Menu

Año 10 #118 Agosto 2024

Tres cuentos cortos de Saer

La conferencia

El conferenciante entró jovial. Era en uno de los salones de la Real Academia de Ciencias de Bruselas y, si mis recuerdos no me engañan, iba a tratar el problema de los métodos de verificación de una suma: el conferenciante descartaba a priori la verificación estadística (por x número de personas) y la convicción subjetiva y de buena fe sobre el resultado. Pero tal vez se trataba más bien de lo contrario. Se sentó, desplegó sobre la mesa las hojas de una carpeta y, antes de comenzar a desarrollar su tema, contempló durante unos segundos la jarra transparente, sonrió como para sí mismo, y dijo:
Yo acostumbro a dormir la siesta antes de dictar una conferencia, para tranquilizarme, porque la obligación de hablar en público me pone siempre muy nervioso. Así que hace una hora tuve un sueño. Tres personas diferentes fotografiaban rinocerontes. Eran tres imágenes sucesivas, pero el método que empleaban para sacar la fotografía era el mismo: se internaban en el río hasta la cintura, y fotografiaban de esa manera al rinoceronte, que se encontraba a unos metros de distancia, en el agua. Se trataba de rinocerontes, no de hipopótamos. El último de los fotógrafos era un poeta amigo mío (al que no conozco personalmente). Era mi amigo en el sueño. Este poeta, de fama universal, me explicaba en detalle el procedimiento que se emplea habitualmente para fotografiar rinocerontes. Y, en nombre de nuestra vieja amistad, me regalaba la fotografía que acababa de sacar.
l conferenciante hizo silencio y recogió de entre sus papeles un rectángulo coloreado. Después, antes de comenzar la disertación propiamente dicha, concluyó su relato:
Tal vez ustedes crean que este sueño que acabo de contarles es pura invención. Y bien, estimados oyentes, se equivocan. Aquí tengo la prueba, dijo, y alzó la mano mostrando al público la fotografía en colores de un rinoceronte en un río africano, todavía húmeda, a causa sin duda de la proximidad del agua o del reciente revelado.


El hombre «no cultural»

