. Estaba como esperando que lo levante.

—Pan comido —me dije.

Le metí la palanca y tiré. En ese momento sonó la alarma. Rápidamente me metí y la apagué, pero fue tarde. De una puerta salieron los argelinos con armas en la mano. Tuvimos tanta mala suerte que fuimos a robar el auto de los tipos que me la tenían jurada. Igualmente pelé los cables y alcancé a arrancar. El Langa no llegó a abrir la puerta. Le dieron en la espalda y ahí quedó, tirado en la calle. Yo aceleré y cuando estaba a punto de llegar a la Rue Coustou escuché el disparo. Rompió la luneta y me dio en el omóplato. Sentí que me quemaba y supe que me la habían dado. Igual alcancé a doblar en contramano y escapé.

No sé cuánto tiempo anduve ni por dónde. Yo solo luchaba por mantenerme despierto. No sabía qué hacer, no tenía adonde ir. Pensé que tenía razón el Langa, que nosotros no podíamos zafar. Ya casi estaba a punto de mandar todo a la mierda y buscar un hospital cuando la vi. Estaba iluminada y se veía hermosa. ¡La Torre Eiffel! Ya casi amanecía y, aunque seguía el tiempo de mierda, por lo menos la llovizna había parado. Me bajé del auto y me metí en un zaguán para aguantar hasta que abriera la boletería. Recé por primera vez en mi vida. Lo juro. Recé para no quedarme dormido. Sabía que si me agarraba el sueño estaba perdido. Me hice un torniquete con la camisa, por suerte en París siempre hace frío y uno anda con mucha ropa.

En un momento un patrullero frenó en donde yo había dejado el auto y bajaron los policías. Se veía que lo estaban buscando, en un rato eso se iba a llenar de canas. Me levanté preguntándome adónde carajo ir y justo en ese momento abrieron la boletería.

Caminé como pude, saqué la entrada e hice la cola. Sentí flechazos de dolor atravesándome desde el omóplato hasta el estómago, pero aguanté. Estaba ahí, faltaba poco. La gente me miraba mal y se alejaba, pero ya todo me importaba un carajo, lo único que quería hacer era llegar hasta arriba. Miré hacia atrás. Se habían sumado tres patrulleros más y los canas estaban rastrillando la zona.

—No me pueden agarrar justo ahora —me dije.

Traté de tranquilizarme. ¿Cómo me iban a encontrar si era un mundo de gente? Me di cuenta de que estaba sangrando y que había dejado un reguero en el piso que me delataba. La gente se dio cuenta. Uno le avisó a un tipo de vigilancia que fue a buscar a los del patrullero.

—Perdí —me dije—, perdí, pero antes me quiero asomar, quiero ver al mundo desde arriba.

Casi no me podía mantener despierto, hice de tripas corazón y seguí subiendo. Los canas venían detrás de mí, no tenía escapatoria, pero no me importaba. Lo único que yo quería era, aunque fuera por un instante, mirar todo desde arriba, sin ver chapas, ni ropa colgando, ni miseria.

Con el último aliento y la cana pisándome los talones llegué. Por fin estaba en el mirador más alto de la torre, en el techo del mundo. Me asomé como pude y antes de desmayarme alcancé a ver un puto manto de niebla.

 

  • Oscar Tabernise
    Tabernise, Oscar

    Oscar (Tato) Tabernise es escritor, dramaturgo y guionista. En teatro ha escrito El Clú, Tócala de nuevo, Cacho, Bailando con el muerto, Perras o diosas y otras representadas en Argentina, España, Francia, Estados Unidos y México. En televisión es coautor de Poliladron, y de producciones para Argentina y México. En cine, guionó la adaptación de su novela negra El muertito y El hombre que ganó la razón (Alejandro Agresti).