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Año 10 #117 Julio 2024

La madre y la muerte

Era una lúgubre y despiadada noche de diciembre. La tormenta pasaba rugiendo sobre los tejados de la ciudad, se aferraba a las chimeneas, descendía por ellas con gran estrépito y arremolinaba los grandes copos de nieve blanca que, desde el mediodía, habían caído ininterrumpidamente del cielo gris de diciembre.
En el saloncito del maestro cerrajero Rottenbrocker reinaba aquella noche, mientras afuera bramaba la tormenta, un ambiente de plácida intimidad. En la salita de estar, de techo bajo, el maestro cerrajero se hallaba sentado a una mesa rectangular. Era un hombre pequeño, inquieto, con rostro de expresión férrea, ojos de un azul acerado, cabellera hirsuta y un espeso y bien cuidado bigote sobre el trazo firme de la boca. La camisa arremangada dejaba al descubierto sus morenos brazos, que él tenía apoyados sobre la mesa mientras leía el periódico a la clara luz de una lámpara de petróleo.
En el rincón derecho de la habitación, oculta en la penumbra, se hallaba la cama donde Frau Marie Rottenbrocker, ya fuera de cuenta, esperaba que el parto sobreviniese de un momento a otro. Era una mujer seria, de mediana edad, alta y descarnada, con un rostro sombrío y hermético y un par de ojos duros, sobre los que planeaba un aura de pesarosa amargura. Era una mujer tranquila y trabajadora, Frau Marie Rottenbrocker. Tampoco hablaba mucho. Jamás tenía tiempo para su marido, cuyas caricias soportaba a regañadientes. Las caricias y los besos no eran lo suyo.
Por fin iba a cumplirse ahora su deseo común de tener un hijo. Ya llevaban semanas esperándolo; hacía tiempo que Ludwig no frecuentaba la taberna ni asistía a reuniones políticas para poder estar presente a la hora del parto. Todo estaba ya preparado. Ludwig sólo tendría que correr a casa de la comadrona y, si era necesario, telefonear al médico. Y ahora que estaban allí, el maestro cerrajero sentado a la mesa, su esposa sentada en la cama, ambos meditaban sobre lo mismo: el niño. Y la mirada de la mujer adquirió brillo y serenidad. Siempre habían deseado un hijo, pero mientras el maestro prefería una niña, el ideal de su esposa era un niño hermoso y de altas prendas, que algún día se hiciera cargo del taller de su padre. Así estaban ambos, absortos en sus pensamientos. El reloj desgranaba su tic-tac, y la tempestad hacía vibrar las ventanas. ¡El ambiente era tan agradable en la habitación! De pronto, Frau Marie lanzó un grito y se desplomó de espaldas en la cama. El maestro cerrajero se puso en pie de un salto, aterrado, y al verla allí tumbada, tan pálida e inmóvil, descolgó su sombrero y echó a correr, perdiéndose en la noche. La mujer se quedó sola en la cama. Y mientras yacía así tan solitaria, apretándose el dolorido vientre con sus manos huesudas y desolladas, tuvo de pronto un extraño sueño.
Vio a su marido solo en la habitación. Frente a él, sentado en una sillita alta, jugueteaba un niño rubio. El chiquillo se parecía a su marido. De ello dedujo que era su hijo. Pero le extrañó no verse a sí misma sentada a la mesa. Llena de asombro, siguió la mirada de su marido que se deslizó por la pared vacía hasta detenerse en un punto. La mujer vio que allí había un cuadro colgado y, al observar con más detenimiento, comprobó que era su retrato. Esa fotografía se la había regalado a su marido el día de su boda. Pero, ahora, una corona de hiedra verde se enroscaba en torno al retrato. La solitaria mujer se dio entonces cuenta de lo que eso significaba: iba a morir.
Se despertó bruscamente de su sueño. Pero como toda su vida había sido una mujer juiciosa, aquella vez también supo lo que debía hacer. Y se puso a rezar. Rezó por su marido y por el hijo que tenía en el vientre. Y mientras rezaba, de sus ojos bondadosos e inteligentes iban rodando lágrimas que se mezclaban con el sudor de miedo que goteaba de su pálida frente.
Su plegaria se perdió en un susurro, su rostro empalideció aún más. Hasta que a la silenciosa y doliente mujer ya sólo le quedó un deseo: poder besar una vez más a su marido.
Silencio en la habitación. De la pared llegaba el suave tic-tac del reloj; la tempestad hacía vibrar las ventanas. Cuando Ludwig Rottenbrocker regresó, encontró a su mujer muerta. Pero sobre su pecho lloraba el recién nacido.

