El otro lado de la pared
La ducha me relaja, me entibia, me hace fantasear que soy otra: bella, simpática, una mujer deseada a la que sus compañeros invitan a salir después del trabajo. Pero el tanque de agua es pequeño y el agua caliente dura poco, lo justo para templar mis fantasías, luego la lluvia se enfría y con ella mis sueños de belleza, de admiración, y salgo del baño siendo otra vez yo misma: esta mujer fea y en camisón floreado que cenará hamburguesas, que mirará la tele hasta quedar dormida, sola en una habitación de hotel.
Hoy en la oficina terminé el trabajo más temprano de lo habitual, apagué la computadora; me asustó el silencio, el silencio de un país extraño del trópico, un silencio profundo e inquietante, a veces cruzado de ruidos de insectos, de crujidos de muebles. Caminé entre los escritorios vacíos, recorrí la casona transformada en oficinas, el jardín caliente y húmedo y selvático. Di vueltas hasta que caí en la cuenta que ya no había nadie, solo el guardia de seguridad en la puerta. Y yo. Podrían haberme avisado que se iban, podrían haberme invitado a acompañarlos al bar mexicano o al karaoke o hasta la costa del lago a comer mariscos. Pero nadie me dice nada, nunca, como si yo no existiera.
Vi que había quedado sola y no supe qué hacer, a dónde ir, no quería volver temprano y encerrarme en una habitación de hotel hasta las diez de la mañana del día siguiente, tampoco se me ocurría ningún sitio donde pudiera ir una mujer sin compañía a tomar unos tragos en esta ciudad misógina, miserable y caliente. Caminé hasta la camioneta. La imagen del supermercado, mi única opción de paseo vespertino, mi única esperanza de salir de la dieta de hamburguesas, perritos calientes o arroz picante —comida de Estados Unidos, versión Centroamérica—, me tentó a pesar de sus góndolas exiguas y mal iluminadas. Y mis compañeros divirtiéndose en el karaoke. O en el de comida mexicana. ¿Y si me iba a la costa del lago y pedía mariscos, vino blanco? No, no iría a ningún restaurante, no me sentaría a comer sola, a mirar al infinito, a poner cara de felicidad. Prefería sentirme desdichada entre cuatro paredes.
El supermercado era mi única opción.
En algún momento, mientras vacilaba entre una hamburguesa con tocino o dos perritos calientes completos, me tensó un pensamiento sobrecogedor, paralizante: esa tarde no había llamado a mi madre. La necesidad de decidir el menú me obligó a descartar la preocupación, a alejarla provisoriamente.
La ducha me relaja, decía, me hace olvidar que soy una mujer sola en camisón floreado, que cenará hamburguesas y mirará la tele hasta quedar dormida. Pero dura poco, y el agua helada me obliga a salir y ser yo misma.
Antes de sumergirme en la bolsa de comida saco el teléfono de mi bolsa, lo miro un momento, suspiro, y empiezo a marcar un número de muchas cifras. Allá lejos, en Montevideo, mi madre se habrá ido a la cama furiosa, mañana me recriminará que no la llamé, me preguntará otra vez para qué vine a trabajar a este país, cómo pude dejarla sola por todos estos meses, pronunciará palabras como abandono, egoísmo, ingratitud, y bastarán cinco minutos de escuchar su voz para sentirme miserable.
Corto la llamada antes de que se conecte, tiro el teléfono sobre la cama.
La iluminación blanco verdosa da un aspecto irreal a la habitación, una tonalidad que me hace ver la puerta del baño como si de allí fuera a salir un personaje de El Mago de Oz.
Busco el control remoto y enciendo la televisión, necesito escuchar las últimas noticias locales para hacer mi informe semanal: el candidato AA grita y amenaza con el diablo, empuña una biblia y mira a los ojos de los televidentes, el candidato BB viste traje sobrio y anuncia una prosperidad instantánea no bien calce la banda presidencial sobre su pecho. Tomo notas sin pensar demasiado en lo que escribo, después de un par de meses en el país empiezo a acostumbrarme al realismo mágico aplicado a la política.