Si pude dejar el diario y vivir sin trabajar, le escribe Tomatis al Matemático que vive en Estocolmo desde hace varios años, ha sido gracias a la herencia de un tío mío, el único hermano de mi madre, que era viudo y sin hijos cuando murió, de modo que no tuvo más remedio que dejarnos su pequeña fortuna, tres o cuatro casas bien ubicadas aquí en la ciudad y una cuenta en dólares en la Banca Nazionale del Lavoro, le escribe Tomatis. Había sido farmacéutico y un poco excéntrico, le escribe. Antes de jubilarse ya hacía años que no se ocupaba de la farmacia: el idóneo y un par de empleadas despachaban y mi tía Amalia, su mujer, que había hecho los estudios secundarios en la Escuela Comercial, atendía la caja. Él, mi tío Carlos, del que heredé también el nombre, se quedaba en su casa a leer en el fondo del patio, bajo los árboles si hacía buen tiempo, o en su estudio bien caldeado por una chimenea en las tardes de invierno. Sé lo que estarás pensando después de leer la frase que precede: que me dejó no únicamente su nombre y su fortuna, sino también ciertas rarezas de comportamiento. ¿Por qué no? Por algunas casas en perfecto estado y bien ubicadas en el centro de la ciudad y una cuenta en dólares, acepto los dos o tres inconvenientes que puedan venir en el paquete. Y Tomatis le escribe al Matemático: desde luego que estoy bromeando, porque se querían mucho con mi madre, a la que le llevaba varios años y, de toda la familia, yo era el único con el que se atrevía a hablar de lo que le interesaba en serio, sin temor de ser considerado un poco chiflado, le escribe.
Si bien sus intereses filosóficos fueron de lo más variados a lo largo de su vida, en los últimos tiempos parecieron concentrarse en un solo objeto o tema, que él llamaba, con un poco de ironía por cierto, le escribe Tomatis al Matemático que vive en Suecia desde hace varios años «la exploración interna en busca del hombre no cultural». A veces comparaba su actividad a la del arqueólogo o a la del geólogo, y en más de una ocasión le oí decir, acompañando su afirmación con una risita satisfecha, que pensaba publicar un opúsculo cuyo título sería: Manual de espeleología interna. Decía que los niveles inferiores eran difíciles de explorar, y que los hombres podían ser comparados al planeta en el que vivían, y que en tanto que individuos estaban constituidos, como la tierra, de cuatro niveles diferentes —corteza, manto, núcleo y semilla— y que de los dos últimos, igual que como ocurre con el cascote que nos aloja (la expresión es de mi tío Carlos), sólo conocemos la existencia por algunos efectos indirectos, gracias a alguna ciencia auxiliar como la sismología por ejemplo. Y agregaba que se trataba únicamente de una metáfora, aunque también según mi tío aplicado al globo terrestre ese vocabulario era puramente metafórico, le escribe Tomatis al Matemático.
Su tratado de espeleología interna nunca lo redactó, le escribe Tomatis, pero ponía en práctica con frecuencia sus principios. Era un hombre jovial, le escribe. Caminaba bamboleándose un poco, como si se desplazara siempre en puntas de pie, lo que le daba el aire de estar disponiéndose a sorprender a alguien con una aparición inesperada o con alguna broma inocente. Pero era una forma de caminar que, vista desde el exterior, le daba al que lo observaba una impresión de bienestar contagioso, aunque tía Amalia sugería a veces que esa euforia tenue y constante tal vez hubiese podido ser atribuida a la irresponsabilidad. Como al Gato, le gustaba el vino blanco, y hasta en pleno invierno lo tomaba bien helado. Su defecto más notorio —aparte del de importarle lo que se dice un bledo los negocios del mundo— era que tenía teorías para todo, lo cual es bastante frecuente en los que sienten inclinación por la filosofía, pero que en él se agravaba a causa de los estudios más o menos científicos que había hecho para recibirse de farmacéutico. Pero ni opinaba ni aconsejaba, lo cual atenuaba su defecto y lo hacía menos irritante: se limitaba a proferir, como para sí mismo, la explicación de cada hecho y la solución de cada problema y, desinteresándose por completo de lo que podía pensar su interlocutor, pasaba en el acto y con versatilidad a otra cosa. Pero, si por casualidad percibía alguna preocupación en las personas que lo rodeaban, era solícito y generoso con ellas.