  • Bertolt Brecht
    Brecht, Bertolt

    Eugen Berthold (Bertolt) Friedrich Brecht (Augsburgo, 1898-Berlín Este, 1956) fue un dramaturgo y poeta alemán, uno de los más influyentes del siglo XX, creador del “Teatro épico”, también llamado “Teatro dialéctico”. Además de ser uno de los dramaturgos más destacados e innovadores del siglo XX, cuyas obras buscan siempre la reflexión del espectador, fomentó el activismo político con las letras de sus lieder, a los que Kurt Weill puso la música.

    Su padre, católico, era un acomodado gerente de una pequeña fábrica de papel, y su madre, protestante, era hija de un funcionario. El joven Brecht era un rebelde que jugaba al ajedrez y tocaba el laúd; se sentía atraído por lo distinto, lo extravagante, y se empeñaba en vivir al margen de las normas de su tiempo, de su recato y su sentido de disciplina. En la escuela se destacó por su precocidad intelectual.

    Comenzó en Múnich sus estudios de Literatura y Filosofía en 1917, a los que añadiría posteriormente los de Medicina. Durante la Primera Guerra Mundial comenzó a escribir y publicar sus obras. Desde 1920 frecuentó el mundo artístico de Múnich y trabajó como dramaturgo y director de escena. En este entorno conoció a Frank Wedekind, Karl Valentin y Lion Feuchtwanger, con quienes mantuvo siempre un estrecho contacto.

    En 1924 se trasladó a Berlín, donde trabajó como dramaturgo a las órdenes de Max Reinhardt en el Deutsches Theater; posteriormente colaboró también en obras de carácter colectivo junto con Elisabeth Hauptmann, Erwin Piscator, Kurt Weill, Hans Eisler y Slatan Dudow, y trabó relaciones con el pintor Georg Grosz. En 1926 comenzó su dedicación intensiva al marxismo y estableció un estrecho contacto con Karl Korsch y Walter Benjamin. Su Dreigroschenoper (Opera de cuatro cuartos, 1928) obtuvo en 1928 el mayor éxito conocido en la República de Weimar. Ese año se casó con la actriz Helene Weigel.

    Será en 1930 cuando comience a tener más que contactos con el Partido Comunista Alemán. El 28 de febrero de 1933, un día después de la quema del Parlamento alemán, Brecht comenzó su camino hacia el exilio en Svendborg (Dinamarca). Tras una breve temporada en Austria, Suiza y Francia, marchó a Dinamarca, donde se estableció con su mujer y dos colaboradoras, Margarethe Steffin y Ruth Berlau. En 1935 viajó a Moscú, Nueva York y París, donde intervino en el Congreso de Escritores Antifascistas, suscitando una fuerte polémica.

    En 1939, temiendo la ocupación alemana, se marchó a Suecia; en 1940, a Finlandia, país del que tuvo que escapar ante la llegada de los nazis; y en 1941, a través de la Unión Soviética (vía Vladivostok), a Santa Mónica, en los Estados Unidos, donde permaneció aislado seis años, viviendo de guiones para Hollywood.

    En 1947 se llevó a la pantalla Galileo Galilei, con muy poco éxito. A raíz del estreno de esta película, el Comité de Actividades Antinorteamericanas lo consideró elemento sospechoso y tuvo que marchar a Berlín Este (1948), donde organizó primero el Deutsches Theater y, posteriormente, el Theater am Schiffbauerdamm. Antes había pasado por Suiza, donde colaboró con Max Frisch y Günther Weisenborn.

    En Berlín, junto con su esposa Helene Weigel, fundó en 1949 el conocido Berliner Ensemble, y se dedicó exclusivamente al teatro. Aunque siempre observó con escepticismo y duras críticas el proceso de restauración política de la República Federal, tuvo también serios conflictos con la cúpula política de la República Democrática.

    Brecht es sin duda uno de los dramaturgos más destacados del siglo XX, además de uno de los líricos más prestigiosos. Aparte de estas dos facetas, cabe destacar también su prosa breve de carácter didáctico y dialéctico. La base de toda su producción es, ya desde los tiempos de Múnich, una posición antiburguesa, una crítica a las formas de vida, la ideología y la concepción artística de la burguesía, poniendo de relieve al mismo tiempo la necesidad humana de felicidad como base para la vida.