La bolsa de comida, único objeto sobre la mesa, exuda una humedad correosa, un olor a carne demasiado cocida que comenzó a enfriarse, a grasa en pleno proceso de solidificación. Cambio de canal y de tema, necesito distraerme del trabajo antes de cenar: una mujer habla sobre el embarazo y la lactancia, una serie vieja derrama sus colores sepia y marchitos sobre las paredes, un documental ilustra sobre los hábitos de los pumas en América del Sur, una película porno exhibe un pene enorme en primer plano. ¿Será de verdad? Las tetas de la mujer seguro que no lo son. Suspiro, el olor a comida me bloquea los sentidos, apago el televisor. Las manchas de grasa de la bolsa marrón dibujan un degradé brillante.
Acá ya es de noche, en el trópico la noche cae con la velocidad con que se cierra una lápida.
Desvío la mirada hacia la única ventana: da al estacionamiento del hotel, un lugar desangelado de cemento, siempre solitario, apenas iluminado con un foco de luz fría de bajo consumo.
Suena el teléfono. ¿Mi madre? No, no puede ser, seguro que está ofendida y no querrá hablar conmigo por un par de días. ¿Y quién, si no?
—Hola —digo.
Una música muy fuerte sale del auricular. Gritos y risas.
—Hola —grito.
—Hola, mi reina.
—La voz es masculina, juguetona, y el aliento a ron llega hasta desde mi teléfono celular.
—¿Con quién hablo?
—Tú dime cómo te llamas, mi reina.
La voz pronuncia cómo te iamas y atrás se escuchan las consabidas risotadas de los grupos de hombres solos y llenos hasta las orejas de ron caribeño.
En este país no hay muchas personas que tengan mi número, casi ninguna que quiera llamarme desde una fiesta, y definitivamente nadie que me diga “mi reina”.
Corto.
Dejo el teléfono sobre la mesa, al lado de la comida: la bolsa luce un poco más marchita cada vez que la miro. La verdad es que nadie me llamó nunca fuera del horario de oficina y, en horario de oficina, siempre fue por cuestiones de trabajo. Quizás porque no soy hermosa. Ni divertida.
Pongo la televisión en modo silencioso.
Escucho voces. Llegan desde la habitación de al lado, sonidos apenas asordinados por la pared medianera que presumo muy delgada o de yeso. El volumen de las palabras sube y baja como si las personas se acercaran o se alejaran. Recuerdo al tipo, a mi vecino de habitación, hablamos un par de veces al cruzarnos por las mañanas, especialmente del clima; creo que me dijo que es guatemalteco o tal vez hondureño, que es ingeniero en sistemas, habló de su trabajo en una empresa telefónica. Y nunca no se molestó en preguntarme de dónde soy ni qué hago en este país.
Me siento en la única silla, abro la bolsa y saco el contenido: dos hamburguesas, un cartón de papas fritas y un vaso gigantesco de coca cola. Muchas servilletas. Potecitos con mayonesa, mostaza y salsa ketchup. Las papas están frías y la coca cola caliente, y no me importa demasiado, hace ya un par de meses que sacar comida de una bolsa es el momento más excitante de mi día.
Una mujer comiendo sola, una habitación de paso, un país provisorio.
Pienso en el hombre del teléfono y clavo la pajita en la coca cola con más violencia de la necesaria y el líquido salta, moja la mesa. Muerdo la hamburguesa dura, sorbo el refresco tibio, mastico una papa fría, siempre en ese orden, dos, tres, cuatro veces.