De su dichoso «hombre no cultural» puedo afirmar sin demasiada exageración que, por ser el oyente que tenía más a mano, me tocó beber, como se dice, el cáliz hasta las heces: en los últimos años era casi su único tema de conversación. A veces me explicaba que lo que buscaba cuando descendía hacia el fondo de sí mismo, no era un supuesto hombre de Cromagnon ni algún homínido anterior, africano o javanés, sino algo más arcaico todavía, demorado en los límites entre vida y materia que debían subsistir en alguna parte, en el fondo de cada uno de nosotros, el chorro de substancia anterior a la forma en el que las meras reacciones químicas de los elementos combinados de manera aleatoria unos con otros, se encaminaban hacia la opción «vida», «animal», «hombre», «yo», etcétera, la franja incierta en la que, durante un lapso incalculable, la repetición del modelo todavía no había comenzado, y de la que debían sin duda quedar rastros en cada uno de nosotros. Había que pasar, según él, por peligrosas grutas interiores, de la conciencia a la vida y de la vida a la materia, en un descenso interminable y trabajoso, durante el cual un simple resbalón podía mandarnos al más negro y hondo de los abismos.
Cuando hacía buen tiempo, le escribe Tomatis al Matemático, se sentaba en el fondo del patio, a la sombra, en una perezosa de madera blanca, con el respaldo no demasiado inclinado, de modo que el torso y la cabeza formaban con las piernas estiradas horizontalmente un ángulo obtuso y, apoyando la cabeza en el respaldar de lona a rayas verticales rojas y blancas, cubría con la palma de la mano el dorso de la otra, a la altura del bajo vientre, y después de unos segundos de removerse con suavidad para encontrar la posición definitiva, se quedaba completamente inmóvil. No parecía ni respirar. La inmovilidad total podía durar diez o quince minutos, y los que no lo conocían solían pensar que estaba dormido o que todas sus funciones biológicas estaban interrumpidas, pero de pronto abría los ojos, pestañeando un poco y paseando la mirada vaga y remota por lo que lo rodeaba, como sin verlo, durante unos segundos, y después, volviéndolos a cerrar, corregía su posición en el asiento y se quedaba de nuevo inmóvil, le escribe Tomatis al Matemático que tuvo que irse a vivir a Estocolmo hace unos años, cuando los militares mataron a su mujer, y anduvieron buscándolo a él con el mismo fin en la época de la dictadura, aunque él no compartía las ideas políticas de su mujer, pero por lealtad había decidido discutirlas solamente en privado con ella. Era el propio Tomatis el que, un poco menos de treinta años antes, le había puesto el sobrenombre de Matemático, por el que casi todo el mundo lo conocía, cuando se enteró de que, aunque la metafísica y la lógica no le eran indiferentes, estudiaba en realidad ingeniería química.
Se quedaba sentado horas en esa actitud, le escribe Tomatis. Las veces que pude observarlo me imaginaba que, olvidado de su envoltura mortal, estaría paseando un doble infinitamente pequeño de sí mismo por las cavernas interiores, en busca de su propio eslabón perdido, el dichoso «hombre no cultural». Me parecía verlo atravesar corredores oscuros, desfiladeros húmedos y rocosos, siempre en declive hacia un fondo inaccesible del que, por mucho que bajara hacia él, durante horas enteras de exploración, no lograba nunca reducir la distancia, le escribe. El mundo exterior ya habría dejado de existir cuando hubiese alcanzado cierta profundidad, desde la que también el «yo» debía darle la impresión de ser un espejismo olvidado, y la conciencia un sueño incoherente y vago, los sentimientos, las emociones y las pulsiones, unas convulsiones imperceptibles y sin motivo, para no hablar de los instintos, semejantes a los deslizamientos de terreno provocados siempre por las mismas causas, allá en la altura remota, cerca de la superficie, le escribe Tomatis. Y realizaba ese descenso peligroso con el único objeto de alcanzar por fin la zona informulada, virgen de todo contacto humano y que sin embargo según mi tío no únicamente subsiste en el hombre y subsistirá mientras el hombre dure, sino que es su fundamento, el flujo prehumano que lo empuja hacia la luz, lo expone un momento en ella y por fin, con la misma energía caprichosa y neutra, lo arroja al centro mismo de las tinieblas.
Y Tomatis le escribe al Matemático: en las tardes de otoño y de primavera, y en las de verano si no hacía demasiado calor, se quedaba sentado en el fondo del patio hasta que anochecía. Algunos parientes afirmaban que estaba loco, pero los que lo conocían mejor y lo apreciaban se encogían de hombros y decían que en boca de mi tío Carlos la expresión «búsqueda del hombre no cultural» era un eufemismo por: «dormir la siesta». Con un aficionado a los enigmas, a los problemas y a las charadas como él es difícil expedirse, le escribe Tomatis. Pero las veces que pude observarlo, su total inmovilidad y la vaguedad de su mirada cuando abría los ojos me aterraban un poco, le escribe. Y cuando en el primer vientito del anochecer se levantaba con expresión satisfecha y se iba a la cocina a ver si la botella de vino blanco que había puesto en la heladera antes de instalarse en la perezosa ya estaba suficientemente fresca, parecía venir de más lejos que del fondo del patio, le escribe Tomatis al Matemático. De muchísimo más lejos, le escribe.


Bien común

Formaban una parejita joven. Se habían casado no hacía mucho y trabajaban para una editorial catalana, vendiendo a domicilio libros de arte, diccionarios, enciclopedias, etcétera. A veces iban los dos de gira; otras veces, uno se quedaba en Madrid, mientras el otro salía de viaje, o si no, trabajaban zonas diferentes al mismo tiempo, en equipos diferentes, etcétera. Ganaban bien pero el trabajo era bastante duro, y les resultaba difícil afincarse, tener hijos, organizarse como una verdadera familia.
Aunque parezca extraño, el trabajo los dejaba insatisfechos, no desde el punto de vista financiero o en cuanto a la dignidad profesional, sino en un sentido ético: no estaban seguros, en ciertos casos, de que incitar a la gente a endeudarse para comprar enciclopedias interminables y costosas, no era una especie de chantaje. Muchos las compraban creyendo que un porvenir brillante o un cambio de situación social se manifestarían con la posesión de esos enormes volúmenes ilustrados, la mayor parte de cuyo contenido les era indiferente y caducaría tal vez mucho antes de que hubiesen terminado de pagarlos. Venderle a quien no tiene muchos recursos lo superfluo, haciéndole creer que le es indispensable, se parece bastante, para ser francos, a una estafa.
Por razones que se volverán comprensibles en seguida, es mejor no llamarlos por sus nombres; basta decir que tenían más de veinticinco años y menos de treinta, o sea que estaban viviendo el último tiempo de la juventud y entraban, como a través de un túnel a la vez vertiginoso y lento, todavía frescos, en la madurez. Ciertos aspectos de lo que podemos ser realmente permanecen ignorados en la infancia, y si a veces se nos revelan, bruscos, en la adolescencia, en muchos casos van mostrándose de a poco, en distintas etapas de la vida, de tal manera que, en sus postrimerías, a causa de tantos cambios súbitos o graduales, podemos descubrir que un desconocido, admirable, repelente o curioso —para el caso es lo mismo— ha usurpado el lugar del que creíamos ser.
Una noche —llevaban un año y medio más o menos de casados— ella volvió de un viaje con cara triste y preocupada y aunque el marido lo notó apenas la vio entrar, únicamente se decidió a preguntarle lo que le ocurría cuando, en la madrugada, los sollozos apagados de ella, que estaba acostada a su lado en la oscuridad, lo despertaron. Y, pidiéndole por favor que no encendiera la luz, la mujer, más desconsolada que culpable, le hizo la terrible confesión: por una singularidad de su modo de ser, cuyos motivos a ella misma se le escapaban, siempre la había atraído, desde mucho antes de conocerlo, la posibilidad de hacer el amor con desconocidos, y si el afecto sincero que sentía por su marido había ocultado durante cierto tiempo esa singularidad, esa semana en que había estado sola en un hotel de Ciudad Real, su irresistible inclinación la había vuelto a atrapar, hostigándola día y noche hasta obligarla a pasar al acto. El deseo súbito que la arrebató, afirmaba la muchacha, había sido como un ataque de locura, o como si, de golpe, hubiese pasado del mundo familiar a otro desconocido en el que únicamente su deseo existía, y todos los vínculos con su verdadera vida se hubiesen borrado. Antes y después de ese arrebato, en el mundo verdadero, era el amor por su marido y la vida en común que llevaban lo único que le importaba, y por esa razón se sentía menos culpable que desconsolada y perpleja.
El hombre la escuchaba aterrado, y esa noche de asco y aflicción se prolongó en un mes de pesadilla: recriminaciones y violencias, gritos y llantos, silencios y amenazas, pasaban de uno al otro, día tras día, en un desgarramiento prolongado. Decidían separarse para siempre, y unos minutos más tarde copulaban con rabia y desesperación en la noche insomne y sin fin. En vez de calmarlos, el alcohol los exasperaba, y sentían que el dolor y la furia nunca dejarían de crecer, hasta que al cabo de algunas semanas, el rencor, la tristeza y la impotencia, atenuándose, dieron paso a una calma insensible y gris. Ya no hablaron de separarse pero ella, para pagar de algún modo el precio de su singularidad, se resignó a responder, sin omitir un solo detalle, a los interrogatorios interminables acerca de su brusco arrebato a que él la sometía. Se vio obligada a contestar, una y otra vez, las preguntas más extrañas, relativas a la duración de su acto, a las posiciones en las que lo había realizado, al cuerpo del hombre, a la intensidad de su goce, a las frases que intercambiaron, al aspecto de la pieza donde habían estado, a la iluminación, al orden de los acontecimientos, a la hora. Mil veces las preguntas salían por entre los labios del hombre, que la miraba fijo mientras las formulaba, en busca de nuevos y curiosos detalles o de una sempiterna confirmación, y mil veces ella le respondía con sinceridad exacta y escrupulosa, sin siquiera pensar en lo que esa sinceridad podía tener de hiriente para su marido. Y a tanto llegó esa exigencia de verdad que, cuando la tormenta pareció amainar, y siguieron viviendo en una calma aparente como si no hubiese pasado nada, ella se creyó en la obligación de decirle que no estaba segura de que en el futuro el arrebato no se repetiría.
Él la escuchó en silencio, pero era fácil adivinar en su mirada que ya que no podían separarse le pediría algo a cambio, lo que en efecto sucedió unos días más tarde: él, le dijo, la aceptaba como era, pero no quería que las cosas pasaran a sus espaldas o en su ausencia. Que esos arrebatos de ella, si él los aceptaba, eran un bien común que poseían y que debían administrar juntos. Perpleja y curiosa, y con cierto alivio también, porque esa propuesta la liberaba de sus sentimientos de culpa, la mujer aceptó.
Durante un año y medio más o menos, cuando viajaban juntos, la misma situación se repetía de tanto en tanto; en los hoteles de provincia donde se alojaban, no se inscribían como marido y mujer sino como simples colegas, y dormían en habitaciones separadas pero contiguas. Después del trabajo, recorrían los establecimientos nocturnos, y si la mujer se sentía atraída por algún desconocido —ya que su singularidad exigía que fuese un desconocido y que sirviese para una sola noche— el marido, en su papel de compañero de trabajo, los observaba a distancia, tomando de a tragos pausados su alcohol y haciendo tintinear distraídamente los cubitos de hielo contra el vidrio del vaso. El corazón le latía un poco más fuerte cuando las maniobras comenzaban. Y si las cosas parecían conducir al desenlace previsto, se alejaba en dirección al hotel, adelantándose a la pareja y, tendiéndose en la oscuridad de su cuarto esperaba, alerta y palpitante, que los otros llegaran. Cada ruido que los anunciaba, el ascensor o, si no había, los pasos en la escalera, en el pasillo, el ruido de la puerta al abrirse o al cerrarse, aceleraban los latidos, acrecentaban la ansiedad, reconcentraban la atención. Tendido inmóvil en la negrura, su ser entero estaba vuelto hacia los ruidos que venían de la habitación de al lado —risas ahogadas, murmullos, suspiros, quejidos, rechinar de metales y crujidos de madera, roce apagado de paños o rumor de seda— y que parecían penetrar en él no únicamente a través del oído, sino de cada milímetro de su cuerpo. Cuando el desconocido se iba, ella venía a la habitación y, en silencio, sin encender la luz ni intercambiar una sola frase (ella arañaba apagadamente la puerta y él iba a abrirle en la oscuridad) hacían el amor y se dormían hasta el día siguiente.
Si en el marido la inclinación por esas noches idénticas iba en aumento, en la mujer en cambio, la frecuencia de sus arrebatos e incluso el deseo de que se produjesen disminuían. Lo que había sido su única libertad, fue transformándose lentamente en una especie de obligación. Tenía la impresión de haber contraído una deuda infinita, que nunca terminaría de pagar. Al mismo tiempo, la voluntad de su marido parecía haber anexado su goce, transformándolo en un apéndice de su propio deseo. Ya no gozaba durante ese ritual repetido, solamente se limitaba a concentrarse en cada uno de sus actos para adecuarlo en forma escrupulosa al deseo de su marido. Una especie de indiferencia se apoderó de ella. Durante cierto tiempo, no logró entender lo que le pasaba y se dejó llevar por los acontecimientos, pero un día en que oyó a su marido, en el colmo de la exaltación, proyectar la construcción de un tabique delgado en su propia casa para que ella pudiese recibir desconocidos y él escuchar con más claridad desde la pieza de al lado, se dio cuenta de que había llegado el momento de intentar sobrevivir, así que sin decirle nada, aprovechando que él estaba de viaje, y dejándole una esquela de adiós, hizo sus valijas y cambió, no únicamente de ciudad, sino incluso de país, de continente y de nombre.