Vuelvo a escuchar los sonidos, dejo el sánguche a un lado y quedo inmóvil: oigo la voz del hombre de al lado, la reconozco sin vacilar. La otra es de mujer. Hablan muy cerca de la pared aunque no llego a entender más que palabras sueltas como carro o barro, pero no comprendo el sentido de la conversación. Luego callan y yo aprovecho para volver a mi hamburguesa, a la coca cola, a las papas fritas, mastico, bebo, mastico, muevo rápido las mandíbulas. Pongo frente a mí las salsas, alineadas. Podría cambiar el menú alguna vez, comprar una bandeja con ensaladas, pollo asado, quizás mañana lo haga. Muerdo, trituro, trago. Después veré una película, tal vez una porno, pero no la de los superdotados porque me inquietan o me dan asco, no lo sé. La rodaja de tomate se escurre fuera del pan, patina en la mayonesa y se desliza fuera, sobre el papel marrón que hace de plato. No te me escaparás, le digo, abro el pan y empujo dentro mi ración diaria de vitaminas.
Escucho un jadeo intenso, levanto la cabeza.
Tal vez asma. Tal vez sexo. Suena excesivo para ser un ataque de asma, aún de los peores. Suena excesivo para ser sexo, aún de los mejores. El jadeo se intercala con gemidos y palabras que no logro a entender, ¿carro o barro? No, barro no puede ser, nadie usa esa palabra en estas latitudes: dicen lodo.
El jadeo continúa, vacila entre el placer y el sufrimiento. Levanto la hamburguesa, miro mi mano, miro mi brazo desnudo, la luz fría de bajo consumo le da a la piel un tono verdoso que me gusta, un color un poco mágico, es el tono de piel de los marcianos en las series viejas. Tal vez no veré una película porno sino una serie vieja. O una porno vieja.
En dos o tres meses tomaré un avión y volveré a casa, a mi forma de vida, a mi comida. Con mi madre. No estoy segura de querer irme, tampoco estoy segura de querer quedarme en este lugar.
Me sobresaltan los gritos, gritos de mujer. La salsa ketchup ensangrentó la punta de una papa frita que llevo a mi boca y lamo, chupo, mordisqueo. Escucho. Dejo la hamburguesa por la mitad. Ahora chilla muy fuerte, es un sonido áspero, ronco, sin palabras, sin carro ni barro, un grito bajo y profundo que se arrastra y se mezcla con gemidos más suaves intercalados.
Me acerco a la pared, escucho, me alejo, camino en redondo y vuelvo. Quiero escuchar y quiero husmear, quiero llamar a la recepción y quiero pedir que venga la policía. Vacilo, camino de la mesa al muro y del muro a la mesa. ¿Acá, en este país existirá el 911? No, no puedo llamar, esto no es nada más que sexo. Observo el teléfono, la puerta que da al corredor que lleva a la recepción. Miro la pared. Tiemblo. Esos aullidos no pueden ser más que sexo.
Más gritos, que por momentos imagino angustiosos, dolorosos. ¿O gemidos de placer gloriosos, gozosos? Le doy la espalda y enciendo el televisor, aumento el volumen, un documental sobre las ruinas de Micenas, un cocinero exhibe un pulpo o un intestino, un concierto de Bach que hago sonar a todo volumen. Trato de concentrarme en la música sacra. ¿Sería de verdad aquel pene?
Todo es inútil, los gritos de la mujer atraviesan la pared y no hay dónde refugiarse, no hay cómo protegerse del escándalo que se prolonga demasiado para ser un descuartizamiento: es simplemente sexo y yo debo tranquilizarme.
Sexo fingido, pienso, y ante la idea quito el sonido del televisor. Es eso, una actuación, una mise–en–scène excesiva, un engaño al guatemalteco. ¿Será una prostituta? Me pregunto si las prostitutas fingen tener orgasmos. No, no lo creo. ¿O sí? En este país las costumbres son tan diferentes. En unos meses volveré a casa, pero no, ahora decidí que no quiero volver. Camino en puntas de pie, vuelvo a la pared, me acerco despacio. Apoyo las manos, acerco la cabeza, pego la oreja. Suspiro.
Los gritos han cesado de repente, ahora escucho la voz del hombre, un murmullo bajo, bronco, apenas audible. Un arrullo. Tal vez él ha estado hablando todo el tiempo y su voz se perdía en los gritos de la mujer. Un hombre no puede fingir tan fácilmente, pienso, y me invade una sensación de poder.