  • Juan José Saer
    Saer, Juan José

    Juan José Saer (Serodino, Santa Fe, 1937-París, 2005) fue profesor en la Universidad Nacional del Litoral. En 1968 se radicó en París y enseñó en la Facultad de Letras de la Universidad de Rennes. Es considerado uno de los más importantes escritores de la literatura en castellano del siglo XX. “El escritor más relevante de Argentina después de Borges» según Martín Kohan”; “El mejor escritor argentino de la segunda mitad del siglo XX, según Beatriz Sarlo”.

    Su relevancia quedó reflejada en el hecho de que tres novelas suyas —El entenado, La grande y Glosa— figuren en la lista confeccionada en 2007 por ochenta y un escritores y críticos latinoamericanos y españoles entre los mejores cien libros en lengua castellana de los últimos veinticinco años.

    Su vasta obra narrativa abarca cinco libros de cuentos

    • En la zona (1960)
    • Palo y hueso (1965)
    • Unidad de lugar (1967)
    • La mayor (1976)
    • Lugar (2000)

    Y doce novelas:

    • Responso (1964)
    • La vuelta completa (1966)
    • Cicatrices (1969)
    • El limonero real (1974)
    • Nadie nada nunca (1980)
    • El entenado (1983)
    • Glosa (1985)
    • La ocasión (1986, Premio Nadal)
    • Lo imborrable (1992)
    • La pesquisa (1994)
    • Las nubes (1997)
    • La grande (2005, póstuma)

    En 1983 publicó Narraciones (relatos); en 1988, Para una literatura sin atributos; en 1991, el ensayo El río sin orillas, con gran repercusión de la crítica; en 1997, el libro de ensayos literarios El concepto de ficción y, en 1999, el ensayo La narración-objeto. En 2006 se publica de forma póstuma Trabajos, un conjunto de artículos sobre literatura. Su producción poética está recogida en El arte de narrar (1977).

    A partir de 2012, comienzan a publicarse la mayoría de los documentos inéditos dejados por Juan José Saer al momento de su muerte, entre los que se encuentran poesías, ensayos y textos heterogéneos: Papeles de trabajo (2012), Papeles de trabajo 2 (2013), Poemas (2014) y Ensayos (2015).

    Su obra, publicada de manera completa por Seix Barral, ha sido traducida al francés, inglés, alemán, italiano, holandés, portugués, sueco, griego, checo, japonés, hebreo, noruego y rumano.