Y luego otra vez, ella.
El primer grito se traga las palabras del tipo, perfora la pared, invade mi habitación y mi cerebro, luego escucho un crescendo de jadeos, de quejidos. ¿Placer, miedo, dolor? Me escucho respirar más fuerte, apoyo el pecho, me fundo contra la pared. A los gritos le siguen silencios llenos de susurros, de palabras graves, de ayes casi inaudibles, de risitas que terminan en quejidos. Mi pecho sube y baja, escucho las voces ahora desenfrenadas, la lengua recorre mi boca, mi boca empieza a llenarse de saliva. La mujer es hermosa y sensual, alta y voluptuosa, está sentada sobre el hombre, aún lleva sus zapatos de charol negro con tacos finísimos, altísimos, un vestido rojo de seda muy justo que ella comienza a bajar lenta, provocativamente, los cabellos sedosos caen sobre los pechos. Giro y apoyo la espalda contra la pared, me deslizo, me siento y abro las piernas, cierro los ojos. Risas, suspiros que se vuelven aullidos de placer. Mis manos, mis dedos. Oigo un gemido grave, profundo, prolongado, el gemido se hace grito, aullido, lo escucho salir de mi pecho.
Un golpe sordo me desconcentra, me tensa, podría ser algún objeto que cayó al suelo al otro lado de la pared. Enderezo el cuerpo y enseguida suena otro impacto idéntico al anterior, y vuelvo a apoyar la oreja en el muro. Tengo la respiración sofocada, agitada.
Un golpe y un grito, otro golpe y otro grito, y otra vez.
Ahora sí estoy segura: tengo que llamar a la recepción, a la policía, alguien en este hotel tiene que hacerlo.
Más golpes, rugidos y jadeos, la mujer de rojo está tendida sobre la cama, su vestido de seda está ajado y roto, y el hondureño o guatemalteco intenta ahogarla con la almohada, sus dedos se cierran en torno al cuello. No, ella está sobre él que la sujeta de las caderas y la penetra de manera salvaje, ella ruge de gozo, la transpiración corre por su espalda delgada, por los senos grandes. Me pego a la pared, suspiro, jadeo, yo también me cubro de sudor. Flexiono las rodillas, abro un poco más las piernas. Me escucho gemir.
Suena un golpe claro, contundente seguido de un alarido que se vuelve gemido intenso, prolongado. Los gritos que se convierten en llanto y después sollozos, pequeños chillidos más y más agudos.
Golpe, grito, gemido, suspiro.
Yo también resoplo, jadeo, cierro los ojos. Gimo, grito con cada impacto, lloro. Él me golpea y grito, me penetra y grito. La mujer de rojo explota, aúlla mi grito de placer y dolor, su voz y mi voz estallan juntas.
Después, silencio.
Espero unos minutos, el sudor me corre por la frente, por el cuello. Trago la saliva acumulada. Con la punta del camisón floreado me seco la cara, el cuello, los ojos.
Nada, ahora no se escucha nada.
Me pongo de pie, vuelvo a la mesa. La luz crepuscular de las lámparas de bajo consumo le dan un tono verdoso a las paredes blancas, a mi piel, a las sábanas de la cama. En este país todo tiene un tono irreal: el paisaje, los discursos de los candidatos presidenciales, la comida, las llamadas anónimas, el sexo.
Recojo los restos de mi cena y los tiro en la papelera del baño, me da asco mirarlos. Saco una botella de ron del armario y vierto en un vaso, lo lleno, bebo todo el contenido sin respirar. Después voy al baño, me lavo los dientes y unos minutos después me acuesto. Alerta, trato de captar algún sonido. Pero la noche solo me devuelve silencio, ruidos de grillos, el runrún de la ruta cercana.
Podría ver una documental sobre animales, algo bastante aburrido para dormirme en el acto; busco en el Animal Planet pero hay un programa sobre cucarachas, y yo odio a las cucarachas.
La puerta de la habitación contigua se cierra de un golpe seco. Me levanto, apago las luces, corro a la ventana, aparto la cortina apenas, cinco, seis centímetros. Unos pasos resuenan el exterior, unas siluetas pasan frente al foco de luz del estacionamiento. El guatemalteco se apura, se adelanta y le abre la puerta a una mujer baja y rolliza, tiene el cabello corto, traje sastre gris oscuro de oficinista, zapatos bajos, marrones. Pasa frente a él, le agradece la gentileza con un movimiento de labios, una semi sonrisa, un pellizco en la nariz del hombre. Él también sonríe. Parten.
Me pongo un saco por los hombros y salgo al corredor, camino unos veinte metros hasta la recepción. Esta noche está Lucita, que mira películas de amor hasta quedar dormida.
—Lucita.
—Diga, doña Merceditas.
—Deme una botella de agua. Mejor deme dos. Una pregunta, ¿mi vecino es guatemalteco u hondureño?
—Es de El Salvador. ¿Vio el escándalo que metieron esta noche? Así todos los días, una vergüenza. Usted tiene suerte de llegar tarde. Pronuncia iegar.
Vuelvo a la habitación, me meto en la cama, enciendo el televisor. Elijo la película porno.
Mañana volveré más temprano.
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Mercedes Rosende
Mercedes Rosende (Montevideo, 13 de enero de 1958) es licenciada en Derecho, magister en Políticas de la Integración, ejerce como Escribana Pública y experta en procesos electorales. Ha sido dirigente gremial, vicepresidenta de la Asociación de Escribanos del Uruguay. Escribió “Demasiados blues”, “La muerte tendrá tus ojos”, “Mujer equivocada” y “El miserere de los cocodrilos”. Ganó el LiBeraturpreis 2019.
Nacida en Montevideo, Uruguay, es Licenciada en Derecho, Magíster en Políticas de la Integración, ejerce como Escribana Pública y es experta en procesos electorales.
Sus libros son Demasiados blues (La Gotera, 2005, Premio Municipal de Narrativa), Historias de mujeres feas (inédito, 2008), La muerte tendrá tus ojos (Premio Nacional de Literatura/ MEC; Sudamericana, 2008) y Mujer equivocada (Sudamericana, 2011; Código Negro, 2014; Valencia, 2016). También las crónicas de Todos somos Haití, publicadas por ALAI Latina. Su cuento “Ceremonia” fue Primer Premio en el Concurso de Cuentos del Festival Buenos Aires Negra.
Ha participado en numerosas antologías así como en congresos, festivales y encuentros de novela negra: Azabache en Mar del Plata, Buenos Aires Negra, Córdoba Mata y la Semana Negra de Gijón.
Sus novelas El miserere de los cocodrilos y Mujer equivocada fueron publicadas en la colección Cosecha Roja de Estuario editora en 2016 y 2017.
Obra:
- Demasiados blues (La Gotera, 2005, Premio Municipal de Narrativa
- Historias de mujeres feas (inédito)
- La muerte tendrá tus ojos (Premio Nacional de Literatura/ MEC; Sudamericana, 2008)
- Mujer equivocada (Sudamericana, Random House, Montevideo, 2011; Código Negro, Buenos Aires, 2014; El Búho de Minerva, Valencia, 2016).
- Crónica Haití. Crónica de un suburbio de la capital: Arrabal amargo (02/02/2016)
- El miserere de los cocodrilos (Hum, Cosecha Roja, Montevideo, 2017).
- Relato Nadie muere a bordo
- Relato La verdadera vida (Revista Lento, 6/12/2017)
- Qué ganas de no verte nunca más (2019)
- Historias de mujeres feas (2020)
Premios
- Premio Municipal de Narrativa
- Premio Nacional de Literatura, del Ministerio de Educación y Cultura
- Premio Intendencia Municipal de Montevideo (2004)
- Premio Nacional de Literatura del Ministerio de Educación y Cultura (2004)
- Premio Concurso de Cuentos del Festival Buenos Aires Negra (2014)
- Semana Negra de Gijón (2014)
- LiBeraturpreis (2019)
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